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Poesía sin títulos: En un momento

Esta semana Alberto Morate nos trae el poema En un momento que da titulo a su poemario que el pasado 18 de octubre fue galardonado con el Primer Premio del III Certamen de Poesía Internacional Maribel Sansano.

En un momento

 En un momento
se pasa de la risa al llanto,
de la vida a la muerte,
del blanco al negro.
 En un momento  
conocí tu universo
y perdí el norte de tus besos.
 En tan solo un momento
me quedé vacío
sin el roce de tus dedos.
 En un momento
se acaba el relato,
se llega al suelo,
se cierran los ojos,
el trago sabe amargo.
 En un momento
las olas se quedan quietas
y la noche no tiene término.
 En un momento
el olvido gana a la memoria
y el muro se resquebraja por dentro.
 En un momento
te equivocas de dirección
y perdido en las sombras
solo entras en el invierno.
 En un momento
la lengua se queda sin labios,
al corazón le da vértigo
asomarse al cariño fugaz
que le dedicaste durante un tiempo.
 Pero también en un momento
el lamento se torna en sonrisa
y veo tu reflejo en cualquier espejo.
 Y por un momento
la realidad es más que un deseo
y el futuro no es incierto.
 Quizás solo sea un segundo,
un momento,
en el que no se apaga el fuego
y no se diluye lo que pienso.
 En el que sabiéndote conmigo
puedo alzar el vuelo
y atravesar el pacífico bienestar
de un te quiero.
 En un momento
puede pasar todo esto
y por eso, en un momento,
te lo cuento.

Por Alberto Morate

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Rosa sobre blanco: Tras la noche, II

Esta semana completamos la publicación del díptico Tras la noche de Rosa García-Gasco, y sin más que añadir doy paso al poema.

Tras la noche, II


Un amanecer tratamos
de empujar el horizonte
con todo el brío
de nuestro aliento.
No cayó. Su luz rosada
era segura. Era cierta.
Fuimos eternos
tras esa noche
que nos hizo emborracharnos
de albas y aromas. Los otros
sólo reían
de nuestra hazaña
–pequeños cíclopes ebrios-
frustrada, porque quisimos
tumbar la aurora,
aunque era firme
su luz tan falsa.
 
Ha roto el alba, ya nunca
vamos a ser infinitos.
El mundo es de cartón piedra.
¿Qué habrá detrás
de aquella noche?
Un soplo leve, una nada,
máscaras huecas.
Luego, el abismo.

Por Rosa García-Gasco

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La vida en las solapas de mis libros: Más dura será la caída

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA de Bud Schulberg

28 de enero de 1972

Según la solapa de Más dura será la caída de Bud Schulberg, que además de escritor fue guionista de dos película míticas: La ley del silencio y Un rostro en la multitud, y chivato, junto a Elia Kazan, de sus compañeros comunistas en la era McCarthy, el ejército eliminó los ordenanzas y tuve que volver a la base de Sant Joan. Esta vez el sargento, marido de la amiga de mi madre, me metió en la Armería. Una casita de unos cuarenta metros cuadrados en pleno campo desde donde se veían las pistas. Estaba apartada de la base y era como un mundo aparte. Por allí no pasaba casi nadie. Era tal nuestro aislamiento que delante de la fachada el brigada había construido una barbacoa para merendar (en Mallorca merendar es comerse el bocadillo de las diez) cada día debajo de una vieja lona. La casita se dividía en un taller, un baño con ducha que daba asco, y dos despachos: uno del capitán y el otro del brigada. La limpieza brillaba por su ausencia. Solo éramos cuatro los destinados allí, y, excepto el brigada, que siempre se traía trabajo de fuera, que consistía en arreglar armas de todo tipo, por lo que cobraba un buen dinero, nadie movía un dedo. Yo entraba a las ocho de la mañana y me ponía leer en el despacho del brigada con su permiso, el capitán venía sobre las diez a merendar y después se marchaba hasta el día siguiente, y el sargento Gutiérrez se pasaba la mañana yendo y viniendo de la cantina mientras que fumaba Ducados tras Ducados. Esta situación podría haber sido un paraíso pero no fue así. Al sargento Gutiérrez le caí mal desde el primer momento. Era un andaluz grueso y fuerte, con un marcado acento andaluz y el pelo de color negro peinado hacia atrás. Era la excepción que confirma la regla en cuanto a que todos los andaluces tienen que ser graciosos. Él era un cordobés borde. Diferente al brigada y al capitán que era bajitos, calvos y entrañables. El primero mallorquín y el segundo de Málaga sin ningún tipo de acento. Desde el primer día al sargento le fue mal que yo leyera y empezó a molestarme mandándome hacer tareas absurdas, como limpiar la armería, llevar paquetes a sus amigos que estaban en otras dependencias, ir a comprar una cerveza a la cantina cuando él no dejaba de visitarla continuamente, limpiarle su SEAT 850 por dentro y por fuera cada semana, etcétera. Me habían cambiado a la señora del capitán Lucio por un sargento ignorante y borracho. Digo esto último porque cuando nos íbamos a las dos ya se iba un poco chispa, como le decía el brigada. Al cabo de un mes pensé que tenía que acabar con aquella situación porque un día mandaría a la mierda al puto sargento y la cagaría. Me conocía y sabía que eso ocurriría. Pero pensé en otra solución. Mi primera opción fue conocer más al capitán Perelló, y cuando el sargento estaba yendo y viniendo de la cantina, intenté intimar con él. Mi primera sorpresa fue que le encantaba la pintura y que era un pequeño coleccionista. Enseguida le dije que yo era pintor y que si quería podía pintarle un cuadro. Al capitán se le abrieron muchos los ojos y enseguida dijo que sí, que encantado. «Te dejo mi despacho para que pintes —me dijo solícito—, prácticamente yo no lo utilizo.» Al día siguiente por la mañana coloqué mi caballete, mi espátula y mis tubos de óleo en su despacho. Cuando el sargento vio aquello puso cara de perro y empezó a mandarme tareas absurdas. El capitán estuvo una semana fuera y cuando volvió se encontró con que yo solo había conseguido manchar una tela. Me preguntó qué pasaba y yo, encantado y muy explícito, se lo expliqué. No dijo nada y a la mañana siguiente mientras merendábamos le dijo al sargento: «No le mande ni una sola tarea más a Martín hasta que yo se lo diga, ¿de acuerdo, sargento?» le dijo sin mirarlo a la cara. «Sí, mi capitán.» Contestó el sargento. El tipo nunca más me molestó, me hablaba lo indispensable, y al capitán le regalé como diez cuadros tamaño medio hasta que me licencié.


Por Martín Garrido Ramis

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37º Latitud Norte: Ronda de Muertos

En este fin de semana marcado por la celebraciones de Todos los Santos, María Mateos en su sección 37º Latitud Norte nos trae desde México su relato Ronda de Muertos.

Ronda de Muertos

© Fotografía: National Geographic

Doña Lola es una mujer alta, lozana y guapetona de nacimiento. Tiene planta de actriz de los años cuarenta y los hombres le silban a su paso por ese caminar ceremonioso que lleva a ritmo de sandunga. Peca la señora de mucho carácter y dice las cosas como le vienen, sin un ápice de diplomacia. Fuma cigarrillos de tabaco negro sin filtro y se queja de un dolor punzante en el pecho que atribuye al libertinaje de los nervios. Va siempre bien peripuesta, con ropa de moda ajustada y zapatos de medio tacón. En los aderezos abusa de los dorados y las lentejuelas y lleva el pelo recogido en un moño bajo adornado con flores de tamarindo.

Novios y enamorados nunca le han faltado porque doña Lola es una hembra de armas tomar. El pobre Don Agustín la estuvo cortejando durante casi una década sin resultado alguno. Día tras día se pasaba a rondarla con un ramillete de jazmines y tallaba para ella cajitas de madera donde le decía, guardaba su corazón. Doña Lola no sucumbió a las atenciones de su pretendiente, que fueron muchas, y el pobre enamorado fue apagando día a día su fuego de galán hasta que se marchó de la ciudad. Cuentan que vaga como un espíritu triste por Aguascalientes, vendiendo pequeñas cajas de madera a los turistas reumáticos que van a tomar las aguas.

Doña Lola vive en la casita de los aguacates, la única del vecindario que no sufrió un solo desperfecto durante el terremoto de 1985. Los cimientos estaban construidos con los mástiles de una goleta inglesa, hundida frente a las costas de Veracruz, y las ondas sísmicas movieron los cimientos de la misma manera que un barco navega sobre las olas. Pero la semana pasada, la señora salió a fisgonear un casamiento en el Santuario de la Virgen de los Remedios; le gustaba arreglarse para ceremonias a las que no había sido invitada. Las cúpulas se desplomaron con la nueva sacudida sísmica en el momento justo que la cotilla se ajustaba las medias en la puerta de la iglesia.

La sobrinada le ha levantado un altarcito en el Día de los Muertos, con platos de frijoles de olla, tamales de cordero y el tradicional pan dulce de anís con canela. Don Agustín llegó del norte con una botella de tequila añejo y el repertorio completo de Juan Gabriel, para bailar soñando un agarradito con la muerta. El viejo había labrado para su amada todas las flores del trópico en un baúl de madera de sándalo, para que pueda guardar desde el otro mundo el tabaco de liar y las numerosas cartas que tiene pensado escribirle.

Desde el más allá, la mexicana decide que ha llegado el momento de corresponder a su amartelado artesano.

Ahora será ella quien irá a rondarle durante la noche.


Por Rosa María Mateos

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El Relato Caleidoscópico de Luisa Gil

Empezamos noviembre con una nueva entrega de el Relato Caleidoscópico, esta vez de la mano de Luisa Gil. El hashtag para comentar esta entrada es #RCaleidoscópico28, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Y sin más preámbulos os dejo con la historia, de la que dejado solo el enlace de todas menos las dos anteriores , para que no se alargue en exceso la historia y en breve tendremos una sorpresa, pero mientras tanto disfrutar de la nueva vuelta de Caleidoscopio de Luisa Gil.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

This image was originally posted to Flickr by XoMEoX at https://flickr.com/photos/110925305@N06/36237554782. It was reviewed on 29 October 2017 by FlickreviewR and was confirmed to be licensed under the terms of the cc-by-2.0.

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

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El puto horizonte

el puto horizonte

El puto horizonte

“The Nose” impone.

Su perfil es enorme y poderoso. De lejos parece una gigantesca nariz. Una tocha infinita. La montaña más lisa, preciosa y peligrosa que he visto. Como tú. Con tu pelo liso, también eres preciosa. Y peligrosa. Como la montaña.

A solas en la explanada, decidimos tumbarnos sobre el césped. Frondoso. Mullido. Me hace recordar partes del cuerpo que no vienen a cuento.

Te miro de reojo. Tienes la vista alzada al cielo. Hacia el horizonte. El puto horizonte que tanto te gusta. Es tan eterno… el puto horizonte.

Quiero empezar la escalada, pero tu hipnótica figura me impide despegar los ojos de ti. Entonces, te giras y me besas. No me lo esperaba, a veces me desconciertas. Nos besamos. Sólo existen nuestros labios, y el deseo de ambas lenguas juguetonas. Toco tu camiseta turquesa, pensando que estarías mejor sin ella, queriendo de repente escalar tu peligrosidad en vez de la de la montaña.

“The Nose”, con su roca lisa, infinita hasta el puto horizonte, ha desaparecido.

Sin esperarlo, te separas y corres con los pantalones llenos de raquíticas briznas de hierba, a ponerte tu material, dispuesta a comenzar la ascensión. Tu impulsividad me deja perpleja. Una vez más. Te observo con la boca abierta, con cara de tonta.

Delante de mí, el azul de tu camiseta. Arriba, el azul del puto horizonte. Y tú, con el paisaje, si te desnudaras formarías el conjunto ideal para que Reverón te incluyera en su período azul.

Corres muy rápido. Saltas, vuelas, con esa encantadora forma de mirar al cielo con los brazos abiertos.

Adoro pillarte mirando el puto horizonte.

© Sara Levesque

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

 

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Poesía sin títulos: Mar y sendero

Para cerrar el mes de octubre Alberto Morate nos trae una prosa poética con aires marinos.

Mar y sendero

Huelo el mar.

El mar es atrayente, pero la soledad de la playa no es discreta. Desde la distancia se pueden observar otros solitarios paseando con sus sentimientos. Para perderse prefiero la montaña, donde solo las águilas extinguidas compartirán tu silencio.

El mar es nostálgico, poético, romántico, pero excesivamente conocido. Es como ir a llorar al muro de las lamentaciones. Tu camino ya está trazado en la arena anteriormente por otro más triste, más solo, más perdido. En las laderas del monte, sus recovecos guardan mejor los latidos del corazón. Es más fácil esconderse y hasta perderse. Y para alcanzar la cima hay que sufrir, añadiendo dolor al resquebrajamiento interno. En la orilla, si te encuentras con alguien, disimularás tu aspecto.

En la montaña, toparse con alguien es descubrirle nuestras heridas. Nadie sube allí solo por placer o por contemplar el paisaje. Sabrán que estamos buscando el cementerio de los sentidos.

No desprecio el mar ni sus misterios pero me gusta más volar que sumergirme, antes gritar que llorar, primero quedarme seco y en segundo lugar hincharme.

Aunque para penar da lo mismo donde nos encontremos.


Por Alberto Morate (Derechos registrados)

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Los cuentos del bardo: El oficio de oír llover

Una semana más nos empapa un nuevo cuento del bardo de la mano de Josep Salvia Vidal.

EL OFICIO DE OÍR LLOVER

Free picture (Under the autumn rain) from https://torange.biz/under-autumn-rain-34631

Son más de las nueve de la noche y sigo en la calle. No sé qué quiero ni qué busco pero deambulo sin rumbo por las aceras vacías como una sombra sin cuerpo, una sombra callada y silenciosa. La ciudad es un desierto de asfalto salpicado de luces arenosas. No se ve a nadie y solo de vez en cuando el ruido del motor de un coche rompe la quietud. Llueve. Y la lluvia borra los contornos de las cosas para volverlas borrosas, confusas, líquidas. Mojada por el agua que se desborda de las nubes, la ciudad adquiere un tono de misticismo casi mágico. Yo también soy un cuerpo borroso ahora, un hombre acuoso, un ser de agua. La lluvia moja mi anatomía, cala mi piel, empapa mi corazón y me inunda por completo.

Regreso al fin a mi casa, un quinto piso en un bloque de nueva construcción en una avenida ancha y arbolada. Es otoño y los árboles van perdiendo poco a poco sus hojas al mismo tiempo que van mostrando, impúdicos, su madera desnuda. No sé decir el nombre de su especie. Solo sé que en verano su sombra es fresquísima y que en primavera florecen en un estallido de colores violentamente precioso. Ahora estoy helado. Traigo la ropa empapada. Cuando me desprendo de ella tengo la sensación extraña de despellejarme. Me doy una ducha caliente para quitarme el frío de encima que me pesa como una losa. Me pongo el pijama y me dirijo a la cocina. Me preparo un té.

Dejo la taza que humea como una chimenea enana sobre la encimera de la cocina y bebo su contenido a sorbos mientras me preparo algo de cena. Fuera, la lluvia suena más fuerte cada vez. Las gotas de agua chocan con violencia contra los cristales de la ventana. En un arrebato involuntario que no puedo controlar, me voy al salón, enciendo el ordenador portátil y comienzo a escribir. En el aparato de música suena Vanesa Martín. Ahora sé lo que buscaba en la calle a estas horas bajo el temporal. Inspiración. Las musas son caprichosas. Escribo mientras oigo llover, mientras el mundo se moja. El cursor es un insecto enjaulado que corre por la pantalla y al mismo tiempo es un corazón que palpita a golpe rápido, excitado, vivo. Mis dedos danzan sobre el teclado con la agilidad de los bailarines consagrados al ritmo de la melodía que el agua produce al caer.

Escribo un relato breve, mi colaboración quincenal con una revista virtual donde tengo una sección propia. Y me sale un cuento lleno de lluvia, inundado, empapado, hecho con gotas de agua. Es un cuento líquido. Igual que yo.


Por Josep Salvia Vidal

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La vida en las solapas de mis libros: Hombre rico, hombre pobre

HOMBRE RICO, HOMBRE POBRE de Irwin Shaw

20 de noviembre de 1975

Poster for the 1918 film Rich Man, Poor Man.

Para muchos millones de españoles las navidades de 1975 fueron las más felices de su vida porque había muerto el dictador enano y de voz aflautada, como lo llamaba mi padre. Entonces tenía yo 23 años y me importaba un huevo Franco y los que le seguían. En ese momento estaba leyendo Hombre rico, hombre pobre de Irwin Shaw, un escritor interesante del que ya había leído El baile de los malditos. Luis Garrido Saiz, mi padre, despotricó toda la vida de Franco porque decía que era un hijo de puta que fusiló a media España por no pensar como él. Nació en Cuenca y a los 17 años se afilió a la FAI (partido anarquista), porque era un anticonformista, actitud que le ocasionó algunos problemas, sobre todo a su padre, mi abuelo, que tuvo que pagar multas de 50 pesetas «una pequeña fortuna para la época», la mayoría por no querer cantar el Cara al Sol, como se solía hacer en cualquier acto. Al estallar la guerra mi padre no dudó en alistarse en el bando republicano y fue destinado a un cuartel de Madrid a hacer prácticas. Allí pasó tres meses preparándose para ir a primera línea, que sería Toledo. Pero allí no pegó tiros porque un sargento amigo de su padre lo colocó en retaguardia. A los seis meses lo trasladaron a Castilla donde lo cogieron preso junto con otros compañeros. Pasó una semana en el sótano del ayuntamiento (no recuerda el nombre) de un pueblo a base de pan y agua. El lunes por la noche los llevaron detrás de la iglesia para fusilarlos. Pero otra vez le sonrió la suerte y un capitán, hijo del dueño de una granja de vacas, que normalmente contrataba los carros de Eleuterio (padre de Luis), se lo llevó al ayuntamiento donde pasó dos noches en el sótano vacío. A la tercera noche dos soldados lo fueron a buscar y lo metieron en una camioneta para dejarlo en medio del bosque. Le dieron un pan, tocino, queso y vino. Al cabo de tres días caminando campo a través se reincorporó a una compañía de republicanos que iban hacia el Ebro. Pero él nunca llegó al Ebro porque se unió a una compañía de anarquistas que se cruzaron. Durante el año siguiente estuvo haciendo la guerra «como se suele decir» de un lado a otro, de pueblo en pueblo, que más que guerra era sobrevivir esperando que terminara aquel conflicto. En un encontronazo con un grupo de nacionales el sargento de su compañía fue abatido y le nombraron sargento a él, que ya era cabo primera. Pocas semanas después su compañía se unió a otra republicana, en la que no había muy buen ambiente. El único capitán que quedaba ascendió a mi padre a teniente. Los nacionales cercaban cada vez más a los republicanos y ellos lo sabían. Por eso, después de tres meses huyendo hacia ninguna parte, e intuyendo que aquello se terminaba, la compañía se disolvió. Mi padre volvió a Cuenca, pero el mismo día de su llegada, mi abuelo lo acompañó por la noche al bosque para que se fuera, que en el pueblo, por haber sido de la FAI, lo meterían en prisión o lo fusilarían sin juicio alguno. Mi padre se fue a Barcelona con un papel en el bolsillo en el que había escrito el nombre de un familiar que trabajaba de enfermero en el Hospital Clínic. Él le ayudaría a escapara Francia. Se fue caminando por bosques y campos hasta que se subió a un tren de mercancías que lo llevó a Barcelona. En la Ciudad Condal todo el mundo huía por la inminente llegada de los nacionales a la ciudad. Era un caos. Mi padre consiguió llegar al hospital pero el familiar ya había huido. Una enfermera le dijo que lo más práctico era irse a la Estación de Francia e intentar subirse en algún tren. Así lo hizo, y después de tres días y tres noches durmiendo en un banco de la estación, consiguió subir a un tren que lo llevaría a Francia. Allí ya los esperaba el ejército francés para meterlos en el campo de refugiados Argeles, que no era un campo de exterminio pero si se moría la gente de hambre y de enfermedades. No había ni lavabos, la gente meaba y defecaba en la playa. Aquello era un infierno, contaba mi padre. Cada día se moría gente de enfermedad o hambre. Y nadie escapaba porque no había a dónde ir. A los dos meses de sobrevivir en el campo de refugiados se apuntó a la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), y al ser teniente, le dieron la opción de subirse a un barco que iba a México. A mi padre no le fue bien y optó por cruzar los Pirineos con un grupo de oficiales republicanos. La JARE les facilitó la salida de Argeles. Tardaron tres semanas en pisar España, y en el transcurso del camino murieron dos compañeros. Mi padre volvió a Cuenca gracias a los trenes de mercancías. De nuevo en Cuenca, ya tomada por los nacionales, mi padre pasó encerrado en las caballerizas de mi abuelo dos meses por miedo a las represalias que se estaban cometiendo en el pueblo. Encarcelaban o fusilaban a todos los rojos, como decían ellos. Mi abuelo, a pesar de ser carretero, tenía muy buenas amistades en el pueblo ya que trabajaba con sus tres carros para ellos. Era un hombre apolítico y muy recto al que sus hijos lo trataban de usted, y en Cuenca era respetado por todos. Una de esas amistades era el alcalde del ayuntamiento, falangista para más señas. El hombre le aconsejó a mi abuelo, que Luis, su hijo, se entregara antes de que fueran a buscarlo para fusilarlo. El alcalde le haría un salvoconducto para que no le pasara nada. Mi abuelo aceptó. El mismo día que tuvo el salvoconducto mi padre se marchó en tren a la capital. Y en la capital se presento en un Ministerio (no recuerda cual) y preguntó por la persona que le había dicho el alcalde. No hubo ningún problema y en dos días tenía los papeles arreglados y empezaba de nuevo el servicio militar que duraría tres años. Mi padre fue un pequeño empresario y tuvo muchos empleados, pero nunca dejó de ser republicano y siempre defendió los derechos humanos.


Por Martín Garrido Ramis

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Ecos de Tierra Trivium: Octubre 2019 (II)

ECOS DE TIERRA TRIVIUM

Para finalizar Octubre recordamos la participación de nuestros autores Laura Orens y Paco Gómez Escribano en la la XII edición de Getafe Negro, las reseñas de las novelas Operación Inuit e Identidad, nos congratulamos del merecido premio a Alberto Morate en el III Certamen de Poesía Internacional Maribel Sansano y os adelantamos los eventos que tenemos las próximas dos semanas.

RESEÑAS

El utópico anhelo de la inmortalidad (Reseña de Operación Inuit de Lola Fernández por Francisco Martínez Bouzas)

Nadie conoce a nadie reseña de Identidad (El Mirador 2019)

NOTICIAS

Mesa Redonda Cosecha Negra 2019 (Getafe Negro 2019 con la participación de Laura Orens) Video de la mesa redonda en el Instituto Cervantes.

Novelas para una sociedad rota. Mesa redonda con Francisco Bescós, Jerónimo Andreu, Paco Gómez Escribano y David Llorente (Getafe Negro 2019)

El pasado 18 de octubre Alberto Morate fue galardonado con el Primer Premio del III Certamen de Poesía Internacional Maribel Sansano y Ámbito Cultural de El Corte de Inglés de Elche, con el poemario En un momento, compuesto por 45 poemas.

La escritora Inma Gómez Martín presenta en Hacinas su primera novela (Tu Voz en Pinares 2019)

El 19 de octubre Alberto Morate participó en el recital A tres voces en el teatro Echegaray de Sonseca (Toledo) coordinado por Manuel Camuñas, junto a Macarena Alonso y Pilar Astray. Que estuvieron acompañados a la guitarra por Juan Ignacio y contaron con la voz en off de Dory Dorado.

 EVENTOS

28 de Octubre de 2019 a las 19:00 en la Biblioteca de Galapagar (Galapagar): Presentación de El año americano de Jesús Velasco Moro.

3 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Sala Tarambana (Madrid): Recital poético con la participación de Alberto Morate. El resto de participantes son los poetas Macarena Alonso, Sandra Escudero, Silvie Riesco, Carlos Bueno-León y Gelu Vlasin y los cantautores Miguel Dantart y Sergio Torres Torres.

7 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Biblioteca Eugenio Trías (Madrid): Presentación de El año americano de Jesús Velasco Moro.

9 de Noviembre de 2019 a las 19:00 en la Librería Alibri (Barcelona): Presentación de Hasta los andares de Laura Orens.

9 de Noviembre de 2019 a las 12:00 en la Librería Bravo (Fuenlabrada): Literatura % LGTB por Adolfo Pascual y Jesús Velasco Moro.

Y en el resto del mes tendremos más presentaciones de Rosa María Mateos, Juan Ramón Biedma, Joan Roure, Laura Orens, Jimena Tierra, Paco Riera, David Casals-Roma y Martín Garrido Barón. Estar atentos a nuestras redes para conocer las fechas.