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Los cuentos del bardo: Llamadme Brooklyn

Esta semana nos vamos de viaje de la mano de Josep Salvia Vidal.

LLAMADME BROOKLYN

En los aeropuertos no arraiga la vida, es difícil echar raíces en una terminal o en una puerta de embarque. Estoy sentado en una silla de plástico, de esas que se enganchan unas con otras para formar una hilera, junto a otras personas que esperan su vuelo y me pregunto dónde irán. Distingo entre la gente a alguien que me llama la atención. Es una mujer morena de ojos grandes que lee un libro. Instintivamente, miro el billete que tengo en mi mano y leo el nombre de la ciudad de Nueva York como si quisiera asegurarme de mi destino. Huyo. Escapo. Soy un fugitivo aunque no escape de ninguna prisión, sino de mi propia vida que también es una cárcel, una cárcel sin barrotes ni celda pero con condena, la condena de seguir viviendo cuando no tienes ganas porque tu Dios no te mata por mucho que se lo pidas. La fe es creer a ciegas. Hace un rato, una cinta transportadora ha engullido la maleta donde he conseguido encerrar mi vida. O lo que queda de ella. Los restos. Las ruinas.

Una voz metálica con tonos robóticos anuncia mi vuelo. Me levanto, cojo mis cosas, recorro torpemente una parte de la terminal y me pongo a la cola en la puerta de embarque. Delante de mí, a seis personas de distancia, veo a la mujer morena de ojos grandes y me alegro, no sé por qué, al saber que ambos nos dirigimos al mismo destino. Después todo ocurre de forma mecánica y yo me muevo como un autómata. Enseño el pasaporte y el billete, subo al avión, transito por el pasillo, localizo mi asiento y me hundo en él como si estuviese hecho de arenas movedizas. O de lodo. El mismo lodo que cubre mi alma podrida. Me toca ventanilla. El cristal traidor se convierte en un espejo por un instante y me devuelve una imagen triste de mí mismo. Los ojos pequeños y huidizos, el pelo corto, una sombra de barba que oscurece las facciones de mi rostro en un aspecto demacrado. Después me pierdo en el laberinto que llevo dentro de mi cabeza y de mi cuerpo.

Una agradable voz femenina que suena a mi lado me reintegra en la realidad del avión, del cielo abierto. Es mi compañera de asiento, la mujer morena de ojos grandes. Es joven, de una edad cercana a la mía pero ella tiene mucho mejor aspecto que yo. Me pregunta si estoy bien porque advierte mi mala cara. Me dice que se llama Ava, que es muy buena escuchando problemas ajenos y empezamos una conversación que me permite vaciarme. Le hablo de mis fracasos, de mis zozobras, de esa relación rota de forma repentina por un divorcio, de ese otro amor negado, de mi fuga. Por eso huyo. Porque tengo la esperanza de comenzar otra vez en otro lugar. Desde cero. Desde las cicatrices que quedan bajo la piel pero no desde las heridas abiertas. Al poco rato de hablar con ella, tengo la impresión de conocer a Ava de toda la vida. La conversación fluye entre risas. Todo transcurre con la placidez de las cosas tranquilas.

Aterrizamos sin problemas. Cuando salgo del avión, tengo la sensación de volver a nacer, de llegar al mundo de nuevo, de salir del vientre de una madre metálica en un parto sin dolor ni quirófano ni comadrona. Al cabo de unas horas estoy en mi nueva casa en Brooklyn, un octavo piso en una ancha avenida arbolada de Park Slope. Suena el timbre a la hora convenida. Es Ava con su pelo negro cayendo en bucles, sus grandes ojos y su sonrisa amplia. La invito a entrar y le ofrezco una copa de vino blanco mientras se termina de preparar la cena. Salimos a la terraza. Nueva York se extiende delante de nosotros como una alfombra de luces, las luces parecen una bandada de luciérnagas volando. Tengo treinta y cinco años y hoy es el principio de mi vida. De ahora en adelante, llamadme Brooklyn.


Por Josep Salvia Vidal

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La vida en las solapas de mis libros: Adiós, muñeca

Esta semana Martín Garrido Ramis nos habla de la primera novela que leyó de uno de los maestros de la Novela Negra, Raymond Chandler. Y con esta historia alrededor de Adiós, muñeca os dejamos hasta la semana que viene o si estáis por Madrid hasta el jueves a las 19:00 en la SGAE con la presentación de la novela Zoilo Poyes de Martín Garrido Ramis.

ADIÓS, MUÑECA de Raymond Chandler

5 de enero de 1974

Raymond Chandler fue todo un descubrimiento para mí. Me impacto por su forma sencilla y a la vez complicada de escribir. Tenía veintiún años y hacía la mili. Pero ya no estaba en Bomberos, el sargento, marido de la amiga de mi madre, consiguió sacarme a los cinco meses y meterme de ordenanza en la casa del capitán Lúcio, que vivía con su mujer y sus dos niñas en un edificio militar ubicado al final de la avenida, justo cuando empezaba el mar. Huelga decir lo contento que me puse cuando salí de Bomberos. Vi el cielo abierto. De ordenanza no harás nada, es un chollo y además no haces guardias, me dijeron mis compañeros. No se equivocaron en una cosa: mientras fui ordenanza no hice guardias, pero que era un chollo, se equivocaron de lleno. Mi trabajo consistía en llegar a las ocho de la mañana con cuatro ensaimadas, que previamente había comprado en la panadería, para que la mujer y las niñas del capitán desayunaran. La señora, que se llamaba Aurora y era de Cáceres, nunca me dijo si quería desayunar con ellas. A veces se dignaba preguntarme si quería un café. No, señora, le decía yo. Era una mujer que debía rozar los cuarenta y estaba bastante buena. Delgada pero de curvas marcadas, pelo castaño y liso que le rozaba los hombros. Era elegante vistiendo, y tenía una mirada fría y distante. Me recordaba a la cantante inglesa Sandie Swaw, que me gustaba tanto. Por las mañanas ya iba arreglada, como si se fuera a ir a la calle. Con veintiún años y aquella mujer delante de mí yendo y viniendo, aunque prácticamente sin mirarme a los ojos, era terrible. Pero toda historia tiene un lado negro (o casi todas), y la guapa señora era una mandona de cojones. Una tocapelotas en toda regla. Yo vengo de una familia de clase un poco alta y a mis veintiún años no había fregado un plato ni un vaso, y menos pasar la aspiradora o limpiar un cristal. En mi casa siempre tuvimos una chica para limpiar una vez a la semana. O sea que no había hecho nada. Por eso, cuando el bellezón cacereño me dijo: «Empiece pasando la aspiradora por las alfombras.» Me quedé de piedra. No sé cuánto tiempo tarde en reaccionar. «¿Le pasa algo?» Dije que no y cogí la aspiradora y aspiré como pude. Menos mal que ella se fue a la cocina para volver al cabo de unos diez minutos con un plumero y un trapo. «Si ya ha acabado quite todo el polvo del salón. Utilice este plumero y este trapo. Por favor, que no quede ni una mota que me pone histérica. Y vaya con cuidado con las figuritas y los cuadros.» Estaba a punto de llorar, eso no podía estar pasándome a mí: un tío duro en toda regla. No sabía ni utilizar el plumero y no sabía qué coño era una mota. La próxima vez que apareció lo hizo con una cesta. «Si ha terminado vaya al economato y me compra todo lo que hay en esta lista.» Me fui al economato a comprar como una ama de casa hundido en la más absoluta miseria y pensando en lo que me esperaba. Cuando volví ya eran la una y media y me dijo que había terminado y me podía ir. Por mucho que analizara lo que me había pasado aquella mañana no daba crédito. Incluso pensé en desertar y que le dieran por culo al servicio militar, pero no lo hice y volví al día siguiente para limpiar todos los cristales de la casa. Me llevó toda la mañana. «Usted no ha limpiado muchos cristales en su vida, ¿verdad?», me dijo la muy puta con cierta sorna. Al día siguiente me tocó el baño. Y al otro los cuartos. Y al otro volver a empezar con el puto polvo y sus motas correspondientes. Así pasé casi cinco meses. En ese tiempo me leí todas las novelas de Raymond Chandler, y en mis sueños era Marlowe metido en la cama con la mujer del capitán. «No me dejes está noche, cariño», me decía suplicante, Yo la miraba con desdén desde la puerta del cuarto y, en el tono más duro posible, le decía: «Adiós, muñeca.»


Por Martín Garrido Ramis

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Pequeñas Cosas: Luna de Bronce

Empezamos la semana con un nuevo poema de Enrique Garza.

LUNA DE BRONCE

La luna de bronce arde
en tu cintura sin alma
tu pelo de caracolas 
Nace en mi noche de brasas.

Rozó tu piel de gitana
con caricias de mi alma,
sin llegar a esos rincones 
perdidos en tus entrañas.

¡Cuanto me duele ese hielo
que sale desde tu alma!
Y los besos que dejaste 
en el viento, que se apagan:
¡Qué no llegan a mis labios!
¡Es mejor! Que son navajas.

Por Enrique Garza

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Ecos de Tierra Trivium: Octubre 2019 (I)

ECOS DE TIERRA TRIVIUM

Vuelven los Ecos de Tierra Trivium con la primicia de la participación de nuestra autora Laura Orens en la mesa redonda Cosecha Negra del festival de novela negra Getafe Negro, junto con más entrevistas a nuestros autores, premios literarios, reseñas y algunos de los próximos eventos de la editorial.

ENTREVISTAS

Operación Inuit es el título del libro que acaba de publicar Lola Fernández Estévez (Columna Cero 2019)

Joan Roure, autor de ‘Cicatrices bajo la piel’, passa pel ‘Lletres i música’ (cugat mèdia 2019)

Abrasha Rotenberg y su libro “La amenaza” (Radio Sefarad 2019)

RESEÑAS

Reseña de Operación Inuit de Lola Fernández Estévez en Una Imagen vs Mil Palabras

Operación Inuit en ANIKA entre libros

NOTICIAS

Presentación de Zoilo Pollés de Martín G. Ramis en la SGAE

Laura Orens en Getafe Negro:

Cosecha Negra (Instituto Cervantes 2019)

-La “Cosecha negra” de Getafe Negro 2019 (Getafe Negro 2019)

Debate sobre la ‘Cosecha negra’ de Getafe Negro en el Instituto Cervantes (Getafe al día 2019)

Diálogo entre Abrasha Rotenberg y Ana Lavesa de Santiago con motivo del Día Europeo de la Cultura Judía. (Casa de América 2019)

Alberto Blanco Rubio ha resultado finalista del Premio Fenix Internacional Euroamericano organizado por la Asociación Internacional Italiana de Arte Sin Fronteras (Art Senza Frontiere) y cuya ceremonia de entrega se realizó el pasado 6 de octubre en el Ateneo Mercantil de Valencia.

Cómo escribí “Operación Inuit” (Lola Fernández Estévez en Todo Literatura 2019)

Presentación de Canción de Mayo de Rosa María Mateos

Sara Levesque participó el pasado 11 de octubre en el Club de lectura de la librería La Forja de las Letras

EVENTOS

17 de Octubre de 2019 a las 19:00 en la sala Valle- Inclán de la SGAE: Presentación de Zoilo Pollés de Martín G. Ramis

21 de Octubre de 2019 a las 19:00 en el Instituto Cervantes: Laura Orens participa en la mesa redonda Cosecha Negra dentro del festival de novela negra Getafe Negro.

Nos vemos en dos semanas con una nueva hornada de Ecos de Tierra Trivium y mientras tanto para estar al día de los eventos de la editorial podéis seguirnos en Twitter (@TierraTrivium), Facebook (GrupoTierraTrivium) o suscribiros a nuestro canal de Telegram (GrupoTierraTrivium).

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El Relato Caleidoscópico de Adolfo Pascual

Aunque la semana pasada os anuncié que esta semana tendríamos una nueva entrevista en La Buhardilla de Tierra Trivium hemos tenido que hacer un cambio de planes y esta semana Adolfo Pascual Mendoza es el encargado de continuar la historia de Elíseo. Esta semana el hashtag para comentar la entrada es #RCaleidoscópico26, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

A partir de esta semana empezaré a conservar solo los enlaces de los textos anteriores para no alargar innecesariamente la entrada, así que sin más preámbulos os dejo con el Relato Caleidoscópico.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.

By Elfodelbosque - Own work, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4599505

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.



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Háblame

Háblame

hablame 2

Háblame de lo que quieras, de mil formas, a gritos o a susurros. Con tus pupilas o incluso en silencio.

Háblame de la lluvia, de tu tormenta interior, de esa chica que te vuelve loca, de la que por ti pierde la razón.

Háblame, cuéntame, coméntame cuando estés triste o contenta a rabiar, y cuando no tengas fuerzas para hablar.

Háblame, explícate ahora, mañana o dentro de una semana.

Háblame de tonterías o de cosas serias.

Háblame, Cielo, que yo siempre querré quererte y escucharte las penas y las risas.

Háblame con tus poemas, con tus melodías a guitarra, con tus carcajadas o desde tu infierno peculiar.

Háblame aunque estés llorando un mar; no te preocupes, sé nadar.

Háblame siendo tú misma; pero, por favor, nunca me dejes de hablar.

© Sara Levesque

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Poesía sin títulos: No me arrastraré

Esta semana Alberto Morate con motivo del mes de prevención del Cáncer de Mama nos trae su poema No me arrastraré

 No me arrastraré
tras la extensión de tu estremecimiento
porque mi camino será más firme
y seré capaz de vencer
la acción que me provocan tus desvelos.
 No te vi entrar en mi cuerpo
ni en mi pecho.
No te oí llegar, traicionero.
De repente estabas, intruso,
como un enigma
queriendo secar mi sangre
en el fondo de un misterio.
 No permitiré que precipites ruinas
ni que te conviertas en fósil
ni que cinceles oscuridades y aguaceros.
 Es cierto que tendré que pedir ayuda,
que puede que haya que limpiar de inmundicias
algo que siempre ha sido bello,
pero
no podrás con la dulzura de mi sonrisa,
ni con la tibieza de mis recuerdos,
ni con la valentía de mi esfuerzo.
 Y no quiero esconderte,
no quiero que seas un secreto,
porque voy a ir contra ti con todas las armas
de mis versos y mis besos.
Algunas lucharán también con rezos.
Puede que mermen mis fuerzas en algún momento,
mas no daré descanso
a la templanza y a los sentimientos.
 Si es necesario, entretejeré
un lienzo de luz y viento fresco,
una canción de amor dicha en silencio.
 Voy a conjurarte con desprecio,
con la locura de quien sabe
que Goliat es solo un cuento
y tu amenaza es menor que mi deseo.
 Mi deseo de vencerte,
cáncer de incertidumbre,
yo soy la que te expulsará de mi reino.

Por Alberto Morate

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Rosa sobre blanco: Hipnosis de sofá

Ya tenemos aquí un nuevo poema de Rosa García-Gasco

Hipnosis de sofá

Te añoro algunas noches sólo algunas);
en las de marzo pica la nostalgia.
Tu risa mordisquea los aromas
furtivos del pasillo, 
Te oigo corretear por los rincones
huyendo como un eco
de tabaco distante.

El calor amarillo de tus manos 
en el mito y el logos de mi frente
como después de un trance regresivo;
los labios que besaron
labios que se incendiaban en lo oscuro
rompiendo como lunas 
verticales el cielo.

Marzo me tiene insomne.
Demasiado te añoro
y demasiadas veces.

Me duermo y me despierto y te echo en falta;
luego me agujerea
a golpes de periódico la prosa
y un vacío traslúcido en el vaso
sumerge en la resaca mi cerebro.

Por Rosa García-Gasco

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La vida en las solapas de mis libros: El Padrino

Martín Garrido Ramis sigue su recorrido por esos libros que le marcaron, deteniéndose hoy en El Padrino de Mario Puzo. Como habréis podido apreciar esta semana además inauguramos nombre para la sección y sin haceros esperar más os dejo con Martín.

EL PADRINO de Mario Puzo

1 julio de 1973

De The original uploader was Solarcaine de Wikipedia en inglés. - Transferido desde en.wikipedia a Commons., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12034378

La primera novela que leí consciente de lo que hacía fue El Padrino de Mario Puzo. Veinte años antes había leído Robinson Crusoe pero fue la casualidad, en cambio lo de El Padrino no. Me había presentado voluntario al servicio militar, pero no porque amaba al ejército, todo lo contrario, lo encontraba inútil e innecesario, sino porque había confundido el día por la noche, Todos los días de la semana, excepto el domingo que empleaba para descansar, me lo pasaba metido en juergas interminables con extranjeras. Eran los locos años 70 y Mallorca estaba llena de nórdicas en busca del famoso Latin Lover. Por eso, un día decidí que tenía que cambiar radicalmente de vida porque peligraba mi salud. Llevaba seis años de aquella manera (de los quince a los veintiuno), Menos mal que nunca me dio por la farlopa, porque seguramente la hubiera palmado. Por eso me presenté voluntario para hacer la mili. En principio iba enchufado a Comandancia (la mujer de un sargento iba a peinarse a la peluquería de mi madre y eran amigas), pero mi ficha se traspapeló y acabé en Bomberos sin poder creérmelo. «Ha habido una confusión –me dijo el sargento-. Por lo visto hay un soldado que también se apellida Garrido. Pero no pasa nada porque lo soluciono en un mes. Tranquilo». No me tiré un mes como bombero, me tiré cinco. Si alguien no ha sido alguna vez bombero no se puede imaginar lo aburrido que es. Es infinitamente aburrido porque te tiras todo el día y la noche esperando que pase algo y no pasa nada. El cuartel de Bomberos estaba en las mismas pistas del aeropuerto de Palma, pero era solo de adorno. Ni las mangueras funcionaban. Siempre que sucedía algún percance iban los bomberos del mismo aeropuerto. O sea, que me tiré los cinco meses más aburridos de mi vida. Hacíamos dos días seguidos y el tercero era libre, o algo parecido. Al principio intentaba dormir, pero dormir todo el día es complicado. Tampoco había televisión. Algunos se pasaban el día jugando a las cartas o al parchís o hablando de tías, pero a mí nunca me ha gustado el juego ni contar mis aventuras amorosas. Solo uno de los diez ignorantes que éramos era diferente. Catalán, alto, delgado, con cierta clase, que fumaba un Camel detrás de otro mientras que pasaba las hojas de los libros que leía. Siempre dejaba el libro que estaba leyendo en su lado de la rectangular y larga mesa de comer y hacer de todo, Nunca nadie lo toco. Seguramente si hubiera sido otra cosa se la hubieran robado, pero un libro… ¿para qué coño sirve un libro? El catalán no era muy simpático ni hablador, pero un día me acerqué a él y le pregunté por qué le gustaba tanto leer. «Es la única forma de sobrevivir a este castigo -me contestó con una media sonrisa-, deberías probarlo». Le pregunté qué libro me recomendaba. «Cómprate un libro que se llama El Padrino de Mario Puzo. Y me cuentas». Lo hice y nunca dejaré de agradecérselo. Lo devoré, y así un libro tras otro hasta hoy. La mili a mí no me aportó absolutamente nada, y no creo que a nadie le aporte, a no ser que sea un tarao mental. Pero durante los cinco meses de bombero yo descubrí la Literatura.


Por Martín Garrido Ramis

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37º Latitud Norte: La Mata Hari del Caribe

Esta semana la sección de Rosa María Mateos inaugura nombre: 37º Latitud Norte con el relato La Mata Hari del Caribe, protagonizado por un curioso coleccionista al que os invito a conocer.

La Mata Hari del Caribe

Lady Havana by Lauren Breedlove

Julián Mariñas empezó a coleccionar objetos cuando solo tenía ocho años. Al principio se trataba de caracolas marinas, piedras de colores talladas por las olas y restos de antiguos naufragios que llegaban a la playa empujados por la marea. Más tarde se obsesionó con los seres vivos y en particular con los artrópodos, que buscaba por tierra, mar y aire para crucificarlos sobre cartulinas blancas. Antes de cumplir los dieciocho era un experto mundial en la taxonomía de los lepidópteros y se carteaba con otros coleccionistas para intercambiar, además de mariposas, escorpiones, arañas y escarabajos.

A los veinticinco años había llenado la nave de sus padres con cajas de monedas antiguas, etiquetas de vino, pastillas de jabón, chapas de cerveza, lápices, abrecartas y calcetines sin pareja, entre otros muchos objetos. A tres meses de la boda, Maruxiña le abandonó porque no podía tolerar sus colecciones de ojos cristal, manos de escayola y piernas ortopédicas; imaginó su futuro en aquel universo de prótesis y enfiló la ría aguas arriba para no regresar jamás.

Desde que le prejubilaron, Julián Mariñas dedica las horas del día a poner en orden el inventario de sus colecciones. Tiene setecientos ficheros a reventar y cerca de medio millón de piezas catalogadas. Los miércoles y viernes se permite un descanso para hacer deporte; recorre con su peña ciclista los cuarenta y siete kilómetros que separan Viveiro de Ortigueira, regresando por el Bosque de Gigantes, donde Julián espera a los más rezagados recolectando hongos, helechos y flores silvestres para sus herbarios.  Algún sábado por la noche también se deja caer por la taberna del barrio. El Mariñas es allí bien recibido porque siempre paga unas rondas y se interesa por la salud de los parroquianos. Pero el momento de la semana que aguarda el coleccionista con impaciencia es la partida de ajedrez que juega con la Cubana cada domingo, batallas que comienzan tras el café del almuerzo y que suelen prolongarse hasta la media noche.

La Cubana es la vecina de abajo. Llegó a tierras gallegas hace dos años para retomar las propiedades de su familia. La señora tiene una interesante leyenda a sus espaldas que los vecinos se han preocupado de adornar. Según se comenta, fue General del ejército castrista y ejerció de espía para los rusos durante los últimos tiempos de la Guerra Fría. La afición al ajedrez le viene de la temporada que pasó en Moscú aprendiendo técnicas de infiltración y estrategias de espionaje.

—Cuando murió El Comandante, agarré las maletas para regresar —comenta la señora con su fuerte acento de la Habana Vieja.

La relación entre los dos vecinos comenzó con un traspiés, porque la Cubana salía a fumar a la terraza y el humo de los puros atufaba la colección de cactus del señor Mariñas.

—¿No sabe que las plantas son adictas a los venenos?  —replicó la Cubana a las críticas de su vecino.

Y era verdad, porque los cactus del Mariñas comenzaron a crecer con un lustre desconocido y a echar hasta cuatro floraciones al año desde que apareció la Mata Hari del Caribe.

Gracias al ajedrez se fue forjando entre ambos una sólida amistad que dejaba al aire el deseo contenido de dos almas maduras y solitarias. Entre enroques y jaquemates, pasaban la tarde hablando de libros, política y acontecimientos, mientras daban buena cuenta del ron añejo que recibía la Cubana de sus parientes al otro lado del mar.

Pero esta vida apacible y rutinaria se fue al garete el mismo día que el sobrino del Mariñas, el informático, le abrió a su tío varios perfiles en las redes sociales.

—Ahora podrás coleccionar amigos —le dijo.

Don Julián comenzó una actividad frenética para alimentar su lista de amigos virtuales. A los dos meses tenía casi cuatro mil seguidores de nueve países diferentes y una retahíla de mensajes que contestar en varios idiomas. Se hizo un experto en emoticonos: likes, corazones, guiños, besos, OK y manos en todas las posiciones. Para atender tan formidable hermandad, cada día se acostaba más tarde, alimentándose apenas con una tortilla francesa acompañada por dos mendrugos de pan.

Ante su reiterada ausencia, la peña ciclista decidió enviar una comitiva. Les recibió un individuo maloliente y en chancletas que nos les dejó pasar del umbral de la puerta. Las insistentes llamadas de la Cubana tampoco fueron atendidas ni sus gritos de angustia por el balcón; y mucho menos obtuvieron respuesta los constantes mensajes de los colegas de la taberna. A medida que don Julián iba ganando territorio a golpe de ratón, los floridos cactus de la terraza se fueron muriendo, uno tras otro, por falta de atenciones.

La misma noche que atesoró veinte mil amigos, la policía derribó su puerta para encontrarle exhausto y vencido sobre la pantalla. En la habitación sin wifi del hospital comenzaron a alimentarle con las zamburiñas y los percebes que le traían de la taberna. Durante el duermevela de su convalecencia, la Cubana le reveló todos los secretos de estado que había descubierto en el desarrollo de su profesión. Más de una confidencia hubiera hecho saltar el mundo por los aires.

Tras regresar a casa después de una larga recuperación, el sobrino le informó del misterioso incendio ocurrido en la nave donde almacenaba sus colecciones. Los cientos de miles de objetos y cachivaches quedaron reducidos a una bola de metal, como el corazón del Soldadito de Plomo. Tampoco supo explicarle la extraña desaparición de todos los archivos del ordenador.

Aturdido por las noticias, Julián Mariñas se sentó en la terraza para tomar un poco el aire.  De repente le llegó el olor inconfundible del habano y los anillos de humo del piso de abajo. La fuerte carcajada de un hombre feliz pudo escucharse en toda la ría.


Por Rosa María Mateos