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Las palabras de un relato

Las palabras de un relato

las palabras de un relato

Un relato con el que no volver al punto de partida, a reiniciar el bucle. Busco un relato para viajar a tus pies, hecho por una pobre escritora risueña a ratos, bohemia siempre. Unas palabras que, todas juntas y ordenadas, reflejen cómo dejé escapar mi gran oportunidad y, ahora que la tormenta ha pasado, solo le queda esperar la llegada del siguiente ciclón de recuerdos.

Quiero regalarte una idea, dos relatos, tres palabras e infinidad de novelas y textos desde el foso de mi Alma. Tú fuiste el poema todo el tiempo. Tanto buscar las palabras adecuadas… Y no salían de tu boca sino de tus pupilas, inspiradas desde una sonrisa.

Busco un relato para antes de marcharme. Una novela que refleje lo que un día brilló en mí. Un verso desde el ventanal. Un poema de la chica cobarde de Madrid que tropezó con el paso que debía dar una noche de abril. Quiero dar vida a la vida con una rima y que tú le otorgues la entonación que se te antoje.

Un relato capaz de cerrar a versos las cicatrices del “quizá”, “tal vez”, “ojalá”, “¿y si…?”. Que todas las dudas se mueran mientras gimen a la luna. Un relato con el que lanzarnos a bailar y regalarnos el abrazo que nos alcanzamos a negar. Un abrazo que a ti se te ha llegado a olvidar y en el que yo no me paro de ahogar.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Poesía sin títulos: Pudiera ser todo lo que en verso he sentido

Esta semana Alberto Morate nos trae un poema inspirado por los versos de Alfonsina Storni que dan título al poema.

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido

No fuera más que aquello que nunca pudo ser”

Alfonsina Storni

Pudiera ser todo lo que en verso he sentido

En el espacio que hay entre el cielo y el mar,
donde cabe el tiempo,
donde se acuesta la soledad,
donde no se oyen lamentos ni quejas ni ruegos,
donde la belleza es el misterio,
donde la tarde le da el relevo a la noche
y la poesía es un beso.
Allí hay un mensaje de amor, una canción,
el cansancio de buscar recuerdos, la espera
del momento, el verso de un libro,
la tentación del verbo,
dos palabras, una mirada,
lo que nunca sucedió,
pero sigue ocurriendo.

Por Alberto Morate

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Los cuentos del bardo: El doble

Empezamos Febrero de la mano de nuestro bardo. Esta semana Josep Salvia Vidal nos trae una historia de un doppelgänger y sin más preambulos os dejo con nuestros dobles.

EL DOBLE

Lo distingo entre la multitud que abarrota la acera en hora punta con una facilidad pasmosa, como si tuviera un imán incrustado en la cara y me atrajera hacia él. Se parece tanto a mí que podría ser mi hermano gemelo. La misma cara, el mismo cuerpo, el mismo pelo, los mismos ojos, la misma nariz, los mismos labios. Cuando lo tengo justo delante, siento un escalofrío enorme que recorre mi anatomía de norte a sur a través de la columna vertebral. Es mi doble, un calco, el reflejo de un espejo encarnado y huido de su mundo de cristal.

Regreso a mi casa intranquilo, me pone nervioso saber que existe en la ciudad donde vivo alguien tan parecido a mí que podría ser yo mismo. En seguida lo imagino tramando algo contra mí, atacándome en un descuido, abalanzándose sobre mí al volver una esquina cualquiera. Me invade la paranoia. Siento que me muevo en el inestable hilo de la cordura y tengo que hacer equilibrios de funámbulo para no caer en el abismo. La locura es un pozo sin fondo. Y no quiero precipitarme al vacío. Procuro tranquilizarme. Respiro hondo. Mi respiración agitada se sosiega poco a poco. Los latidos de mi corazón vuelven a su ritmo normal. Sístole y diástole. El miedo lo acelera todo pero, afortunadamente, después de la tormenta siempre llega la calma. La serenidad es una forma de vivir.

Suena el timbre a última hora de tarde, justo cuando el cielo se viste de naranja y por doquier comienzan a encenderse las luces que parecen luciérnagas desparramadas. Abro la puerta. Es él. Mi doble. Mi clon. El hermano gemelo que nunca tuve porque nunca nació del vientre de mi madre. Me mira con los ojos furiosos. Su mirada es una tormenta sulfurada. El miedo me invade de nuevo y mi respiración se agita por momentos, como si mi cuerpo provocara un seísmo devastador. No digo nada. No hago nada. Estoy paralizado. El silencio que nos rodea es tan denso que se puede cortar con el cuchillo que extrae de debajo de su abrigo. El filo metálico amenazante brilla con la luz blanquecina del rellano.

Vengo a matarte, dice él al fin. En esta ciudad no puede haber otro como yo, apostilla antes de echarse a reír al verme temblar de terror. Pero extrañamente me recompongo al instante y me pongo yo a reír también. En el gesto de mi doble adivino el desconcierto y la sorpresa. No lo harás, le digo. Te conozco demasiado porque eres igual que yo y sé que no eres capaz, añado antes de cerrar la puerta en sus narices. Y mientras observo por la mirilla como completamente atónito tira el cuchillo al suelo, se da la vuelta y se marcha, tengo la sensación de que él es el hombre real y yo el reflejo escapado de un espejo cualquiera.


Por Josep Salvia Vidal

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Para ti, María

Para ti, María

para ti

Eres como un libro alternativo en la temática y en su cercanía. Tiñes las grafías del color de tu mirada, y no es el de la tinta más sombría. Eres como esos libros que gustan de leer cuando hace viento y te trasladas con misticismo a la lejanía. Puedes tener una página escrita en rojo y otra con el color de tus ojos, pero no dejas ninguna vacía. Y yo, encantada de la Vida, en el infierno me quemaría con tal de confesarte al oído que siempre te leería.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Poesía sin títulos: El castillo embrujado

Con motivo del Día Escolar de la No Violencia y la Paz, Alberto Morate nos trae este poema titulado El castillo embrujado. Ojalá en un futuro no existan más castillos embrujados como él de este poema.

El castillo embrujado

Mi casa está embrujada.
Hay un rey tirano que nos amenaza.
Mi madre está asustada
y yo lloro en los rincones
cuando el rey vuelve a la carga.
Cuando se marcha
deja siempre a su fantasma.
Nos persiguen sus gritos
y sus miradas.
Si no obedeces sus órdenes
se enfada.
Mi madre no se atreve a protestar
por miedo a la venganza.
Si sale a la escalera
hay serpientes en acechanza.
Por la ventana,
un foso de pirañas
nos quiere comer las entrañas.
Por el tejado
murciélagos y cuervos se ríen
a carcajadas.
Hemos llamado a la guardia,
pero nos dicen
que aún no ha pasado nada.
Cuando el castillo
esté en llamas
y en el lavabo haya
agua ensangrentada
le dirán al rey que se vaya,
si no es demasiado tarde
y, además, siempre
estará su fantasma.

Por Alberto Morate

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Rosa sobre blanco: Nana de la fiebre

Esta semana Rosa García-Gasco nos trae una nana para esas noches de insomnio por culpa de la fiebre.

Nana de la fiebre

Duerme, dragoncillo, duerme,
cierra los ojos velados
de fiebre.
Duerme, duerme, que no es cierto
que el volcán que son tus labios
que el hálito de tu sueño,
vaya a librar un tornado
de fuego.
Duerme, mi espejismo, duerme,
guarda el calor que aletarga
tu frente.

Por Rosa García-Gasco

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37º Latitud Norte: Azucena y Jacinta

Esta semana Rosa María Mateos nos trae a dos primas hermanas con una habilidad muy especial, con todos ustedes Azucena y Jacinta.

Fotografía: ©Andrea Koporova

Azucena y Jacinta

Azucena y Jacinta de los Ríos son primas hermanas y campeonas nacionales de natación sincronizada en su categoría. Ambas tienen una anomalía genética en los pulmones que les permite estar más de doce minutos bajo el agua. De pequeñas se hacían unas ahogadillas interminables que mantenían con el corazón en un puño a los vigilantes de la playa. No así a los padres, curados de espanto, que permanecían tranquilamente bajo la sombrilla hasta que las niñas emergían a la hora de comer.

Entre las dos inventaron piruetas y figuras imposibles en el agua, como el salto de la Ballena torcal y la acrobacia del Delfín narigudo. Azucena tiene tanta fuerza que lanza a Jacinta a la atmósfera a la velocidad del Blackbird, que es el avión más rápido del mundo. Una vez impactó contra uno de los focos del techo de la piscina y estuvieron un par de horas buceando en la oscuridad.

Entre ellas hay una amistad férrea y comparten todos los secretos. Cuando salen de la piscina, se sientan muy pegadas junto a las taquillas para enviarse mensajes por el WhatsApp. Son de ese tipo de peces que no hablan. Todo está por escrito, con tildes y sin abreviaturas; hasta comparten por el móvil su enamoramiento por Juanito Trampolín, campeón mundial de saltos con triple mortal y siete tirabuzones. El muy suertudo tiene la gravedad a su favor.

Ambas son conscientes de que el emoticono del corazón está ya más gastado que el palo un churrero.


Por Rosa María Mateos

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La Buhardilla de Tierra Trivium: Viaje sin retorno

Lo primero disculparme pos no acudir la semana pasada a nuestra cita semanal, un cúmulo de circunstancias unido a un fallo informático lo impidieron. Esta semana me hubiese gustado ofreceros una nueva entrevista, pero aun la tengo en postproducción como dirían en el cine, así que he decido rescatar, y nunca mejor dicho, un relato que escribí sobre el drama de los refugiados. Ese drama que ha dejado de ser noticia de primera plana, pero que sigue provocando muertes cada día. Y sin enrollarme más os dejo con mi relato que fue publicado originalmente en una antología titulada Refugiados recopilada por Luisa Gil.

Viaje sin retorno

El reloj

Aun lleva su reloj, parado a las 3:37 de la mañana. La hora del naufragio. Lo único que le quedaba. La guerra se había llevado a sus hermanos y sobrinos, durante la huida de las ruinas de su ciudad había enterrado a su mujer y a dos de sus hijas.

Subió a cubierta para ver la costa europea suponiendo que ya habían pasado todos los peligros, pero el destino aún se guardaba una última jugada. Un golpe de mar hizo que el barco, en cuyo pasaje había empleado la mayor parte de la fortuna familiar, se escorase. Cayó por la borda y vio impotente como el mar se lo tragaba todo. Nadie más sobrevivió.

Cada vez que mira su reloj no ve la hora fatídica, se traslada a los días felices cuando lo recibió de manos de su abuelo.

Calderilla

Han pasado varios meses desde su llegada a la ansiada Europa, donde no le han acogido como se esperaba, y aun conserva en su bolsillo una moneda de cinco libras sirias para recordar que le ha llevado a estar tan lejos de su casa.

Un día de trabajo

Prepara cada día la ropa de trabajo: botas de goma, mono verde y guantes. Según llega al jardín lo primero que hace es ir a limpiar las malas hierbas de una hilera de rocas junto a la puerta del edificio. Es un trabajo que a ninguno de sus compañeros le gusta. Por eso le preguntan porqué lo elige siempre, se limita a decir que le gusta hacerlo como si fuese lo más normal del mundo. Lo que no quiere contarles, es que ese trabajo le permite recordar su vida anterior, cuando publicaba artículos en revistas que sus compañeros ni conocen y era admirado por algunos de los que pasan a su lado sin reconocerle mientras cuida la exposición de minerales al aire libre.

El regreso

Desde que dejó su casa con una pequeña maleta con lo indispensable, dudando si un día volvería, pensaba en como serian las cosas el día que pudiese volver, qué se encontraría…

Ahora, con el billete de avión en la mano, recuerda todo lo que tuvo que dejar atrás: fotos, recuerdos, libros y otros objetos queridos.

Todos estos años, ha guardado como un objeto precioso las llaves de su casa. En cuanto pisa tierra las agarra con fuerza para que le den la energía necesaria para seguir adelante, sabiendo que no volverá a ver a su mujer, oír reír a sus sobrinos, disfrutar de los guisos de su madre, conocer a las parejas de sus hijos y tantas otras cosas que se llevó la guerra.

Ha llegado al que fue el principal aeropuerto del país. Ve la torre de control destruida por la artillería, vuelve a tener ganas de dar media vuelta, aferra las llaves. Algo dentro de sí le insta a continuar.

De camino a su barrio siente en lo más hondo de su ser, las calles destrozadas, los edificios atacados por la viruela, las zonas de su ciudad en las que se pierde, las calles donde antes había edificios, los restos de metal entre las montañas de cascotes…

No se percata de que ya está en su barrio, pasa de largo su calle sin reconocerla y tropieza con el parque donde llevaba a sus hijos. Busca su calle, desanda el camino y encuentra el solar donde una vez estuvo su casa.

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Yo ya no soy yo

Yo ya no soy yo

yo ya no soy yo

Yo ya no soy yo, sino una loca que se me parece. Una demente perdida entre recuerdos deformes. Distorsionados por el paso del tiempo. Un paso que, a medida que avanza, me atropella otra vez. Un paso que no se detiene por compasión, que no sabe de lágrimas o risas, de felicidad o sonrisas. Un paso, en definitiva, que hace lo mismo que tú: pasar.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Poesía sin títulos: Oye

Esta semana Alberto Morate nos trae un poema de amor que dice muchas cosas en muy pocas palabras y que seguro que os hace pensar en la persona amada. Y os dejo disfrutando de Oye.

Oye

Oye,
escucha las palabras que te escribo,
las sentirás en un poema,
te están hablando al oído
y a la entrepierna.
Te esperan también entre mis dedos
y que tu piel las vea.
Te están diciendo
que fundidos los dos en las sábanas
no hay fronteras, ni horizontes,
ni tampoco hay que buscar respuestas.
Hablan para mirarte desnuda,
para inventarte, si no existieras, en cada beso,
para sentirte y que me comprendas.
Escucha mis ganas,
no paran de decirte
que me quieras.

Por Alberto Morate