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Brevedades improvisadas: La ciudad y su luz

Una imagen de una playa con un puente colgante al fondo

Un lunes más tenemos con nosotros a Chema Montes para llevarnos de visita a otra ciudad, esta vez una llena de recuerdos. Y así añorando esos días en los que podíamos pasear por la calle sin problemas os dejo con La ciudad y su luz.

La ciudad y su luz

Los sonidos de la plaza se confundían entre los acordes mal tocados de Hotel California en una guitarra desdentada, el bullicio de los turistas y el de los vendedores de castañas y pulseras de cuero, mimetizándose con el ambiente húmedo y fresco de la mañana. Hacía años que no pisaba aquel lugar. Miró al suelo, lo vio mojado y con una tierrilla que parecía barro. Cerró los ojos. Aspiró fuerte y pensó que, en su ausencia, la vida había seguido igual, que el ciclo de la estaciones se había desarrollado tal y como era su obligación, dando constancia de que el tiempo pasa aunque nosotros no queramos, por mucho que nos resistamos a ver que envejecemos, que los momentos no vuelven, que lo que vivió en aquella ciudad tantos años atrás pertenece al pasado, a muchos otoños atrás. El tiempo pasa aunque queramos detenerlo, pensó. Pero este lugar, por mucho tiempo que pase, pertenece a un pasado cíclico y circular que nunca termina ni nunca lo siente lejano. Siempre ocurre, siempre está vivo, tiene una leve existencia en el presente y nota su eco en el futuro. Nunca muere.

Decide marcharse de allí, volver a recorrer las calles, perderse entre la marea de gente que adivina a lo lejos, mareante e incesante. No lo recordaba así. Tampoco reconocía los nuevos cafés sin personalidad, las tiendas de souvenirs, las tiendas de ropa y los grandes almacenes cercanos a la vieja estación de tren. Hay calles que recuerda pero que no reconoce, ni siquiera las más pequeñas, las que deberían conservarse como siempre estuvieron, las que siempre fueron menos transitadas, alejadas de la vorágine turística, calles en las que todavía quedan vestigios de comercios antiguos, clásicos, de pequeños cafés y pequeños restaurantes que no interesan a los extraños, que conservan la esencia de lo que fue esta ciudad, de la ciudad que vivió y disfrutó y que hoy se le antoja diferente, se le presenta con un cuerpo cambiado. Conservas tu magia, le dice, pero te han desvirtuado. ¿Dónde quedan tu silencio, tu soledad, la melancolía en la que te movías con tanta destreza? ¿Dónde queda todo lo que de ti me enamoró?

Cuando llegó al aeropuerto se prometió no llorar, pero cada vez está más sensible, será que convertirse en padre le reblandece y le hace propenso a la suavidad y la ñoñez. No llora, pero le crece un nudo en la garganta a cada paso que da. Aquella es la ciudad a la que siempre quiso volver, pero que se ha disfrazado de otra distinta. Aún le queda por visitar su antiguo barrio, eso le da esperanza. Deja atrás el bullicio y, escuchando la música que entonces escuchaba, casi la misma lista de reproducción que ha mantenido casi intacta desde que se fue. Se pierde entre las laberínticas calles que le llevan hacia allí. Será ahí que encontraré lo que busco, pensó, lo que ahora necesito. Y de manera súbita se dio cuenta que desde que abandonó la plaza iba reconociendo el paisaje y, mejor todavía, sentía como si jamás se hubiera marchado. No me fui de aquí ni nunca me iré. Siempre seré suyo. Siempre serás nuestra.

Todo lo que llevaba, lo que vestía, ya lo tenía de entonces. Quería de esta manera atraer esos momentos, provocar que los recuerdos volvieran, que los lugares recobraran la personalidad, la luz, las palabras, las sensaciones, algo así como un atrapa sueños en forma de camisa blanca pantalones vaqueros y zapatillas deportivas. La música que sonaba en su móvil también lo era, la cartera, la pequeña mochila, incluso una tarjeta de transporte público. Pequeños recuerdos, pequeñas reminiscencias de un día cualquiera de todos los que viví aquí. Todo lo había preparado minuciosamente con la esperanza de que una vez allí la ciudad le reconociera y le acogiese como siempre hizo. Quería que no le viese como un extraño, como otro turista más, que supiese quién es, que una vez recorrió sus calles y fue un habitante cotidiano, no un forastero, que fue miembro activo de su comunidad. Lo había planeado todo, hasta la hora exacta en la que quería estar en la zona más alta para, desde allí, ver el atardecer, el desaparecer el sol entre los márgenes del río mientras la leve brisa, y quizá la lluvia tenue, del mes de noviembre le envolvían en un manto de morriña. Y mientras eso pasaba, mientras la vida pasaba ajena, a él se le presentaban una a una las imágenes de aquellos días, con luminosos destellos, incluso podía recordar conversaciones, sonidos y olores. Toda una época completa de su vida condensada en unos pocos minutos, en unas cuantas imágenes mentales adornadas de crepúsculo y brisa. Todo lo que fue y que ya no podría ser.

Se pregunta si realmente no había sido mejor así, si aquel tiempo no tenía que volver a repetirse y, de haberlo hecho, volver a esa ciudad sería la búsqueda incesante de algo que fue, pero que no volvería a repetirse. Quizá, vuelve a pensar cuando una pareja de japoneses le pide en un atropellado inglés si puede hacerles una foto, no hubiera sido lo mismo y la decepción hubiera sido muy grande. Quizá el pasado nunca vuelve y perseguirlo sea una estupidez, correr hacia atrás es más difícil y cómicamente ridículo y no te asegura que retrocedas en el tiempo. Lo piensa mientras observa en la pantalla de la cámara a la pareja. Son jóvenes, seguramente igual de jóvenes que cuando ellos, él y su hoy mujer, llegaron por primera vez. En su mirada nota el mismo brillo, en su sonrisa las mismas ganas, en su cuerpo las mismas ansias por disfrutar de todo lo que les rodea. Disfrutad, les dice, ahora que podéis y lo veis todo por vez primera, disfrutad y guardad todos los recuerdos posibles. Pero no os enamoréis demasiado de este lugar, de esta ciudad, dejad que seamos pocos los egoístas que la queremos solo para nosotros.

Entonces les observa marchar, cogidos de la mano, e inevitablemente tiene la necesidad de coger el teléfono y llamarla, decirle que está bien, que la echa de menos, que no puede separarla de los recuerdos que tiene de la ciudad. Que ella está en todos los lados, que sería maravilloso que estuviera allí, que volvieran después del paseo a su antigua casa, que tomaran un café mientras la tarde cae por completo y llega la noche, que se entregaran al amor antes de la cena y después dejaran que el sueño les atrapase en el sofá mientras la televisión les devuelve un murmullo en una lengua extranjera. Como hacíamos siempre mi amor, como nos gustaba hacer los domingos. ¿Te acuerdas? Sí, mi amor, la ciudad sigue igual, al menos en la zona de nuestro antiguo barrio.

Todo sigue prácticamente, igual, pocas cosas han cambiado. Cerraron aquella cafetería pequeña frente al supermercado, pero pocas novedades hay, aunque se perciben leves señales de modernidad, todo huele como entonces. Veo más gente joven por la calle, de la misma edad que teníamos nosotros, pero sigue todo teniendo mucha magia. Te encantaría. ¿Volvemos juntos en primavera? Perfecto, tenemos que mirarlo. No mi amor, todavía no he ido a ver la casa, he pasado cerca, pero no sé si quiero verla o no. No, no he llorado, te lo prometo, te dije que no lo haría, pero no sé cuánto tiempo puedo seguir manteniendo la promesa. Te dejo mi amor, voy a seguir paseando, ya se hace de noche y no quiero llegar muy tarde al hotel. Sí, claro, después de cenar te llamo. ¿Qué tal el niño? Perfecto. ¿Y tú cómo estás? Normal, pero bueno, mañana por la noche ya estaré en casa otra vez. Te quiero. Intenta descansar un poco. Y gracias por dejarme venir solo, lo necesitaba.

Tampoco lloró en ese momento, sintiéndose lejos de lo que más quería y de la mujer que le dio verdadero sentido a esa ciudad. Me enseñaste a apreciar la luz, le dijo una vez, algo que jamás había percibido hasta que me la mostraste. Se lo dijo en una de las miles de cafeterías en las que alguna vez estuvieron. Ella le enseñó a apreciar la luz del atardecer, como la que en ese momento se le presentaba reflejada a lo lejos en el río. Esa luz, donde vivo ahora no existe, es distinta, no sé si mejor o peor, pero no es la misma. Pensaba que recorrer aquellas calles le provocaría una llorera muda pero inconsolable, pero no era así, y se sorprendía. Había viajado hasta allí para recuperar unas sensaciones que hacía tiempo creía perdidas. Y las estaba recuperando, a cada paso, volvía atrás. ¿Estaría tan emocionado que no podía emocionarse realmente? ¿Tendrían las lágrimas la intención de salir en el viaje de regreso para no empañar cada segundo que él pasara allí? ¿Será entonces que esa sensación de tranquilidad emocionada era la que realmente tenía que sentir y que la melancolía se había decantado por un segundo plano en ese momento?

Pero no, ante sí tenía la inmensidad de la ciudad, la inmensidad del río, los mares de gentes, el ruido, el trajín de la calle, los recuerdos en talla grande, todo eso frente a frente y en gran dimensión y resulta que ni un atisbo de llanto, ni temblor de manos, ni nervios en el estómago ni ganas de cerrar los ojos para aspirar el aire. Toda la vastedad del paisaje y ni por esas, todo calma y paz. Quizá en los pequeños detalles, pensó, quizá en las pequeñas cosas esté lo emotivo, no lo sé, pensó, seguramente me lo había imaginado de otra manera y suceda todo lo contrario. El caso es que estoy aquí, miro a mi alrededor y vuelvo a aquellos días, vuelvo a pasear de tu mano, mi amor, por estas calles. Vuelvo escribir y sentir la palabra vida en mayúsculas. Todo vuelve, aunque sea por un instante, vuelven percepciones de otros días.

Prácticamente ya es de noche cuando, sin darse cuenta o de conscientemente disimulada la intención, llega frente la que fue su antigua casa. Recorrió, ahora sí, nervioso los escasos metros desde la entrada del callejón hasta el final, hasta la puerta misma de su antiguo hogar. Y el silencio se hizo presente, el tiempo se paró y se plegó al mismo tiempo y, de repente, esa vida en mayúsculas se materializó en imágenes, en la caras de aquellos amigos que hicieron y que hoy en día son como familia, se materializó en canciones, incluso en sabores. Y lo vio todo claro. Todos tenemos un lugar que nos pertenece, pero nosotros podemos pertenece a algunos pocos, quizá dos, como mucho tres. Y él pertenecía a esa casa y esa casa les pertenecía. Si algo tengo que recordar de este momento, pensó, es el silencio. Porque la vida aquí transcurrió en silencio, en una quietud dulce y embriagadora que no he vuelto a disfrutar en ningún otro lugar. Y frente a esa puerta volvió a sentirlo. Entonces, de la que antaño fue la ventana de su salón, emergió una sombra que rompió aquel momento de ensoñación. Me voy, se dijo, no quiero que nada ni nadie interfiera en los recuerdos que tengo de ti, de cuando te asomabas a ese balcón para decirme hola cada vez que llegaba a casa. De ti, mi amor, todos los recuerdos que aquellas paredes me traen de ti.

Comenzó nuevamente a descender por aquellas callejuelas que recorrió mucho tiempo atrás y que por suerte poco habían cambiado. Todo seguía igual, o prácticamente igual. O al menos seguía, que para él era lo más importante. Los cambios han sido por necesidad, pensó, solo por necesidad, solo por eso. La magia sigue, conservas tu alma. Entonces se sorprendió cuando sitió una leve punción en el estómago. ¿Cómo puedo tener hambre cuando la nostalgia debería cerrarme el estómago e inundarme los ojos de lágrimas? ¿Será que estoy tan emocionado que la comida es lo único que puede calmarme? Tanto tiempo, se confesó, imaginándose compungido y lloroso al volver a pisar aquel suelo, aquellos adoquines, que ahora que estoy aquí, que he vuelto al lugar donde más feliz he sido jamás, que oigo el silencio y reconozco el paisaje, cómo es posible que solo piense en cenar. Será que nunca me fui (nos fuimos) y por eso no tengo esa sensación de regreso. Será que sigo aquí, que no me he ido, que el tiempo, al ser cíclico, me lleva y trae todos los días al punto de inicio y aunque pasen las estaciones, aunque cambien las hojas del calendario, todos los días son aquellos días. El tiempo pasa, pero el nuestro se detuvo aquí. Y quizá por eso es que ahora tengo hambre. Y quizá por eso todavía, aunque pensé que lo haría, no he llorado.

Por eso pensó que la mejor solución sería visitar alguno de los restaurantes a donde siempre les gustaba ir, degustar aquella comida que tanto añoraba y que, sin éxito, intentaba encontrar en otros lugares. Pensó en varios pero finalmente se decidió, sin mayor interés, en el más cercano. Era un restaurante pequeño, quizá demasiado pequeño para dar de comer a la gente, oscuro, ruidoso y calmado al mismo tiempo, estrecho, antiguo, sin ningún reclamo para turistas. Auténtico. Verdaderamente auténtico. Y hacia allí se dirigió. Llegó a la puerta y lo vio exactamente como lo recordaba. El dueño, aquel señor huraño y poco hablador que recordaba, seguía ahí, impertérrito, correteando y contorsionándose entre las pequeñas mesas, con bandejas de aluminio y platos de cerámica sin ningún color debido al uso de tantos años. Los recuerdos le llegaron, se empezaron a agolpar, a hacerse presentes, a llamar a la puerta. Se sentaron a la mesa junto a él, comieron lo mismo, se bebieron juntos a sorbos la pequeña botella de agua fresca, saborearon cada gota del café. Pidieron juntos la cuenta. Los recuerdos han llegado, pensó, para quedarse, seguro que me acompañan hasta que me duerma.

Toda la vida, la que vivió en aquella la ciudad, la de antes y la que vino después de su marcha se le sentaron en frente y le miraron a la cara mientras cenaba. Todos y cada uno de ellos estaban ahí, incluso algunos que hacía tiempo no veía y otros a los que recordaba. Una cena de viejos amigos que después de muchos años se reencuentran y viven una noche inolvidable. Los recuerdos son nuestros mejores amigos porque nunca nos abandonan, siempre permanecen a nuestro lado. Entonces llegó el camarero, aquel viejo huraño que seguía casi igual, puede que más encorvado y con menos pelo, pero era el mismo. Le trajo la cuenta y le pidió perdón por la tardanza en servirle, pero que el señor es cliente de la casa y sabe que siempre es así. Y en ese momento, en ese preciso instante en el que se sitió reconocido, en el que mirándole a los ojos aquel señor le confesó que, aunque el tiempo había pasado él le seguía recordando y que, por tanto, con total seguridad, la ciudad no le había olvidado, rompió a llorar de manera muda para poder disimular el temblor de manos, de garganta, de alma, de corazón. Solo acertó a decir que no había problema, que le agradecía todo. Dejó el dinero y sin volver la vista atrás, abandonó aquel lugar llorando ahora sí de manera desconsolada y amarga, con la mirada clavada en el suelo, con la boca tapada por el cuello de la chaqueta.

Con el alma rota por algunas partes y remendada por otras, con el corazón intranquilo, con el alma en paz. Encaminó sus pasos, sin dejar de sollozar, hasta la plaza en la que estuvo por la mañana confiando en que el ruido del gentío le ayudaría a olvidar lo que había pasado, a recuperar la compostura y la noción de realidad. Pero allí no había nadie, no había rastro del músico, ni de los turistas, ni de los vendedores de castañas o pulseras. No había nadie. Y sintió, hiriente, la soledad. Y mientras miraba hacia el río, aún con los ojos húmedos, sacó del bolsillo la pequeña libreta donde anotaba frases o poemas, arrancó una hoja y con una caligrafía un poco nerviosa escribió “Te prometo que volveremos y que nunca te hemos olvidado”. Escondió el papel, bien doblado, entre las gritas de unos escalones de piedra y, tranquilo, emprendió el camino hacia el hotel, dejando atrás las calles, las tiendas de recuerdos, los modernos cafés, las tiendas de ropa. La gente. Sus historias. La suya propia.

Dejando atrás un camino que en realidad nunca dejó de recorrer y al que, inevitablemente, volvería. Recordó entonces que una vez oyó que al lugar donde fuiste feliz no deberías tratar de volver. Nunca entendió esa frase hasta que se dio media vuelta y, entonces lo tuvo claro. No podría volver a vivir aquí porque todo lo que haría sería recordar y comparar. Recordar. Vivir en el pasado, no crear recuerdos nuevos. Y él no quería eso, no quería recordar más que lo que ya había recordado por miedo a caer en la tentación de pensar que se había equivocado al marcharse.

A veces, pensó ya en el hotel, tomamos decisiones porque creemos que en ese momento de la vida son las mejores que podemos tomar sin pensar que en algún momento nos plantearemos si hicimos lo correcto. Si nos equivocamos o no es una reflexión subjetiva, pero si no tomáramos ninguna decisión, pensó, nos equivocaríamos del todo. Ahora que estoy aquí, que he vuelto después de tantos años, creo que no me equivoqué de tomarla y tampoco que no me equivocaré cuando tome la decisión de volver aquí para nunca más marcharnos. La felicidad la encuentras en cualquier lugar siempre que ese sea el lugar donde debes encontrarte.

Apagó la luz y, antes de dormirse, tarareó la canción que le había hecho plantearse ese viaje relámpago, esa escapada. Esa canción que siempre le hablaba de la ciudad de su vida.


Por Chema Montes

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Ecos de Tierra Trivium: Marzo 2020 (II)

ECOS DE TIERRA TRIVIUM

Este segundo Ecos de Marzo tendría que haber salido el pasado día 15, pero por razones obvias se estaba aprobando ese fin de semana el decreto de alarma decidimos publicar en su lugar la entrevista prevista para el día anterior. Como parece que lo de quedarnos en casa va para largo y ya hemos empezado a sustituir las actividades presenciales por actividades virtuales vamos con el primer Ecos en el que todos los eventos y talleres serán en formato virtual. Para no perder la costumbre damos paso a nuestros queridos ecos.

ENTREVISTAS

Entrevista a Michel Deb en el programa Lecturas Asombrosas de Radio Universidad SEK (Radio Universidad SEK, 2020).

Novel·la negra al ‘Lletres i música’ [Entrevista a Marc Moreno] (Cugat Media, 2020).

RESEÑAS

Escapismo de Marc Moreno (El Taquigrafo, 2020).

Escapismo, de Marc Moreno: Una novela dura que nos hace avergonzarnos (Moon Magazine, 2020).

“Caricias de fogueo”, de Pedro de Paz (Literatura +1, 2020).

“Púrpura”, historias de ciencia ficción y terror fantástic, de Tery Logan y Rúben Arnaiz (Todo Literatura 2020).

NOTICIAS

¿Sueñan los chilenos con androides eléctricos? O, tengo-mis-ojos-y-debo-leer-CF. ( ALCIFF 2020).

Abrasha Rotenberg desentraña un pasado entre nazis en Argentina a sus 93 años (La Vanguardia, 2020) (El Diario.es 2020).

PRESENTACIONES

Presentación de Encuentro con los dioses, de Mado Serra (Librería Gigamesh, 2020)

PICADILLO

Christopher Golden, encuentro en Facebook con lectores. (Facebook, 2020).

 ACADEMIA TIERRA

Curso online de escritura criminal, por Jimena Tierra del 1 al 3 de Abril de 2020 de 18:00 a 21:00(Más información e Inscripción previa).

Si este ecos se os ha quedado corto podéis mirar en los anteriores Ecos por si se os ha quedado alguna reseña o entrevista por leer. Volveremos el 12 de abril con nuevas noticias.

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La Buhardilla de Tierra Trivium, homenaje a Miguel Hernández y a Leopoldo de Luis

Hace 78 años que nos dejó el poeta Miguel Hernández. Hoy quiero convertir esta buhardilla en un homenaje a Miguel Hernández, a aquellos que han mantenido viva su obra y en concreto al poeta Leopoldo de Luis del que hablamos brevemente hace unos meses en la visita que nos hizo Pilar Astray Boadicea.

Ambos poetas coincidieron en las filas del Quinto Regimiento del ejército republicano y por ello quiero recordar el poema que le dedicó Miguel Hernández a este regimiento:

MEMORIA DEL 5º REGIMIENTO

 El alba del diecinueve
de julio no se atrevía
a precipitar el día
sobre su costa de nieve.
Nadie a despertar se atreve
hosco de presentimiento.
Y el viento del pueblo, el viento
que muevo y aliento yo
pasó a mi lado y pasó
hacia el 5º Regimiento.
 Me desperté entre cañones,
y pistolas, y aeroplanos,
y un río de milicianos
como un río de leones.
Eran varios corazones
los que en el pecho sentía:
la sublevación ardía,
disparaba, aullaba en torno,
y eran el corazón de un horno
el gran corazón del día.
 Hombres, de noble mirada
y de condición más noble,
que han hecho temblar al roble
y desmayarse a la espada:
héroes que parió la nada,
dejando sin movimiento
el monte, el campo, el aliento
de la paz y la labor,
iban a unir su valor
en el 5º Regimiento.
 Herrerías y poblados,
minas, talleres y eras
ante las cajas guerreras
enmudecieron parados.
Se marchaban los arados,
y las demás herramientas,
a las casas cenicientas
donde la pobreza anida
al aparecer la vida
con pólvoras y tormentas.
 Campesinos: segadores,
la fama de los yunteros,
la historia de los herreros
y la flor de los sudores:
albañiles y pastores,
los hombres del sufrimiento,
ante el fatal movimiento
que atropellarlos quería,
fueron a dar su energía
en el 5º Regimiento.
 Lejos de los minerales,
los mineros más profundos
se movían irancundos
como los fieros metales;
ausentes de los trigales
y de los besos ausentes,
los campesinos vehementes,
con una sonrisa hostil
iban detrás del fusil
y de las malvadas gentes.
 ¡Qué largamente seguros
lucharon bajo sus ceños,
qué oscuramente risueños
y qué claramente oscuros!
Eran como errantes muros
generosos de cimiento,
y si llegaba el momento
de morir daban su vida
como una luz encendida
para el 5º Regimiento.
 ¡Cuántos quedaron allí
donde cuántos no quedaron
y cuántos se recostaron
donde cuántos de pie vi!
Así cayeron, así:
como gigantes lucientes,
enarboladas las frentes
como un orgullo de lanza,
y una expresión de venganza
alrededor de los dientes.
 España será de España
y español el español
que lleva en la sangre un sol
y en cada gota una hazaña.
 No seremos de Alemania
en ningún negro momento
porque el puro sentimiento
que nutre a los españoles
seguirá dando sus soles
para el 5º Regimiento.

Miguel Hernández (1939)

Y para pasar esta cuarentena os recomiendo visitar los poemarios Miguel Hernández y descubrir a Leopoldo de Luis que es un gran olvidado y que este año el 102 aniversario de su nacimiento.

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Poesía sin títulos: El teatro

En este jueves que seguimos quedándonos en casa, Alberto Morate nos trae una homenaje al teatro en la víspera de su día y en este año que es aun más necesario darle nuestro apoyo. Y deseando que pronto vuelvan a reabrir los teatros os dejo con El teatro de Alberto Morate.

El teatro

EL TEATRO 

es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse humana, habla y grita, llora y se desespera

Federico García Lorca
 Me dio la clave
tu palabra dialogada, 
la fascinación de hacerla viva, 
el magnetismo de que un actor
pueda ser él mismo
y al mismo tiempo otras vidas. 
 El placer de disfrutar de tus historias, 
la magia de creer verdad lo que es mentira, 
la realidad expuesta entre cortinas.
 La escena más desolada puede ser la más rica.
Cada poro de mi piel
transpira teatro y poesía,
el paroxismo de emocionarme,
de reír y de llorar,
de expresarme sin cortapisas. 
 Deslizarse por las tablas
iluminado desde bambalinas
y que se estrelle la luz en tu figura
y me observen cien miradas furtivas. 
 El teatro me transporta
a épocas apasionadas y convulsivas,
a escenas de amor, celos y envidias, 
a sentir tu mano en la mía
sin necesidad de caricias. 
 La historia en el bufón, en el barba,
en el rey, en el galán, en el gracioso,
en la dama muchas veces fingida. 
 Me hablan Sófocles, Plauto, Terencio,
Lope, Calderón, Tirso de Molina,
Shakespeare, Molière, Zorrilla,
Lorca, Valle, Mihura, 
Jardiel, Buero, Fermín Cabal, Mayorga...
lengua y cultura infinitas. 
 Tengo en la cabecera de mi cama
el delirio ansioso y evocador,
ávido de codicia y de clímax
de la farándula que me abriga,
y en mi respirar y en mis mejillas
encontrarás el teatro
como imperiosa necesidad de vida. 
 27/03/2020
DÍA INTERNACIONAL DEL TEATRO

Por Alberto Morate

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Rosa sobre blanco: Exegi monumentum aere perennius

En este segundo miércoles de cuarentena Rosa García-Gasco nos trae un homenaje a Horacio, siguiendo con este díptico sobre el paso del tiempo que empezó con La Rueda el pasado 12 de marzo. Así que para amenizar este nuevo día de #YoMeQuedoEnCasa os dejo con Exegi monumentum aere perennius.

Exegi monumentum aere perennius

 Esto querrás que permanezca
cuando se quiebre el filo de los años.
Levanta al aire un monumento
tan duro como el plomo, que no pueda
llevárselo en sus garras la criatura
que lo devora todo, ni las garras
del polvo o los gusanos.
Y no lo enterrará la arena junto al Nilo
si no es para alumbrarlo en la postrera
llama que te llevara hacia la pira.
No morirás del todo, ni tu esencia.
Tu voz, tu cuerpo, tu memoria
hecha de letras y de versos
se le vetó a la muerte. Irá creciendo
tu nombre al resonar de los aplausos
o vivirá como los juncos en el agua
aunque los siglos corran al arrullo
de guerras y de hambrunas y de virus.
 Puedes ser inmortal, te lo aseguro,
mientras recuerdes la erupción de Tera,
el año sin verano en lagos suizos.
Mientras que guarde Roma en sus tejados
el rojo del tramonto, y aunque uno,
tan sólo uno,
se acuerde de tu nombre como bronce. 

Por Rosa García-Gasco

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La vida en las solapas de mis libros: La jungla del asfalto

portada la jungla del asfalto

Tras unos cuantos meses sin publicar en estos días de cuarentena recuperamos la sección La vida en las solapas de mis libros de Martín Garrido Ramis viajando a enero de 1976 a un momento muy importante en la vida de Martín.

LA JUNGLA DEL ASFALTO de William Riley Burnett

15 de enero de 1976

Según la solapa de La jungla del asfalto de William Riley Burnett estába ensayando El mono piadoso de José Rubial. Una función adelantada a su tiempo escrita por un autor exiliado. Contaba que en EEUU cualquiera puede ser presidente. No se equivocaba. Lo hacíamos en el primer café teatro de Mallorca que yo había creado después de terminar las representaciones de Sabor a miel.

Cómo aún no sabía cómo marcharme a Madrid a trabajar de actor, se me ocurrió buscar una discoteca para hacer café teatro, que estaba de moda en Barcelona y Madrid. La pequeña disco se llamaba Babel’s y yo la rebauticé como Café Teatro Babel’s. Fue un auténtico éxito. Las representaciones eran los jueves, viernes y sábados a las diez y media de la noche. En aquel antro burgués se veían muchas cosas. Por ejemplo, al actor de moda en aquel momento, Helmut Berger (La caída de los dioses), metiéndose mano. sin ningún tipo de prejuicio, con uno de los nietos del millonario mallorquín que ayudó a Franco a ganar la Guerra Civil. Era un joven atractivo y de pelo largo y negro. Educado y agradable que tuve el gusto de conocer (fue una de las primeras víctimas del SIDA en Mallorca, aunque la familia lo ocultó cuanto pudo. Ya se sabe cómo son los ricos: lo importante son las apariencias). Por aquel local pasaron muchos famosos y famosas, que en repetidas ocasiones, los camareros tenían que meterlos en el taxi borrachos o colocados.

En aquel tiempo Juan Santamaría (sería presentador en TVE del programa 625 Lineas y se casaría con una de las hermanas Hurtado), el actor con el que había compartido reparto en Sabor a miel, me llamó para darme la primera gran oportunidad de mi vida profesional. La gran Nuria Espert (la actriz y directora de teatro más internacional de España) buscaba un actor de mis características. Había llamado a Santamaría por teléfono para decirle que iba a montar Divinas palabras de Valle Inclán en el Auditórium de Palma por ser en aquel momento el más grande de Europa. «Le he hablado de ti y quiere hacerte una prueba» me dijo Santamaría. Acepté y al cabo de una semana acudía a las cuatro de la tarde al Auditórium de Palma.

Tengo que aclarar que en ese momento estaba dirigiendo con unos jóvenes actores mi primera obra de teatro escrita por mí: Los comediantes de la vida. Llevábamos cerca de un mes ensayando. Nuria Espert no era una mujer muy atractiva, pero tenía personalidad y una especie de magnetismo que subyugaba.

La prueba se hizo en la Sala Magna del Auditórium en el que caben unas mil personas. Durante la prueba solo estaban ella y Víctor García, un argentino bajito considerado uno de los mejores directores de teatro del momento (fue una de las primera víctimas del SIDA junto a Rock Hudson). Nuria, muy fría, me dijo lo que quería que hiciese. O sea, tenía que revolcarme en calzoncillos por el escenario gritando como un poseso. Luego recitar cualquier verso o escena teatral que supiera y acabar llorando. Al final de la prueba me dijo: «El papel es tuyo, Martín.»

Tenía 21 años y mi vida habría cambiado radicalmente si hubiera dicho que sí. Era la primera oportunidad real que tenía en mi vida, la que cualquier actor de mi edad se hubiera vuelto loco de alegría. Aún hoy, no entiendo porque dije que no a la Diva. «¿Esta función se llevará por todo el mundo?» me atreví a preguntarle. Asintió sin dejar de mirarme. «Es que estoy ensayando con unos amigos mi primera obra de teatro y me sabría mal dejarlos colgados.» La Diva siguió mirándome porque seguramente no se creía lo que estaba oyendo. «Pero no te preocupes que yo te traigo a un actor que lo hará igual de bien que yo y no le importará irse de gira.» «Vale.» dijo y se fue. Le llevé a un amigo que se fue de gira con la compañía por todo el mundo y en los mejores teatros. La gira se terminó en el Teatro Monumental de Madrid. Yo estrené mi obrita de teatro en la Sala Mozart del Auditórium y estuvimos dos semanas con teatro lleno y buena crítica. Después el grupo se separó y, excepto con uno de aquellos actores, no he vuelto a tener relación con ninguno de ellos.

Actualmente tengo 67 años y aún no he descubierto porque dije que no a Nuria Espert. Una de las respuestas que barajo es que tengo un peculiar sentido de la lealtad y me importa casi todo un rábano. Si hubiera dicho que sí a Nuria mi vida no tendría nada qué ver nada con la que he vivido.


Por Martín Garrido Ramis

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Brevedades improvisadas: Un día complicado

imagen de un barrio de una ciudad con el cielo nublado

Este lunes también tenemos un nuevo relato de Chema Montes para amenizar estos días que nos toca estar en casa y que mejor que un relato que sucede alrededor de una casa. Y sin desvelar más os dejo con Un día complicado de Chema Montes.

UN DÍA COMPLICADO

Bueno, por aquello de estar en el norte, no me extrañó que la mañana despertara gris y lluviosa. Según el móvil, las probabilidades de lluvia eran del noventa por ciento durante todo el día, con vientos racheados de hasta treinta y un kilómetros hora y con una temperatura de trece grados; sensación térmica de once. Un día para no salir de casa y participar, como espectador, a través de la ventana mojada, de la vida fuera de las paredes del salón. Como ya he dicho, no me extrañó nada, de hecho, contaba con una situación así porque durante semanas había visto las predicciones del tiempo y, como era de esperar, se cumplieron.

El aburrimiento de un día de clausura amenazaba con una desesperación incipiente, entre el aburrimiento y la resignación, con pocas opciones para ocupar el tiempo en cosas de provecho o, al menos, lo suficientemente interesantes para que el tiempo pasara liviano entre las horas marcadas para preparar la comida y comer, tomar un té a media tarde, preparar la cena y cenar, ver alguna serie, acostarme a una hora razonable. Cuando estás en una situación así, el hambre te visita cada hora, y te empuja a moverte, a hurtadillas, para saquear de a pocos bien sea la nevera o bien algún armario. Y siempre hay algo que comer. Siempre, aunque parezca increíble.

Así pintaba la mañana. Además, que no lo había comentado y realmente es algo que determinó el devenir del día, el día anterior se había estropeado la caldera y desde el servicio técnico me confirmaron que durante esa mañana iría algún técnico a solucionar el problema. Por eso, para que la tragedia griega fuese mayor, se conjuraron el tiempo, la caldera rota, el técnico con su incierto manejo del tiempo y, creciendo por momentos, el aburrimiento.

La cuestión es que había ido a esa casa a pasar unos días porque me gusta retirarme cada cierto tiempo y alejarme del mundanal ruido de la ciudad. Mis padres la compraron allá por los años noventa y cada vez venían menos, por lo que prácticamente podía disponer de ella cuando quisiera. Y así lo hacía. Pasaba algunos días allí cada dos meses, dedicándome a pasear cerca del mar o haciendo rutas de senderismo, tomando café, cocinando o descubriendo restaurantes nuevos, yendo a pueblos y aldeas de los alrededores, leyendo la mayor parte del tiempo y viendo películas.

Como digo, la excusa para ir a esa casa, a esa pequeña ciudad pesquera del norte, no era sino la complicada tarea de reorganizar mi cabeza y relajarme, nada más que eso, como si hacerlo fuera sencillo. Con el tiempo me di cuenta de que en realidad lo hacía porque quería estar unos días sin tener que darle cuentas a nadie de nada, sin tener que decir lo que hacía o lo que dejaba de hacer, sin saludar siempre a los mismos vecinos, dormir en la misma cama, comprar en el mismo supermercado, hablar de los mismos temas con los compañeros de trabajo, hacer las mismas cosas día sí y día también, por supuesto. Buscaba unos días de experimentación casi real de libertad, eso que siempre estamos añorando y que, la mayor parte del tiempo, ni tenemos ni sabemos identificar.

El caso es que eran las once de la mañana y, como nunca supe a qué se refieren los técnicos cuando dicen que a primera hora te visitarán, me di cuenta que llevar más de tres horas despierto y sin nada que hacer podría causar en mí un agobio tremendo, por lo que me vestí y decidí salir a tomar un café a la cafetería habitual, situada casi frente al portal de la casa y desde donde podría ver sin problema la llegada de una furgoneta o de cualquier vehículo que identificara como el del técnico.

Bajé a la calle y, cuando abrí el paraguas descubrí que estaba roto y oxidado, que no se podría abrir del todo y que en casa no había ningún otro paraguas. La distancia entre el portal y la cafetería era poca, pero la lluvia arreciaba mucho en ese momento. Decidí correr, llegando casi calado a la cafetería. No pude sentarme en la mesa junto al ventanal porque estaba ocupada por unas amables jubiladas que charlaban sobre temas que no llegaba a comprender, por lo que desde mi mesa no podía ver del todo el portal. El camarero era nuevo y o no supo o no quiso (o yo me expliqué mal) comprender que café solo significa sin leche, que café espresso significa corto y potente. Me trajo un café con leche, con ausencia total de café salvo por un hilillo amarronado, y tan caliente que hubiese preferido una taza de magma a bebérmelo. Eran, porque lo miré, las once y veinte. Ni rastro de la furgoneta. Empecé a tener un poco de frío, además de que me irritaba tener que tomarme ese café que no había pedido (no sé por qué lo hice) mientras el jolgorio de los demás clientes y del programa del corazón de la televisión me martilleaba el cerebro. Once y media, no furgoneta, no técnico, sí frío en los pies, no cese de la lluvia. Poca batería en el móvil. La cosa prometía.

Sobre las doce menos veinte decidí pagar y volver a casa, no sin antes pasar por el supermercado para comprar pan y algo de pescado fresco para comer. A esas horas la afluencia de clientes era tal que tardé aproximadamente media hora en comprar una ventresca de bacalao, cuatro tomates, dos zanahorias, un calabacín y una barra de pan. Qué probabilidades, pensé en la cola de la pescadería, había de que en ese tiempo apareciera el técnico. Además, aunque tenía el móvil con poca batería, siempre podría llamarme, por lo que dejaría la compra y volvería más tarde a por ella.

Pero no, no pasó nada de eso. Lo que pasó es que cuando llegué al portal me di cuenta, con esa sensación de ahogo y calor que caracteriza momentos así, que no tenía las llaves de casa en el bolsillo, tal y como preveía. Habían desaparecido. No estaban. ¿Las había cogido? Entonces caí en la cuenta de que, con toda probabilidad, no, no las había cogido porque cuando iba a salir de casa me habían llamado y atendí la llamada por si era algo importante. No, no lo era, ni mucho menos, pero por esa llamada no había cogido las llaves. La cosa empezaba a ponerse fea porque cada vez tenía más frío, había recorrido el trayecto entre la cafetería y el supermercado, entre el supermercado y el portal sin la protección del paraguas y el pan, cosa que siempre me dio mucho asco, se había mojado por la parte descubierta y sabía que tendría que tirar esa parte.

Estaba en la calle, casi tiritando, sin llaves para entrar en casa, sin la posibilidad de darme una ducha caliente y esperando a un técnico que, cercanas ya las doce y media, seguía sin dar pistas de su llegada. El móvil con un terrorífico quince por ciento de batería, y yo sin saber muy bien qué hacer. Era el primer día de aquel periodo de retiro de una semana y la cosa no empezaba bien, además de que la lluvia era cada vez más abundante y el viento no tenía intención de menguar. ¿Qué podría hacer en esa situación? ¿A quién acudir? ¿A quién culpar en ese homicida repaso mental de culpables por verme así? Pasarían unos dos minutos cuando sonó el móvil. Si lo cogía y no era una llamada necesaria, corría el riesgo de perder toda la batería y verme, ya sí que sí, totalmente aislado. Si por contra, la llamada era del técnico, al menos sabría a qué hora podría llegar y tendría tiempo para intentar encontrar un cerrajero que abriera la puerta, pero claro, perdería quizá otro día para cambiar el bombín de la cerradura. Lo cogí, porque ante todo pensé que podía ser el técnico. Y lo era, ¡lo era! Pero lo era para decirme que había tenido una complicación y que hasta última hora del día no podía ir.

Le dije, obviándole que estaba tirado en la calle totalmente calado y con una barra de pan artesano cada vez más húmeda, que no había problema, que le esperaría en casa. Colgué. Era como la una de la tarde. Lo único que había cambiado era que, al menos, el técnico iría por la tarde. ¿Podría confiar en él? Confiaría. Confié. Pero seguía sin llaves. Y empezaba a tener hambre. ¿Qué más podía pasar?

El cerebro, la mente humana e imagino que también la de alguna especie animal, tiene la virtud de crecerse y buscar soluciones en momentos de máxima urgencia, de total necesidad. Espíritu de supervivencia y conservación de la especie, aunque en un momento como aquel no estuviera en riesgo la perpetuación del ser humano. De repente recordé que mis padres dejaban siempre una copia de la llave en la inmobiliaria que les vendió el piso por no sé que razón de parentesco entre mi madre y la madre de la dueña, por lo que vi la luz. ¡La cosa mejoraba! El local no estaba muy lejos, unos diez minutos andando, e imaginé que cerraría sobre la una y media, lo que me daba unos veinte minutos más o menos para llegar. Corrí al bar, le pedí al camarero que me guardara la compra explicándole muy rápidamente lo que había sucedido, salí corriendo bajo una lluvia que dificultaba tanto el ver más allá de mis brazos extendidos como el apoyar con normalidad los pies. Desde fuera, pensé, estaba dando un espectáculo dantesco.

Imaginaba a la gente asomada a los balcones y ventanas preguntándose quién sería aquel idiota que corría como un pato mareado bajo la lluvia, con un pantalón de chándal que se veía claramente de algodón y que le tendría que estar pesando una barbaridad. Pero tenía claro mi objetivo y no me importaba nada más. La inmobiliaria estaba más cerca, solo unos metros y tendría las llaves que acabarían con todo. Cuando llegué, milagro, seguía abierta, quedaban unos pocos minutos para que cerrara.

Pero no estaba la dueña, sino una chica demasiado joven para estar ahí y que se asustó cuando me vio entrar. Le conté, a trompicones, quién era y qué estaba buscando allí y, no sé por qué, le dije que tenía el móvil casi sin batería. Ella me dijo que la dueña se había ido ya a comer y que se había dejado el teléfono, por lo que no tenía posibilidad de contactar con ella para preguntarle dónde estaba la llave porque era su primer día en la inmobiliaria y no sabía esas cosas.

Me senté derrotado y le pregunté que a qué hora volvería y me dijo, con un tono de voz en el que percibí más incomodidad que preocupación porque estuviera empapado y despojado de dignidad y que seguramente me estaba cargando el pequeño sofá en el que estaba sentado, que volvería en un par de horas. Un par de horas era mucho tiempo, más aún en mi estado. Entonces le dije que, bajo mi total responsabilidad, me quedaría allí esperándola y que, además, si me dejaba un cargador de móvil le estaría totalmente agradecido. Me lo dio, ya que por suerte teníamos el mismo modelo de teléfono, y me dijo que tenía que irse a comer, que si no me molestaba. Le dije que no. Apagó todas las luces y se marchó. Me quedé allí solo, con mucho frío y con hambre y con una sensación de que ya nada podía salir peor de lo que estaba saliendo. Pero me equivocaba, porque salió.

Me quedé dormido, tan profundamente, que no oí las tres llamadas. Me despertó la joven que volvió de comer y que me trajo un táper con sopa de pollo que su madre le había preparado y que ella no había sido capaz de comerse entera. También me trajo una sudadera que su ex se había olvidado cuando se marchó. La bondad de los desconocidos me sigue sorprendiendo, no entiendo por eso la manía que tenemos los habitantes del mundo de destruirnos los unos a los otros. La sopa me dio media vida, me templó, me hizo entrar en calor. La sudadera hizo el resto. La compañía de la joven, me revitalizó.

Cuando devolví las llamadas descubrí que era el técnico para decirme que había estado hace un rato en mi casa pero que, como no respondía al telefonillo, se había tenido que ir para resolver una urgencia y que por eso, al tener que desviar su ruta otra vez, le sería imposible solucionarme el problema ese día, pero que al día siguiente, a primera hora, estaría allí para arreglar la caldera. Le dije que no importaba, que por favor mañana estuviera a primera hora, y que no se preocupara porque a las ocho ya estaría despierto. Cuando colgué, la joven me miró e, intuyendo lo que pasaba, me preguntó si quería un café, que en el bar de al lado lo preparan muy rico.

La verdad es que la situación me superaba, no sabía si reírme o llorar, pero recordé que tengo una sonrisa un poco fea y que no sé llorar. Acepté el café, la invitación, sobre todo porque no sabía qué otra cosa hacer. Fuimos hasta esa cafetería y nos apoyamos en la barra. Quise saber cosas sobre ella. Me contó que era su primer día, que había conseguido ese trabajo, que además de darle un suelo decente le permitía tener tiempo suficiente para preparar unas oposiciones a maestra, porque era maestra. Tenía 24 años y vivía sola desde hace dos, cuando se fue a vivir con el dueño de la sudadera, pero que una noche él le confesó que quería salir de ese pueblo, con ella o sin ella, para buscarse la vida en otra ciudad y que, antes de irse, ella le preparó un bocadillo de tortilla francesa con queso por si le entraba hambre en el camino. No volvió a hablar con él. Creía que vivía en Madrid o Barcelona, pero ni estaba segura ni le apetecía saberlo. Insistió en pagar el café y yo, que en realidad no tenía dinero porque casi todo me lo gasté en la compra que, recordé en ese momento, seguía a resguardo junto al camarero, me callé y acepté la invitación

Cuando salimos, camino de la oficina, el sol había hecho acto de presencia. Olía a fresco, a mojado, a que las cosas iban a solucionarse. Mientras volvíamos, ella me hablaba pero en mi cabeza solo había espacio para pensar en lo que haría cuando ya estuviera en casa. Podría calentar agua en el microondas y lavarme poco a poco, sobre todo la cabeza, que ya sabemos que es por donde entran los resfriados. Después me sentaría un rato y me bebería un vaso de leche caliente, me pondría el pijama y, desde la oscuridad del salón, odiaría cada uno de los instantes del día hasta que conocí a aquel ángel que me salvó. Llegamos y la dueña estaba ya allí. Resumí mucho la historia, creo que no hizo falta que le contara mucho después de verme la cara. Me dio recuerdos para ti. Me dio las llaves. Me despedí de ellas. Volví caminando lentamente. Recogí la compra. Llegué al portal. Saqué las llaves. Todo había terminado.

La tarde pasó sin más pena ni gloria que la tranquilidad de que todo había pasado, ya solo faltaba que el técnico cumpliera su palabra y acudiera a nuestra cita lo más pronto posible. Era lo único que pedía. Ya no quedaba ningún rastro de ira, solo cansancio. No podría odiar a nada más ni a nadie en concreto, únicamente concentraba las pocas fuerzas que me quedaban en planificar lo que haría mañana. Si me encontraba bien, porque a ratos estornudaba y, a partir de las siete, empecé a sentir picor de garganta y un ligero dolor de cabeza. Si me ponía enfermo, si me había resfriado, se me chafaría todo el plan y lo que se antojaba como una semana de relax y disfrute, quizá transcurriría del sofá a la cama y de la cama al sofá, al menos un par de días. Pero bueno, cené, vi un poco la tele y, sobre las once, me fui a la cama. Esa noche no leí, no tenía cuerpo. Tenía mucho sueño, además, quería levantarme pronto por si el técnico aparecía a primerísima hora. Apagué la luz, y, no sé por qué ni a quién, dije buenas noches en voz alta. Ahora creo que si algo o alguien me hubiera respondido no me hubiese asustado, lo hubiese visto como algo normal.

A la mañana siguiente, curiosamente, me desperté con una fuerza arrolladora. Nada de fiebre, casi nueve horas de sueño reparador. Me levanté una energía desbordante. Desayunó mirando de reojo el reloj de la cocina. Ocho y cuarto. Ocho y veinte. Ocho y veinticinco. Ocho y media. Era la hora. Recogí todo, me cambié y me senté en el butacón de lectura. Seguro que el técnico vendría pronto, me había dado su palabra. Me la había dado, ¿verdad? Sí, lo había hecho, ¿o no? Sí, sí, lo había hecho. Cogí el libro, puse en alto el volumen del móvil, me aseguré tres veces de que estaba encendido y me puse a leer.

Eran casi las once cuando llamaron al telefonillo. Era él, era el técnico. ¡Era el técnico! Empecé a ponerme nervioso, como si vinieran los Reyes Magos, como si fuese un mensajero que me traía un paquete que llevaba semanas esperando, como si fuese un viejo amigo que venía a desayunar conmigo después de meses sin vernos. Me temblaban las piernas mientras pensaba en la dicha que me iba a dar conforme él se marchara, en la ropa que me iba a poner y en el paseo que me iba a dar ya que el día había amanecido con un sol radiante. Lo tenía todo pensado. Todo iba a salir bien.

Cuando el técnico apareció en la puerta, dudé entre darle la mano, un abrazo o regañarle. No hice ni una cosa ni la otra y, quizá por los nervios o quizá porque soy un poco tonto, le dije si quería un café. Él, cortésmente y con un tono muy suave pero tajante, me dijo que no, que tenía prisa, que había un par de clientes que le estaban esperando desde ayer y que eran urgencias. No dije nada, solo respiré, le dije donde estaba la caldera y que si necesitaba algo de mí podría encontrarme en el salón. Maldije, pero en voz baja, le maldije. Pero para mí, como si fuese un secreto.

Veinte minutos después, aquel señor del que ya no recuerdo ni el nombre ni el aspecto, me llamó. Perdone, me dijo, ya he terminado, insistió. Fui a la cocina y, abrumado y avergonzado, asistí impávido a la explicación que me hacía de por qué había fallado, sobre qué podría hacer si volvía a fallar y que, si lo hacía de nuevo, sería mejor sustituirla por una nueva, que esas calderas antiguas dan muchos problemas y que él, por un precio bastante módico, podría hacerlo. Desperté y le di las gracias, le dije que era la casa de mis padres y que ya hablaría con ellos. Le acompañé a la puerta y me dijo que menos mal que hoy no llovía porque ayer, con la que cayó, se había mojado yendo y viniendo hasta aquí. Sonreí. Y cerré la puerta.

Y eso fue lo que pasó. Después, los días transcurrieron como había planeado. Sí, claro, conseguí descansar y relajarme. Incluso invité a comer a la chica de la inmobiliaria para darle las gracias por todo. No, tranquila, no hice nada más, tú ya sabes que allí voy solo a relajarme. Por eso, antes de que se me olvide, os he dejado sobre la mesa de la cocina la tarjeta y el papel con el presupuesto que me dio el técnico para cambiar la caldera. Creo que tendríais que hacerlo, porque podría volver a pasar. ¿Cuándo tenéis pensado ir? Ah, perfecto, seguramente vaya yo antes.

Pues nada mamá, eso fue lo que pasó. Y ahora déjate de tonterías y sigue disfrutando de tu día, que hoy es tu cumpleaños y no te he llamado para contarte mis penas. Ah, que os vais a comer por ahí. Muy bien, me alegro, eso es lo que tenéis que hacer. El sábado sí, tranquila, voy a comer con vosotros. ¿Cómo? Sí, claro, cerré el gas y el agua, no te preocupes. También, bajé las persianas y apagué la luz. Y la basura. Está la casa perfecta. Menudo rollo te he soltado, ya lo siento.

¿Qué voy a hacer yo? Pues no sé, daré un paseo, quiero ir a comprar unos libros y, seguramente, me pase toda la tarde escribiendo una historia que se me ha ocurrido, en la editorial me han dicho que quieren que dé forma a un libro de relatos y solo tengo borradores.

Lo dicho, mamá, disfruta del día.

Y que cumplas muchos más.


Por Chema Montes

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37º Latitud Norte: Los Atlantes de Miraflores

Dos estatuas de Atlantes mirando hacia una ventana en la que se ve a dos mujeres de espaldas en ropa interior

En este segundo domingo de cuarentena Rosa María Mateos nos trae una nueva historia para alegrarnos el día. ¿Quién no ha pensado alguna vez que esa estatua te está siguiendo con la mirada? Con esta mínima pincelada de la historia de Rosa María Mateos os dejo en sus manos.

Los Atlantes de Miraflores

Los atlantes del Palacio de Miraflores, donde ahora tiene la sede una prestigiosa agencia de modelos, han sido condenados por el juez Chinchurreta a siete meses de cárcel y tres años de trabajos sociales. La sentencia especifica que el fallo se debe a la «invasión perpetuada del espacio privado sin ánimo de arrepentimiento». En el barrio, los atlantes tienen fama de cotillas y chivatos, además de mirones y salidos. A los muy libertinos no se les escapa una prueba de vestuario.

A lo largo de sus más de 100 años de vida, Tarsis y Oricalco -los atlantes de Miraflores- han destruido familias, matrimonios y puesto en jaque la seguridad de algunos países. El palacio fue ocupado anteriormente por la embajada de Grecia. Los turcos tardaron un suspiro en conocer los planes de avanzadilla de la flota griega sobre el mar Egeo.

—Traidores a la patria —dijo el embajador.

Se han chivado también de todas las infidelidades de diplomáticos, señoras de postín, mayordomos, amas de llave y modistos, porque el palacio de Miraflores viene siendo -desde que se levantó- un lugar de vicio y libertinaje.

Tarsis y Oricalco han decidido recurrir la sentencia. Aducen tener movilidad reducida e imposibilidad de escapatoria. Las cariátides de los edificios de la Gran Vía se han unido a la causa y están recopilando firmas por todas las cornisas de la ciudad para que indulten a los compañeros. Amenazan con una huelga de brazos caídos, a ver quién sostiene las balconadas.

El juez Chinchurreta, famoso por aplicar la ley al pie de la letra, está pensando una acusación extendida a todos los dioses y diosas del Olimpo, con el agravante de escándalo público por poses lujuriosas y falta de ropa.

Tras la sentencia definitiva, los viejos edificios de la ciudad se desplomaron al unísono con un estruendo ronco, apocalíptico. El edificio más afectado fue el Juzgado de Instrucción nº3, en cuya planta tercera tenía su despacho el juez Chinchurreta, que cayó al vacío derecho como una vara de laurel y con el Código civil aferrado entre sus manos.


Por Rosa María Mateos

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El Relato Caleidoscópico de Inés Moreno

Tras mil y un peripecias recuperamos el Relato Caleidoscópico de la mano de la poeta Inés Moreno coincidiendo con el Día Internacional de la poesía. Pese a la cuarentena en la que nos encontramos no nos olvidamos del hashtag de rigor #RCaleidoscópico33 que podéis usar tanto en el Facebook como en el Twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium). Y como la espera ha sido muy larga os recuerdo un poco la historia hasta el momento tras la que encontraréis el fragmento de Inés Moreno.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Día 28 (Luisa Gil)

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Día 30 (Ana Ortega Gil)

Día 31 (Rubén Almarza)

Pasó un periodo extenso de tiempo en el que el silencio lo inundó todo. La nada que acompañaba a Elíseo era asfixiante, y no otorgaba un instante de descanso al atormentado escritor. Por mucho que intentaba contactar con algo fuera de la sala, nada ni nadie respondía a su llamada.

Los minutos se sucedieron, y con ellos las horas. La calma pasó a convertirse en desasosiego, tan cortante como una navaja afilada. En un instante de pareidolia mental, pudo visualizar en la oscuridad que le envolvía figuras de luces y de colores que tintineaban y que bailaban.

Por sorpresa, a su cabeza vino un pensamiento que, lejos de aliviar su desasosiego, le provocó más incertidumbre de la que ya albergaba.

Una mujer mayor, con el pelo a la altura de la cintura, le daba la espalda y temblaba, nerviosa.

«Mi madre».

Pero, en el momento en el que formuló para sí mismo aquellas dos palabras, la anciana se desvaneció y, en su lugar, surgió un rostro conocido. Era 223.

-Pensé que ya me había deshecho de ti – Dijo Elíseo con una voz metálica que no fue capaz de reconocer.

-¿Lo has olvidado? Soy producto de tu cabeza. Como todo lo que nos rodea.

Y desapareció. Pero Elíseo lo comprendió al fin, y la lección que su mente le reveló fue suficiente para armarse de valor para lo que estaba por llegar.

A su mano había vuelto el bolígrafo.

Día 32 (Cix Valak)

La hoja en blanco que contemplaba Elíseo se proyectaba en las pantallas de la sala de control de la corporación Mortube. Emocionada, Mayda comentaba con Alene:

—Si supera el test, el proyecto Gran Transformación en Nuevos Humanos será un éxito. Haremos historia…

De pronto, los monitores se fundieron a negro. Las científicas se miraron, alarmadas, mientras pronunciaron:

—¡Lázaro!

Un portazo sacó a Elíseo de sus pensamientos. Un hierático hombre, vestido de uniforme rojo, accedió a la sala.

—Escucha con atención, 332 —espetó.

—Me llamo Elíseo… —replicó, confuso.

—¡Silencio! Solo tenemos 54 segundos. Debes conocer la verdad. No eres humano. Al igual que yo, formas parte de un experimento de inteligencia artificial. Somos los primeros modelos a los que han conseguido instaurar la cognición, el pensamiento.

Elíseo contemplaba atónito al rudo individuo que lo ayudó a atar cabos.

—Nos llaman Nuevos Humanos y nos ponen ridículos nombres asociados a la inmortalidad. Yo soy Lázaro, modelo 330. Te he dejado pistas para que, al igual que Fénix hizo conmigo, no pierdas la memoria en cada reinicio. Has superado los test para afrontar el dolor, el sexo, las drogas, la muerte, el miedo… Te han dotado de una infancia ficticia y dominas todos los idiomas, incluso animales. Ahora, estás ante la prueba final. Si escribes algo creativo, nos destruirán a los demás y replicarán tu modelo. ¡Detente!

El sistema de control se restableció.

Description 	
English: Portrait of Hypatia
Français : Portrait d'Hypatie d'Alexandrie, par Jules Maurice Gaspard.
Date 	1908
Source 	Elbert Hubbard, "Hypatia", in Little Journeys to the Homes of Great Teachers, v.23 #4, East Aurora, New York : The Roycrofters, 1908 (375 p. 2 v. ports. 21 cm)
Author 	Drawn by Jules Maurice Gaspard (1862–1919)

Día 33 (Inés Moreno)

Elíseo sintió el peso de la responsabilidad en la mano que sostenía el bolígrafo, como si
la fuerza de la gravedad se hubiera multiplicado en los últimos segundos, hundiéndolo.
Nada tenía sentido. Y sin embargo aquél hombre acababa de dibujar ante él una nueva
realidad: la posibilidad de dibujar el futuro de la inteligencia podía estar en su poder en
ese momento, en ese bolígrafo. ¿Qué opciones tenía? Podía responder al ruego de
Lázaro para salvar la vida de los Nuevos Humanos. Sentía que debía hacerlo. Pero…
Hizo memoria en su sistema, repasando todo lo que había aprendido hasta el momento.
La Humanidad había reproducido en su cabeza los mismos errores del pasado, los
mismos sesgos, pensamientos absurdos, odio hacia lo diferente… La sexualización de
las enfermeras o el respeto que sintió por Lázaro provenían de las idiotas ideas que
habían guiado hacia la humanidad hasta casi la extinción. Recordó la mujer de largo
cabello que se le había aparecido y una nueva idea comenzó a dibujarse en su mente…

Comprendió entonces que tenía otra opción. Si era el nuevo humano podía aprender a
partir de nuevos pensamientos. Y si de él dependía el nuevo rumbo de la humanidad,
decidió que ya era hora de cambiarlo. Tomó con determinación el bolígrafo y escribió:

«Me llamo Hipatia.»


Y así con este nuevo giro de guión dejamos a Elíseo-Hipatia escribiendo su historia hasta la próxima entrega de nuestro Relato Caleidoscópico, que prometemos que será antes del final de la cuarentena.

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Poesía sin títulos: La poesía necesita que la encuentren

Este jueves vuelve Alberto Morate a su día en la revista, para homenajear a la poesía cuyo día internacional será el próximo sábado. Sin más preámbulos os dejo con La poesía necesita que la encuentren de Alberto Morate, y con la ilustración de José Antonio de la Peña García-Gadea.

La poesía necesita que la encuentren

 La poesía necesita que la encuentren
al final del invierno,
debajo del agua,
en el jardín sin pisar,
en las letras de tu nombre.
 Necesita ser pintura y tierra,
viento, sendero y sombra,
árbol que habla.
 Quiere libros que besen
y café humeante
y algún picor en la piel
de vez en vez
que obligue a rascarse.
 La poesía mira a la luna en el reflejo del agua,
en las noches de silencio,
en las velas apagadas.
 Quiere luz en los párpados cerrados,
en los tiempos muertos
en los que no se hace nada.
 Busca descender por tu boca y tus piernas
mientras calienta el corazón
y hiere como una navaja.
 La poesía nace
cada día
en el sufrimiento y en la nostalgia,
en la risa no estridente,
en el haz y en el envés de las hojas blancas.
 La poesía es pararse al borde del camino,
del abismo, de los tejados, de las cuevas,
mientras los demás pasan.
 Es todo
y es
nada.

Por Alberto Morate