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Poesía sin títulos: Madre

Foto de una madre con un recien nacido

En este primer jueves de mayo Alberto Morate nos trae un poema homenaje a las madres, con motivo del pasado día de la madre. Y sin más preámbulos os dejo con Madre de Alberto Morate

MADRE

Siempre esperas,
simplemente esperas
meciendo entre tus brazos ese bebé que alimentas.
Saltas obstáculos y brillas
y no buscas premios ni recompensas.
Padeces en silencio, te quemas, aceptas.
Tus manos son las que cuidan y velan,
te bebes el aire para ser árbol que arraiga en la tierra,
y escondes las penas.
Mas eres también frágil, transparente vidrio de lágrimas,
noble madera,
y observas, y callas, y ríes
y te revistes de elegancia naturaleza.
Nada hay vacío en ti,
silenciosa te expresas,
te cubren los sueños de esperanza
y cantas y hueles a hierbabuena.
Eres manzana,
sumas y restas,
sol, luna y estrellas,
la tabla del náufrago,
la luz de la certeza.
Madre, que traduces en amor
todas las vidas ajenas.

Por Alberto Morate

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Los cuentos del bardo: Gran Besugo

foto de un besugo en un pecera

Este miércoles vuelve nuestro bardo con una historia de pescaderos y rebaños que os hará esbozar una sonrisa, ¿caeréis en brazos del Gran Besugo? para contestar a esta pregunta tenéis que que leer Gran Besugo de Josep Salvia Vidal.

GRAN BESUGO

Dicen por las esquinas del barrio que el pescadero del mercado central ha montado una secta en un local abandonado que queda cerca de la plaza donde está la iglesia, un edificio nuevo de ladrillo rojo que no tiene ningún encanto. Dicen que, mientras limpia pescado y saca espinas tras el mostrador de su puesto, intenta captar adeptos para su causa como hacía el flautista de Hamelín con los niños y las ratas. Dicen las lenguas de las vecinas que se reúnen los sábados por la noche y que veneran con fervor la imagen de un gran besugo de marfil con incrustaciones doradas. Lo cierto es que a mí me ha intentado captar más de una vez, pero de momento no he caído en sus redes y me mantengo firme.

Lo mejor que tiene el pescadero, un hombre de mediana edad con un rostro y un cuerpo muy comunes, es la labia. Es un embaucador, un seductor de las palabras, un hombre con voz de locutor de radio y una capacidad para la oratoria verdaderamente sorprendente. Por eso no me extraña que la secta que ha montado en medio del abandono de ese local tenga cada vez más seguidores. En el barrio no se habla de otra cosa. La secta del gran besugo está en todas las conversaciones.

El último en caer ha sido mi primo Raúl. Tiene su primera reunión este sábado y me pide, casi suplicándome aludiendo a viejos favores que, según él, le debo, que le acompañe. Dudo. No me apetece. Estoy a punto de decirle que no puedo, que tengo plan, pero al final la curiosidad vence a la pereza intrínseca de mi cuerpo y acepto. La curiosidad es una brisa potentísima que te mueve aunque no tengas ganas.

Es por eso que ahora estoy aquí, sentado en el suelo mugriento de un edificio vacío y desangelado donde no hay nada más que cuatro paredes y un techo. Hay miles de velas encendidas que sumergen el espacio y los cuerpos de los presentes en la penumbra. La verdad es que la imagen impacta y sorprende. Hay mucha gente, casi todos del barrio y casi todos jóvenes o de mediana edad. Se ve que los viejos no están para chorradas de estas o quizá tengan mejor criterio que todos nosotros juntos y sepan distinguir lo conveniente de lo que no lo es. Y entonces todo ocurre muy deprisa. Se abre una puerta y aparecen cuatro hombres vestidos con túnicas púrpuras llevando a cuestas un tabernáculo. Encima, la imagen del gran besugo de marfil y oro. Detrás, el pescadero con su cuerpo vulgar cubierto por una túnica roja que le queda grande y la arrastra por el suelo como si fuese la cola de un vestido de novia. En ese instante, todos los presentes, incluido mi primo, se ponen de pie y yo los imito. Los cinco hombres que forman la comitiva se sitúan en el centro, el pescadero se pone delante de los congregados y todos juntos comienzan a canturrear, los cánticos se interrumpen de vez en cuando y el pescadero recita algo en un idioma que no distingo. Y entonces, no sé por qué, siento que estoy a punto de caer en el rebaño.

Y, sin embargo, no ocurre. Cuando más cerca estoy de sucumbir, de adorar yo también al gran besugo como si fuese un dios, de venerar al pescadero cual demiurgo que posee la única y completa verdad, reacciono, quizá en el último atisbo de sentido común que me queda, y me doy cuenta de que todo esto es sumamente ridículo. Así que lentamente me alejo del grupo y sin que nadie me vea, porque están todos atontados, me marcho. Yo no me conformo tan fácilmente con la banalidad de unas falsas promesas proferidas por un pescadero cualquiera. Yo no me dejo llevar a ningún rebaño porque hace tiempo que soy oveja descarriada. Yo no dejo que me engañe ningún flautista con melodías embaucadoras.


Por Josep Salvia Vidal

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Brevedades improvisadas: Una noche en Budapest

Budapest de noche

Un lunes más tenemos un nuevo relato de Chema Montes. Hoy no puedo deciros nada más que como su propio titulo anuncia sucede en Budapest durante una noche. Disfrutarla y cuando la terminéis me decís si ese rato ha merecido la pena, por anticipado se que lo merecerá y sin más disquisiciones os dejo con Una noche en Budapest de Chema Montes.

Una noche en Budapest

Que tú aparecieras aquella noche, en mitad de la nevada, en el hall del hotel mientras yo pedía un café en recepción, no era casualidad. ¿Qué probabilidades existían de que eso sucediese, de que yo decidiera bajar a tomar un café a esa hora de la tarde y de que tú decidieras entrar en ese hotel? Es más, ¿qué jodidas probabilidades existían de que tú también estuvieras en esa misma ciudad? A priori ninguna, pero parece ser que todas las del mundo.

Había llegado a Budapest esa misma mañana, en mitad de un temporal que llenó de hielo y nieve la ciudad. No sabía nada cuando decidí hacer ese viaje, casi de manera imprevista y a última hora, por lo que la ropa de abrigo que llevaba valdría, como mucho, para un día de otoño en Madrid, no para lo que se venía. Mi intención era la de retomar la novela que había empezado a escribir que, precisamente, se llamaba Una noche en Budapest y hablaba de una mujer que quería escribir un libro sobre los diferentes tipos de cocina en Europa, pero que sin pretenderlo acabó enamorándose perdidamente de un camarero hasta tal punto de dejar su vida en Alicante para trasladase a la capital húngara, aunque dos años después todo se fue al traste y tuvo que volver a España porque en Budapest ya no le quedaban más noches que compartir con nadie. En realidad empecé a escribir la novela un domingo en pleno paseo por Malasaña, me vino la inspiración mientras paseaba con mi mujer y mis hijos. Buscábamos un sitio para comer y mi mujer dijo «podrías escribir algo sobre alguien a quien le guste mucho comer» y así nació. El título y todo lo demás poco a poco fue desarrollándose. Sin mujeres nunca tendríamos inspiraciones, eso es algo que hay que tener siempre claro. El caso es que decidí, de manera totalmente aleatoria, irme unos días a Budapest para hacer fotos a ciertos rincones que después describiría y a probar algo de la gastronomía local para que la novela pareciera más real. A documentarme, porque para describir algo tienes que conocerlo. Lo peor es que prácticamente no pude salir del hotel y eso, añadido a lo que me pasó contigo aquella noche, hizo que la novela se siguiera marchitando en un cajón del estudio. Por si no te acuerdas, porque en el sitio en el que estás dudo que tengas la capacidad de recordar, rememoraré lo que pasó.

Serían las siete o siete y media y, después de ducharme, cosa que hago siempre antes de escribir, me di cuenta de que no conseguía concentrarme sin tomarme un café antes. Debe ser ese calorcito que me deja en el estómago, esa sensación de adormecimiento y tranquilidad que me provoca. Me vestí con lo primero que cogí y bajé al hall porque por la mañana me había tomado uno que no estaba del todo malo y, al cambio, me costó menos de dos euros. La chica de la recepción quiso mantener una breve conversación y, con mi inglés de neandertal con parálisis facial, hablamos del tiempo y me dijo que hacía mucho tiempo que no nevaba tanto en el país y que la situación tenía pinta de ponerse peor. Dije que era algo fantástico, pero creo que no entendió la ironía. Mientras servía mi café, como si tuviera que ser así, apareciste. Como si estuviese escrito, como si fuera obligatorio, como si fuera inevitable que nuestros caminos se juntasen en ese hotel. Fue un solo instante, pero lo cambió todo. Llegaste también desde Madrid porque habías conseguido una plaza para terminar tu doctorado en ciencias políticas en la universidad de Budapest y tampoco, qué casualidad, llevabas la ropa suficientemente adecuada. Entraste, tiritando, cargando una maleta enorme, con las orejas rojas y la mirada perdida. Bajé rápido a echarte una mano y tú, que no me diste las gracias, soltaste un su puta madre qué frío hace tan castizo que no dude de dónde venías. Algo se movió en mí cuando vi tu cara, me resultaba familiar, como si la hubiera visto millones de veces pero no supiera precisar ni dónde, ni en qué situaciones, ni si estaba en lo cierto. Subimos las escaleras hacia la recepción y te ofrecí mi café. Te lo bebiste casi de un trago y ahí sí, qué educado, me diste las gracias. Me llamo Matías, soy de Madrid, no sé si tú sabías lo de este puto frío porque yo no tenía ni idea. No, te dije que tampoco lo sabía, que llevaba prácticamente encerrado todo el día en el hotel, que solo salí a comprar algo de comer. Pues ya podríamos haberlo sabido, dijiste. Estoy congelado, apuntaste. ¿Tú sabes inglés? Perfecto, yo también no te creas, pero tengo tanto frío que no consigo hablar. Habla con ella para que me dé la habitación. Me dijiste tu nombre, Matías, Matías Castro San Sebastián, de Madrid. Y ahí fue cuando supe de dónde te conocía.

Cuando los dos descubrimos que habíamos estudiado juntos en los escolapios, aquella se convirtió en una noche inesperada que lo cambiaría todo, mi noche en Budapest que me anclaría a esa ciudad aunque, al contrario que el personaje, ni me quedaría ahí ni lo abandonaría todo. Lo que me contaste, querido Matías, aquella noche, la vida que me contaste, supuso una fuente de inspiración. Te abriste como un libro abierto, sin importarte que pudiera juzgarte, sin preguntar tampoco si me interesaba lo que me contabas. Empezaste a hablar, creo, porque quizá nunca nadie te había pedido que le contaras tu vida. Nadie, seguramente, se había parado a pensar que todos tenemos una historia que contar, aunque no sea interesante, pero una historia a fin de cuentas que es la nuestra. Todos, querido Matías, tenemos en nosotros relatos y novelas que merecen ser contados, escritos, relatados y compartidos. En nosotros habitan dragones y princesas, asesinos y pasiones desmedidas, huidas en mitad de la noche, rupturas con la vida para empezar de nuevo en otras latitudes. En todos nosotros dormitan, hasta marchitarse, pasajes que durante unos instantes pueden darnos notoriedad, la importancia que merecemos, aunque sean como te digo, unos instantes. Quizá, y creo que fue lo poco que te dije, no todo el mundo tenga una historia que contar pero sí todos tenemos una historia que contarnos. La nuestra. Nuestra propia historia. Escribir, y esto no te lo dije pero es algo que pienso ahora mientras lo hago, tiene algo de terapéutico, de introspección, de búsqueda y sentido a esa pregunta del quién soy yo y por qué, a veces, no me entiendo. Sentarse frente al papel y dejarse llevar sirve para descubrirnos, para contarnos una historia que, aunque ya conozcamos, nos sirva para emocionarnos, para evadirnos durante un rato de la realidad. No digo que todos seamos escritores pero sí que todo escribamos. No hace falta publicar una historia, basta con que esa historia, para nosotros, sea la más grande jamás narrada. Por eso, escribir puede servirnos en esos momentos raros y complicados y superemos así las sombras. Sin pensarlo demasiado, describir lugares donde nos gustaría estar, prestando especial atención a los detalles, inventarnos situaciones, nombres de personajes, olores, colores, rutinas. Si nos centramos en eso, si nos centramos en nuestra propia vida durante un tiempo, el tiempo se olvidará de nosotros.

El caso es que te pedí que me contaras tu vida. Y vaya si me la contaste. Lo que me narraste durante esas cuatro o cinco horas fue la vida de la persona más desdichada que había conocido y que creo conoceré en mi vida. Me confesaste que me admirabas en el colegio por mi capacidad de atraer la atención de todo el mundo gracias a mi imaginación, por las cosas que escribía, por las historias que era capaz de contar. Tú, por el contrario, podías estar semanas sin ir a clase y nadie se daría cuenta. Y en eso, por desgracia, llevabas razón. Me confesaste que en el último año tu madre murió de cáncer y por eso no fuiste al viaje de fin de curso a Italia. Ni tampoco a la fiesta de graduación, ni tampoco a la cena que hicimos en casa de aquel compañero que, entre risas, ninguno recordaba el nombre. Me contaste que tu padre tuvo que ocuparse de de ti y de tu hermana y que no dejó de hacerlo hasta que murió, también de cáncer. La vida, dijiste, tiene un sentido del humor un tanto raro, tan extraño que no hace ni puta gracia. Dijiste que aquello sucedió hace dos años. Tu hermana, confesaste, se casó y ahora vive en Palencia junto a un empleado de banca. Os llamabais un par de veces al año, en los cumpleaños y Navidad, pero llevabas sin verla bastante tiempo. Me dijiste entonces que la soledad es más fría y dura de lo que pensamos, pero que al final el ser humano tiene la capacidad de adaptarse a todo y que te habías acostumbrado ya a estar solo, a no esperar que sonase el teléfono ni que nadie pulsara el timbre de tu casa. Me confesaste que varias veces pensaste en si el suicidio podría ser una solución, pero que hasta para eso hay que tener huevos y tú, de siempre, habías sido más bien parado. Y en eso también llevabas razón. En todo.

Allí estábamos los dos, en un hotel de Budapest, después de años sin vernos, hablándonos con voracidad y prisas, queriendo recuperar el tiempo perdido como si nos hubiésemos echado de menos tanto que ahora necesitáramos conectar rápido y sin pausa. Nos convertimos, en esas horas, en los camaradas y amigos que nunca fuimos. Y aun sabiendo que fuera así, y que al día siguiente dejaríamos de vernos, puede, que para siempre, se creara entre nosotros un espacio íntimo de eternidad. No importaba nada, solo nos importábamos los dos. Tenías tanto que contarme que no quise interrumpirte en ningún momento. No quise que el reloj se moviese, quería que cada segundo volviese a pasar una y mil veces.

Me avergonzaba reconocerte que no se me había dado mal lo de escribir, que había publicado alguna cosa y algunas colaboraciones con periódicos, revistas y emisoras de radio, y que una de mis novelas sería adaptada a la televisión. Me dio vergüenza reconocerte que podría definirme como extraño triunfador, pero que comparado contigo mi mérito era saber juntar letras con algo de sentido y coherencia y, de vez en cuando, meter alguna frase que removiera conciencias. Te dije que creía que no todo el mundo tiene un talento y que estaba cansado de esos vendehumos que obligan a la gente a pensar que tienen superpoderes, que hablan de la jodida zona de confort que tenemos que abandonar y que si quieres, puedes. Si quieres volar, prueba a saltar por la ventana. El no ya lo tienes. El golpazo, totalmente asegurado. Pero que quizá mi talento, por decirlo de alguna manera, me había servido para tener una vida muy parecida a la que siempre había soñado y que, gracias a él, había dejado de soñar porque me di cuenta que hacerlo no merecía la pena, que era mejor vivir en la realidad y dejar volar la imaginación solo algún rato al día, quizá antes de dormir. Te reíste, una fuerte carcajada, una tan grande y tan potente que la recepcionista nos miró y sonrió contagiada por tu alegría. Me dijiste que hacía tiempo que no disfrutabas tanto y que si la felicidad era eso, querías vivir siempre en ese hotel.

La noche cayó por completo pero tú y yo seguíamos en aquellos sofás tan cómodos del hall mientras contábamos los huéspedes que entraban y salían, nos reíamos de los que venían con cara de frío, de los que se iban vestidos como si vivieran en Alaska. Pasamos del café a la copa, pedimos algo de comer, tomamos otra copa más, compramos unas chocolatinas y unos caramelos en la máquina de vending. Hicimos de ese espacio nuestra pequeña casa en el árbol, nuestro pequeño universo, nuestra utopía. Nadie podía pasar ni tampoco podíamos escapar de ella. Allí estábamos, dos viejos compañeros de colegio que pocas palabras intercambiaron en todos esos años y que en ese momento, a cientos de kilómetros de distancia, unían sus vidas con la sensación de que jamás las habían separado. Llevabas razón, querido Matías, el ser humano se adapta a cualquier situación y aquella, que podía resultar extraña, fue para mí como la mejor de las sobremesas. Y tú, que no dejaste de sonreír, pese a contarme que todo hasta el momento te había ido mal, que te habías enamorado cientos de veces y miles de ellas te habían roto el corazón, que habías vivido la tenebrosa sensación de no tener dinero ni para comprarte una barra de pan, tú que llevabas años sin hablar con gente más de una hora y que, quizá, nunca en tu vida habías experimentado la sensación de tener un amigo, no perdiste la sonrisa en ningún momento. Dijiste que aprendiste a sonreír como mecanismo de autoengaño ante cualquier situación, que si te veías sonreír en cualquier reflejo pensabas que todo iba bien y que habías aprendido que, cuando sonríes, tu presencia es menos incómoda para la gente. Eras un maldito libro abierto de supervivencia y sabiduría y yo me lamentaba, puede que de una manera cínica, de no haber mantenido contacto contigo. ¿Y tú que hacías? Sonreír, sabiendo que lo decía totalmente en serio.

La noche terminó. Nos despedimos. Yo volvía a casa al día siguiente y tú te quedabas allí. Nos dimos un abrazo y prometí que te llamaría. Me diste tu número. Y yo te volví a ver.

Te escribo esta carta, que sé que no leerás, para decirte que cada día desde entonces te recuerdo. Que me enseñaste que hay miles de historias por ahí y que las más importantes las tenemos cerca, aunque dejemos que se alejen de nosotros. Te escribo esta carta porque hoy he recibido una carta tuya diciéndome que aquella fue tu última noche en este mundo, que habías viajado hasta allí porque pensaste que morir en el Danubio tenía un aire romántico difícil de desaprovechar. Que aquella noche te hice feliz y que te volviste a enamorar, en sentido filosófico, de la vida. Pero que la tuya tendría que seguir en otro lugar.

Te escribo esta carta para darte las gracias por hacerme conectar de nuevo con la mía, por volver a sonreír más de lo que antes sonreía, por conseguir que me preocupe por mantener el contacto con mi gente. Gracias, Matías, por hacerme reflexionar y darme cuenta de que algo no estamos haciendo bien cuando al final del día no somos capaces de recordar si hemos hecho algo que haya merecido la pena, que nos haya hecho felices, que haya trascendido más allá de nuestra propia sensibilidad. Gracias por hacerme recordar que todos tenemos miles de historias que contarnos y recordar y que, de no hacerlo, no seremos capaces de recuperar jamás.

Te escribo esta carta para darte las gracias por hacerme recordar el valor que tiene vivir.

Y que para vivir plenamente, hay que hacerlo de manera consciente.


Por Chema Montes

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37º Latitud Norte: Cabezones erguidos

©Fotografía de Kenneth Oakley (1911-1981), antropólogo y geólogo inglés pionero en la datación de fósiles humanos

En este primer domingo de mayo en el que parece que aun nos queda tiempo para volver a la normalidad, aunque ya podamos salir a pasear, Rosa María Mateos nos trae una historia distinta de las habituales. Esta vez nos habla de un personaje histórico el profesor Kenneth Oakley y de nuestros antepasados más remotos. Así que os dejo con este viaje a los albores de la humanidad de la mano de Rosa María Mateos para olvidarnos un rato de nuestro presente.

Cabezones erguidos

Brevísima historia de la evolución humana

El profesor Kenneth Oakley pasó media vida en su despacho intentando trazar el hilo conductor que explicara la evolución humana, como si nuestra historia fuera una línea recta unida por diferentes puntos. El investigador no sospechaba que el árbol genealógico de nuestra estirpe de simios es más bien un arbusto abigarrado, donde la Naturaleza ha ido probando y descartando al azar, sin un plan definido, trazando un tortuoso camino que comenzó hace 13 millones de años.

Parece confirmado que las tierras bajas de la región de Afar, en las negritudes del África oriental, fueron nuestra cuna. Aún conservamos en el organismo los átomos de azufre de los volcanes del Rift y las gotas de agua del Nilo Azul. Nos pusimos a dos piernas para otear los peligros de la sabana y nuestro cerebro comenzó paulatinamente a aumentar de tamaño. Cabezones erguidos. Unos pocos millones de años más tarde de nuestra bajada del árbol, el Homo erectus tomó la determinación de migrar hacia otros mundos, tanto por necesidad como por curiosidad, adentrándose en los confines de Eurasia. Aquellos pioneros se dispersaron como la lluvia de una tormenta y acabaron (por chiripa) derivando hacia los neandertales. Por el camino quedaron esparcidos los cadáveres de otros hermanos que malograron su pervivencia.

Mientras todo eso ocurría por nuestros lares, la población que permaneció en África oriental incorporó a su genética nuevos adelantos anatómicos, psicomotrices y un cerebro más complejo e inteligente. Este Homo sapiens llevaba consigo un arma de destrucción masiva: una capacidad lingüística digna de un predicador. Y como no, también quiso ver más allá de las praderas africanas para contarlo.

Y aquí viene uno de los momentos más interesantes de la Prehistoria, que ocurrió hace unos 100,000 años. Los dos hijos de la misma madre -neandertales y sapiens- se toparon frente a frente en las frías tierras de Europa. Nos reencontramos, ni más ni menos, con los descendientes de las primeras oleadas de migrantes. ¿Hubo amor? No, ya que en cuanto pusimos los pies en Europa se extinguieron los neandertales. ¿Se mezclaron las dos especies? Parece que sí, ya que el 2% de nuestro genoma es de origen neandertal. Curiosamente, los neandertales nos transmitieron un mejor sistema inmunológico para combatir a los virus.

El profesor Oakley era un cabezota de frente despejada empeñado en organizar la Naturaleza. Le gustaba abrir cajones para poner cada cosa en su lugar, cuando la realidad es un confeti lanzado al aire. Más a menudo deberíamos dejarnos llevar por las térmicas del conocimiento que conducen al fracaso, porque el viaje es lo importante. A fin de cuentas, la experiencia no es más que una acumulación de errores.


Por Rosa María Mateos

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Tiempo de Relatos visita la Buhardilla de Tierra Trivium

Esta semana nos visitan en La Buhardilla de Tierra Trivium los representantes de Tiempo de Relatos, para hablarnos de este proyecto que reúne a escritores, ilustradores… En resumen, a todos aquellos que crean arte alrededor de El Ministerio del Tiempo y en redes sociales. El azar ha querido que una entrevista que estaba planteada para ir abriendo boca de cara a la nueva temporada de El Ministerio del Tiempo vaya a salir tras el preestreno de la cuarta temporada y a las vísperas (5 de Mayo) de la emisión del primer capítulo de esta esperada cuarta temporada. Y tras esta digresión que venía muy al caso podéis encontrar a Tiempo de Relatos en Twitter (@TiempoRelatos) y en Facebook (Tiempo de Relatos)

Ignacio J. Dufour García: Bienvenidos a nuestra buhardilla, la primera pregunta es inevitable, ¿cuándo y cómo surge Tiempo de Relatos?

Tiempo de Relatos: Tiempo de Relatos surgió el 6 de abril de 2015 como práctica en un taller de redes sociales, poco después de la misma fecha de estreno de la primera temporada de El Ministerio del Tiempo.

Pacino, Amelia y Alonso mirando a una pantalla de ordenador. La ley boss por @NikatheSiren
La ley boss por @NikatheSiren

Más adelante, en 2017, diseñamos la propuesta: cruzar relatos para crear un universo donde los participantes se respaldaran entre ellos y a la vez darles libertad creativa. Además, permitimos que los ilustradores escogieran las escenas preferidas de sus relatos para homenajear, como fans, a la ficción de los hermanos Olivares. Mientras tanto, organizamos el contacto con los posibles participantes y creamos la premisa para aunar los relatos e ilustraciones dentro de un mismo hilo argumental en el que todos se cruzan.

Por último, TDR inició la fase de lanzamiento, que afloró el 13 de mayo 2017 (a las 09,30 de la mañana) al contactar masivamente con posibles participantes, buscando la misma meta que seguimos demostrando hoy día: apoyar al equipo de la serie de RTVE y visibilizar las demandas de los fans, de la mejor manera que sabemos demostrar nuestra pasión: creando.

IJDG: ¿Os esperabais la capacidad de crear comunidad que ha tenido Tiempo de Relatos?

TdR: Sobre las expectativas que como equipo teníamos al inicio, nuestra mayor ilusión era contribuir con el fandom de EMdT, pero siempre creímos que Tiempo de Relatos sería uno más entre los diversos homenajes fanfiction que en aquel entonces se estaban produciendo.

Fue mientras coordinábamos a los diferentes artistas que conocimos la implicación de los ministéricos: son generosos en su aporte y apoyo; creativos en su arte para ampliar el universo de la serie y entusiastas para mostrar su amor por los personajes, además de inquietud por participar en distintos movimientos FAN (gamers, series, cómics, películas), así como creadores de fanfictions, fanarts, etc…

Tiempo de relatos ha crecido más de lo que imaginamos en su día, pero volviendo la vista atrás y pensando en todas aquellas personas que lo han hecho posible, la verdad es que es lógico que esa comunidad siga creciendo con el tiempo.

IJDG: ¿Qué momento destacaríais del recorrido de Tiempo de Relatos?

TdR: La generosidad y apoyo de Javier Olivares, el cocreador de la serie y el Cómic oficial

Después de horas trabajando, de ver a participantes que se han implicado y han dejado de lado proyectos u otras cosas de su vida privada y lograr que esta iniciativa creciese. Y ante todo, que Javier Olivares lea, apoye y siempre mencione a la comunidad fan y en alguna entrevista a Tiempo de Relatos en particular, es todo un orgullo, por el reconocimiento a los múltiples artistas que han puesto su granito de arena para hacerlo posible.

Los participantes son los auténticos protagonistas del proyecto, como marcamos en el arranque de en 2015 de Tiempo de Relatos.

Pacino descendiendo por una escalera tipo caracol vestido con ropas de monje medieval. El origen del tiempo PACINO por Francisco Javier Portacelli
El origen del tiempo PACINO por Francisco Javier Portacelli (@Portacelli)

IJDG: ¿Cuál fue la participación que más os sorprendió?

TdR: La de Darío González Valderrama, el compositor de la música original, tan humilde como talentoso. Para las ficciones sonoras Darío ha aportado generosamente su talento y también ha manifestado su apoyo y admiración a los ministéricos que han reinterpretado su música para homenajear la serie dentro del proyecto FAN.

IJDG: ¿Sabéis más o menos el volumen de colaboraciones que habéis tenido en estos años?

TdR: No nos hemos parado a contar. Hay multitud de colaboradores de distintas disciplinas, tales como maquetadores, actores, animadores, editores, periodistas, músicos, diseñadores gráficos… Tenemos mirada larga y solo enfocamos a ampliar más aún las colaboraciones para que el proyecto siga siendo tan fuerte como honesto en sus objetivos.

IJDG: De cara a la ansiada cuarta temporada de El Ministerio del Tiempo habéis publicado varios videos en Youtube. ¿Cómo surgieron?

TdR: Muchos fans sentíamos que desde algún lado no se dejaba espacio ni margen suficiente de tiempo de producción a los guionistas. Y también consideramos que la serie era continuamente maltratada a la hora de emitirse. Ante esa necesidad de que se escuchara la voz de los fans, surgieron las propuestas de expandir el universo de ficción de los hermanos Olivares y con mucho cariño elaborar ficciones sonoras con ilustraciones y con labor técnica de magníficos profesionales ministéricos, para elaborar estos audiodramas.

Los cinco videos Youtube (de los que hasta ahora se han publicado tres) se consolidaron gracias a la gran periodista Patry Fernández, del exitoso canal Te veo y os cuento, especializado en ficción televisiva y movimientos fans musicales, y nunca podremos terminar de agradecerle su generosidad, compromiso y paciencia que ha entregado desinteresadamente y sin pretensiones individuales, para dar voz a los fans que solo quieren apoyar a El Ministerio del Tiempo.

IJDG: Me imagino que estaréis preparando más cosas para matar los nervios mientras llega el estreno de la nueva temporada. [Esta entrevista se realizó antes de que el 27 de abril se conociese la fecha de estreno de la cuarta temporada] ¿Qué nos podéis adelantar?

TdR: Cada vez se unen más participantes de latinoamérica, y se nota que Netflix y HBO abrieron mucho camino allí para enganchar al público de EMdT.

Retrato de Alonso con imágenes en segundo plano y en esbozo de su hijo y su mujer Blanca, así como una escena en un carro. El legado del tiempo por Marta de Dios.
El legado del tiempo por Marta de Dios (@MartaDeDiosMDG)

Para acompañar la emisión de la cuarta temporada tenemos listos dos nuevos vídeos que estamos puliendo con muchas sorpresas y más ficciones sonoras. El resultado es una evolución más profesional, y el mérito es de Patry Fernández y de muchos ministéricos que se implican en el proyecto y lo hacen crecer con su profesionalidad y pasión.

IJDG: Obviamente hay que dedicarle un espacio en la entrevista a nuestro lado más fan, y sé que es una pregunta difícil, como la típica que le hacen a los niños sobre quién les gusta más, si papá o mamá. ¿Podríais decir qué momento de la serie destacaríais por encima del resto?

TdR: Cada cual tiene su momento preferido. Todos coincidimos en que el primer capítulo, creado por Pablo Olivares, fue el pistoletazo que cambió todo en el escaparate fan, donde solo había acceso a productos extranjeros en los que depositar nuestras sinergias. No existía ficción española alguna con tanto potencial y gancho.

IJDG: ¿Y con qué personaje os quedaríais? Yo he de confesar que me encanta Velázquez.

TdR: Cada uno se inclina por su preferido, sin duda, de los protagonistas. Confesamos que tenemos muchos favoritos, pero nunca comprendes el alcance de lo icónico que llega a ser un personaje hasta que no ves que para la mayoría de fans que participan es el imprescindible. Es innegable que Alonso de Entrerríos es de los personajes que más solicitan tanto para ilustrar como para ser incluido en los relatos del fandom en general.

IJDG: Recuperando la compostura, ¿qué planes tenéis para el futuro?

TdR: En primer lugar queremos que TDR continúe como altavoz para que la serie de RTVE tenga continuidad en el futuro, ya sea en formato cómic o en productos oficiales. En segundo lugar, consolidar lo que se comprueba desde dentro: que TDR es una marca honesta, solo orientada a dar un espacio donde todos los fans íntegros se sientan, con confianza absoluta, protagonistas de este proyecto, que es de todos, y que el resultado sea tan potente como desinteresado.

IJDG: Ha sido una placer disfrutar de vuestra visita a esta humilde buhardilla en la que nos ha sido posible compartir un rato olvidándonos de esta situación tan surrealista que estamos viviendo, y desde aquí, también estamos con unas ganas locas de volver a disfrutar del Ministerio.

TdR: Como portavoces de una pequeña porción del grupo fan ministérico, en comparación al enorme fandom de la serie, el honor de que La Buhardilla de Tierra Trivium de voz dé apoyo a El Ministerio del Tiempo, es nuestro.

Nos gustaría enviar nuestro reconocimiento a todo el público que, individual y espontáneamente, sigue aportando cariño en forma de movimiento creativo.

Desde nuestro humilde deseo de participación, os animamos a contactar con nosotros a través del correo electrónico tiempoderelatos@gmail.com o bien en redes sociales.

Honor y reputación


Tras esta charla a mitad de camino de lo literario y lo fan os invitamos a todos a la presentación de Dave Maler que tendremos hoy de forma virtual (inscripción en contacto@grupotierratrvium.com) a las 12:00 y como no podía ser menos el martes 5 de Mayo a las 22:40 veremos El Ministerio del Tiempo. Y agradecer a Tiempo de Relatos las preciosas ilustraciones que acompañan entra entrevista, realizadas por @MartaDeDiosMDG, @NikatheSiren y @Portacelli.

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Poesía sin títulos: Presencia

un atardecer en el mar con un cielo ligeramente nublado

Acabamos este atípico mes de abril con un nuevo poema de Alberto Morate, así que os dejo con Presencia para que lo disfrutéis.

Presencia

No hay ausencia
aunque te marches
y no te vea,
aunque te escondas
o te quedes en la niebla.
No hay secreto aunque nadie lo sepa,
no hay pérdida ni olvido
ni caminos sin vuelta.
El tiempo queda detenido
en las nubes que se deshacen
por el viento de impaciencia.
No hay rincones ignorados
ni oscuras cuevas.
Sé que estás ahí, sincera,
silenciosa y auténtica,
arraigada en mi piel,
en cada gesto, en cada amanecer,
en todos los sueños
que no se recuerdan.
Estás en mi penumbra
y en mis respuestas.

Por Alberto Morate

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Los cuentos del bardo: El corazón de París

foto de la catedral de Notre Dame de Paris iluminada pro la noche (antes del incendio de 2019)

Y para concluir este raro mes de abril nuestro bardo nos trae una historia de París. Sin poder decir mucho más para no desvelar nada de esta preciosa historia os dejo con El corazón de París de Josep Salvia Vidal.

EL CORAZÓN DE PARÍS

Estoy cansado. Los brazos me duelen tanto que no los puedo mover y siento como si un reguero infinito de hormigas se paseara por dentro del cauce de mis venas, de mi carne, bajo la capa invisible de mi piel. Arrastro los pies y dejo un rastro de cansancio sobre la calle, la huella de la extenuación después de un duro día de trabajo. El agotamiento que dejo a mi paso se pega en el suelo y se oscurece convertido, de repente, en mi sombra. El sol se esconde por detrás de los tejados de la ciudad vistiendo el cielo de París de oropeles rojizos. Lentamente, la urbe se convierte en un baile de penumbras móviles que parecen bailar una extraña danza al compás de una música inexistente. Canto en silencio para aliviar el entumecimiento de mi anatomía una canción que he aprendido en la obra. La canción me hace reír y el agotamiento comienza a desaparecer.

Mi casa es una pequeña barraca situada en una callejuela estrecha que serpentea alrededor del Castillo de la Cité. Abro la puerta y mi mujer, Edith, se acerca y me da un beso en la frente, como hace siempre, antes de que sus labios se posen sobre los míos. Nuestro hijo gatea por el suelo, se acerca también, se sienta delante de mí y me tira de la ropa para que lo coja en brazos. Lo hago. Juego con él y se ríe. Esa risa fresca cura todos mis males. La chimenea está encendida y la leña cruje con las llamas ardientes. Unas cuantas velas queman esparcidas por doquier. La calidez agradable de una casa habitada, de una familia. Mi casa también se ha convertido en un baile continuo de penumbras dóciles igual que todo París. La noche es una marisma de sueño sobre un jergón de paja.

El gallo canta en el corral y me despierto. Las campanas de las iglesias próximas anuncian la hora de Maitines, la salida del sol sobre el mundo. Comienza un nuevo día y la ciudad se despierta lentamente llena de legañas como mis ojos. Desayuno y salgo a la calle cuando Edith y el niño aún duermen. Hace frío a pesar de que estemos ya en marzo, casi en la primera esquina de la primavera. Este año el invierno quiere alargarse como un pergamino. Un vaho condensado sale de mi boca al respirar. Voy a la obra, a trabajar, a picar piedra para darle forma a golpes de martillo y cincel. Por el camino me cruzo con otros compañeros que también se dirigen al mismo sitio que yo con el sueño aún pegado en la suela de los zapatos. Nos saludamos. Hablamos. Reímos. Bromeamos. Sabemos que nos espera otra jornada dura pero es lo que tiene trabajar en la construcción de una catedral. Construirle una casa a la Virgen María no es fácil pero se convierte en un privilegio que no puede tener todo el mundo. Yo sí. Y me considero afortunado a pesar del cansancio y el dolor de brazos que volveré a sentir cuando acabe el día. Bien mirado, el cansancio puede ser una bendición.

La obra es un hormigueo de gente que viene y va, que grita, que anima, que empuja y estira. Poco a poco la catedral va ganando altura con la clara intención de tocar el cielo, crece igual que una planta nacida de una simiente germinada en el mismo corazón de París. Los maestros de obra dicen que será una de las catedrales más bellas del mundo pero eso solo el tiempo lo dirá. El tiempo y la historia que guardará la memoria de todos nosotros sobre las piedras.


Por Josep Salvia Vidal

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El Relato Caleidoscópico de Resu Velasco González

Esta semana vuelve el Relato Caleidoscópico para recuperar el tiempo perdido y lo hace de la mano de Resu Velasco González. Así aquí tenéis de vuelta a Elíseo para olvidar durante un rato esas ganas que todos tenemos de salir corriendo. Y como esto ya es tradición el hashtag de esta semana será #RCaleidoscópico36 que podéis usar tanto en el Facebook como en el Twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium). Y para que este paréntesis os sea un poco más largo os dejo antes con las entradas anteriores de la historia.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Día 28 (Luisa Gil)

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Día 30 (Ana Ortega Gil)

Día 31 (Rubén Almarza)

Día 32 (Cix Valak)

Día 33 (Inés Moreno)

Día 34 (Virginia González Ventosa)

A partir de ese momento, Elíseo inventó nuevos vocablos y nuevas formas de entrecruzar las palabras, creando un lenguaje más universal y completo. Imaginó historias más justas y equitativas, que permitieran el desarrollo de una sociedad más humana, donde lo colectivo primase sobre el individualismo y donde nadie fuese más que nadie. Si en su poder estaba cambiar las cosas, eso sería lo que haría.

Sabía que escribiendo todos aquellos pensamientos sobre otra posible realidad que pasaban por su mente, metiéndose en la piel de esa Hipatia con la que había reiniciado su historia y construyendo con su bolígrafo un mundo alternativo en el papel, estaba condenando a los Nuevos Humanos a la desaparición, como Lázaro ya le había advertido. Pero, del mismo modo, sentía que si no hacía nada de eso, si no escribía un mejor guión para las futuras sociedades, estaría sentenciando a la Humanidad a continuar reproduciendo una y otra vez, en un bucle sin final y sinsentido, las mismas estructuras de poder que les habían llevado a crear una raza de seres con inteligencia artificial alejados de lo puramente animal y natural y, desde su cognición experimental, tuvo claro que la vida no se podía diseñar.

Día 35 (Rosa García-Gasco)

Pero persistió. Si tenía que desaparecer, arrastrado por el flujo inevitable de la destrucción, desaparecería escribiendo. El nombre de Hipatia, su identidad construida a fuerza de inventarla, toda ella, ficticia, sería un receptáculo, un vehículo que le permitiría atravesar a salvo el vacío. Si no se soltaba, si permanecía escribiendo por toda la eternidad, sobreviviría y encontraría en el fin un nuevo principio.

El mundo giró cada vez más rápido, en un vórtice entrópico que le pasó inadvertido a Elíseo, en la piel de la filósofa egipcia. La gravedad se hizo tan pesada que todo lo que había alrededor —la ventana desde la que era observado, las dos científicas, el mundo exterior—, todo, menos sus herramientas de escritura, se licuó, se disgregó, se redujo a un millón de partículas que, en su agitación infinitesimal, volvieron a juntarse.

Y de nuevo líquido, sólido, carne, materia. Licuefacción, disgregación, agitación infinita. Líquido, sólido, carne…

Hasta un millón, un trillón de veces más.

Y, mientras Elíseo-Hipatia, transfigurado en otro tiempo, tan inventado como real, miraba al cielo atónito. ¡La armonía de las esferas!

Era el momento de irse. Soltó, agotado, el bolígrafo. Y sintió cómo él mismo empezaba a derretirse sobre el suelo…

Día 36 (Resu Velasco González)

Era el estado perfecto, quedar diluido en la nada, dejarse ir lentamente, dejar de sentir y lenta, muy lentamente fue recuperando la consciencia… ¿era posible?

El golpe seco en la boca del estómago no le dejó lugar a dudas: tumbada como estaba en el suelo, se dobló aún más sobre sí misma y se sorprendió del sonido lejano y gutural que surgía de sus propias entrañas.

El conocimiento la abofeteó con igual virulencia: había soñado con otros mundos, fue replicante, voló y hasta tuvo el mundo en sus manos y lo reescribió mejor, más justo, más igualitario, un mundo libre y más humano, en el sentido en que ella entendía la humanidad.

La realidad se impuso en forma de costillas rotas, ese ojo imposible de abrir, el roce de sus dedos en contacto con su labio partido… no podía sentir el resto de su cuerpo pero no porque se hubiera licuado. Merche, Merceditas para mamá. Mamá, ¿Dónde estás? No quiero que se acerque, no quiero oír sus pasos, si apretó fuerte los ojos seguro que desaparece…

El silencio se rompió de golpe y estalló en mil aplausos y comenzaron a oírse voces dispares que gritaban entusiasmadas: Resistiré, para seguir viviendo…


Y con este nuevo giro os dejamos hasta la próxima entrega del Relato Caleidoscópico.

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Poesía sin títulos: Un libro

Con motivo del día del libro, que hay que celebrar aunque no podamos ir a las librerías a perdernos entre sus páginas, Alberto Morate nos trae un nuevo poema.

Un libro

Un libro se ha de abrir

en algún aire


Ida Vitale
Un libro es un fruto,
un imán, una luz,
el contenido de un hueco,
la rama de un árbol,
alimento de un cuerpo etéreo.
Los libros también guardan silencios,
también son barcas que van a la deriva,
sombras que nos protegen de la potente luz del día.
Leer un libro es volver a la vida,
no dejarse morir por el tedio y la rutina,
salir de lo cotidiano para bailar en la bruma.
Con un libro vuelves y vas,
regresas y caminas,
es la tierra que te sujeta y el viento que te hace volar sin caer al vacío
de un abismo sin nadie,
un libro es una golondrina.
Hay libros nubes, blancos, grises, tormentas de granizo y lluvia
y libros personas, libros poemas, libros de amor,
libros desnudos de historia.
Libros que abrasan y queman,
pero también que reconfortan,
que son hiedra, espejo,
voces en la lejanía que te rescatan
y te impiden perder la memoria.
Cualquier palabra es un libro,
espuma, esperanza, sueño,
desazón, jardín, ventana,…
solo los libros hablan mientras callan,
son los que llaman hacia nunca.

Por Alberto Morate

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Rosa sobre blanco: No sé si renaceres

Un reloj flotando entre unas nuves con un sol al fondo

Un miércoles tenemos nuestra cita con Rosa García-Gasco tras la anómala Semana Santa de este año que va a ser recordada como la más larga de la historia. Así que para seguir aguantando en casa sin sentirnos encerrados os dejo con No sé si renaceres de Rosa García-Gasco

No sé si renaceres

 De modo que esto era: 
aquí nos sobrevino,
nos arañó los ojos, los extrajo,
dejó desiertos donde una vez hubo
lagos y viñas fértiles y bosques.
Así que esto sería
de ahora en adelante.
Las babas y la rabia entre paredes,
cañones apuntándose en sordina
en manos de las manos que no tocan,
que ya no tocan nada;
la bala entre las cejas,
sigilo en los mil ángulos baldíos
de las plazuelas donde ayer jugabas.
Ni un niño, ni una mosca, sólo gatos
riendo acaso con su lengua arcana,
clavando las pupilas verticales
-¡esto fue desde siempre!-
en nuestra destrucción. Sólo los gatos
riendo a carcajadas ultrasónicas
al vernos espantar la pesadilla
-la silueta gris del monstruo contra el cielo
rojo de la revelación-. Y, sí,
así sería siempre.
Espantar pesadillas como insectos,
engordar como buitres tras rendijas,
supurar de sospecha
al son de unas agujas
incapaces ahora
de ahuyentarnos la noche con su lluvia.
 Esto sería. Luego
eones de negror. Al otro lado,
no sé si renaceres…

Por Rosa García-Gasco