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Yo ya no soy yo

Yo ya no soy yo

yo ya no soy yo

Yo ya no soy yo, sino una loca que se me parece. Una demente perdida entre recuerdos deformes. Distorsionados por el paso del tiempo. Un paso que, a medida que avanza, me atropella otra vez. Un paso que no se detiene por compasión, que no sabe de lágrimas o risas, de felicidad o sonrisas. Un paso, en definitiva, que hace lo mismo que tú: pasar.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Voz de seda

Voz de seda

0para ti

Tu voz de seda puede ser una manta o una cruz; si la escucho al trasluz, es una voz que no me aparta con una coz. Una voz que multiplicada en un altavoz, para nada desprende energía feroz.

Es voz de risueña entonación, la que más escasea en este mundo tan bribón y, también, la más necesaria cuando te conviertes en tu propio ladrón.

Una voz que intensifica el tono café de tus ojitos por las orillas. Para que brote de nuestra sangre color vino la agitación menos atroz, tu voz es la semilla. Una voz que me invita a acariciarte el Corazón con mil besos a hurtadillas. Que me incita a arruinarte las pesadillas abrazándote las lágrimas que se te deslicen por las mejillas, para amar tu Alma mientras le hago el Amor a tus escozores, abrasando de paso todos tus temores –tranquila, yo llevo las cerillas–.

No soy capaz de borrar el brillo de tu mirar de mi órgano de pensar, y ojalá nunca suceda. Mucho menos si llueve; ahí, tu voz de seda debe oler tan sabrosa como quedarme a vivir en tu delicada arboleda. Si alguna vez te sientes perdida en una sombría vereda, por favor, no permitas que tu voz retroceda. Tienes dentro de mí un hogar con la puerta siempre abierta para que accedas.

A mí se me metió a traición tu sonrisa de ensoñación en mis pupilas de cartón. Y no sé si quiero sacarla, me hechiza su atracción. Aunque eso suponga la aniquilación de mi desnutrido Corazón, prefiero volver a arriesgarme y confesarte al oído que tu voz de aspecto dulzón se me clava muy dentro como un delicioso arpón, aunque solo sea para escucharte destrozar una canción.

© Sara Levesque 2020

 

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Recuerdo cuando recitabas poesía

Recuerdo cuando recitabas poesía

recuerdo cuando recitabas poesía

Recuerdo cuando recitabas poesía. La propia y la ajena. La leías con cierta entonación. Lenta, acentuada. A mí, que nunca había escuchado un poema en voz alta, me pareció algo ridícula. Luego, la ridícula fui yo, con mi monótona forma de hablar de cada día.

Ahora, años después, sólo puedo sentir de verdad un poema si le añado el eco de tu voz. Eco que empezó aquella noche entre los diablos azules del bar. Junto a una cerveza, me enseñaste un mundo nuevo, repleto de estrofas y versos cantados. Allí descubrí los más especiales: los tuyos.

Escribir sin pelos en la lengua me lo enseñaste también, cuando a mí me temblaban las palabras en la boca.

Y cuando llueve, no me importa que las gotas me picoteen o termine calada. Porque para mi cuerpo es como si le recitaras una poesía más o menos extensa, depende de la cantidad de agua. Rimas nada frías ni aburridas. Solo estrofas y versos cantados.

© Sara Levesque 2020

 

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Navidad y nostalgia empiezan por “n”

Navidad y nostalgia empiezan por “n”

Navidad 2

Este es un relato triste, ya te aviso.

Tengo que hacer un esfuerzo terrible para no echarme a llorar por la pena de no verte. En realidad, tampoco podría; ya no me quedan lágrimas. Soportar las Navidades contigo en la otra punta del mundo, en otro hemisferio, o incluso en el país de al lado es tremendamente duro. Se me hace tan cuesta arriba como subir una montaña vertical por completo, como escalar por una aguja.

Así me resultan estas fechas. De por sí me espantan. Demasiada alegría es preocupante. Y si a eso le sumas que vuelves a faltar tú, ya no me queda gran cosa para sentir felicidad. Por eso en esta época noto la nostalgia más afilada. Ni siquiera sé cuál es tu color favorito…

Fuera llueve, pero es tan fría tu ausencia que hasta la calle la padece y ha helado. Nieva. Es una nieve de blanco roto, sucio. Tan sucio como el olvido. Tan roto como un corazón lleno de nostalgia en Navidad.

© Sara Levesque

 

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Bohemia… Te adoro (III)

Bohemia… Te adoro (III)

Bohemia... Te adoro (III)

La bohemia pura solo se siente cuando el Corazón tirita y una pizca de Arte es lo que le ayuda a entrar en calor.

 

Mejor que una sonrisa en mi cara y mala cara en la sonrisa de los demás… Mejor que escalar, que escalarte, que Nepal, que viajar. Mejor que el teatro y la literatura. Mejor que el reggae de Mishka. Mejor que un atardecer en el Retiro sin que ninguna nos retiremos del lado de la otra. Mejor que un picnic con el horizonte. Mejor que el éxtasis, un cigarro, el LSD o estar drogada de sinestesia. Mejor que una voz ronca, rocosa, rasgada, arrugada. Mejor que un musical en el que se le permite al público bailar. Mejor que el olvido, el reencuentro, la muerte del dolor. Mejor que el sexo lésbico, el sexo sin compromiso. Mejor que hacerle el Amor a tu Corazón después de follarte el cuerpo y zurcirnos las cicatrices a base de polvos. Mejor que comerte los pies y la boca. Mejor que un camino por andar con tres personas: contigo, conmigo o sin ti. Mejor así para que mi bien amada sonrisa no se me vuelva a escurrir. Mejor que el impulso de una corazonada que predomine sobre la razón. Mejor que visitar tu espalda saltando de lunar en lunar, callejeando por tu cuerpo, perdiéndonos por el mío. Mejor que asistir al funeral de mi timidez y entregar una rosa por cada lágrima que llevaba tu nombre. Mejor que recorrer más de nueve mil kilómetros hasta una tierra repleta de colores solo para apreciar el más hermoso: el de tu mirada. Mejor que el desparpajo de la persona que se arranca a bailar con los músicos del metro. Mejor que pensar en ti y desternillarme de júbilo en vez de llorar. Mejor que ir a Vista Alegre y ponerte igual a ti. Mejor que la necesidad de comunicar, de expresar algo de la nada, de ir a contracorriente sin seguir el guion, dándole a la vida más emoción. Mejor que ser uno mismo cuando quieras, no quien la sociedad te ordena.

¿La Bohemia? No se rige por leyes racionales. Solo sentimientos y corazonadas leales. Eso, sumado a todo lo anterior, para mí es lo mejor.

© Sara Levesque

 

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Frío

Frío

frío, uno diez nosotras, versos para París

Aquí ando, en mi habitación de madrugada. Una habitación algo tibia y demasiado vacía. Yo, en cambio, no tengo frío. Me caliento los dedos mientras tecleo cada uno de tus recuerdos.

Justo antes de meterme en la cama, acostumbro asomarme a la ventana sin intención de suicidarme. Y comienzo a torturarme con tu sonrisa flotando ante mí. Y mi mente, que es muy cabrona, me atormenta suponiendo que estarás cumpliendo cada uno de tus sueños sin mí.

Me siento un poco aislada. También adoro la sensación de saber que con mi soledad logro arte. Y puede que no me colme de riquezas materiales, mucho dinero y lujos en exceso que me rebosen por la puerta de atrás. Pero me llena el corazón de algo mucho más valioso: su esencia. La esencia de ella. De la escritura. De mi musa. Ese halo inasible, como un humo que apenas se ve, como el viento que solo se siente. Esa sensación bipolar, una mezcla de alegría y desenfado, de sonrisas introvertidas y lágrimas sigilosas; no sé por qué, pero me seduce. Es mi momento de intimidad con la escritura.

Cada vez que te transformo en arte me toca “olvidarte otra vez en cada esquina”, como dice Sabina.

Frío es besar a alguien poniéndole tu cara. Es contagiarse de soledad rodeada de gente. Frío es mirarte y no poder verte. Escalofrío.

© Sara Levesque

 

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Uno, diez… Nosotras

Uno, diez… Nosotras

una detrás de otra

Un beso

repartido en dos tiempos.

Ni tres cenas a tu lado

ni más de cuatro(cientas) cervezas en el cuerpo,

lograron arrancar las cinco letras

que tardé seis años en decirte.

Ojalá los gatos me prestaran una de sus siete vidas

para trasnochar contigo aunque sean las ocho de la mañana,

suplicando que no te marches hasta las nueve de una noche muy lejana.

Y si lo haces, contaré hasta diez antes de echarte de menos.

 

Y yo le seguiré confesando al horizonte, como cada amanecer,

que no existe un número capaz de contar lo mucho que te llegué a querer.

© Sara Levesque 2019

 

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Ave del paraíso

Ave del paraíso

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Y entonces la vi. Una mujer diferente a las demás que me hechizaba porque no seguía el jodido guion. Con piernas tan eternas dentro de su pantalón verde tirando a marrón. Aparentaba una silueta angulosa desde lejos, apuñalando el suelo con sus zapatos de tacón. Sus cabellos cobrizos de seda natural, más esponjosos que el algodón, me hicieron creer que era la viva imagen de la pasión. De piel de raso tropical, quise esnifar su aroma por completo aunque, por defecto, me llevase un sonoro bofetón.

Su flor fue lo que más me enamoró. No era de las que se ponen en la solapa o tiesas en un jarrón. Una flor más dulce que el sabor de cualquier pezón. Una flor en la que, cuando hace calor, siempre apetece darse un chapuzón y, si el clima es frío desilusión, reconforta más que atiborrarse en la soledad devorando un bombón. De la que nunca te sacias y se lo expresas gimiendo a pleno pulmón. Aquella flor exótica entre su jardín sin corrupción brotaba brillando con cada lametón. Parecía estar en llamas y resultó ser ese tipo de luz que uno tanto ama sin pedir perdón.

© Sara Levesque

 

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Al revés (II)

Al revés (II)

abrazos desde el corazón - besos en verso - lo-cura

Si te asusta el matrimonio, ¿te quieres divorciar conmigo? ¿Quieres que digamos “no” a todo lo negativo? Vamos a deshacernos el amor, a ponerle un cinturón de castidad a nuestra pena. A asustarnos del rebose de fortuna con precaución y a no temer que las cosas puedan torcerse. A ser felices en los días más grises. Hagamos las tareas deprisa y también con calma y riámonos de lo que no es apropiado. Atrevámonos a bucear en un monte y, si no sabes cuál, yo te enseño a hacerlo en el de Venus.

Sobre todo, vamos a construir las cosas bien aunque empecemos por el tejado. Pero vamos a hacerlas de una vez.

© Sara Levesque 2019

 

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El puto horizonte

el puto horizonte

El puto horizonte

“The Nose” impone.

Su perfil es enorme y poderoso. De lejos parece una gigantesca nariz. Una tocha infinita. La montaña más lisa, preciosa y peligrosa que he visto. Como tú. Con tu pelo liso, también eres preciosa. Y peligrosa. Como la montaña.

A solas en la explanada, decidimos tumbarnos sobre el césped. Frondoso. Mullido. Me hace recordar partes del cuerpo que no vienen a cuento.

Te miro de reojo. Tienes la vista alzada al cielo. Hacia el horizonte. El puto horizonte que tanto te gusta. Es tan eterno… el puto horizonte.

Quiero empezar la escalada, pero tu hipnótica figura me impide despegar los ojos de ti. Entonces, te giras y me besas. No me lo esperaba, a veces me desconciertas. Nos besamos. Sólo existen nuestros labios, y el deseo de ambas lenguas juguetonas. Toco tu camiseta turquesa, pensando que estarías mejor sin ella, queriendo de repente escalar tu peligrosidad en vez de la de la montaña.

“The Nose”, con su roca lisa, infinita hasta el puto horizonte, ha desaparecido.

Sin esperarlo, te separas y corres con los pantalones llenos de raquíticas briznas de hierba, a ponerte tu material, dispuesta a comenzar la ascensión. Tu impulsividad me deja perpleja. Una vez más. Te observo con la boca abierta, con cara de tonta.

Delante de mí, el azul de tu camiseta. Arriba, el azul del puto horizonte. Y tú, con el paisaje, si te desnudaras formarías el conjunto ideal para que Reverón te incluyera en su período azul.

Corres muy rápido. Saltas, vuelas, con esa encantadora forma de mirar al cielo con los brazos abiertos.

Adoro pillarte mirando el puto horizonte.

© Sara Levesque

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.