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Los cuentos del bardo: Gran Besugo

foto de un besugo en un pecera

Este miércoles vuelve nuestro bardo con una historia de pescaderos y rebaños que os hará esbozar una sonrisa, ¿caeréis en brazos del Gran Besugo? para contestar a esta pregunta tenéis que que leer Gran Besugo de Josep Salvia Vidal.

GRAN BESUGO

Dicen por las esquinas del barrio que el pescadero del mercado central ha montado una secta en un local abandonado que queda cerca de la plaza donde está la iglesia, un edificio nuevo de ladrillo rojo que no tiene ningún encanto. Dicen que, mientras limpia pescado y saca espinas tras el mostrador de su puesto, intenta captar adeptos para su causa como hacía el flautista de Hamelín con los niños y las ratas. Dicen las lenguas de las vecinas que se reúnen los sábados por la noche y que veneran con fervor la imagen de un gran besugo de marfil con incrustaciones doradas. Lo cierto es que a mí me ha intentado captar más de una vez, pero de momento no he caído en sus redes y me mantengo firme.

Lo mejor que tiene el pescadero, un hombre de mediana edad con un rostro y un cuerpo muy comunes, es la labia. Es un embaucador, un seductor de las palabras, un hombre con voz de locutor de radio y una capacidad para la oratoria verdaderamente sorprendente. Por eso no me extraña que la secta que ha montado en medio del abandono de ese local tenga cada vez más seguidores. En el barrio no se habla de otra cosa. La secta del gran besugo está en todas las conversaciones.

El último en caer ha sido mi primo Raúl. Tiene su primera reunión este sábado y me pide, casi suplicándome aludiendo a viejos favores que, según él, le debo, que le acompañe. Dudo. No me apetece. Estoy a punto de decirle que no puedo, que tengo plan, pero al final la curiosidad vence a la pereza intrínseca de mi cuerpo y acepto. La curiosidad es una brisa potentísima que te mueve aunque no tengas ganas.

Es por eso que ahora estoy aquí, sentado en el suelo mugriento de un edificio vacío y desangelado donde no hay nada más que cuatro paredes y un techo. Hay miles de velas encendidas que sumergen el espacio y los cuerpos de los presentes en la penumbra. La verdad es que la imagen impacta y sorprende. Hay mucha gente, casi todos del barrio y casi todos jóvenes o de mediana edad. Se ve que los viejos no están para chorradas de estas o quizá tengan mejor criterio que todos nosotros juntos y sepan distinguir lo conveniente de lo que no lo es. Y entonces todo ocurre muy deprisa. Se abre una puerta y aparecen cuatro hombres vestidos con túnicas púrpuras llevando a cuestas un tabernáculo. Encima, la imagen del gran besugo de marfil y oro. Detrás, el pescadero con su cuerpo vulgar cubierto por una túnica roja que le queda grande y la arrastra por el suelo como si fuese la cola de un vestido de novia. En ese instante, todos los presentes, incluido mi primo, se ponen de pie y yo los imito. Los cinco hombres que forman la comitiva se sitúan en el centro, el pescadero se pone delante de los congregados y todos juntos comienzan a canturrear, los cánticos se interrumpen de vez en cuando y el pescadero recita algo en un idioma que no distingo. Y entonces, no sé por qué, siento que estoy a punto de caer en el rebaño.

Y, sin embargo, no ocurre. Cuando más cerca estoy de sucumbir, de adorar yo también al gran besugo como si fuese un dios, de venerar al pescadero cual demiurgo que posee la única y completa verdad, reacciono, quizá en el último atisbo de sentido común que me queda, y me doy cuenta de que todo esto es sumamente ridículo. Así que lentamente me alejo del grupo y sin que nadie me vea, porque están todos atontados, me marcho. Yo no me conformo tan fácilmente con la banalidad de unas falsas promesas proferidas por un pescadero cualquiera. Yo no me dejo llevar a ningún rebaño porque hace tiempo que soy oveja descarriada. Yo no dejo que me engañe ningún flautista con melodías embaucadoras.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: El corazón de París

foto de la catedral de Notre Dame de Paris iluminada pro la noche (antes del incendio de 2019)

Y para concluir este raro mes de abril nuestro bardo nos trae una historia de París. Sin poder decir mucho más para no desvelar nada de esta preciosa historia os dejo con El corazón de París de Josep Salvia Vidal.

EL CORAZÓN DE PARÍS

Estoy cansado. Los brazos me duelen tanto que no los puedo mover y siento como si un reguero infinito de hormigas se paseara por dentro del cauce de mis venas, de mi carne, bajo la capa invisible de mi piel. Arrastro los pies y dejo un rastro de cansancio sobre la calle, la huella de la extenuación después de un duro día de trabajo. El agotamiento que dejo a mi paso se pega en el suelo y se oscurece convertido, de repente, en mi sombra. El sol se esconde por detrás de los tejados de la ciudad vistiendo el cielo de París de oropeles rojizos. Lentamente, la urbe se convierte en un baile de penumbras móviles que parecen bailar una extraña danza al compás de una música inexistente. Canto en silencio para aliviar el entumecimiento de mi anatomía una canción que he aprendido en la obra. La canción me hace reír y el agotamiento comienza a desaparecer.

Mi casa es una pequeña barraca situada en una callejuela estrecha que serpentea alrededor del Castillo de la Cité. Abro la puerta y mi mujer, Edith, se acerca y me da un beso en la frente, como hace siempre, antes de que sus labios se posen sobre los míos. Nuestro hijo gatea por el suelo, se acerca también, se sienta delante de mí y me tira de la ropa para que lo coja en brazos. Lo hago. Juego con él y se ríe. Esa risa fresca cura todos mis males. La chimenea está encendida y la leña cruje con las llamas ardientes. Unas cuantas velas queman esparcidas por doquier. La calidez agradable de una casa habitada, de una familia. Mi casa también se ha convertido en un baile continuo de penumbras dóciles igual que todo París. La noche es una marisma de sueño sobre un jergón de paja.

El gallo canta en el corral y me despierto. Las campanas de las iglesias próximas anuncian la hora de Maitines, la salida del sol sobre el mundo. Comienza un nuevo día y la ciudad se despierta lentamente llena de legañas como mis ojos. Desayuno y salgo a la calle cuando Edith y el niño aún duermen. Hace frío a pesar de que estemos ya en marzo, casi en la primera esquina de la primavera. Este año el invierno quiere alargarse como un pergamino. Un vaho condensado sale de mi boca al respirar. Voy a la obra, a trabajar, a picar piedra para darle forma a golpes de martillo y cincel. Por el camino me cruzo con otros compañeros que también se dirigen al mismo sitio que yo con el sueño aún pegado en la suela de los zapatos. Nos saludamos. Hablamos. Reímos. Bromeamos. Sabemos que nos espera otra jornada dura pero es lo que tiene trabajar en la construcción de una catedral. Construirle una casa a la Virgen María no es fácil pero se convierte en un privilegio que no puede tener todo el mundo. Yo sí. Y me considero afortunado a pesar del cansancio y el dolor de brazos que volveré a sentir cuando acabe el día. Bien mirado, el cansancio puede ser una bendición.

La obra es un hormigueo de gente que viene y va, que grita, que anima, que empuja y estira. Poco a poco la catedral va ganando altura con la clara intención de tocar el cielo, crece igual que una planta nacida de una simiente germinada en el mismo corazón de París. Los maestros de obra dicen que será una de las catedrales más bellas del mundo pero eso solo el tiempo lo dirá. El tiempo y la historia que guardará la memoria de todos nosotros sobre las piedras.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Y entonces seremos eternos

una rosa roja

Como ya se acerca el día del libro nuestro bardo nos trae una historia de dragones, caballeros, doncellas y rosas. Y para entretener este miércoles de cuarentena os dejo con este nuevo cuento de Josep Salvia Vidal.

Y ENTONCES SEREMOS ETERNOS

Ahora duermes, descansas. El día ha sido intenso, lleno de emociones y estás agotada. He matado al dragón que te tenía prisionera y tanto te asustaba. Le he clavado mi espada en el pecho en un ataque violento que la bestia salvaje no ha podido esquivar, al mismo tiempo que lanzaba un grito horripilante, similar un aullido, que ha resonado por todo el valle. Después ha caído muerto sobre el suelo. De su sangre derramada y caliente ha nacido una rosa que yo he cortado para regalarte, una rosa roja, preciosa y brillante. No te he dicho mi nombre pero soy el caballero que esperabas, tu caballero de refulgente armadura.

Yo no duermo, no puedo aún. La luz blanquecina que entra colándose sin permiso por la ventana parece de marfil. El cielo oscuro está plagado de estrellas que brillan como luciérnagas volando muy alto. Me has invitado a tu castillo, a tu casa, como muestra de agradecimiento por haberte salvado y me has ofrecido compartir tu cama después de una opípara cena. Ahora tu cuerpo desnudo es un paraíso yacente, tus cabellos son hilos de oro sobre la almohada, tu respiración acompasada por el sueño amable es un hermoso murmullo parecido al que provocan las olas del mar. Yo soy un cuerpo desnudo y dolorido por culpa de la lucha feroz con el dragón. Si fuese trovador, aprovecharía el silencio de la noche para componer una canción que cantarte al alba, pero soy hombre de guerra y no de letras. La rosa que te he regalado está en el suelo, sobre las piezas metálicas de mi armadura, al lado de la tela de tu vestido, justo delante de la cama con dosel de tu alcoba. Todo está en calma, quieto, el mundo entero duerme igual que tú.

Ahora sí me vence a mí también el sueño, los ojos se me cierran porque me pesan los párpados igual que dos rocas inmensas. Me tumbo a tu lado y me abandono, me entrego al descanso. Somos dos plumas ligeras impulsadas por el polvo de las estrellas, dos seres diminutos que viajan por el mundo inconsciente y caprichoso de los sueños dentro de un cascarón de nuez. Pronto saldrá el sol y el cielo se llenará con las llamas del amanecer que quemaran la oscuridad de la noche. Antes de dormirme pienso una última cosas: estoy cansado ya de la vida errante, de trotar por los caminos sobre el lomo de mi caballo, de ser un apátrida sin hogar, de no pertenecer a ninguna parte. Quizá haya llegado el momento de establecerse en un lugar, así que mañana te pediré si quieres que me quede contigo para siempre y espero que me digas que sí. La rosa que te he regalado se marchitará sobre las piezas metálicas de mi armadura ya inservible pero nosotros viviremos juntos buscando cada día la felicidad. Y entonces seremos eternos.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Delirio

Caricatura con ojos y boca de un telefono de disco sonando

Esta semana nuestro bardo nos trae un relato para soportar la cuarentena y no caer en el delirio, o quizás sea mejor dejarnos llevar a esta realidad paralela.

DELIRIO

Esta mañana he tenido una avería en casa. Resulta que se ha roto el desagüe del fregadero de la cocina que ha terminado convertida en una marisma, como si aquello fuese la desembocadura del Guadiana en Ayamonte. Así que después de recoger y fregar todo el encharcamiento, he cogido las páginas amarillas para buscar el teléfono de una empresa de fontanería. He llamado al número indicado, pero no me ha respondido ningún fontanero sino un médico, el Dr. Gutiérrez para ser exactos. Me he disculpado, he dicho que me había equivocado y he colgado al mismo tiempo que me invadía la vergüenza por completo. ¿Cómo he podido equivocarme? Es fácil tomar un dígito por otro, pulsar una tecla en lugar de otra. He llamado dos veces más al teléfono que venía en la guía y el resultado ha sido siempre igual. Consulta del Dr. Gutiérrez, ¿dígame?

Convencido como estaba que había un cruce de líneas he hecho otra prueba y he llamado a mi madre. Y a pesar de que he marcado su número (de eso estoy completamente seguro) no me ha contestado ella, sino una mujer a la que no conozco de nada. Sagrario ha dicho que era su nombre. Después de hablar un rato con ella, por educación más que nada porque tenía ganas de hablar la mujer a pesar de haberme equivocado, he colgado un poco preocupado.

¿Qué estaba pasando? ¿Era realmente un cruce de líneas? ¿Era culpa de mi teléfono que se había averiado? ¿Me estaba volviendo loco? No me atrevía a hacer más pruebas por si salían mal también y todo desembocaba en errores que me hicieran perder el equilibrio, siempre inestable de la cordura, y me dejaran estancando en el delirio. Y, sin embargo, no he podido resistirme y he vuelto a llamar tanto al fontanero como a mi madre. Ha sido un desastre, una mala idea, algo nefasto. Y al final ha ocurrido lo que yo tanto temía. El delirio se ha apoderado de mí sin piedad ninguna.

A primera hora de la tarde, como no ha habido manera de contactar por teléfono con las personas adecuadas, ha sido el mismo Dr. Gutiérrez quien ha venido con su caja de herramientas a repararme el desagüe roto. Y cuando se ha marchado de mi casa, después de pagarle los honorarios correspondientes por una visita a domicilio, he llamado a Sagrario para decirle que el próximo domingo iré a su casa a comer.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Tormento

pluma escribiendo

Esta semana nuestro bardo quiere rendirle un homenaje a Benito Peréz Galdós, por el centenario de su fallecimiento en 1920, con este relato plagado de escritores y textos. Y mordiéndome el bigote para no desvelar nada más os dejo con Tormento de Josep Salvia Vidal.

TORMENTO

Estoy en mi casa y me aburro igual que una ostra, de repente tengo consciencia de ser un perezoso enganchado a la rama de un árbol. Si algo hacemos los parados es aburrirnos. La tarde transcurre con el sopor y el tedio de una película de serie B. En medio de la languidez apago el televisor, me pongo la chaqueta porque a finales de febrero aún refresca y salgo a la calle. Camino sin rumbo, mis pies conocen perfectamente las aceras y saben moverse por ellas sin necesidad de indicaciones. Hay poca gente. Hay poco tráfico. Las pequeñas ciudades de provincias nunca tienen atascos ni aglomeraciones. Aquí la vida va a menos revoluciones.

Sin darme cuenta llego al centro cívico y un cartel colgado en la puerta me llama la atención. Hoy, a las siete de la tarde, comienza un taller de escritura creativa impartido por un Gran Escritor. La idea de asistir me cruza la cabeza volando como un cometa. Siempre me ha gustado escribir pero nunca me he atrevido a hacerlo. Miro el reloj. Falta media hora y entonces reanudo el paso, ahora mucho más acelerado, para acercarme a la papelería. Necesito con urgencia un cuaderno y un bolígrafo. Después de la compra hecha con toda la prisa del mundo, regreso y a las siete de la tarde estoy sentado en una de esas sillas con pala incorporada, tan incómodas y tan poco prácticas, de una de las aulas del centro cívico. Somos una decena de alumnos de edades diversas. Me fijo en una chica rubia de ojos negros que entra por la puerta y se sienta a mi lado. Me mira. Me saluda. Sonríe. Yo hago lo mismo. Entonces entra el Gran Escritor, se planta delante de nosotros, nos da las buenas tardes y se presenta aunque no hace falta porque lo conocemos de sobra. Su fama y su nombre le preceden como autor de éxito de dilatada carrera. Después se inicia una ronda de presentaciones en la que cada uno de nosotros se pone de pie y dice su nombre. Cuando llega mi turno, me levanto y digo que me llamo Benito Pérez Galdós y tengo 35 años recién cumplidos. El Gran Escritor arquea las cejas en señal de incredulidad y el resto de alumnos me miran con la misma expresión de sorpresa instalada en sus ojos. Dudan si echarse a reír o no porque creen que les tomo el pelo y tengo que enseñarles mi DNI para que me crean. El asunto ya es del todo irrisorio cuando la chica que está sentada a mi lado asegura llamarse Emilia Pardo Bazán.

Después de las presentaciones de rigor y unas cuantas nociones básicas que nos da el Gran Escritor, él mismo nos manda escribir un relato breve, un par de páginas a lo sumo. Cuando lo tengo terminado, ya hacia el final de la clase, se lo enseño, él lo lee de una ojeada por encima y me lo devuelve mientras me dice que no vale nada. Por la expresión de su rostro diría que miente. Creo que mi relato es bueno y si me dice que es una mierda es por envidia. Hace años que el Gran Escritor está seco y no es capaz de publicar una novela, pues se encuentra inmerso en una enorme crisis creativa que lo tiene desquiciado. Según dicen, todos los proyectos que emprende se le mueren de forma prematura, como si fuesen plantas mal enraizadas que se secan en las jardineras de los balcones. Le arrebato mi cuento y me voy con Emilia a tomar un café. Cuando llegue a casa, empezaré a escribir una novela basada en ese cuento que se llamará Tormento. Estoy decidido. La envidia mostrada por el Gran Escritor es el empuje animoso que necesitaba. Tal vez su tiempo haya pasado. Tal vez ahora sea el mío.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Mil Mariposas Azules

mariposas azules

Para este primer miércoles de marzo nuestro bardo nos trae un relato basado en una situación que a muchos nos resultará familiar, el conseguir que las plantas nos duren más de una semana sin pasar a mejor vida, que como en la mayor parte de los retratos de Josep Salvia Vidal tiene un final inesperado y sin desvelar nada más del relato os dejo con Mil Mariposas Azules.

MIL MARIPOSAS AZULES

En el balcón de mi casa no arraiga la vida. Es un lugar inhóspito y mi mujer está desesperada porque se nos mueren todas las plantas dentro de sus macetas, como si los tiestos fuesen sus féretros. El proceso de su deceso siempre es el mismo. De pronto dejan de florecer, se marchitan con una rapidez pasmosa, pierden las hojas y se secan dejando su débil anatomía de tallos inertes inútilmente erguidos. Qué envidia, dice mi mujer al ver que en los balcones de las vecinas florecen los geranios, las petunias y las buganvillas que es un contento. Afortunadas ellas que tienen maravillosos vergeles en sus casas. Nosotros tenemos un páramo de hormigón, losetas y barandilla de hierro forjado.

Lo intentamos de nuevo, por enésima vez, ya he perdido la cuenta de las tentativas. Vamos a la floristería en busca de plantas nuevas que puedan sobrevivir al campo de exterminio floral en el que se ha convertido nuestro balcón. Entre las que nos llevamos, hay una bastante grande que la florista, una señora mayor muy amable, nos deja casi regalada porque es el único ejemplar que le queda y no logra venderla. Nadie la quiere y eso me da mala espina. Tal vez sea una planta carnívora o venenosa o algo por el estilo. Y por un momento me imagino devorado por esa planta que, aunque no tiene mal aspecto, me hace desconfiar. Quizá sea su tamaño, pues es de tallos altos y de un color verde intenso.

Llegamos a casa y colocamos las flores nuevas en el balcón. Lo hacemos despacio, como si fuese un ritual antiguo de exaltación de la primavera. A ver si esta vez tenemos más suerte, dice mi mujer algo esperanzada pero yo compadezco aquellos pobres vegetales que han entrado sin querer en el corredor de la muerte. Están condenados. Su sentencia tiene la forma rectangular de un balcón. Y nosotros seremos, como siempre, los verdugos cómplices de esas muertes. Mi mujer, más optimista que yo, mantiene algo de ilusión y parece convencida de que en esta ocasión será distinto. Yo no.

Las nuevas plantas no duran ni un día. A la mañana siguiente, las encontramos casi todas muertas. La única que ha sobrevivido es la grande, la de altos tallos verdes, la que no quería nadie, la que la florista casi nos regaló. Lo más asombroso es que en una sola noche ha florecido, pero de sus tallos no han brotado flores sino mariposas. Un montón de mariposas de alas grandes y azules que parecen alados trozos de cielo. Y revolotean alrededor de la planta sin cesar para posarse de vez en cuando sobre ella. La situación ha cambiado por completo y ya no tenemos envidia de las vecinas. Desgraciadas ellas porque solo florecen en sus balcones geranios, petunias y buganvillas. En el balcón de mi casa sí arraiga la vida. Ahora es un criadero de mariposas azules.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Alegría

Esta semana Josep Salvia Vidal nos trae la historia de un tesoro encontrado por un labrador mientras araba y no os voy a contar para no desvelar la historia, disfrutarla con alegría y regocijo.

ALEGRÍA

Justo a la hora de Vísperas, cuando el sol se esconde y la campana de la iglesia tañe anunciando el rezo, regreso a casa con mi mula después de un duro día de trabajo en el campo. La acémila camina pesadamente, arrastrando las patas por el polvo del camino. Arar la tierra es como abrir la piel del mundo y dejar su carne marrón a la vista. Pero a veces la vida esconde sorpresas en sus meandros sinuosos y a primera hora de la tarde he encontrado un libro escondido y enterrado en el campo. Lo he recogido extrañado y he soplado para quitarle el polvo que lo ensuciaba. Lo he guardado en el zurrón y desde entonces parece que palpite dentro de la tela igual que un corazón abierto. Igual que mi propio corazón.

Nada más llegar a casa, les enseño a mi mujer y a mi hija el hallazgo. La niña, que es la única de la familia que sabe algo de letra, lo abre y al instante comienza a bailar. Mi mujer hace lo mismo y se une a su danza. Mueven los brazos y los pies mientras dan vueltas sobre sí mismas y cantan una canción que no conozco. Yo no entiendo nada. Me acerco al libro que queda abierto sobre la mesa y en ese momento mi cuerpo empieza a moverse sin que pueda remediarlo. Estoy danzando yo también. Me dejo llevar. Los tres bailamos y cantamos. La alegría fluye y se desborda cayendo en cascadas preciosas por los alféizares de las ventanas.

Al cabo de poco llegan un par de vecinas curiosas alertadas por el jolgorio que formamos y nada más entrar, se unen a nosotros y comienzan a bailar. Poco después, se acercan a nuestra casa sus maridos y sus hijos y con ellos ocurre lo mismo. Mi casa se va llenado de gente lentamente. Contagiados. Divertidos. Despreocupados. Aliviados. Todos bailamos, cantamos y reímos. La fiesta es absoluta. La diversión. La alegría. El regocijo. La felicidad es un modo de vida. La felicidad a veces es tan corta como un suspiro.

Después de mucho rato llaman a la puerta. Cuesta distinguir el sonido de una mano picando sobre la madera entre el ruido de la algarabía. Abro. Es el cura del pueblo y parece enfadado. Tiene el ceño fruncido y el semblante serio. Está molesto por nuestra fiesta. No soporta que la gente se divierta. Dice que la risa deforma los rostros de las personas y nos convierte en seres endemoniados. Se acerca a la mesa y cierra el libro en un gesto violento. Al instante, todos dejamos de bailar. Resulta que el libro que he encontrado esta tarde es mágico y produce esos efectos cuando se abre. El cura quiere llevárselo para enterrarlo de nuevo como ya hizo una vez. No lo permito. Se lo arrebato de las manos y a empujones lo echo de mi casa. El cura se va más enfadado aún. A voz en grito me amenaza con la excomunión y el infierno pero me da igual. Nadie nos quitará los bailes y las canciones. Nadie nos robará la alegría en tiempos de hambrunas, malas cosechas y este yugo feudal porque casi es lo único que nos queda. Seguiremos cantando y bailando cada vez que nos apetezca. Y viviremos. Y seremos felices.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: El doble

Empezamos Febrero de la mano de nuestro bardo. Esta semana Josep Salvia Vidal nos trae una historia de un doppelgänger y sin más preambulos os dejo con nuestros dobles.

EL DOBLE

Lo distingo entre la multitud que abarrota la acera en hora punta con una facilidad pasmosa, como si tuviera un imán incrustado en la cara y me atrajera hacia él. Se parece tanto a mí que podría ser mi hermano gemelo. La misma cara, el mismo cuerpo, el mismo pelo, los mismos ojos, la misma nariz, los mismos labios. Cuando lo tengo justo delante, siento un escalofrío enorme que recorre mi anatomía de norte a sur a través de la columna vertebral. Es mi doble, un calco, el reflejo de un espejo encarnado y huido de su mundo de cristal.

Regreso a mi casa intranquilo, me pone nervioso saber que existe en la ciudad donde vivo alguien tan parecido a mí que podría ser yo mismo. En seguida lo imagino tramando algo contra mí, atacándome en un descuido, abalanzándose sobre mí al volver una esquina cualquiera. Me invade la paranoia. Siento que me muevo en el inestable hilo de la cordura y tengo que hacer equilibrios de funámbulo para no caer en el abismo. La locura es un pozo sin fondo. Y no quiero precipitarme al vacío. Procuro tranquilizarme. Respiro hondo. Mi respiración agitada se sosiega poco a poco. Los latidos de mi corazón vuelven a su ritmo normal. Sístole y diástole. El miedo lo acelera todo pero, afortunadamente, después de la tormenta siempre llega la calma. La serenidad es una forma de vivir.

Suena el timbre a última hora de tarde, justo cuando el cielo se viste de naranja y por doquier comienzan a encenderse las luces que parecen luciérnagas desparramadas. Abro la puerta. Es él. Mi doble. Mi clon. El hermano gemelo que nunca tuve porque nunca nació del vientre de mi madre. Me mira con los ojos furiosos. Su mirada es una tormenta sulfurada. El miedo me invade de nuevo y mi respiración se agita por momentos, como si mi cuerpo provocara un seísmo devastador. No digo nada. No hago nada. Estoy paralizado. El silencio que nos rodea es tan denso que se puede cortar con el cuchillo que extrae de debajo de su abrigo. El filo metálico amenazante brilla con la luz blanquecina del rellano.

Vengo a matarte, dice él al fin. En esta ciudad no puede haber otro como yo, apostilla antes de echarse a reír al verme temblar de terror. Pero extrañamente me recompongo al instante y me pongo yo a reír también. En el gesto de mi doble adivino el desconcierto y la sorpresa. No lo harás, le digo. Te conozco demasiado porque eres igual que yo y sé que no eres capaz, añado antes de cerrar la puerta en sus narices. Y mientras observo por la mirilla como completamente atónito tira el cuchillo al suelo, se da la vuelta y se marcha, tengo la sensación de que él es el hombre real y yo el reflejo escapado de un espejo cualquiera.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: La desilusión de la nada

Para ir empezando a finalizar la cuesta de enero os traemos un nuevo relato de Josep Salvia Vidal con un cofre del tesoro como protagonista, ¿que contendrá? para saberlo tendréis que leer el relato.

LA DESILUSIÓN DE LA NADA

El otro día, al volver a casa de trabajar, me encontré una caja tirada al lado del contenedor de la basura. Era una caja antigua, no muy grande, en forma de baúl como los cofres de los piratas que esconden auténticos tesoros en los cuentos infantiles. Me quedé parado en medio de la acera mirándolo fijamente. Luego miré en derredor que no me viera nadie, lo cogí y me lo llevé. Por suerte, llegué a casa antes que mi mujer. Estaba solo. Puse el cofre encima de la mesilla del centro del salón y me senté en el sofá para mirarlo más de cerca. Era negro, de terciopelo suave, con los remaches en oro en las esquinas y en los bordes de la tapa. Irradiaba una luz especial que me tenía totalmente ensimismado, encantado, hechizado. Estuve así un rato hasta que llegó mi mujer. Solo entonces, con el ruido de la puerta, su saludo y su beso en mis labios desperté del ensueño. Mi mujer, al ver el cofre, me preguntó de dónde lo había sacado. Se escandalizó cuando contesté que lo había recogido de la basura. Anda, quita eso de ahí y no me traigas mierdas a casa, dijo ella. Y antes de encerrarse en el baño para darse una ducha, me ordenó, como si fuera mi madre, que me deshiciera del cofre.

¿Deshacerme de él? ¿De mi cofre del tesoro? Sí, hombre. De ninguna manera. Antes tenía que abrirlo, pues sentía una curiosidad enorme de ver lo que había en su interior. Era una curiosidad salvaje, incontrolable, como un animal desbocado que recorría mi cuerpo de punta a punta en una estampida brutal. Quería abrirlo pero debía encontrar el momento indicado y ese no lo era. Antes de que mi mujer saliera del baño, escondí el cofre en un armario de mi despacho.

Al día siguiente, mi mujer fue a trabajar pero yo no. Fingí una enfermedad repentina, un dolor de cabeza atroz en las sienes fruto de un resfriado y una gripe que no tenía. Me dio un ataque de tos falso y me quedé en casa. A media mañana, saqué el cofre del armario de mi despacho y lo llevé al salón. Lo puse de nuevo encima de la mesilla del centro y yo me senté otra vez en el sofá. Como la primera vez. Después de mucho hurgar en la cerradura, conseguí abrirlo con un cuchillo de la cocina. Con toda la lentitud que fui capaz de encontrar, abrí la tapa como si cada uno de mis movimientos formara parte de un ritual, como si tuviera entre mis manos una reliquia sagrada. Y luego, lentamente, me asomé a mirar en su interior.

Dentro del cofre no había nada. Estaba vacío y un desasosiego tan fuerte como un golpe de mar arrasó mi cuerpo. Desencantado y con la desgana pegada sobre mi piel, lo cogí, bajé a la calle y lo dejé tirado en la basura, justo en el mismo sitio donde lo había encontrado la tarde anterior. Así que ya lo saben. Si algún día se encuentran tirado en la calle un cofre no muy grande de terciopelo negro y los remaches en oro, no se molesten en recogerlo. No pierdan tiempo en llevarlo a su casa ni en abrirlo ni en venerarlo como a un tótem. No cometan el mismo error que yo o sentirán esta devastadora desilusión de la nada y este enorme vacío que desde entonces no consigo llenar.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: La llave

Tras las fiestas volvemos a la rutina con un nuevo relato de Josep Salvia Vidal que nos devuelve la magia de estos días y que no debemos olvidar el resto del año.

LA LLAVE

Hacía mucho tiempo que no la veía. La encontré un domingo por la mañana en el desván, mientras guardaba los adornos del árbol de Navidad y las figuras del Belén. La Navidad veranea todos los años dentro de cajas de cartón esperando que llegue un nuevo diciembre. El tiempo se puede calcular por el polvo acumulado sobre una superficie. Y allí estaba ella como si me hubiese esperado, como si hubiese sabido de antemano que yo subiría al desván de mi casa aquella mañana de domingo, ya bien entrado enero. Era una marioneta vieja que representaba a una anciana dócil y apacible que llevaba un vestido marrón. Su pelo era gris y sus mofletes colorados eran dos manzanas de Blancanieves. Aquella era la marioneta que usaba mi abuelo cuando yo era pequeño para contarme cuentos antiguos, historias de hadas y hechizos. Aún recuerdo cómo cambiaba la voz para hacer ver que quien hablaba era la anciana. Con el paso de los años, el color se había borrado en algunas partes de la madera y se habían roto los hilos que antes le hacían bailar. Decidí en un impulso espontáneo llevármela y recuperarla. Sería un regalo para mis sobrinos.

Pasé varios días ocupado en la restauración del polichinela. Lijé. Pinté. Barnicé. Le puse una ropa distinta que me dio mi madre de un retal sobrante, pues el vestido marrón se había apolillado y se deshacía nada más tocarlo. Cambié los hilos. La marioneta lucía como nueva otra vez y ahora llevaba un vestido negro con topos rojos. Y, sin embargo, en ese proceso de restauración ocurrió algo. En un momento determinado se le abrió el pecho y dentro apareció una llave. Era una llave antigua, de metal y bastante grande porque ocupaba por completo el tórax de la muñeca. Cogí la llave antes de cerrar su cuerpo y la guardé en un cajón del mueble del comedor.

A los pocos días de terminar la rehabilitación y regalar el títere a mis sobrinos, llamaron al timbre de mi casa. Eran las nueve de la noche, estaba a punto de cenar y en la televisión ya sonaba la sintonía de los informativos. Un manto de niebla gris cubría el pueblo desde hacía unos cuantos días. Abrí. Al otro lado de la puerta, encontré una mujer joven, morena, con los ojos grandes y las mejillas sonrosadas como dos manzanas redondas. Lo más inquietante de todo era que llevaba un vestido negro con topos rojos y se parecía a la vieja de la marioneta pero mucho más joven, como si hubiese rejuvenecido después de restaurarla yo. No había duda de que aquella mujer era la marioneta encarnada, la madera convertida en piel, carne y hueso. La fantasía hecha verdad. Me dijo con una voz aterciopelada que se llamaba Malena, que tenía nombre de tango y que venía a buscar la llave que había llevado dentro de su pecho durante tanto tiempo. No entendí en ese momento que esa llave era la llave de mi alma, de mi corazón y de mi cuerpo. Yo seré tu fe y tu luz, dijo ella. Y desde entonces no soy dueño de mi vida. Pertenezco a Malena con mucho gusto y por muchos años.


Por Josep Salvia Vidal