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El Relato Caleidoscópico de Josep Salvia Vidal

Esta semana el encargado de El Relato Caleidoscópico es nuestro bardo Josep Salvia Vidal. Esta semana usaremos #RCaleidoscópico29 como hashtag para comentar esta entrada, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Y tras los enlaces a las entradas anteriores doy paso a la nueva peripecia de Elíseo de la mano de Josep Salvia Vidal.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

Description 	Mariposa en vaso 1
Date 	6 September 2012, 14:38
Source 	Mariposa en vaso 1
Author 	David Santaolalla from León, spain

This image was originally posted to Flickr by Cebolledo at https://flickr.com/photos/83413162@N00/7944517892. It was reviewed on 11 June 2017 by FlickreviewR and was confirmed to be licensed under the terms of the cc-by-2.0.

Día 28 (Josep Salvia Vidal)

Elíseo salió de la cinta transportadora, abrió la puerta y encontró al otro lado una sala con aspecto de fábrica que olía de una forma peculiar. El aire tenía restos de algún tipo de gas. Siguió las instrucciones que había recibido en la entrada y caminó entre cabinas transparentes, donde había congéneres suyos, hasta la que le correspondía a él. Entró y cerró la mampara. Aquello era como una jaula translúcida, un ataúd de cristal. Al instante, empezó a emanar desde el techo un gas que provocó una especie de niebla que le irritó los ojos y la garganta. Era la desinfección anunciada, un paso más, un trámite más en su proceso de transformación. Y por un instante, tuvo la sensación de ser un gusano de seda metamorfoseándose en mariposa. La única diferencia era que a Elíseo jamás le saldrían alas para volar.

La desinfección borró de nuevo su memoria aunque poco había ya por borrar. Era un desierto de recuerdos. El gas dejó de fluir y se encendió en alguna parte una luz verde que le indicó que ya podía abrir la cabina. Se sintió renovado. Ya era un nuevo humano preparado para vestir el uniforme caqui.



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El Relato Caleidoscópico de Luisa Gil

Empezamos noviembre con una nueva entrega de el Relato Caleidoscópico, esta vez de la mano de Luisa Gil. El hashtag para comentar esta entrada es #RCaleidoscópico28, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Y sin más preámbulos os dejo con la historia, de la que dejado solo el enlace de todas menos las dos anteriores , para que no se alargue en exceso la historia y en breve tendremos una sorpresa, pero mientras tanto disfrutar de la nueva vuelta de Caleidoscopio de Luisa Gil.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

This image was originally posted to Flickr by XoMEoX at https://flickr.com/photos/110925305@N06/36237554782. It was reviewed on 29 October 2017 by FlickreviewR and was confirmed to be licensed under the terms of the cc-by-2.0.

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

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El Relato Caleidoscópico de Rosa María Mateos

Esta semana volvemos con una nueva participación en el Relato Caleidoscópico, esta vez la encargada de narrar la historia de Elíseo es Rosa María Mateos. Como es costumbre el hashtag para comentar la entrada es #RCaleidoscópico27, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Como os comentaba hace dos semanas para no alargar en exceso la entrada voy a ir dejando solo parte de los textos anteriores, quedando el resto accesibles desde los enlaces correspondientes.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=321066

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

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El Relato Caleidoscópico de Adolfo Pascual

Aunque la semana pasada os anuncié que esta semana tendríamos una nueva entrevista en La Buhardilla de Tierra Trivium hemos tenido que hacer un cambio de planes y esta semana Adolfo Pascual Mendoza es el encargado de continuar la historia de Elíseo. Esta semana el hashtag para comentar la entrada es #RCaleidoscópico26, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

A partir de esta semana empezaré a conservar solo los enlaces de los textos anteriores para no alargar innecesariamente la entrada, así que sin más preámbulos os dejo con el Relato Caleidoscópico.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.

By Elfodelbosque - Own work, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4599505

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

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El Relato Caleidoscópico de Haizea M. Zubieta

Esta semana la encargada de continuar el Relato Caleidoscópico es Haizea M. Zubieta autora de la novela Infinitas. Antes de dar paso a su vuelta del caleidoscopio os recuerdo que el hashtag para comentar la entrada de hoy en #RCaleidoscópico25, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.

Día 23 (Eva Palomares)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Pero él no había abierto la boca para proferir ningún sonido. Los gritos provenían de todas direcciones. Múltiples gargantas de Elíseos invisibles se colaban en su tímpano a través de los muros que delimitaban aquella habitación.

¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra? Rápidamente, los ojos de Elíseo recorrieron la estancia en busca de una salida. No la halló. No existía.

Estaba emparedado en aquella habitación. La única pista que podría sacarle de allí pendía de su mano agarrotada. Y estaba tan exaltado que no se dio cuenta de cómo el sudor le corría por la muñeca, humedeciendo el trazo de bolígrafo que, hasta ese momento y, sin que él lo supiera, era su «as en la manga».

Se apoyó en las paredes y escuchó. Ruidos, alguien caminaba. Oía su propia voz al otro lado.

Elíseo se dio cuenta de que estaba en una ratonera de alguna mente psicótica. Allí había otros Elíseos repartidos en dios sabe cuantas habitaciones iguales a la suya.

Se acercó a una de las paredes y la tocó. La pintura rugosa revelaba algo escrito.

Fijó la vista. Un código igual al que se aferraba su mano. Otro, otro, otro más… Aquellos muros estaban repletos de códigos.

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.


La semana que viene habrá una nueva entrada de La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo de la mano de un nuevo autor.

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El Relato Caleidoscópico de Joan Roure

Tras este parón veraniego el encargado de narrar las desventuras de Elíseo es Joan Roure. Os recuerdo que la historia continúa desde el primer punto intermedio, siendo el hashtag para comentar la entrada de hoy en #RCaleidoscópico24, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.

Día 23 (Eva Palomares)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Pero él no había abierto la boca para proferir ningún sonido. Los gritos provenían de todas direcciones. Múltiples gargantas de Elíseos invisibles se colaban en su tímpano a través de los muros que delimitaban aquella habitación.

¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra? Rápidamente, los ojos de Elíseo recorrieron la estancia en busca de una salida. No la halló. No existía.

Estaba emparedado en aquella habitación. La única pista que podría sacarle de allí pendía de su mano agarrotada. Y estaba tan exaltado que no se dio cuenta de cómo el sudor le corría por la muñeca, humedeciendo el trazo de bolígrafo que, hasta ese momento y, sin que él lo supiera, era su «as en la manga».

Se apoyó en las paredes y escuchó. Ruidos, alguien caminaba. Oía su propia voz al otro lado.

Elíseo se dio cuenta de que estaba en una ratonera de alguna mente psicótica. Allí había otros Elíseos repartidos en dios sabe cuantas habitaciones iguales a la suya.

Se acercó a una de las paredes y la tocó. La pintura rugosa revelaba algo escrito.

Fijó la vista. Un código igual al que se aferraba su mano. Otro, otro, otro más… Aquellos muros estaban repletos de códigos.

By Elberth 00001939 - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12206035

Día 24 (Joan Roure)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código. 

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente. 


La semana que viene como es tradición retomamos La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo.

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El Relato Caleidoscópico de Eva Palomares

Esta semana la encargada de los designios de Elíseo es Eva Palomares. Y como comenté hace un par de semanas la historia continúa desde el primer punto intermedi, siendo el hashtag de hoy #RCaleidoscópico23, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook para comentar la entrada de hoy.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.

Día 23 (Eva Palomares)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Pero él no había abierto la boca para proferir ningún sonido. Los gritos provenían de todas direcciones. Múltiples gargantas de Elíseos invisibles se colaban en su tímpano a través de los muros que delimitaban aquella habitación.

¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra? Rápidamente, los ojos de Elíseo recorrieron la estancia en busca de una salida. No la halló. No existía.

Estaba emparedado en aquella habitación. La única pista que podría sacarle de allí pendía de su mano agarrotada. Y estaba tan exaltado que no se dio cuenta de cómo el sudor le corría por la muñeca, humedeciendo el trazo de bolígrafo que, hasta ese momento y, sin que él lo supiera, era su «as en la manga».

Se apoyó en las paredes y escuchó. Ruidos, alguien caminaba. Oía su propia voz al otro lado.

Elíseo se dio cuenta de que estaba en una ratonera de alguna mente psicótica. Allí había otros Elíseos repartidos en dios sabe cuantas habitaciones iguales a la suya.

Se acercó a una de las paredes y la tocó. La pintura rugosa revelaba algo escrito.

Fijó la vista. Un código igual al que se aferraba su mano. Otro, otro, otro más… Aquellos muros estaban repletos de códigos.


La semana que viene vuelve La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo.



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El Relato Caleidoscópico de Salvador Ramírez

Tras una semanas de parón retomamos el Relato Caleidoscópico de la mano de Salvador Ramírez dando comienzo a este nuevo ciclo en la vida de Elíseo.

Como adelanté el otro día con la creacción del primer punto intermedio de la historia, a partir de ahora solo guardaré los enlaces desde el primer intermedio, en el que podreís encontrar las referencias a todo lo anterior. Y para no complicar mucho los hashtags continuaremos la numeración desde el último día, es decir, el hashtag será #RCaleidoscópico22, que usaremos tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook para comentar la entrada de hoy.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.


La semana que viene volverán las entrevistas de La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo.

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El Relato Caleidoscópico Primer Intermedio

Primer Intermedio de El Relato Caleidoscópico de Tierra Trivium

Como ya empezaba a picar el gusanillo de volver a tener el destino de Elíseo en mis manos, aprovechando que ya han pasado los primeros veintiún fragmentos de esta poliedrica historia y que el veintidos es mi número, voy a jugar un poco. Y que mejor forma de hacerlo que creando un punto de inflexión en la historia, a partir del cual los autores son libres de tener en cuenta los veintiun textos anteriores, pero necesariamente tendrán que tener en cuenta este texto y los que le sucedan hasta que dentro de veintiun autores lleguemos a otro punto de inflexión como los puntos de salvado de los videojuegos.  En consecuencia este relato no usará el hashtag  sino que inaugurará una nueva serie de hashtag #RCaleidoscópicoPI, que usaremos tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook para comentar la entrada de hoy.

Rompiendo la tradición solo voy a recopilar los enlaces a las entradas anteriores, antes de dar paso a mi texto, y las proximás semanas solo se incluirán los enlaces posteriores a este.

Día 1 (Ignacio J. Dufour García)

Día 2 (Marta Sánchez Mora)

Día 3 (Rosario Curiel)

Día 4 (Dolores Ordóñez Pérez)

Día 5 (José Jesús García Rueda)

Día 6 (Ana Vigo)

Día 7 (Ana Boyero)

Día 8 (Juanjo Ramírez Mascaró)

Día 9 (Laura Orens)

Día 10 (Miguel Rodríguez)

Día 11 (Lara Fernández R.)

Día 12 (Paqui Ortega)

Día 13 (Juan Manuel Sánchez Moreno)

Día 14 (Jordi Rosiñol)

Día 15 (Estibaliz Burgaleta)

Día 16 (Marina Ezama Botas)

Día 17 (Eduardo S. Aznar)

Día 18 (Jacobo Feijóo)

Día 19 (Patricia Martín Rivas)

Día 20 (Sara Levesque)

Día 21 (Alberto Blanco Rubio)

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.


La semana que viene volverán las entrevistas de La Buhardilla de Tierra Trivium y en en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo.

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El Relato Caleidoscópico de Alberto Blanco Rubio


Vigesimo primer Relato Caleidoscópico de Tierra Trivium

En esta vigesimo primera semana de El Relato Caleidoscópico el encargado de continuar la historia ha sido Alberto Blanco Rubio. Os recuerdo que podeís comentar esta entrada con el hashtag #RCaleidoscópico21, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook.

Para no romper la tradición, paso a recopilar los enlaces a las entradas anteriores, antes de dar paso al texto de Alberto.

Día 1 (Ignacio J. Dufour García)

Día 2 (Marta Sánchez Mora)

Día 3 (Rosario Curiel)

Día 4 (Dolores Ordóñez Pérez)

Día 5 (José Jesús García Rueda)

Día 6 (Ana Vigo)

Día 7 (Ana Boyero)

Día 8 (Juanjo Ramírez Mascaró)

Día 9 (Laura Orens)

Día 10 (Miguel Rodríguez)

Día 11 (Lara Fernández R.)

Día 12 (Paqui Ortega)

Día 13 (Juan Manuel Sánchez Moreno)

Día 14 (Jordi Rosiñol)

Día 15 (Estibaliz Burgaleta)

Día 16 (Marina Ezama Botas)

Día 17 (Eduardo S. Aznar)

Día 18 (Jacobo Feijóo)

Día 19 (Patricia Martín Rivas)

Volvieron los silbidos. Los silbidos. Los silbidos acusadores de la infancia son los cuchillos invisibles del presente. Los silbidos en la escuela.

[Onomatopeya de un silbido.]

Te silbaban por ser diferente, Elíseo. Por eso ahora estás maniatado. Por eso tu calvicie, estéril y aceitosa. Por eso los panes multiplicados que rodean tu cintura.

[Onomatopeya de todos los silbidos, simultánea, dolorosamente.]

223 miraba con satisfacción resbaladiza los recuerdos hirientes de Elíseo. Sabía que, para los Nuevos Humanos, recordar enladrillaba el camino hacia la sanación.

—No recuerdes, Elíseo. Olvídame. Olvida los indomables fueguitos de los silbidos.

Elíseo se obcecaba pretéritamente, obsesionado con los silbidos, inmovilizado por 223, /silbidos/, ciego, /silbidos/; y se retorcía en la camilla.

—Date cuenta, querido, de que el pasado está solidificando tu presente.

Y entonces los silbidos se agudizaron y se convirtieron en zinc, en tanques de zinc, y 223 carcajeó con malicia, en una risa que se hacía eco entre los silbidos.

—Hasta que no te desprendas de tu pasado, no podrás pasar a la categoría de Nuevo Humano, Elíseo. Borrarte la memoria de poco sirve, pues tu cerebro la recupera. Has vuelto a esta aula como si nada. ¿No te das cuenta?

—¿Y qué puedo hacer?

—Resucitar.

Día 20 (Sara Levesque)

—¿Cómo resucito si no estoy muerto?

—Estás muerto en vida. ¿No lo ves? —Elíseo, cada vez más confuso, observaba a 223—. Esas cadenas te las has acomodado tú sólito. Solo tú posees el valor de abrirlas y liberarte. Pero, por lo que acabo de ver, solo tienes huevos para hincharlos pensando en mis tetas. ¿Me equivoco?

223 se acercó mutando hasta Elíseo. Daba un paso disfrazada de enfermera sexy y, a la siguiente pisada, era su antigua profesora.

Elíseo palideció, no sin sentir una breve punzada de excitación por debajo de la cintura al pensar de nuevo en aquellos pechos repletos de sabores. Abrió la boca, pero su intangible voz le traicionó. No así su expresión.

—¿Quieres respuestas, pequeño? —223 hablaba con una golosa sonrisa satánica mientras le acariciaba la frente.

Elíseo afirmó con la mirada. Al mismo tiempo, asombrado, frunció el ceño al sentir la piel tan avinagrada de 223, de tacto desigual, como si le palpara con papel de lija.

—Esos grilletes son tu pasado. Tú mismo has permitido que te amarren, aferrándote al ayer porque te asusta lo que está por llegar. Por eso creas mundos diferentes. Por eso eres un autor mediocre. Por eso añades eslabones a tu esclavitud con cada tecla que aprietas.

Los ojos de Elíseo intentaban adentrarse en los de 223. Saltaban del derecho al izquierdo y vuelta a derecho, con movimientos cada vez más desesperados. Sentía como si hubiera una barrera entre ellos. No conseguía profundizar en su mirar.

—Dime ahora —223 pegó su tajante nariz a la del muchacho—, ¿para qué tienes huevos?

Día 21 (Alberto Blanco Rubio)

Elíseo se quedó mirando a 223 sin saber qué palabras debía utilizar. Tal vez fuese verdad que nunca había tenido valor para enfrentarse a sus propios miedos. Siempre había jugado a cobijarse entre líneas de tinta sin puntos, pero con muchas comas.

—¿No vas a decir nada, Elíseo? —223 observaba a su interlocutor con el gesto fruncido y un extraño brillo en sus ojos.

—Me vas a perdonar, 223, pero ya que dices que soy un escritor mediocre, tú también deberías mirar en tu interior y aceptar, de una vez, que no eres más que la luz de la imaginación de un genio. Jamás tendrás una forma definida más allá de los libros. —Elíseo hizo una pausa antes de continuar hablando. Poco a poco, comenzaba a recuperar el orgullo que había perdido unos minutos antes—. Y no trates de engañarme con tus disfraces. Tus caricias son los susurros de las hojas al unirse y tu corazón solo entiende de renglones abstractos.

223 guardó silencio. No se esperaba aquella respuesta por parte de Elíseo. El joven puso el capuchón a su bolígrafo, no sin antes haber escrito un punto sobre el papel. Después, dejó que la noche le atrapase en la página 223 de aquella misteriosa obra sobre la vida y la muerte.


La semana que viene volverán las entrevistas de La Buhardilla de Tierra Trivium y en en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo.