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La vida en las solapas de mis libros: Cosecha roja

COSECHA ROJA de Dashiel Hammett

7 de agosto de 1972

Leyendo Cosecha Roja de Dashiel Hammett, la primera novela de este autor americano de serie negra que antes de escribir fue detective privado, empezó una nueva etapa de mi vida que cambiaría totalmente mi forma de pensar. El estilo de Hammett, también guionista de Hollywood y famoso borracho, me cautivó por su capacidad de síntesis, sus frases breves y sus diálogos concisos y cinematográficos. Fue todo un descubrimiento. Acaba de terminar la mili con un mal sabor de boca y preguntándome para qué coño servían los militares, aparte de beber y cobrar buenos sueldos. Me encontré de nuevo en mi casa sin ganas de volver a mi vida loca de antes. Tenía 21 años y solo tenía clara una cosa: quería ser actor. Pero el problema es que vivía en una isla llena de hoteles, restaurantes, discotecas y suecas, donde no había sitio para la Cultura. Fue mi madre la que me sacó de aquella especie de permanente resaca diciéndome que en el Auditórium de Palma habían puesto una escuela de Arte Dramático. Vi el cielo abierto. Sin pensármelo fui a las oficinas del Auditórium para matricularme y me dijeron, después de previo pago (mi madre me había dado dinero), que podía empezar al día siguiente. Y allí estaba yo al día siguiente, a las tres y media de la tarde, enfrente del Auditórium, después de haber dejado mi 600 en el aparcamiento. Hasta aquí bien. Pero subir al quinto piso, donde había un pequeño teatro en el que se impartían las clases, fue otro cantar. Llegué a las tres y media y conseguí entrar en el teatro a las cinco, después de haber superado mi terrible timidez y vergüenza. Lo pasé bastante mal dando vueltas como un tonto por el Paseo Marítimo. Cuando entré en el teatro nadie me hizo caso, por lo que me senté en la última fila de butacas. Había como diez filas. Unos quince alumnos estaban haciendo un ejercicio de respiración sobre el escenario. Eran dirigidos por un señor de unos sesenta años, de piel bronceada, con perilla blanca y calvo. Desde el principio Trino Trives me fascinó, no tenía nada qué ver con el brigada Guiscafré. Era de estatura media y vestía con sencillez aunque su clase era evidente. Cuando terminó el ejercicio me hizo una señal de que me acercara y me dijo, sin previo aviso, que subiera al escenario y me presentará. Lo hice con un hilo de voz. «¿Por qué quieres ser actor?» me preguntó. «Siempre lo he querido hacer» le contesté sin pensármelo. «¿Sabes quién es Stanislavski? No, no lo sabes. Pues el método que yo imparto es lo que se llama, Método Stanislavski. Puedes bajar del escenario.» me dijo aquel señor de un tirón sin un ápice de calor. Volví a sentarme con un sentido terrible de ridículo sin saber por qué. Pero lo peor fue que al cabo de una hora le pregunté si podía ir a «hacer de vientre». La carcajada fue general. «Sí, anda, ve al baño.» me dijo condescendiente. Me tiré como media hora en el baño intentando no correr escaleras abajo sin utilizar el ascensor. Me habían ridiculizado, humillado, despreciado. Pero no lo hice, me tragué la mierda y volví al teatro con la cara bien alta y mirándolos a los ojos. Estuve tres años estudiando un promedio de ocho horas diarias de lunes a viernes. En ese tiempo descubrí lo ignorante e inculto que era. Entonces me di cuenta del mucho tiempo que había perdido y decidí ponerme al día con Valle-Inclán, Lorca, Ionesco, Molière, Shakespeare, Ibsen, Chejóv, Miller, Picasso… Descubrí un mundo maravilloso que cambiaría mi vida para siempre. Después de la novela de Hammett leí un libro que me recomendó Trives: Preparación del actor de Konstantín Stanislavski, un ruso genial que revolucionó la interpretación en el mundo. Su método llegó a America en 1947 con la creación del Actors Studio, donde se formaron actores como Paul Newman, James Deen y Marlon Brandon. Me mente se empezó a abrir.


Por Martín Garrido Ramis

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La vida en las solapas de mis libros: El motín del Caine

EL MOTÍN DEL CAINE de Herman Wouk

30 de mayo de 1972

La primera obra de teatro que leí en mi vida fue gracias a la mili. Para algo tenía que servir. En ese tiempo seguía en la Armería pintando cuadros para el capitán, y dos noches a la semana tenía guardia. En una de esas guardias, a dos meses y poco más de licenciarme, me fui a dormir al pajar de la base y mi compañero se quedó dando vueltas. Sobre las cuatro de la madrugada me despertaron unos desagradables gritos. Al abrir los ojos me encontré con los dos hijos de puta más grandes del cuartel: el teniente Trujillo y el cabo primera Tofol. El primero regortede, feo, calvo y con acento gallego, y el segundo mallorquín, bajito y con cara de mala leche. Me dijeron que me caería el pelo y que olvidara licenciarme. Aquello hubiera podido ser terrible para mí que no veía llegar el día de largarme y no volver, pero tuve suerte porque los dos militares iban borrachos como cubas. Al día siguiente en la formación ni se acordaban de mí. En la guardia siguiente mi compañero me dijo que el brigada Guiscafré del Botiquín buscaba actores para una obra de teatro que iba a montar. Yo siempre había querido ser actor pero no sabía qué camino seguir para conseguirlo. Lo del brigada me pareció una oportunidad. Me tomé tres calimochos que me infundaron valor y me fui en busca del brigada con un sol de justicia. En cuanto me vio dijo: «Tienes pinta de galán.» Serafín Guiscafré era todo un personaje. De estatura media, con aspecto duro y gran bigote, era un mallorquín que amaba el teatro. Me dijo que me presentara al día siguiente en el teatro a las cinco. «¿En qué teatro?» le pregunté yo. «Debajo de las oficinas está el teatro de la Base, ¿no lo sabías?» No, no lo sabía aunque pasaba muchas veces por delante de la puerta. Antes de decirme que podía retirarme me dio un librito. «Mírate el personaje de Philip Francis Queeg, el que hace Humphrey Bogart en la película El motín del Caine. Apréndete dos o tres hojas. Puedes retirarte.» Volví a mi trabajo dando saltitos de alegría, iba a ser actor, y para colmo un papel que había hecho mi admirado Bogart en el cine. Me pasé la tarde leyendo El motín del Caine de Herman Wouk, obra ambientada en la Segunda Guerra Mundial con la que Wouk consiguió el Pulitzer de 1952. Por la noche me dormí agotado de estudiar el papel. Al día siguiente pisé por primera vez un teatro, tenía 20 años y nunca lo olvidaré. Era antiguo y oscuro y olía a humedad. Los asientos eran de madera con respaldo de tela roja desteñida. Debía de haber como ciento cincuenta. Pero lo que más me impresionó fue el escenario. Era enorme con unas gruesas cortinas de terciopelo granate que hacían de telón. El brigada Guiscafré llegó tres cuartos de hora tarde y uno a uno, de los quince que éramos, fuimos subiendo al escenario para hacer una prueba. Cuando me tocó a mí sentí una cosa extraña. Bueno, más que sentir no sentí nada porque de repente me encontraba relajadísimo. Tan relajado estaba que Guiscafré me preguntó si de verdad nunca había hecho teatro. Le dije que no y me dio el papel. Hasta aquí todo bien, pero empezaron los ensayos y la cosa se complicó. El brigada Guiscafré era la persona más informal e irresponsable que había conocido hasta el momento. Parecía que le daba igual todo. De los cinco días de la semana que ensayábamos no venía más de dos y solía llegar tarde. Nos decía cuatro cosas que sentaban cátedra en cuanto a teatro, y daba unas cuantas instrucciones al que hacía de ayudante de dirección. Un tal Perales que no las tenía todas con él. En el momento menos esperado perdía el conocimiento y se tiraba tres o cuatro minutos desmayado. Luego se recuperaba como si nada. Así pasamos dos meses. Llegó el día del estreno y el teatro se lleno de oficiales, suboficiales y soldados. En ese momento yo era consciente de que aquella obra necesitaba como un mes más para ser representada, pero al brigada Guiscafré ya le iba bien. Se abrió el telón y los actores empezaron a equivocarse provocando casi un infarto al apuntador, que estaba dentro de la concha en el centro del escenario, en primer término. Cuando me tocó a mí solté cuatro frases y me quedé en blanco, tuvo que ser mi compañero el que me sacara del atolladero. (Si uno no es actor nunca puede imaginarse lo mal que se pasa cuando te quedas en blanco.) Lo pasé fatal porque no tenía seguridad en el papel. (Cuando estudias un papel y ya crees que te lo sabes, es cuando tienes que empezar a memorizarlo.) Aún no sé cómo coño llegamos al final de la función. Cuando la gente aplaudía vi de reojo al apuntador que estaba llorando. Los asistentes felicitaron efusivamente a Guiscafré por su buen trabajo. Yo no me lo podía creer. Lo único que tenía claro es que aquellos militares no debía de haber visto una obra de teatro en su puta vida, de lo contrario no tenía explicación. «Tienes madera, dominas el escenario, Garrido.» se atrevió a decirme el brigada de pasada, sin mirarme a los ojos y sin dejar de atender a otra gente. No sé cuántos kilos perdí con aquella representación. No podía haber tenido un peor debut. A las dos semanas me licencié. Volví a ver a Guiscafré como tres años después, cuando yo ya era actor y él ya no era militar sino que dirigía el Teatro Principal de Palma. En 1985 le di el papel de malo en mi película Mordiendo la vida en la que yo era guionista y director. Lo hizo muy bien.


Por Martín Garrido Ramis

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La vida en las solapas de mis libros: Más dura será la caída

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA de Bud Schulberg

28 de enero de 1972

Según la solapa de Más dura será la caída de Bud Schulberg, que además de escritor fue guionista de dos película míticas: La ley del silencio y Un rostro en la multitud, y chivato, junto a Elia Kazan, de sus compañeros comunistas en la era McCarthy, el ejército eliminó los ordenanzas y tuve que volver a la base de Sant Joan. Esta vez el sargento, marido de la amiga de mi madre, me metió en la Armería. Una casita de unos cuarenta metros cuadrados en pleno campo desde donde se veían las pistas. Estaba apartada de la base y era como un mundo aparte. Por allí no pasaba casi nadie. Era tal nuestro aislamiento que delante de la fachada el brigada había construido una barbacoa para merendar (en Mallorca merendar es comerse el bocadillo de las diez) cada día debajo de una vieja lona. La casita se dividía en un taller, un baño con ducha que daba asco, y dos despachos: uno del capitán y el otro del brigada. La limpieza brillaba por su ausencia. Solo éramos cuatro los destinados allí, y, excepto el brigada, que siempre se traía trabajo de fuera, que consistía en arreglar armas de todo tipo, por lo que cobraba un buen dinero, nadie movía un dedo. Yo entraba a las ocho de la mañana y me ponía leer en el despacho del brigada con su permiso, el capitán venía sobre las diez a merendar y después se marchaba hasta el día siguiente, y el sargento Gutiérrez se pasaba la mañana yendo y viniendo de la cantina mientras que fumaba Ducados tras Ducados. Esta situación podría haber sido un paraíso pero no fue así. Al sargento Gutiérrez le caí mal desde el primer momento. Era un andaluz grueso y fuerte, con un marcado acento andaluz y el pelo de color negro peinado hacia atrás. Era la excepción que confirma la regla en cuanto a que todos los andaluces tienen que ser graciosos. Él era un cordobés borde. Diferente al brigada y al capitán que era bajitos, calvos y entrañables. El primero mallorquín y el segundo de Málaga sin ningún tipo de acento. Desde el primer día al sargento le fue mal que yo leyera y empezó a molestarme mandándome hacer tareas absurdas, como limpiar la armería, llevar paquetes a sus amigos que estaban en otras dependencias, ir a comprar una cerveza a la cantina cuando él no dejaba de visitarla continuamente, limpiarle su SEAT 850 por dentro y por fuera cada semana, etcétera. Me habían cambiado a la señora del capitán Lucio por un sargento ignorante y borracho. Digo esto último porque cuando nos íbamos a las dos ya se iba un poco chispa, como le decía el brigada. Al cabo de un mes pensé que tenía que acabar con aquella situación porque un día mandaría a la mierda al puto sargento y la cagaría. Me conocía y sabía que eso ocurriría. Pero pensé en otra solución. Mi primera opción fue conocer más al capitán Perelló, y cuando el sargento estaba yendo y viniendo de la cantina, intenté intimar con él. Mi primera sorpresa fue que le encantaba la pintura y que era un pequeño coleccionista. Enseguida le dije que yo era pintor y que si quería podía pintarle un cuadro. Al capitán se le abrieron muchos los ojos y enseguida dijo que sí, que encantado. «Te dejo mi despacho para que pintes —me dijo solícito—, prácticamente yo no lo utilizo.» Al día siguiente por la mañana coloqué mi caballete, mi espátula y mis tubos de óleo en su despacho. Cuando el sargento vio aquello puso cara de perro y empezó a mandarme tareas absurdas. El capitán estuvo una semana fuera y cuando volvió se encontró con que yo solo había conseguido manchar una tela. Me preguntó qué pasaba y yo, encantado y muy explícito, se lo expliqué. No dijo nada y a la mañana siguiente mientras merendábamos le dijo al sargento: «No le mande ni una sola tarea más a Martín hasta que yo se lo diga, ¿de acuerdo, sargento?» le dijo sin mirarlo a la cara. «Sí, mi capitán.» Contestó el sargento. El tipo nunca más me molestó, me hablaba lo indispensable, y al capitán le regalé como diez cuadros tamaño medio hasta que me licencié.


Por Martín Garrido Ramis

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La vida en las solapas de mis libros: Hombre rico, hombre pobre

HOMBRE RICO, HOMBRE POBRE de Irwin Shaw

20 de noviembre de 1975

Poster for the 1918 film Rich Man, Poor Man.

Para muchos millones de españoles las navidades de 1975 fueron las más felices de su vida porque había muerto el dictador enano y de voz aflautada, como lo llamaba mi padre. Entonces tenía yo 23 años y me importaba un huevo Franco y los que le seguían. En ese momento estaba leyendo Hombre rico, hombre pobre de Irwin Shaw, un escritor interesante del que ya había leído El baile de los malditos. Luis Garrido Saiz, mi padre, despotricó toda la vida de Franco porque decía que era un hijo de puta que fusiló a media España por no pensar como él. Nació en Cuenca y a los 17 años se afilió a la FAI (partido anarquista), porque era un anticonformista, actitud que le ocasionó algunos problemas, sobre todo a su padre, mi abuelo, que tuvo que pagar multas de 50 pesetas «una pequeña fortuna para la época», la mayoría por no querer cantar el Cara al Sol, como se solía hacer en cualquier acto. Al estallar la guerra mi padre no dudó en alistarse en el bando republicano y fue destinado a un cuartel de Madrid a hacer prácticas. Allí pasó tres meses preparándose para ir a primera línea, que sería Toledo. Pero allí no pegó tiros porque un sargento amigo de su padre lo colocó en retaguardia. A los seis meses lo trasladaron a Castilla donde lo cogieron preso junto con otros compañeros. Pasó una semana en el sótano del ayuntamiento (no recuerda el nombre) de un pueblo a base de pan y agua. El lunes por la noche los llevaron detrás de la iglesia para fusilarlos. Pero otra vez le sonrió la suerte y un capitán, hijo del dueño de una granja de vacas, que normalmente contrataba los carros de Eleuterio (padre de Luis), se lo llevó al ayuntamiento donde pasó dos noches en el sótano vacío. A la tercera noche dos soldados lo fueron a buscar y lo metieron en una camioneta para dejarlo en medio del bosque. Le dieron un pan, tocino, queso y vino. Al cabo de tres días caminando campo a través se reincorporó a una compañía de republicanos que iban hacia el Ebro. Pero él nunca llegó al Ebro porque se unió a una compañía de anarquistas que se cruzaron. Durante el año siguiente estuvo haciendo la guerra «como se suele decir» de un lado a otro, de pueblo en pueblo, que más que guerra era sobrevivir esperando que terminara aquel conflicto. En un encontronazo con un grupo de nacionales el sargento de su compañía fue abatido y le nombraron sargento a él, que ya era cabo primera. Pocas semanas después su compañía se unió a otra republicana, en la que no había muy buen ambiente. El único capitán que quedaba ascendió a mi padre a teniente. Los nacionales cercaban cada vez más a los republicanos y ellos lo sabían. Por eso, después de tres meses huyendo hacia ninguna parte, e intuyendo que aquello se terminaba, la compañía se disolvió. Mi padre volvió a Cuenca, pero el mismo día de su llegada, mi abuelo lo acompañó por la noche al bosque para que se fuera, que en el pueblo, por haber sido de la FAI, lo meterían en prisión o lo fusilarían sin juicio alguno. Mi padre se fue a Barcelona con un papel en el bolsillo en el que había escrito el nombre de un familiar que trabajaba de enfermero en el Hospital Clínic. Él le ayudaría a escapara Francia. Se fue caminando por bosques y campos hasta que se subió a un tren de mercancías que lo llevó a Barcelona. En la Ciudad Condal todo el mundo huía por la inminente llegada de los nacionales a la ciudad. Era un caos. Mi padre consiguió llegar al hospital pero el familiar ya había huido. Una enfermera le dijo que lo más práctico era irse a la Estación de Francia e intentar subirse en algún tren. Así lo hizo, y después de tres días y tres noches durmiendo en un banco de la estación, consiguió subir a un tren que lo llevaría a Francia. Allí ya los esperaba el ejército francés para meterlos en el campo de refugiados Argeles, que no era un campo de exterminio pero si se moría la gente de hambre y de enfermedades. No había ni lavabos, la gente meaba y defecaba en la playa. Aquello era un infierno, contaba mi padre. Cada día se moría gente de enfermedad o hambre. Y nadie escapaba porque no había a dónde ir. A los dos meses de sobrevivir en el campo de refugiados se apuntó a la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), y al ser teniente, le dieron la opción de subirse a un barco que iba a México. A mi padre no le fue bien y optó por cruzar los Pirineos con un grupo de oficiales republicanos. La JARE les facilitó la salida de Argeles. Tardaron tres semanas en pisar España, y en el transcurso del camino murieron dos compañeros. Mi padre volvió a Cuenca gracias a los trenes de mercancías. De nuevo en Cuenca, ya tomada por los nacionales, mi padre pasó encerrado en las caballerizas de mi abuelo dos meses por miedo a las represalias que se estaban cometiendo en el pueblo. Encarcelaban o fusilaban a todos los rojos, como decían ellos. Mi abuelo, a pesar de ser carretero, tenía muy buenas amistades en el pueblo ya que trabajaba con sus tres carros para ellos. Era un hombre apolítico y muy recto al que sus hijos lo trataban de usted, y en Cuenca era respetado por todos. Una de esas amistades era el alcalde del ayuntamiento, falangista para más señas. El hombre le aconsejó a mi abuelo, que Luis, su hijo, se entregara antes de que fueran a buscarlo para fusilarlo. El alcalde le haría un salvoconducto para que no le pasara nada. Mi abuelo aceptó. El mismo día que tuvo el salvoconducto mi padre se marchó en tren a la capital. Y en la capital se presento en un Ministerio (no recuerda cual) y preguntó por la persona que le había dicho el alcalde. No hubo ningún problema y en dos días tenía los papeles arreglados y empezaba de nuevo el servicio militar que duraría tres años. Mi padre fue un pequeño empresario y tuvo muchos empleados, pero nunca dejó de ser republicano y siempre defendió los derechos humanos.


Por Martín Garrido Ramis

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La vida en las solapas de mis libros: Adiós, muñeca

Esta semana Martín Garrido Ramis nos habla de la primera novela que leyó de uno de los maestros de la Novela Negra, Raymond Chandler. Y con esta historia alrededor de Adiós, muñeca os dejamos hasta la semana que viene o si estáis por Madrid hasta el jueves a las 19:00 en la SGAE con la presentación de la novela Zoilo Poyes de Martín Garrido Ramis.

ADIÓS, MUÑECA de Raymond Chandler

5 de enero de 1974

Raymond Chandler fue todo un descubrimiento para mí. Me impacto por su forma sencilla y a la vez complicada de escribir. Tenía veintiún años y hacía la mili. Pero ya no estaba en Bomberos, el sargento, marido de la amiga de mi madre, consiguió sacarme a los cinco meses y meterme de ordenanza en la casa del capitán Lúcio, que vivía con su mujer y sus dos niñas en un edificio militar ubicado al final de la avenida, justo cuando empezaba el mar. Huelga decir lo contento que me puse cuando salí de Bomberos. Vi el cielo abierto. De ordenanza no harás nada, es un chollo y además no haces guardias, me dijeron mis compañeros. No se equivocaron en una cosa: mientras fui ordenanza no hice guardias, pero que era un chollo, se equivocaron de lleno. Mi trabajo consistía en llegar a las ocho de la mañana con cuatro ensaimadas, que previamente había comprado en la panadería, para que la mujer y las niñas del capitán desayunaran. La señora, que se llamaba Aurora y era de Cáceres, nunca me dijo si quería desayunar con ellas. A veces se dignaba preguntarme si quería un café. No, señora, le decía yo. Era una mujer que debía rozar los cuarenta y estaba bastante buena. Delgada pero de curvas marcadas, pelo castaño y liso que le rozaba los hombros. Era elegante vistiendo, y tenía una mirada fría y distante. Me recordaba a la cantante inglesa Sandie Swaw, que me gustaba tanto. Por las mañanas ya iba arreglada, como si se fuera a ir a la calle. Con veintiún años y aquella mujer delante de mí yendo y viniendo, aunque prácticamente sin mirarme a los ojos, era terrible. Pero toda historia tiene un lado negro (o casi todas), y la guapa señora era una mandona de cojones. Una tocapelotas en toda regla. Yo vengo de una familia de clase un poco alta y a mis veintiún años no había fregado un plato ni un vaso, y menos pasar la aspiradora o limpiar un cristal. En mi casa siempre tuvimos una chica para limpiar una vez a la semana. O sea que no había hecho nada. Por eso, cuando el bellezón cacereño me dijo: «Empiece pasando la aspiradora por las alfombras.» Me quedé de piedra. No sé cuánto tiempo tarde en reaccionar. «¿Le pasa algo?» Dije que no y cogí la aspiradora y aspiré como pude. Menos mal que ella se fue a la cocina para volver al cabo de unos diez minutos con un plumero y un trapo. «Si ya ha acabado quite todo el polvo del salón. Utilice este plumero y este trapo. Por favor, que no quede ni una mota que me pone histérica. Y vaya con cuidado con las figuritas y los cuadros.» Estaba a punto de llorar, eso no podía estar pasándome a mí: un tío duro en toda regla. No sabía ni utilizar el plumero y no sabía qué coño era una mota. La próxima vez que apareció lo hizo con una cesta. «Si ha terminado vaya al economato y me compra todo lo que hay en esta lista.» Me fui al economato a comprar como una ama de casa hundido en la más absoluta miseria y pensando en lo que me esperaba. Cuando volví ya eran la una y media y me dijo que había terminado y me podía ir. Por mucho que analizara lo que me había pasado aquella mañana no daba crédito. Incluso pensé en desertar y que le dieran por culo al servicio militar, pero no lo hice y volví al día siguiente para limpiar todos los cristales de la casa. Me llevó toda la mañana. «Usted no ha limpiado muchos cristales en su vida, ¿verdad?», me dijo la muy puta con cierta sorna. Al día siguiente me tocó el baño. Y al otro los cuartos. Y al otro volver a empezar con el puto polvo y sus motas correspondientes. Así pasé casi cinco meses. En ese tiempo me leí todas las novelas de Raymond Chandler, y en mis sueños era Marlowe metido en la cama con la mujer del capitán. «No me dejes está noche, cariño», me decía suplicante, Yo la miraba con desdén desde la puerta del cuarto y, en el tono más duro posible, le decía: «Adiós, muñeca.»


Por Martín Garrido Ramis

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La vida en las solapas de mis libros: El Padrino

Martín Garrido Ramis sigue su recorrido por esos libros que le marcaron, deteniéndose hoy en El Padrino de Mario Puzo. Como habréis podido apreciar esta semana además inauguramos nombre para la sección y sin haceros esperar más os dejo con Martín.

EL PADRINO de Mario Puzo

1 julio de 1973

De The original uploader was Solarcaine de Wikipedia en inglés. - Transferido desde en.wikipedia a Commons., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12034378

La primera novela que leí consciente de lo que hacía fue El Padrino de Mario Puzo. Veinte años antes había leído Robinson Crusoe pero fue la casualidad, en cambio lo de El Padrino no. Me había presentado voluntario al servicio militar, pero no porque amaba al ejército, todo lo contrario, lo encontraba inútil e innecesario, sino porque había confundido el día por la noche, Todos los días de la semana, excepto el domingo que empleaba para descansar, me lo pasaba metido en juergas interminables con extranjeras. Eran los locos años 70 y Mallorca estaba llena de nórdicas en busca del famoso Latin Lover. Por eso, un día decidí que tenía que cambiar radicalmente de vida porque peligraba mi salud. Llevaba seis años de aquella manera (de los quince a los veintiuno), Menos mal que nunca me dio por la farlopa, porque seguramente la hubiera palmado. Por eso me presenté voluntario para hacer la mili. En principio iba enchufado a Comandancia (la mujer de un sargento iba a peinarse a la peluquería de mi madre y eran amigas), pero mi ficha se traspapeló y acabé en Bomberos sin poder creérmelo. «Ha habido una confusión –me dijo el sargento-. Por lo visto hay un soldado que también se apellida Garrido. Pero no pasa nada porque lo soluciono en un mes. Tranquilo». No me tiré un mes como bombero, me tiré cinco. Si alguien no ha sido alguna vez bombero no se puede imaginar lo aburrido que es. Es infinitamente aburrido porque te tiras todo el día y la noche esperando que pase algo y no pasa nada. El cuartel de Bomberos estaba en las mismas pistas del aeropuerto de Palma, pero era solo de adorno. Ni las mangueras funcionaban. Siempre que sucedía algún percance iban los bomberos del mismo aeropuerto. O sea, que me tiré los cinco meses más aburridos de mi vida. Hacíamos dos días seguidos y el tercero era libre, o algo parecido. Al principio intentaba dormir, pero dormir todo el día es complicado. Tampoco había televisión. Algunos se pasaban el día jugando a las cartas o al parchís o hablando de tías, pero a mí nunca me ha gustado el juego ni contar mis aventuras amorosas. Solo uno de los diez ignorantes que éramos era diferente. Catalán, alto, delgado, con cierta clase, que fumaba un Camel detrás de otro mientras que pasaba las hojas de los libros que leía. Siempre dejaba el libro que estaba leyendo en su lado de la rectangular y larga mesa de comer y hacer de todo, Nunca nadie lo toco. Seguramente si hubiera sido otra cosa se la hubieran robado, pero un libro… ¿para qué coño sirve un libro? El catalán no era muy simpático ni hablador, pero un día me acerqué a él y le pregunté por qué le gustaba tanto leer. «Es la única forma de sobrevivir a este castigo -me contestó con una media sonrisa-, deberías probarlo». Le pregunté qué libro me recomendaba. «Cómprate un libro que se llama El Padrino de Mario Puzo. Y me cuentas». Lo hice y nunca dejaré de agradecérselo. Lo devoré, y así un libro tras otro hasta hoy. La mili a mí no me aportó absolutamente nada, y no creo que a nadie le aporte, a no ser que sea un tarao mental. Pero durante los cinco meses de bombero yo descubrí la Literatura.


Por Martín Garrido Ramis

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Martín Garrido Ramis en la Revista Tierra Trivium

Hoy damos la bienvenida a la Revista Tierra Trivium a Martín Garrido Ramis con este texto sobre una novela que le marcó. Y sin más preámbulos os dejo con Martín Garrido Ramis y su Robinson Crusoe.

ROBINSON CRUSOE

By Alexander Frank Lydon (1836-1917) - The Life and Adventures of Robinson Crusoehttp://www.gallery.oldbookart.com/main.php?g2_itemId=3121, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=19369508

La primera novela que leí en mi vida fue Robinson Crusoe de Daniel Defoe (Editorial Felicidad 1962). Tenía trece años y me la regaló mi madre. Aún conservo el ejemplar. Aparte de los libros de texto del colegio nunca había leído una novela. Y la verdad es que me costó mucho hacerlo por lo pequeña que era la letra, por mi falta de práctica y por mi situación en aquel momento. La novela era una edición para niños y llevaba ilustraciones. Una curiosidad es que la portada solo llevaba el título sin el autor, que iba en las páginas interiores. Aún no entiendo el por qué mi madre me lo regaló. Es un misterio porque nunca más repetiría la acción. De todas formas ese libro no me influyó mucho pero sí marco el principio de una etapa de mi vida, por eso siempre lo recordaré. Tenía trece años y el doctor Aguiló (el mejor urólogo en ese momento de Palma) le había dicho a mi madre que tenía nefritis y que tendría que estar en la cama sin moverme, como mínimo tres meses. El practicante, que venía a mi casa, me pinchaba dos veces al día, y yo, por mi parte, vomitaba todo lo que comía. Así transcurrió el primer mes. Luego mejoró la cosa. Me pinchaban solo una vez al día y dejé de vomitar. Fue entonces cuando mi madre me regaló el libro. Te he comprado esto, me dijo dejándolo sobre la mesilla del cuarto de mis padres donde yo pasaba el día. La cama era grande y con marquetería. La había hecho mi tío Rafael que era un gran carpintero ebanista. Allí, en el cuarto de mis padres, un poco aburrido de ver el libro sobre la mesita, un día lo abrí y empecé a leer. Fue toda una experiencia saber lo que le pasaba a un señor inglés y rico, que naufragaba y se quedaba a vivir en una isla aparentemente desierta, aunque había un indígena llamado Viernes. No lo recuerdo bien, pero quizá tarde un mes en leerlo, y eso que estaba todo el día en la cama sin hacer nada. Leía tres o cuatro hojas y lo dejaba. Mi jornada diaria consistía en dibujar, jugar al ajedrez cada mañana (los domingos no) con Vicente, un camarero que vivía en la pensión de mi padre, y ver la televisión cuando empezaba a emitirse por la tarde. Así pasé siete meses de mi vida dejando atrás una existencia conflictiva debido a mis malas amistades. Existencia que llevaba por el camino de la amargura a mis padres. Y Robinson Crusoe, aunque no es de mis novelas preferidas, siempre formará parte de ese tiempo que cambio mi vida. No volvería a coger un libro hasta siete años más tarde, cuando me presenté voluntario al servicio militar. Robinson Crusoe lo volví a leer veinte años después. Lo sé porque está escrito en la solapa del libro.


Por Martín Garrido Ramis