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Los cuentos del bardo: La desilusión de la nada

Para ir empezando a finalizar la cuesta de enero os traemos un nuevo relato de Josep Salvia Vidal con un cofre del tesoro como protagonista, ¿que contendrá? para saberlo tendréis que leer el relato.

LA DESILUSIÓN DE LA NADA

El otro día, al volver a casa de trabajar, me encontré una caja tirada al lado del contenedor de la basura. Era una caja antigua, no muy grande, en forma de baúl como los cofres de los piratas que esconden auténticos tesoros en los cuentos infantiles. Me quedé parado en medio de la acera mirándolo fijamente. Luego miré en derredor que no me viera nadie, lo cogí y me lo llevé. Por suerte, llegué a casa antes que mi mujer. Estaba solo. Puse el cofre encima de la mesilla del centro del salón y me senté en el sofá para mirarlo más de cerca. Era negro, de terciopelo suave, con los remaches en oro en las esquinas y en los bordes de la tapa. Irradiaba una luz especial que me tenía totalmente ensimismado, encantado, hechizado. Estuve así un rato hasta que llegó mi mujer. Solo entonces, con el ruido de la puerta, su saludo y su beso en mis labios desperté del ensueño. Mi mujer, al ver el cofre, me preguntó de dónde lo había sacado. Se escandalizó cuando contesté que lo había recogido de la basura. Anda, quita eso de ahí y no me traigas mierdas a casa, dijo ella. Y antes de encerrarse en el baño para darse una ducha, me ordenó, como si fuera mi madre, que me deshiciera del cofre.

¿Deshacerme de él? ¿De mi cofre del tesoro? Sí, hombre. De ninguna manera. Antes tenía que abrirlo, pues sentía una curiosidad enorme de ver lo que había en su interior. Era una curiosidad salvaje, incontrolable, como un animal desbocado que recorría mi cuerpo de punta a punta en una estampida brutal. Quería abrirlo pero debía encontrar el momento indicado y ese no lo era. Antes de que mi mujer saliera del baño, escondí el cofre en un armario de mi despacho.

Al día siguiente, mi mujer fue a trabajar pero yo no. Fingí una enfermedad repentina, un dolor de cabeza atroz en las sienes fruto de un resfriado y una gripe que no tenía. Me dio un ataque de tos falso y me quedé en casa. A media mañana, saqué el cofre del armario de mi despacho y lo llevé al salón. Lo puse de nuevo encima de la mesilla del centro y yo me senté otra vez en el sofá. Como la primera vez. Después de mucho hurgar en la cerradura, conseguí abrirlo con un cuchillo de la cocina. Con toda la lentitud que fui capaz de encontrar, abrí la tapa como si cada uno de mis movimientos formara parte de un ritual, como si tuviera entre mis manos una reliquia sagrada. Y luego, lentamente, me asomé a mirar en su interior.

Dentro del cofre no había nada. Estaba vacío y un desasosiego tan fuerte como un golpe de mar arrasó mi cuerpo. Desencantado y con la desgana pegada sobre mi piel, lo cogí, bajé a la calle y lo dejé tirado en la basura, justo en el mismo sitio donde lo había encontrado la tarde anterior. Así que ya lo saben. Si algún día se encuentran tirado en la calle un cofre no muy grande de terciopelo negro y los remaches en oro, no se molesten en recogerlo. No pierdan tiempo en llevarlo a su casa ni en abrirlo ni en venerarlo como a un tótem. No cometan el mismo error que yo o sentirán esta devastadora desilusión de la nada y este enorme vacío que desde entonces no consigo llenar.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: La llave

Tras las fiestas volvemos a la rutina con un nuevo relato de Josep Salvia Vidal que nos devuelve la magia de estos días y que no debemos olvidar el resto del año.

LA LLAVE

Hacía mucho tiempo que no la veía. La encontré un domingo por la mañana en el desván, mientras guardaba los adornos del árbol de Navidad y las figuras del Belén. La Navidad veranea todos los años dentro de cajas de cartón esperando que llegue un nuevo diciembre. El tiempo se puede calcular por el polvo acumulado sobre una superficie. Y allí estaba ella como si me hubiese esperado, como si hubiese sabido de antemano que yo subiría al desván de mi casa aquella mañana de domingo, ya bien entrado enero. Era una marioneta vieja que representaba a una anciana dócil y apacible que llevaba un vestido marrón. Su pelo era gris y sus mofletes colorados eran dos manzanas de Blancanieves. Aquella era la marioneta que usaba mi abuelo cuando yo era pequeño para contarme cuentos antiguos, historias de hadas y hechizos. Aún recuerdo cómo cambiaba la voz para hacer ver que quien hablaba era la anciana. Con el paso de los años, el color se había borrado en algunas partes de la madera y se habían roto los hilos que antes le hacían bailar. Decidí en un impulso espontáneo llevármela y recuperarla. Sería un regalo para mis sobrinos.

Pasé varios días ocupado en la restauración del polichinela. Lijé. Pinté. Barnicé. Le puse una ropa distinta que me dio mi madre de un retal sobrante, pues el vestido marrón se había apolillado y se deshacía nada más tocarlo. Cambié los hilos. La marioneta lucía como nueva otra vez y ahora llevaba un vestido negro con topos rojos. Y, sin embargo, en ese proceso de restauración ocurrió algo. En un momento determinado se le abrió el pecho y dentro apareció una llave. Era una llave antigua, de metal y bastante grande porque ocupaba por completo el tórax de la muñeca. Cogí la llave antes de cerrar su cuerpo y la guardé en un cajón del mueble del comedor.

A los pocos días de terminar la rehabilitación y regalar el títere a mis sobrinos, llamaron al timbre de mi casa. Eran las nueve de la noche, estaba a punto de cenar y en la televisión ya sonaba la sintonía de los informativos. Un manto de niebla gris cubría el pueblo desde hacía unos cuantos días. Abrí. Al otro lado de la puerta, encontré una mujer joven, morena, con los ojos grandes y las mejillas sonrosadas como dos manzanas redondas. Lo más inquietante de todo era que llevaba un vestido negro con topos rojos y se parecía a la vieja de la marioneta pero mucho más joven, como si hubiese rejuvenecido después de restaurarla yo. No había duda de que aquella mujer era la marioneta encarnada, la madera convertida en piel, carne y hueso. La fantasía hecha verdad. Me dijo con una voz aterciopelada que se llamaba Malena, que tenía nombre de tango y que venía a buscar la llave que había llevado dentro de su pecho durante tanto tiempo. No entendí en ese momento que esa llave era la llave de mi alma, de mi corazón y de mi cuerpo. Yo seré tu fe y tu luz, dijo ella. Y desde entonces no soy dueño de mi vida. Pertenezco a Malena con mucho gusto y por muchos años.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Palabras entre la niebla

Esta semana Josep Salvia Vidal nos trae un relato nebuloso, acorde con el tiempo que estamos teniendo.

PALABRAS ENTRE LA NIEBLA

Hace cuatro días que no vemos el sol. Un denso manto sempiterno de niebla gris cubre el pueblo y se pega sobre los tejados de las casas, sobre las aceras, sobre las cabezas de los que osamos caminar bajo ella, atravesándola, desafiándola. Como yo ahora. Regreso a casa arrastrando los pies después de un duro día de trabajo. Ando medio encorvado, con el cuerpo entumecido. Me duelen los hombros, la espalda y las rodillas por culpa de la humedad que penetra dentro y cala hasta los huesos. Las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo alzado rozándome las orejas. Me cruzo con poca gente que camina recogida como yo y solo intercambio con ellos saludos escuetos. El frío no permite conversaciones largas por las esquinas. No se ve el final de mi calle, la niebla ensuciada por las luz amarillenta de las farolas la corta de forma abrupta, igual que si hubiese sufrido una amputación traumática a causa de un violento hachazo. Y siento que de algún modo yo también soy un hombre incompleto. Reverbero cuando entro en la calidez de mi casa habitada, con el beso de mi mujer, con los abrazos de mis hijas que me estrujan como si fuera uno de sus ositos de peluche.
Después de cenar me encierro en mi estudio. Tengo que cumplir con mis compromisos de escritor. Debo escribir el relato para esa revista con la que colaboro de forma quincenal. Abro el cuaderno. La página vacía es un desierto blanco sin arena ni dunas que se muevan empujadas con el viento. No consigo llenarlo. La inspiración huye hoy de mí y las musas, que deben ser más frioleras que yo, me abandonan para ir a lugares más cálidos donde poder reencontrar el calor. Aún no soy consciente de ello pero llevo la niebla dentro de mí formando albercas húmedas en mis entrañas, al mismo tiempo que dibuja en mi cuerpo paisajes con visibilidad reducida. Busco las palabras que quiero escribir entre esa niebla pero no las encuentro. No las veo. Se pierden en la urdimbre grisácea del vapor de agua condensado. Y las pocas que consigo hallar se atascan en la punta metálica del bolígrafo. En el desierto blanco de la hoja me pierdo y me extravío. Salgo de él después de una larga travesía inútil y estéril y regreso a la realidad de mi estudio, de mi casa, de mi pueblo, de la niebla.
Al final, desisto. Cierro el cuaderno y decido no escribir el relato aunque sé que desde la redacción de la revista no tardarán en pedírmelo con premura. Lo dejo para mañana, con la esperanza de que salga el sol y desaparezca, aunque solo sea por unas horas, esta bruma tiránica que nos esclaviza y nos condena al frío húmedo. No quiero escribir un cuento lleno de niebla donde no se distingan las palabras, donde no se vea nada. Quiero escribir un cuento resplandeciente que se desborde de luz por sus cuatro esquinas.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: El beso de la sirena

Esta semana Josep Salvia Vidal nos deleita con un relato a la orilla del mar con ese olor tan característico a mar.

EL BESO DE LA SIRENA

Estoy delante del mar. Es tan azul, tan ancho y tan grande que hace que me sienta pequeño, vulgar e insignificante ante semejante inmensidad. El mar es un demiurgo antiguo, un Dios salvaje que de vez en cuando se enfurece y muestra su cólera. Hoy, sin embargo, está bastante tranquilo y las locas gaviotas pasan volando bajo. A lo lejos, en la línea del horizonte, se alzan unas nubes blancas que parecen estar hechas de algodón. Cerca, unas olas pequeñas llegan una y otra vez a la orilla de la playa como hijas pródigas, produciendo un ruido sordo y continuo. La felicidad son buches de espuma. Si supiera dibujar pintaría un cuadro, una marina, como las de Sorolla. Imposible. No sé hacerlo. En lugar de eso me siento sobre la arena con las piernas cruzadas, saco de la mochila un cuaderno y un bolígrafo y me pongo a escribir. Me sale un cuento lleno de sal y de arena. Es un relato con marejada.

De repente, se oye una música y me detengo. Mi mano queda paralizada a media hoja, la punta metálica del bolígrafo suspendida en el aire en medio de un desierto blanco. Es una voz femenina, dulce y cantarina. Miro en derredor. La playa está vacía. No hay nadie. Estoy solo. No es de extrañar cuando estamos a finales de otoño, en ese punto del calendario donde el otoño y el invierno hacen esquina. A decir verdad, no sé cómo he llegado hasta aquí ni qué hago sentado sobre la arena de una playa deshabitada. Bueno, sí lo sé pero es como si no quisiera saberlo. No me apetece volver a casa y cualquier excusa es buena para demorar el regreso. En casa la vida se me aplasta. Allí, el aire es tóxico y me ahogo. Por eso estoy aquí con la coartada de escribir. La escritura justifica los medios.

La voz femenina sigue cantando, cada vez más alto y más fuerte. La melodía que produce es hechizante. Y entonces aparece, de la nada, la dueña de esa voz. De las profundidades marinas, emerge una sirena bellísima, sus largos cabellos rojizos que caen más allá de su espalda son hilos preciosos de un atardecer en llamas. Mis ojos atónitos no dan crédito. No me lo creo. Pero es real. La realidad es un hilo que cuelga de un mundo de fantasía. La sirena me mira. Sonríe. Entonces ella empieza a nadar, acercándose.

Al cabo de un instante alcanza la orilla y se detiene en el punto donde mueren las olas. Dejo el cuaderno sobre la arena y me levanto. Quiero irme pero no puedo. Quiero salir corriendo de la playa pero mis piernas no obedecen y hago justo lo contrario. Me acerco a ella. La culpa es de la música, de su voz. Soy una presa fácil, embrujada. Entonces me besa, me coge de una mano y tira de mí. El agua va cubriéndome lentamente y mientras me hundo no pienso nada. En ese momento me doy cuenta: me he convertido en un tritón y mis piernas se han juntado para formar una cola de pez en una metamorfosis indolora de la que ni me he enterado. Desaparecemos de la playa sin dejar rastro. Poco queda de nosotros sobre la arena. Solo la huella de un beso, un cuaderno abandonado y un cuento sin terminar.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: A flor de piel

Esta semana nos vuelve a acompañar Josep Salvia Vidal con uno de sus textos más oscuros y tenebrosos que ha publicado en esta sección y sin desvelaros más para no romper la magia os dejo con A flor de piel.

A FLOR DE PIEL

Un ruido seco me despertó en medio de la madrugada. Abrí los ojos y me quedé inmóvil, expectante durante un tiempo prudencial, bajo la calidez agradable de las mantas. La habitación estaba sumergida en una penumbra extraña. Giré la cabeza. Las velas se habían consumido por completo dejando pegotes de cera reseca en los bordes del candelabro. Al instante y de repente, todo se llenó con la luz blanquecina de un relámpago. Entonces lo entendí. El ruido que me había despertado era el estallido de un trueno. Fuera, una tormenta colérica se abalanzaba encima del mundo. Me levanté despacio, con el paso vacilante por la casi completa oscuridad que me envolvía, y me acerqué a la ventana. La ciudad era una silueta borrosa bajo el manto de la lluvia.

Regresé pronto a la cama, antes de que mi cuerpo empezara a temblar de frío como una hoja recién brotada en la rama de un árbol. Un nuevo relámpago inundó la estancia con su luz casi transparente y al momento otro estallido resonó entre el silencio tenebroso de la noche. Intenté retomar el sueño pero me resultaba difícil volver a dormirme. El ruido sordo y continuado de la tempestad me lo impedía. De todos modos, cerré los ojos y procuré transitar por el sendero de los ensueños.

Y, sin embargo, algo raro y desconocido hizo que los abriera otra vez. Fue un sonido de refriega, como de alguna cosa deslizándose sobre la madera del suelo. Notaba una presencia en mi cuarto. ¿Había alguien? ¿Era todo imaginación mía? ¿Me había dormido al fin y estaba dentro de un sueño? No. No estaba dormido. Gracias a la luz de un nuevo rayo y de la penumbra que provocaba la propia tormenta, pude distinguir una figura humana que me miraba desde un rincón, desde la otra punta de la habitación, casi al lado de la puerta cerrada. Era una mujer joven. El fantasma de una mujer joven y muerta. Me incorporé para mirarla. Llevaba un vestido largo de color burdeos. Tenía la piel blanquecina como la luz de los relámpagos, como si hubiera nacido de ellos, y el cabello rubio que caía en briznas libres más allá de su espalda. Su cuerpo era espigado igual que un junco.

Después de un instante sin moverse, sin movernos, ella comenzó a caminar cruzando la habitación mientras se desnudaba y su vestido cayó al suelo plegado sobre sí mismo como un cuerpo sin virtud. No tenía miedo. Al revés. Extrañamente, sentía una paz confortante. Se metió en la cama conmigo, a mi lado, siempre en silencio, sin decir nada, sonriendo. Me besó y luego empezó a deslizar su mano por mi cuerpo. Afloraron las emociones. Todos los sentimientos del mundo puestos a flor de piel. Reconocí su maestría en amor, sus formas me hicieron ganar confianza y me dejé llevar. Y mientras nos adueñábamos mutuamente el uno del otro, advertí que ella estaba muy viva y que tal vez era yo el muerto.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: El oficio de oír llover

Una semana más nos empapa un nuevo cuento del bardo de la mano de Josep Salvia Vidal.

EL OFICIO DE OÍR LLOVER

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Son más de las nueve de la noche y sigo en la calle. No sé qué quiero ni qué busco pero deambulo sin rumbo por las aceras vacías como una sombra sin cuerpo, una sombra callada y silenciosa. La ciudad es un desierto de asfalto salpicado de luces arenosas. No se ve a nadie y solo de vez en cuando el ruido del motor de un coche rompe la quietud. Llueve. Y la lluvia borra los contornos de las cosas para volverlas borrosas, confusas, líquidas. Mojada por el agua que se desborda de las nubes, la ciudad adquiere un tono de misticismo casi mágico. Yo también soy un cuerpo borroso ahora, un hombre acuoso, un ser de agua. La lluvia moja mi anatomía, cala mi piel, empapa mi corazón y me inunda por completo.

Regreso al fin a mi casa, un quinto piso en un bloque de nueva construcción en una avenida ancha y arbolada. Es otoño y los árboles van perdiendo poco a poco sus hojas al mismo tiempo que van mostrando, impúdicos, su madera desnuda. No sé decir el nombre de su especie. Solo sé que en verano su sombra es fresquísima y que en primavera florecen en un estallido de colores violentamente precioso. Ahora estoy helado. Traigo la ropa empapada. Cuando me desprendo de ella tengo la sensación extraña de despellejarme. Me doy una ducha caliente para quitarme el frío de encima que me pesa como una losa. Me pongo el pijama y me dirijo a la cocina. Me preparo un té.

Dejo la taza que humea como una chimenea enana sobre la encimera de la cocina y bebo su contenido a sorbos mientras me preparo algo de cena. Fuera, la lluvia suena más fuerte cada vez. Las gotas de agua chocan con violencia contra los cristales de la ventana. En un arrebato involuntario que no puedo controlar, me voy al salón, enciendo el ordenador portátil y comienzo a escribir. En el aparato de música suena Vanesa Martín. Ahora sé lo que buscaba en la calle a estas horas bajo el temporal. Inspiración. Las musas son caprichosas. Escribo mientras oigo llover, mientras el mundo se moja. El cursor es un insecto enjaulado que corre por la pantalla y al mismo tiempo es un corazón que palpita a golpe rápido, excitado, vivo. Mis dedos danzan sobre el teclado con la agilidad de los bailarines consagrados al ritmo de la melodía que el agua produce al caer.

Escribo un relato breve, mi colaboración quincenal con una revista virtual donde tengo una sección propia. Y me sale un cuento lleno de lluvia, inundado, empapado, hecho con gotas de agua. Es un cuento líquido. Igual que yo.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: Llamadme Brooklyn

Esta semana nos vamos de viaje de la mano de Josep Salvia Vidal.

LLAMADME BROOKLYN

En los aeropuertos no arraiga la vida, es difícil echar raíces en una terminal o en una puerta de embarque. Estoy sentado en una silla de plástico, de esas que se enganchan unas con otras para formar una hilera, junto a otras personas que esperan su vuelo y me pregunto dónde irán. Distingo entre la gente a alguien que me llama la atención. Es una mujer morena de ojos grandes que lee un libro. Instintivamente, miro el billete que tengo en mi mano y leo el nombre de la ciudad de Nueva York como si quisiera asegurarme de mi destino. Huyo. Escapo. Soy un fugitivo aunque no escape de ninguna prisión, sino de mi propia vida que también es una cárcel, una cárcel sin barrotes ni celda pero con condena, la condena de seguir viviendo cuando no tienes ganas porque tu Dios no te mata por mucho que se lo pidas. La fe es creer a ciegas. Hace un rato, una cinta transportadora ha engullido la maleta donde he conseguido encerrar mi vida. O lo que queda de ella. Los restos. Las ruinas.

Una voz metálica con tonos robóticos anuncia mi vuelo. Me levanto, cojo mis cosas, recorro torpemente una parte de la terminal y me pongo a la cola en la puerta de embarque. Delante de mí, a seis personas de distancia, veo a la mujer morena de ojos grandes y me alegro, no sé por qué, al saber que ambos nos dirigimos al mismo destino. Después todo ocurre de forma mecánica y yo me muevo como un autómata. Enseño el pasaporte y el billete, subo al avión, transito por el pasillo, localizo mi asiento y me hundo en él como si estuviese hecho de arenas movedizas. O de lodo. El mismo lodo que cubre mi alma podrida. Me toca ventanilla. El cristal traidor se convierte en un espejo por un instante y me devuelve una imagen triste de mí mismo. Los ojos pequeños y huidizos, el pelo corto, una sombra de barba que oscurece las facciones de mi rostro en un aspecto demacrado. Después me pierdo en el laberinto que llevo dentro de mi cabeza y de mi cuerpo.

Una agradable voz femenina que suena a mi lado me reintegra en la realidad del avión, del cielo abierto. Es mi compañera de asiento, la mujer morena de ojos grandes. Es joven, de una edad cercana a la mía pero ella tiene mucho mejor aspecto que yo. Me pregunta si estoy bien porque advierte mi mala cara. Me dice que se llama Ava, que es muy buena escuchando problemas ajenos y empezamos una conversación que me permite vaciarme. Le hablo de mis fracasos, de mis zozobras, de esa relación rota de forma repentina por un divorcio, de ese otro amor negado, de mi fuga. Por eso huyo. Porque tengo la esperanza de comenzar otra vez en otro lugar. Desde cero. Desde las cicatrices que quedan bajo la piel pero no desde las heridas abiertas. Al poco rato de hablar con ella, tengo la impresión de conocer a Ava de toda la vida. La conversación fluye entre risas. Todo transcurre con la placidez de las cosas tranquilas.

Aterrizamos sin problemas. Cuando salgo del avión, tengo la sensación de volver a nacer, de llegar al mundo de nuevo, de salir del vientre de una madre metálica en un parto sin dolor ni quirófano ni comadrona. Al cabo de unas horas estoy en mi nueva casa en Brooklyn, un octavo piso en una ancha avenida arbolada de Park Slope. Suena el timbre a la hora convenida. Es Ava con su pelo negro cayendo en bucles, sus grandes ojos y su sonrisa amplia. La invito a entrar y le ofrezco una copa de vino blanco mientras se termina de preparar la cena. Salimos a la terraza. Nueva York se extiende delante de nosotros como una alfombra de luces, las luces parecen una bandada de luciérnagas volando. Tengo treinta y cinco años y hoy es el principio de mi vida. De ahora en adelante, llamadme Brooklyn.


Por Josep Salvia Vidal

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Los cuentos del bardo: El rayo de la Luna

Esta semana Josep Salvia Vidal nos trae el relato El rayo de la Luna, os invito a disfrutarlo.

EL RAYO DE LUNA

Es noche cerrada. La luna llena domina el mundo y lo sumerge en una clara penumbra blanquecina. A su lado, las estrellas brillan como si estuvieran engarzadas en un retal de tela negra. Todo permanece en silencio. La quietud es nocturna igual que los espíritus malignos. Estoy sentado frente a la chimenea encendida donde chisporrotean los troncos de leña y las llamas anaranjadas parecen bailar una danza peculiar. No puedo dormir y escribo a la luz de unas cuantas velas. Cada vez que introduzco la pluma en el tintero, la alberca negruzca que forma la tinta se agita. Lentamente, el pergamino se va llenado de trazos oscuros como si fueran hilos de tiniebla o azumbres de hollín.

De pronto algo extraño ocurre. Una luz blanquecina y casi transparente rodea la cabaña donde vivo y se pierde en el bosque que se extiende desde detrás de mi casa hasta la línea del horizonte. Dejo la pluma sobre la mesa, me levanto y abro la puerta pero la luz se ha desvanecido. Salgo, avanzo unos pasos que quedan perdidos entre la hierba y distingo el rayo de luz entre los árboles, a unas pocas leguas de distancia. De forma extraña me siento atraído por él y echo a correr persiguiendo al rayo pero la luz es más rápida que yo y jamás la alcanzo. Corro por el bosque sorteando los árboles que parecen estar más vivos que nunca porque son monstruos dormidos. Todo es hechizante. Mágico.

De repente algo me frena. Es un oso. El animal advierte mi presencia y me mira. Me quedo quieto, asustado. Tiemblo. No sé qué hacer. Entonces la bestia se pone de pie sobre sus patas traseras y lanza un grito que hace estremecer al mundo. El miedo me invade definitivamente y me paraliza. Mis piernas no responden y mi cuerpo no obedece. Finalmente la bestia lanza su ataque y se abalanza contra mí. Estoy perdido. Cierro los ojos esperando el impacto. De un momento a otro, un zarpazo violento me derribará sobre el suelo para morderme y devorarme después. Es el fin. Y, sin embargo, el fin no llega nunca. El rayo de luz regresa, me rodea y se posa sobre los ojos del animal que queda ciego durante un instante antes de que huya despavorido para desaparecer en la frondosidad del bosque. Mientras, yo recupero la calma poco a poco.

Ahora tengo al rayo de luz frente a mí. No sé qué es ni sé de dónde proviene pero me eso me ha salvado la vida. Quizá sea un rayo de luna. Entonces el rayo se hace corpóreo y se transforma en una mujer de belleza rotunda, de aspecto etéreo, de piel blanquecina y casi transparente, de cabellos rubios que se prolongan hasta más allá de su espalda. Lleva un largo vestido azul como si estuviera hecho de urdimbres de cielo. La mujer comienza a caminar y se acerca mientras me dice que se llama Egle, que no tenga miedo. No lo tengo. Si sigo quieto es por el asombro. Egle está ya tan cerca que puedo sentir su aliento sobre el mío. Entonces me besa y con ese beso se adueña de mí. Entonces me coge de una mano y nos elevamos por los aires para atravesar el cielo, para volar como los pájaros, para ser libres, para llegar a un lugar donde nadie podrá encontrarnos jamás.


Por Josep Salvia Vidal

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Josep Salvia Vidal presenta Los cuentos del bardo

Hoy inauguramos una nueva sección de la Revista de Tierra Trivium de la mano del escritor Josep Salvia Vidal que se llamará Los cuentos del bardo y en la que cada dos semanas podremos disfrutar de un nuevo relato suyo. Yo ya me retiro y os dejo con La ciega verdad que espero os guste tanto como a mí.

LA CIEGA VERDAD

Los domingos parecen hechos de cristal. Son días frágiles y quebradizos que carecen de la solidez que tienen el resto de los días de la semana. En domingo no existen las rutinas ni los horarios y eso es justamente lo que los hace más vulnerables que sus congéneres. Aquel domingo me levanté perezoso después de arremolinarme entre las sábanas. Remolonear en la cama es una forma de resistencia, de luchar contra el tiempo en un intento inútil de detener su paso irrefrenable. Me acerqué a la ventana y elevé el estor como si hubiese izado una bandera. Hacía buen día. Lucía el sol en un cielo limpio de nubes. Era una plácida mañana de principios de marzo y Madrid relucía al mismo tiempo que el mundo empezaba a despertar del letargo del invierno. En un impulso repentino, me duché, me vestí, desayuné y salí a la calle. Me fui directo al rastro. Soy escritor y buscaba un escritorio. 

El rastro era un hervidero de gente que iba y venía entre los puestos del mercadillo. Toda la zona de La Latina lo era. De repente, me paré delante de uno que pertenecía a un anticuario, un hombre mayor y enjuto con aspecto de ave rapaz. Tenía lo que buscaba. Un escritorio antiguo, casi señorial, de madera labrada, muy bien conservado. El frontal de cada uno de los cajones era una obra de arte, una virguería que dibujaba flores mediante filigranas que se retorcían como reptiles. Me encantó. Lo compré y pagué por él un buen dinero pero no me importó. Siempre me ha gustado más lo antiguo que lo nuevo. Muchas veces lo nuevo no tiene alma. Una empresa de transporte me lo llevaría al día siguiente a casa. Pasé la noche soñando con mi escritorio. Soñé que era una hoja de papel descansando sobre su madera hasta que alguien me escribía. El bolígrafo me hacía cosquillas al pasar sobre mi cuerpo. 

Por fin llegó el mueble. Los transportistas lo dejaron en mi estudio y esperé a que se fueran para llenarlo con mis cosas y, entonces sí, adueñarme, apoderarme de él como quien conquista un territorio. Puse el ordenador, dos lapiceros, un retrato de mis sobrinos, un flexo y demás. Cada cosa en su sitio y el orden en todas partes. Me dispuse a llenar también los cajones pero había uno que no se abría, el primero del lado izquierdo de la mesa, el único con cerradura y yo no tenía la llave, el hombre no me la había dado. Con un trozo de alambre grueso que me dejó mi vecino, formé una ganzúa. Hurgué. Removí. Manoseé. Al final la cerradura cedió y pude abrir el cajón. 

Sentía curiosidad y una clase de nerviosismo extraño que afloraba desde el interior de mi cuerpo y fluía como el cauce de un río. No esperaba encontrar nada dentro pero me equivoqué, pues hallé dentro un trozo de papel enrollado similar a un pergamino. Lo desplegué. Había escrito algo que se parecía a una inscripción hecha con letra antigua. Decía: Pedro, nunca sabrás la ciega verdad. 

Me quedé paralizado. ¿Cómo era posible que estuviera mi nombre ahí escrito? ¿Cómo era posible si lo había comprado el día anterior? ¿Quién había puesto el papel ahí? ¿El anticuario? ¿A quién había pertenecido ese escritorio en el pasado? Una rara sensación me invadió de repente. Sentí que me había caído una especie de maldición encima. Y desde entonces busco de forma incansable la verdad sin encontrarla por ninguna parte. 


Por Josep Salvia Vidal