Publicado el Deja un comentario

Los cuentos del bardo: A flor de piel

Esta semana nos vuelve a acompañar Josep Salvia Vidal con uno de sus textos más oscuros y tenebrosos que ha publicado en esta sección y sin desvelaros más para no romper la magia os dejo con A flor de piel.

A FLOR DE PIEL

Un ruido seco me despertó en medio de la madrugada. Abrí los ojos y me quedé inmóvil, expectante durante un tiempo prudencial, bajo la calidez agradable de las mantas. La habitación estaba sumergida en una penumbra extraña. Giré la cabeza. Las velas se habían consumido por completo dejando pegotes de cera reseca en los bordes del candelabro. Al instante y de repente, todo se llenó con la luz blanquecina de un relámpago. Entonces lo entendí. El ruido que me había despertado era el estallido de un trueno. Fuera, una tormenta colérica se abalanzaba encima del mundo. Me levanté despacio, con el paso vacilante por la casi completa oscuridad que me envolvía, y me acerqué a la ventana. La ciudad era una silueta borrosa bajo el manto de la lluvia.

Regresé pronto a la cama, antes de que mi cuerpo empezara a temblar de frío como una hoja recién brotada en la rama de un árbol. Un nuevo relámpago inundó la estancia con su luz casi transparente y al momento otro estallido resonó entre el silencio tenebroso de la noche. Intenté retomar el sueño pero me resultaba difícil volver a dormirme. El ruido sordo y continuado de la tempestad me lo impedía. De todos modos, cerré los ojos y procuré transitar por el sendero de los ensueños.

Y, sin embargo, algo raro y desconocido hizo que los abriera otra vez. Fue un sonido de refriega, como de alguna cosa deslizándose sobre la madera del suelo. Notaba una presencia en mi cuarto. ¿Había alguien? ¿Era todo imaginación mía? ¿Me había dormido al fin y estaba dentro de un sueño? No. No estaba dormido. Gracias a la luz de un nuevo rayo y de la penumbra que provocaba la propia tormenta, pude distinguir una figura humana que me miraba desde un rincón, desde la otra punta de la habitación, casi al lado de la puerta cerrada. Era una mujer joven. El fantasma de una mujer joven y muerta. Me incorporé para mirarla. Llevaba un vestido largo de color burdeos. Tenía la piel blanquecina como la luz de los relámpagos, como si hubiera nacido de ellos, y el cabello rubio que caía en briznas libres más allá de su espalda. Su cuerpo era espigado igual que un junco.

Después de un instante sin moverse, sin movernos, ella comenzó a caminar cruzando la habitación mientras se desnudaba y su vestido cayó al suelo plegado sobre sí mismo como un cuerpo sin virtud. No tenía miedo. Al revés. Extrañamente, sentía una paz confortante. Se metió en la cama conmigo, a mi lado, siempre en silencio, sin decir nada, sonriendo. Me besó y luego empezó a deslizar su mano por mi cuerpo. Afloraron las emociones. Todos los sentimientos del mundo puestos a flor de piel. Reconocí su maestría en amor, sus formas me hicieron ganar confianza y me dejé llevar. Y mientras nos adueñábamos mutuamente el uno del otro, advertí que ella estaba muy viva y que tal vez era yo el muerto.


Por Josep Salvia Vidal

Publicado el Deja un comentario

La vida en las solapas de mis libros: El motín del Caine

EL MOTÍN DEL CAINE de Herman Wouk

30 de mayo de 1972

La primera obra de teatro que leí en mi vida fue gracias a la mili. Para algo tenía que servir. En ese tiempo seguía en la Armería pintando cuadros para el capitán, y dos noches a la semana tenía guardia. En una de esas guardias, a dos meses y poco más de licenciarme, me fui a dormir al pajar de la base y mi compañero se quedó dando vueltas. Sobre las cuatro de la madrugada me despertaron unos desagradables gritos. Al abrir los ojos me encontré con los dos hijos de puta más grandes del cuartel: el teniente Trujillo y el cabo primera Tofol. El primero regortede, feo, calvo y con acento gallego, y el segundo mallorquín, bajito y con cara de mala leche. Me dijeron que me caería el pelo y que olvidara licenciarme. Aquello hubiera podido ser terrible para mí que no veía llegar el día de largarme y no volver, pero tuve suerte porque los dos militares iban borrachos como cubas. Al día siguiente en la formación ni se acordaban de mí. En la guardia siguiente mi compañero me dijo que el brigada Guiscafré del Botiquín buscaba actores para una obra de teatro que iba a montar. Yo siempre había querido ser actor pero no sabía qué camino seguir para conseguirlo. Lo del brigada me pareció una oportunidad. Me tomé tres calimochos que me infundaron valor y me fui en busca del brigada con un sol de justicia. En cuanto me vio dijo: «Tienes pinta de galán.» Serafín Guiscafré era todo un personaje. De estatura media, con aspecto duro y gran bigote, era un mallorquín que amaba el teatro. Me dijo que me presentara al día siguiente en el teatro a las cinco. «¿En qué teatro?» le pregunté yo. «Debajo de las oficinas está el teatro de la Base, ¿no lo sabías?» No, no lo sabía aunque pasaba muchas veces por delante de la puerta. Antes de decirme que podía retirarme me dio un librito. «Mírate el personaje de Philip Francis Queeg, el que hace Humphrey Bogart en la película El motín del Caine. Apréndete dos o tres hojas. Puedes retirarte.» Volví a mi trabajo dando saltitos de alegría, iba a ser actor, y para colmo un papel que había hecho mi admirado Bogart en el cine. Me pasé la tarde leyendo El motín del Caine de Herman Wouk, obra ambientada en la Segunda Guerra Mundial con la que Wouk consiguió el Pulitzer de 1952. Por la noche me dormí agotado de estudiar el papel. Al día siguiente pisé por primera vez un teatro, tenía 20 años y nunca lo olvidaré. Era antiguo y oscuro y olía a humedad. Los asientos eran de madera con respaldo de tela roja desteñida. Debía de haber como ciento cincuenta. Pero lo que más me impresionó fue el escenario. Era enorme con unas gruesas cortinas de terciopelo granate que hacían de telón. El brigada Guiscafré llegó tres cuartos de hora tarde y uno a uno, de los quince que éramos, fuimos subiendo al escenario para hacer una prueba. Cuando me tocó a mí sentí una cosa extraña. Bueno, más que sentir no sentí nada porque de repente me encontraba relajadísimo. Tan relajado estaba que Guiscafré me preguntó si de verdad nunca había hecho teatro. Le dije que no y me dio el papel. Hasta aquí todo bien, pero empezaron los ensayos y la cosa se complicó. El brigada Guiscafré era la persona más informal e irresponsable que había conocido hasta el momento. Parecía que le daba igual todo. De los cinco días de la semana que ensayábamos no venía más de dos y solía llegar tarde. Nos decía cuatro cosas que sentaban cátedra en cuanto a teatro, y daba unas cuantas instrucciones al que hacía de ayudante de dirección. Un tal Perales que no las tenía todas con él. En el momento menos esperado perdía el conocimiento y se tiraba tres o cuatro minutos desmayado. Luego se recuperaba como si nada. Así pasamos dos meses. Llegó el día del estreno y el teatro se lleno de oficiales, suboficiales y soldados. En ese momento yo era consciente de que aquella obra necesitaba como un mes más para ser representada, pero al brigada Guiscafré ya le iba bien. Se abrió el telón y los actores empezaron a equivocarse provocando casi un infarto al apuntador, que estaba dentro de la concha en el centro del escenario, en primer término. Cuando me tocó a mí solté cuatro frases y me quedé en blanco, tuvo que ser mi compañero el que me sacara del atolladero. (Si uno no es actor nunca puede imaginarse lo mal que se pasa cuando te quedas en blanco.) Lo pasé fatal porque no tenía seguridad en el papel. (Cuando estudias un papel y ya crees que te lo sabes, es cuando tienes que empezar a memorizarlo.) Aún no sé cómo coño llegamos al final de la función. Cuando la gente aplaudía vi de reojo al apuntador que estaba llorando. Los asistentes felicitaron efusivamente a Guiscafré por su buen trabajo. Yo no me lo podía creer. Lo único que tenía claro es que aquellos militares no debía de haber visto una obra de teatro en su puta vida, de lo contrario no tenía explicación. «Tienes madera, dominas el escenario, Garrido.» se atrevió a decirme el brigada de pasada, sin mirarme a los ojos y sin dejar de atender a otra gente. No sé cuántos kilos perdí con aquella representación. No podía haber tenido un peor debut. A las dos semanas me licencié. Volví a ver a Guiscafré como tres años después, cuando yo ya era actor y él ya no era militar sino que dirigía el Teatro Principal de Palma. En 1985 le di el papel de malo en mi película Mordiendo la vida en la que yo era guionista y director. Lo hizo muy bien.


Por Martín Garrido Ramis

Publicado el Deja un comentario

Ecos de Tierra Trivium: Noviembre 2019 (I)

ECOS DE TIERRA TRIVIUM

En este domingo de Noviembre que para muchos parecerá que nos encontramos en la película de El día de la marmota desde Tierra Trivium queremos romper con la monotonía y el monotema que copará el día para recuperar las reseñas de nuestros autores, entrevistas, estrenos cinematograficos y eventos varios así como para anunciaros los eventos de la editorial para las próximas tres semanas, que ya os adelanto que vienen cargaditos y repartidos por toda la geografía.

ENTREVISTAS

Entrevista a María Serra en el programa Qué et contes? en TV Intercomarcal.

RESEÑAS

‘Equinoccio’, de Jimena Tierra en Culturamas

Equinoccio, de Jimena Tierra en Entretanto Magazine

Equinoccio de Jimena Tierra en El Cotidiano

Sudor frío, de Mari Carmen Sinti en Letralia

PRESENTACIONES

Grabación de la presentación de El año americano de Jesús Velasco Moro en la Biblioteca Ricardo León de Galapagar (Madrid) por Radio Clístenes de Galapagar.

NOTICIAS

El libro ‘Hasta los andares’, de Laura Orens, se presentó en la Casa de Galicia en Madrid (Crónicas de la emigración, 2019)

La interpretación de Carril y la palabra escrita de Curiel irrumpen en la UIMP (El Diario Montañés 2019)

Jesús Velasco Moro con su novela El año americano en el primer programa de Biblioteca Radio Activa

 EVENTOS

12 de Noviembre de 2019 a las 20:00 y a las 22:00 en el Teatro de las Letras (Madrid) : Estreno de Turbulencia Zombie dirigida por Martín Garrido Ramis.

15 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Librería Agapea (Palma de Mallorca): Presentación de Canción de mayo de Rosa María Mateos.

16 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Biblioteca Pública Cas Metge Rei de Santa María del Camí (Mallorca): Presentación de Canción de Mayo de Rosa María Mateos.

16 de Noviembre de 2019 a las 18:00 en Navalanegra (Navalagamella, Madrid): Presentación de Efecto Transilvania de Juan Ramón Biedma.

17 de Noviembre de 2019 a las 12:00 en la librería Sin Tarima (Madrid): Vermut literario con Laura Orens y Joan Roure.

19 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Casa de la cultura de Colmenarejo (Madrid): Presentación de El año americano de Jesús Velasco Moro.

20 de Noviembre de 2019 a las 17:30 en la ONCE (Madrid): Presentación de Cambio de Rasante de Jimena Tierra.

21 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Valencia: Presentación de Sudor Frío de Mari Carmen Sinti.

22 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Biblioteca Pública de Cabrils (Barcelona): Presentación de La niña de la cajita de cerillas y otras historias de Paco Riera.

27 de Noviembre de 2019 en Valencia: Presentación de Efecto Transilvania de Juan Ramón Biedma.

27 de Noviembre de 2019 a las 19:30 en la Librería Jepi de Sant Sadurní d’Anoia (Barcelona): Presentación de 21 días de ira de David Casals-Roma.

29 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Librería Alibri (Barcelona): Literatura y Cine por Martín Garrido Ramis, Martín Garrido Barón y David Casals-Roma.

29 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en el Gat Pelut (Barcelona): Presentación de Canción de Mayo de Rosa María Mateos.

29 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Librería Gigamesh (Barcelona): Presentación de Orbe Dividido de Michel Deb.

Y en diciembre tendremos más presentaciones de Rodolfo Arévalo, Rosa María Mateos, Michel Deb, Paco Riera y Martín Garrido Barón. Estar atentos a nuestras redes para conocer las fechas.

Publicado el Deja un comentario

La Buhardilla de Tierra Trivium

Esta semana no ha sido posible por diferentes razones tener una nueva entrega de La Buhardilla de Tierra Trivium o de El Relato Caleidóscopico, así que me he decidido a publicar un poema que nació hace dos años en una actividad de Órbita Diversa y como se supone que hoy es una jornada de reflexión os dejo con el poema por si os ayuda a reflexionar.

De la oscuridad a la luz

a S. A. R., quien me hizo poeta

 Estaba en las tinieblas
hasta que llegaste
a mí


Fuiste el faro
que me guío
Aquella que me hizo
conocer
mi verdadero
ser


la que me permitió
romper
esta coraza
que tanto
me había costado
construir


que tanto
me había protegido
de todo.


Aquella que me ayudó
a ser
lo que soy
a mostrarme
como soy
a ser libre
al fin.
Publicado el Deja un comentario

Poesía sin títulos: En un momento

Esta semana Alberto Morate nos trae el poema En un momento que da titulo a su poemario que el pasado 18 de octubre fue galardonado con el Primer Premio del III Certamen de Poesía Internacional Maribel Sansano.

En un momento

 En un momento
se pasa de la risa al llanto,
de la vida a la muerte,
del blanco al negro.
 En un momento  
conocí tu universo
y perdí el norte de tus besos.
 En tan solo un momento
me quedé vacío
sin el roce de tus dedos.
 En un momento
se acaba el relato,
se llega al suelo,
se cierran los ojos,
el trago sabe amargo.
 En un momento
las olas se quedan quietas
y la noche no tiene término.
 En un momento
el olvido gana a la memoria
y el muro se resquebraja por dentro.
 En un momento
te equivocas de dirección
y perdido en las sombras
solo entras en el invierno.
 En un momento
la lengua se queda sin labios,
al corazón le da vértigo
asomarse al cariño fugaz
que le dedicaste durante un tiempo.
 Pero también en un momento
el lamento se torna en sonrisa
y veo tu reflejo en cualquier espejo.
 Y por un momento
la realidad es más que un deseo
y el futuro no es incierto.
 Quizás solo sea un segundo,
un momento,
en el que no se apaga el fuego
y no se diluye lo que pienso.
 En el que sabiéndote conmigo
puedo alzar el vuelo
y atravesar el pacífico bienestar
de un te quiero.
 En un momento
puede pasar todo esto
y por eso, en un momento,
te lo cuento.

Por Alberto Morate

Publicado el Deja un comentario

Rosa sobre blanco: Tras la noche, II

Esta semana completamos la publicación del díptico Tras la noche de Rosa García-Gasco, y sin más que añadir doy paso al poema.

Tras la noche, II


Un amanecer tratamos
de empujar el horizonte
con todo el brío
de nuestro aliento.
No cayó. Su luz rosada
era segura. Era cierta.
Fuimos eternos
tras esa noche
que nos hizo emborracharnos
de albas y aromas. Los otros
sólo reían
de nuestra hazaña
–pequeños cíclopes ebrios-
frustrada, porque quisimos
tumbar la aurora,
aunque era firme
su luz tan falsa.
 
Ha roto el alba, ya nunca
vamos a ser infinitos.
El mundo es de cartón piedra.
¿Qué habrá detrás
de aquella noche?
Un soplo leve, una nada,
máscaras huecas.
Luego, el abismo.

Por Rosa García-Gasco

Publicado el 1 comentario

La vida en las solapas de mis libros: Más dura será la caída

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA de Bud Schulberg

28 de enero de 1972

Según la solapa de Más dura será la caída de Bud Schulberg, que además de escritor fue guionista de dos película míticas: La ley del silencio y Un rostro en la multitud, y chivato, junto a Elia Kazan, de sus compañeros comunistas en la era McCarthy, el ejército eliminó los ordenanzas y tuve que volver a la base de Sant Joan. Esta vez el sargento, marido de la amiga de mi madre, me metió en la Armería. Una casita de unos cuarenta metros cuadrados en pleno campo desde donde se veían las pistas. Estaba apartada de la base y era como un mundo aparte. Por allí no pasaba casi nadie. Era tal nuestro aislamiento que delante de la fachada el brigada había construido una barbacoa para merendar (en Mallorca merendar es comerse el bocadillo de las diez) cada día debajo de una vieja lona. La casita se dividía en un taller, un baño con ducha que daba asco, y dos despachos: uno del capitán y el otro del brigada. La limpieza brillaba por su ausencia. Solo éramos cuatro los destinados allí, y, excepto el brigada, que siempre se traía trabajo de fuera, que consistía en arreglar armas de todo tipo, por lo que cobraba un buen dinero, nadie movía un dedo. Yo entraba a las ocho de la mañana y me ponía leer en el despacho del brigada con su permiso, el capitán venía sobre las diez a merendar y después se marchaba hasta el día siguiente, y el sargento Gutiérrez se pasaba la mañana yendo y viniendo de la cantina mientras que fumaba Ducados tras Ducados. Esta situación podría haber sido un paraíso pero no fue así. Al sargento Gutiérrez le caí mal desde el primer momento. Era un andaluz grueso y fuerte, con un marcado acento andaluz y el pelo de color negro peinado hacia atrás. Era la excepción que confirma la regla en cuanto a que todos los andaluces tienen que ser graciosos. Él era un cordobés borde. Diferente al brigada y al capitán que era bajitos, calvos y entrañables. El primero mallorquín y el segundo de Málaga sin ningún tipo de acento. Desde el primer día al sargento le fue mal que yo leyera y empezó a molestarme mandándome hacer tareas absurdas, como limpiar la armería, llevar paquetes a sus amigos que estaban en otras dependencias, ir a comprar una cerveza a la cantina cuando él no dejaba de visitarla continuamente, limpiarle su SEAT 850 por dentro y por fuera cada semana, etcétera. Me habían cambiado a la señora del capitán Lucio por un sargento ignorante y borracho. Digo esto último porque cuando nos íbamos a las dos ya se iba un poco chispa, como le decía el brigada. Al cabo de un mes pensé que tenía que acabar con aquella situación porque un día mandaría a la mierda al puto sargento y la cagaría. Me conocía y sabía que eso ocurriría. Pero pensé en otra solución. Mi primera opción fue conocer más al capitán Perelló, y cuando el sargento estaba yendo y viniendo de la cantina, intenté intimar con él. Mi primera sorpresa fue que le encantaba la pintura y que era un pequeño coleccionista. Enseguida le dije que yo era pintor y que si quería podía pintarle un cuadro. Al capitán se le abrieron muchos los ojos y enseguida dijo que sí, que encantado. «Te dejo mi despacho para que pintes —me dijo solícito—, prácticamente yo no lo utilizo.» Al día siguiente por la mañana coloqué mi caballete, mi espátula y mis tubos de óleo en su despacho. Cuando el sargento vio aquello puso cara de perro y empezó a mandarme tareas absurdas. El capitán estuvo una semana fuera y cuando volvió se encontró con que yo solo había conseguido manchar una tela. Me preguntó qué pasaba y yo, encantado y muy explícito, se lo expliqué. No dijo nada y a la mañana siguiente mientras merendábamos le dijo al sargento: «No le mande ni una sola tarea más a Martín hasta que yo se lo diga, ¿de acuerdo, sargento?» le dijo sin mirarlo a la cara. «Sí, mi capitán.» Contestó el sargento. El tipo nunca más me molestó, me hablaba lo indispensable, y al capitán le regalé como diez cuadros tamaño medio hasta que me licencié.


Por Martín Garrido Ramis

Publicado el 1 comentario

37º Latitud Norte: Ronda de Muertos

En este fin de semana marcado por la celebraciones de Todos los Santos, María Mateos en su sección 37º Latitud Norte nos trae desde México su relato Ronda de Muertos.

Ronda de Muertos

© Fotografía: National Geographic

Doña Lola es una mujer alta, lozana y guapetona de nacimiento. Tiene planta de actriz de los años cuarenta y los hombres le silban a su paso por ese caminar ceremonioso que lleva a ritmo de sandunga. Peca la señora de mucho carácter y dice las cosas como le vienen, sin un ápice de diplomacia. Fuma cigarrillos de tabaco negro sin filtro y se queja de un dolor punzante en el pecho que atribuye al libertinaje de los nervios. Va siempre bien peripuesta, con ropa de moda ajustada y zapatos de medio tacón. En los aderezos abusa de los dorados y las lentejuelas y lleva el pelo recogido en un moño bajo adornado con flores de tamarindo.

Novios y enamorados nunca le han faltado porque doña Lola es una hembra de armas tomar. El pobre Don Agustín la estuvo cortejando durante casi una década sin resultado alguno. Día tras día se pasaba a rondarla con un ramillete de jazmines y tallaba para ella cajitas de madera donde le decía, guardaba su corazón. Doña Lola no sucumbió a las atenciones de su pretendiente, que fueron muchas, y el pobre enamorado fue apagando día a día su fuego de galán hasta que se marchó de la ciudad. Cuentan que vaga como un espíritu triste por Aguascalientes, vendiendo pequeñas cajas de madera a los turistas reumáticos que van a tomar las aguas.

Doña Lola vive en la casita de los aguacates, la única del vecindario que no sufrió un solo desperfecto durante el terremoto de 1985. Los cimientos estaban construidos con los mástiles de una goleta inglesa, hundida frente a las costas de Veracruz, y las ondas sísmicas movieron los cimientos de la misma manera que un barco navega sobre las olas. Pero la semana pasada, la señora salió a fisgonear un casamiento en el Santuario de la Virgen de los Remedios; le gustaba arreglarse para ceremonias a las que no había sido invitada. Las cúpulas se desplomaron con la nueva sacudida sísmica en el momento justo que la cotilla se ajustaba las medias en la puerta de la iglesia.

La sobrinada le ha levantado un altarcito en el Día de los Muertos, con platos de frijoles de olla, tamales de cordero y el tradicional pan dulce de anís con canela. Don Agustín llegó del norte con una botella de tequila añejo y el repertorio completo de Juan Gabriel, para bailar soñando un agarradito con la muerta. El viejo había labrado para su amada todas las flores del trópico en un baúl de madera de sándalo, para que pueda guardar desde el otro mundo el tabaco de liar y las numerosas cartas que tiene pensado escribirle.

Desde el más allá, la mexicana decide que ha llegado el momento de corresponder a su amartelado artesano.

Ahora será ella quien irá a rondarle durante la noche.


Por Rosa María Mateos

Publicado el Deja un comentario

El Relato Caleidoscópico de Luisa Gil

Empezamos noviembre con una nueva entrega de el Relato Caleidoscópico, esta vez de la mano de Luisa Gil. El hashtag para comentar esta entrada es #RCaleidoscópico28, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Y sin más preámbulos os dejo con la historia, de la que dejado solo el enlace de todas menos las dos anteriores , para que no se alargue en exceso la historia y en breve tendremos una sorpresa, pero mientras tanto disfrutar de la nueva vuelta de Caleidoscopio de Luisa Gil.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

This image was originally posted to Flickr by XoMEoX at https://flickr.com/photos/110925305@N06/36237554782. It was reviewed on 29 October 2017 by FlickreviewR and was confirmed to be licensed under the terms of the cc-by-2.0.

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

Publicado el Deja un comentario

Poesía sin títulos: Mar y sendero

Para cerrar el mes de octubre Alberto Morate nos trae una prosa poética con aires marinos.

Mar y sendero

Huelo el mar.

El mar es atrayente, pero la soledad de la playa no es discreta. Desde la distancia se pueden observar otros solitarios paseando con sus sentimientos. Para perderse prefiero la montaña, donde solo las águilas extinguidas compartirán tu silencio.

El mar es nostálgico, poético, romántico, pero excesivamente conocido. Es como ir a llorar al muro de las lamentaciones. Tu camino ya está trazado en la arena anteriormente por otro más triste, más solo, más perdido. En las laderas del monte, sus recovecos guardan mejor los latidos del corazón. Es más fácil esconderse y hasta perderse. Y para alcanzar la cima hay que sufrir, añadiendo dolor al resquebrajamiento interno. En la orilla, si te encuentras con alguien, disimularás tu aspecto.

En la montaña, toparse con alguien es descubrirle nuestras heridas. Nadie sube allí solo por placer o por contemplar el paisaje. Sabrán que estamos buscando el cementerio de los sentidos.

No desprecio el mar ni sus misterios pero me gusta más volar que sumergirme, antes gritar que llorar, primero quedarme seco y en segundo lugar hincharme.

Aunque para penar da lo mismo donde nos encontremos.


Por Alberto Morate (Derechos registrados)