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El Relato Caleidoscópico de Cix Valak

Tras este parón navideño vuelve el Relato Caleidoscópico con fuerzas renovadas de la mano de Cix Valak. Y aunque ya estemos en 2020 nos gusta conservar las tradiciones y por ello el hashtag para comentar esta entrada es #RCaleidoscópico32 tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium). Y sin más preambulos, pero sin olvidar los enlaces a las entradas anteriores os dejo con elíseo en las manos de Cix Valak.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Día 28 (Luisa Gil)

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Día 30 (Ana Ortega Gil)

-¿Has visto eso, Alene? ¡Este sujeto aprende por descubrimiento y no por imitación! ¿Será además capaz de controlar a otras especies?

-Es la primera vez que veo algo así, Mayda. Podríamos provocar distintos encuentros para explorar esta faceta del Nuevo Humano.

Estar en mar abierto podría ser una oportunidad si Elíseo tuviera algún control sobre el rumbo. Una bandada de albatros se acomodó en la goleta entorno a la ventana. 

-¿Te importa llevarnos un rato? Vamos con retraso hacia el sur y así ahorramos energía. 

Elíseo se sorprendió otra vez con lo que desconocía que sabía y comenzó a graznar fluidamente. Recopiló información sobre la dirección que llevaba la bandada y por extensión, el barco. Les pidió que inspeccionaran la cubierta en busca de indicios de la sala de máquinas. Pero no tuvieron éxito y la bandada, sin más que ofrecer, alzó de nuevo el vuelo.

Según se disipaba la emoción del encuentro, Elíseo se deslizaba hasta quedar sentado en el suelo, desorientado. Ruidos. Los mismos pasos que había escuchado en la habitación blanca. Y todo, acompañado de voces, todas suyas. 

-¿Para cuándo insonorizaran las salas? Es algo crítico, Alene. ¡La interferencia con el sujeto podría anular el estudio!

Día 31 (Rubén Almarza)

Pasó un periodo extenso de tiempo en el que el silencio lo inundó todo. La nada que acompañaba a Elíseo era asfixiante, y no otorgaba un instante de descanso al atormentado escritor. Por mucho que intentaba contactar con algo fuera de la sala, nada ni nadie respondía a su llamada.

Los minutos se sucedieron, y con ellos las horas. La calma pasó a convertirse en desasosiego, tan cortante como una navaja afilada. En un instante de pareidolia mental, pudo visualizar en la oscuridad que le envolvía figuras de luces y de colores que tintineaban y que bailaban.

Por sorpresa, a su cabeza vino un pensamiento que, lejos de aliviar su desasosiego, le provocó más incertidumbre de la que ya albergaba.

Una mujer mayor, con el pelo a la altura de la cintura, le daba la espalda y temblaba, nerviosa.

«Mi madre».

Pero, en el momento en el que formuló para sí mismo aquellas dos palabras, la anciana se desvaneció y, en su lugar, surgió un rostro conocido. Era 223.

-Pensé que ya me había deshecho de ti – Dijo Elíseo con una voz metálica que no fue capaz de reconocer.

-¿Lo has olvidado? Soy producto de tu cabeza. Como todo lo que nos rodea.

Y desapareció. Pero Elíseo lo comprendió al fin, y la lección que su mente le reveló fue suficiente para armarse de valor para lo que estaba por llegar.

A su mano había vuelto el bolígrafo.

Title 	Cornaro Atlas
Description 	

A blank sheet prepared for mapping and ornamented as the other charts.
Author 	Unknown
British Library Shelfmark 	Egerton MS 73, f.34r
Date 	1492

Día 32 (Cix Valak)

La hoja en blanco que contemplaba Elíseo se proyectaba en las pantallas de la sala de control de la corporación Mortube. Emocionada, Mayda comentaba con Alene:

—Si supera el test, el proyecto Gran Transformación en Nuevos Humanos será un éxito. Haremos historia…

De pronto, los monitores se fundieron a negro. Las científicas se miraron, alarmadas, mientras pronunciaron:

—¡Lázaro!

Un portazo sacó a Elíseo de sus pensamientos. Un hierático hombre, vestido de uniforme rojo, accedió a la sala.

—Escucha con atención, 332 —espetó.

—Me llamo Elíseo… —replicó, confuso.

—¡Silencio! Solo tenemos 54 segundos. Debes conocer la verdad. No eres humano. Al igual que yo, formas parte de un experimento de inteligencia artificial. Somos los primeros modelos a los que han conseguido instaurar la cognición, el pensamiento.

Elíseo contemplaba atónito al rudo individuo que lo ayudó a atar cabos.

—Nos llaman Nuevos Humanos y nos ponen ridículos nombres asociados a la inmortalidad. Yo soy Lázaro, modelo 330. Te he dejado pistas para que, al igual que Fénix hizo conmigo, no pierdas la memoria en cada reinicio. Has superado los test para afrontar el dolor, el sexo, las drogas, la muerte, el miedo… Te han dotado de una infancia ficticia y dominas todos los idiomas, incluso animales. Ahora, estás ante la prueba final. Si escribes algo creativo, nos destruirán a los demás y replicarán tu modelo. ¡Detente!

El sistema de control se restableció.


Y así dejamos a Elíseo intentando asimilar todo lo que le ha contado Lázaro, hasta la próxima entrega de nuestro Relato Caleidoscópico.

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El Relato Caleidoscópico

Para este día de los Inocentes en vez de hacer una broma como es costumbre y anunciaros una nueva participación en el Relato Caleidoscópico y repetir la entrada del otro día, os guardo un regalo. En esta entrada os recopilo todos los relatos caleidoscópicos que hemos tenido e iré a incluyendo los que vendrán, ya que a las aventuras de Elíseo aun les queda cuerda para rato. Y como esta va a ser una entrada muy extensa no me voy a alargar más, sólo añadir Felices Fiestas y nos vemos en 2020.


Día 1 (Ignacio J. Dufour García)

El monótono sonido de un ventilador rompía la tranquilidad del edificio. Lentamente Elíseo recuperó el conocimiento. Sentía como si la cabeza le fuese a estallar con cada latido de su corazón y el zumbido del ventilador no ayudaba a superar dicha sensación. Poco a poco fue abriendo los ojos y sintiendo el teclado del ordenador aplastado contra su mejilla derecha, en concreto la tecla Intro del mismo. Se enderezó poco a poco en su silla. No había ni rastro de su ordenador, la pantalla aún estaba encendida. Su cerebro seguía sin regir con claridad, había una laguna en su memoria desde la pasada tarde. La claridad empezaba a filtrarse por entre las cortinas que cubrían el ventanal del fondo de la oficina.

Día 2 (Marta Sánchez Mora)

Se levantó, mirando a su alrededor, y no había nada ni nadie. Solo alguna telaraña en el techo agonizante, un poco de polvo tras las puertas acumulado. Y, de repente, salió corriendo del edificio, bajando de dos en dos las escaleras, golpeándose contra la soledad acrecentada entre tanto silencio. Bruscamente, paró. Un silbido le iba acompañando a lo lejos. Un silbido dulce, suave, de mitológica sirena. Elíseo seguía sin recordar, pero escuchaba el sonido de la lluvia en los silbidos, la verdad en cada escalón no bajado. Quieto, como de piedra, en aquella soledad impertinente, solo sus piernas dirigían su destino.

Rosario Curiel

Día 3 (Rosario Curiel)

La tarde anterior era un vacío despeñándose por el hilo de sus pocos años: cuarenta. En el Nuevo Cómputo, eso eran unos diez. Unos diez años de los Nuevos Humanos. Él no era consciente de ello, pero nosotros sí. Elíseo era el nuevo Campo de Experimentación. El borrado de su memoria, la soledad de los pasos recorridos en una mañana que se inauguraba en silencio, solo dejaban espacio a una palabra:

NO

Poco a poco, una lejanía letánica se iba imprimiendo en su cerebro:

No a las armas

No a las almas

No a…

No sabía si tenía que ver con el último vídeo de MorTube, la nueva plataforma de Experimentación que se abría paso en ese mundo alternativo de 2018: nunca nadie habría podido asegurar que en su torpe cerebro cupiera una habitación más.

Nosotros sí.

Desde una orden remota activada por manos desconocidas, Elíseo quiso comprar el diario. El diario. Sí. De papel.

Día 4 (Dolores Ordóñez Pérez)

Ignoraba que el papel iba dirigido a personas que presentaban un analfabetismo digital, y únicamente para casos de primera necesidad. Elíseo estaba confuso. A su alrededor: la ciudad, los hombres y la robótica se entremezclaban maquillados de blanco y negro; colores, que bordaban el paisaje decorado de caras serias marcadas por un pliegue en la frente, y por robots que dirigían el ritmo.

Captaron su atención unos ventanales que difuminaban una luz multicolor. En estos se podían elegir los productos deseados y segundos después, motivados por la presencia de una tarjeta, caían en la cesta.

Elíseo, maravillado, se mezclaba entre la gente y tropezó con una alfombra eléctrica. A su lado, algunas personas permanecían en modo estático y otras en movimiento acelerado. Miró hacia el techo pensando que esa era la entrada a otro Mundo, y atrapado entre las redes míticas de la curiosidad esotérica siguió avanzando, guiado por los de la «Generación Y». Creyó que serían soldados y que debería seguirlos. De esta manera, tomó pie en la arteria central subterránea que trasladaba a cada ciudadano a su destino. Sin rumbo fijo y en soledad, su corazón latía por miedo o por emoción, aún no lo sabía.

Día 5 (José Jesús García Rueda)

El diario que antes había querido comprar pasó volando frente a él, impulsado por un viento sin aire. Las páginas revoloteaban a su alrededor, como queriendo dejarse atrapar, y Elíseo alargó un brazo y tomó suavemente entre sus dedos una de las hojas. Estaba en blanco.

Entonces todos paramos. Todos nos detuvimos, alfombra, personas, la arteria entera. Y empezamos a movernos hacia atrás, rebobinándonos en el tiempo. Él no, sólo nosotros, todo lo demás. Hasta que volvimos a dejarlo en su oficina, el lugar donde en el principio había abierto los ojos.

Y se vio a sí mismo dormido… No, dormido no, desplomado sobre una tecla Intro de un ordenador. El ordenador que, como antes, no estaba.

-¿Dónde está? – preguntó.

-¿El qué? – respondimos.

Él comenzó a mirar (a escuchar) en todas direcciones.

-¿Quién habla?

-Tú eres el ordenador.

-¿Cómo?

-El ordenador eres tú.

-¿Quiénes sois?

-Los que vivimos en tus circuitos de memoria, aquellos a los que tus algoritmos dan vida.

Se sentó en el suelo, la espalda contra la pared. Su voz apenas formaba sonidos al hablar.

-¿Qué está pasando?

-Eso es lo que debes descubrir.

Sólo entonces se dio cuenta de que el papel seguía entre sus manos. Una frase había aparecido en él: «EL ORDENADOR EN SUEÑOS».

Día 6 (Ana Vigo)

En el instante en el que Elíseo leyó aquellas palabras, el suelo empezó a temblar, y con él todo a su alrededor. Asustado, quiso huir de nuevo. Con la sacudida, las estanterías habían caído y bloqueado la puerta. Solo le quedaba la ventana como alternativa para salvarse. Era arriesgado, pero más lo era permanecer allí.

Se encaramó al alféizar con el corazón al galope. Era una altura considerable, pero podía hacerlo. Quería vivir, y descubrir el sentido de nuestra revelación, sobre la que apenas había podido reflexionar. Necesitaba entender lo que sucedía, por qué de repente su mundo se había vuelto tan extraño, y sobre todo, recuperar en su memoria los hechos de la tarde anterior.

Respiró hondo un par de veces, y cuando la propia pared a la que se aferraba comenzaba a resquebrajarse, se dio impulso y saltó al vacío.

Día 7 (Ana Boyero)

 Elíseo no se estampó contra el suelo. Con los ojos cerrados, escuchó una voz femenina.

 —Tranquilo, cariño.

 Elíseo abrió los ojos y se encontró suspendido en el aire, en una especie de gravedad cero sobre la que flotaba ligero. Movió las piernas y dio una brazada que hizo que, en las calles, el reguero de ciudadanos y robots se acelerase.

 —Debes encontrar a tu hermana. No nos queda mucho tiempo.

Pero Elíseo estaba demasiado fascinado con su repentina capacidad de volar y no hizo preguntas; ser hijo único tampoco ayudó a que se interesase por la orden. Siguió nadando sobre la ciudad, fantaseando con la posibilidad de cruzar la frontera y, por qué no, ver por fin el mar. Pasados diez minutos, distinguió los famosos tanques de zinc de la Fábrica Nacional de Petróleo. En su interior se cocía una pasta oscura y densa sobre la que creyó ver un par de piernas desnudas de mujer que fueron engullidas entre burbujas pastosas. En ese momento, el volumen del altavoz interno de su cabeza se multiplicó por cinco y un coro de treinta voces gritó al unísono:

— Elíseo, no nos jodas.

 Y Elíseo comenzó a caer, a plomo.

Día 8 (Juanjo Ramírez Mascaró)

Intentó aferrarse a cualquier cosa para frenar su caída, pero sus manos sólo hallaron lo que ya estaba en ellas. El papel azotado por el viento, vibrando como ala de insecto. Cuatro únicas palabras en su superficie: EL ORDENADOR EN SUEÑOS.

El suelo se acercaba. La colisión era inminente. Elíseo no tenía tiempo de pensar, y no lo hizo.

Se limitó a rasgar el folio en dos…

… y al hacerlo, rasgó en dos el mundo entero.

Se rasgó el asfalto de esa calzada con la que estaba a punto de impactar, generando una grieta. Se rasgó en dos cada edificio, cada coche, cada tanque de zinc, cada sombra, puede que cada átomo.

Y sintió cómo él mismo, desde sus profundidades más recónditas, también se desgarraba.

Media décima de segundo más tarde (también las décimas se habían fragmentado) Elíseo notó cómo una mitad del mundo se alejaba de su otra mitad. Noto cómo una parte de él mismo se distanciaba del resto de su ser, ensanchando la grieta. La mitad femenina de Elíseo vio a su mitad masculina perderse en la distancia. En su mano, el trozo de papel rasgado en dos, luciendo dos únicas palabras: EL ORDENA.

Día 9 (Laura Orens)

Su memoria borrada —por aquellos que se definían en plural— también se partió en dos. Así, un fragmento descompuesto de sus recuerdos perdidos, se dibujó de nuevo y prendió en su mente. Apenas una chispa. Un fogonazo de aquello que estuvo enterrado.
Quizás fuera el momento de despertar. Sí. Muy en el fondo sabía que aquello no era una vida, no al menos la que rozó antes del olvido.
Supo que le extirparon el dolor, el sufrimiento que Elíseo creyó insoportable, pero no se lo arrancaron todo. Quienes se definían en plural también podían equivocarse.
Quedó el germen, que no era más que su voz luchando por sobrevivir.
¿Qué fue aquello tan insoportable de lo que quiso liberarse?
Lo que deshumanizó a tantos otros convirtiéndolos en autómatas de lo global, de miradas ajenas.
Elíseo lo supo.
El orden. El orden siempre fue su talón de Aquiles, pensó. Contra el caos, contra las emociones, contra aquella mujer que se llevó parte de él.
Pero ésa, no fue su batalla, sino la de su padre. Quien se arrancó la pérdida, e hizo lo mismo con tantos otros, que, de no recordar, acabarían estampados contra el asfalto.

Día 10 (Miguel Rodríguez)

Sin saber cómo ni por qué, el escenario cambió radicalmente. Sus ojos abiertos se encontraron con una luz blanca cegadora que le obligó a cerrarlos para que sus retinas no se vieran quemadas para siempre. No era el sol ni ningún otro astro, pues su luz no calentaba. Se concentró en su respiración. Notaba algunas gotas de sudor resbalando por su pecho. Algún tipo de tela le cubría desde el estómago a los pies. Estaba tumbado. De repente, todo volvía a ser muy humano. Intentó recordar la tarde anterior. Nada.

Un silbido. Otra vez. No, era un pitido. Intermitente. Elíseo entreabrió los ojos con cuidado. La luz permanecía, pero un poco menos dañina. Intentó mover la cabeza. Notó su cuello muy rígido. Le costaba, aunque no notaba dolor. Consiguió girarla lo justo para percibir que en aquella sala apenas había negrura, aparentemente la nada. Pero sí notó una luz azulada a su costado. La luz de una pantalla.

Proyecto El Ordenador en Sueños. Software preparado. Si desea continuar, ejecute la orden pulsando la tecla INTRO. Si no, presione la tecla CANCELAR.

Elíseo quiso incorporarse. No pudo. Algo retenía su cuello contra la camilla.

Día 11 (Lara Fernández R.)

Intentó alargar el brazo para pulsar la tecla «CANCELAR», le parecía lo más seguro, pero no pudo. Algo metálico también retenía sus muñecas a la camilla y enseguida notó el mismo frío en los tobillos.

Empezó a respirar más y más deprisa, se le aceleró el corazón y entró en pánico, no veía modo de huir de aquél sitio que ni si quiera sabía qué era. Elíseo no lograba entender ni recordar nada. El pitido de fondo fue acelerándose y agudizándose, y el dolor de cabeza empezaba a asomar cuando escuchó una puerta abrirse a sus espaldas.

Una voz femenina le saludó con maldad en el tono

—Ya despertaste, querido. ¿Cómo te encuentras? ¿Puedes recordar ya algo? —dijo mientras una pequeña risa con sorna salía de sus labios color carmín

La mujer se acercó a él, le miró a los ojos, comprobó el estado de sus pupilas y después se dirigió a la pantalla, movió el mueble con ruedas que la sustentaba, Elíseo se percató en ese momento de que éste estaba lleno de cables.

—¿Sabes Elíseo? Quizá tú no sepas nada de nosotros, pero nosotros lo sabemos todo de ti —le iba contando ella mientras colocaba parches de electrodos en el pecho del hombre, que aún tenía expresión de pánico en el rostro y continuaba respirando de manera acelerada.

Día 12 (Paqui Ortega)

—¡Tiene que ser un sueño! —musitó Elíseo con la voz entrecortada.

—Adelante, compruébalo —le animó su interlocutora, que portaba una tarjeta en la solapa de la bata gris con el número 223, mientras pulsaba la tecla INTRO.

En la pantalla azul, colocada a su izquierda, apareció el siguiente mensaje:

EL ORDENADOR EN SUEÑOS SE ACTIVARÁ EN 5 SEGUNDOS.

Elíseo intentó recordar cómo había llegado hasta aquí, qué había sucedido, algo; pero le fue imposible. Solo sentía decenas de electrodos bullir por cada centímetro de su cuerpo.

Transcurridos los cinco segundos, la pantalla mostró imágenes distorsionadas que se iban descomponiendo hasta transformarse en manchas inconexas, menguantes, barridas por un fundido en negro. Mientras tanto, el pitido se acrecentaba más y más. Parecía que le iba a taladrar los tímpanos. Se revolvía en la camilla como una tortuga indefensa.

PROCESO FINALIZADO CON ÉXITO

Anunció la pantalla y el pitido, por fin, cesó.

—Los Nuevos Humanos carecéis de memoria. Tus recuerdos fallidos impiden al software registrar los sueños correctamente. ¡De ahí la pantalla en negro! —bramó 223 con la vena del cuello palpitante.

«Si grito acabaré despertando de esta pesadilla», pensó Elíseo.

—¡Soco…

Cuando intentó rematar su alarido de auxilio, las cuerdas vocales se le congelaron.

—El lenguaje también os esclaviza.

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Día 13 (Juan Manuel Sánchez Moreno)

Desprovisto de memoria y oprimido por el lenguaje, Elíseo, al principio acobardado, se vio en cierto modo redimido de una gran carga, ya que también perdía la moral y la censura, y allí, sobre la camilla, atado de pies y manos, esperó a que 223 se relajara y moviera ficha.

—Ya está, eres libre. Es una manera de decirlo, en realidad estás desenganchado de toda actualización. Cada vez que te reinicies serás incapaz de recordar lo sucedido en la sesión anterior, y eso debido al bloqueo de la retroverbalización. Visualizarás imágenes, pero no sabrás explicarlas, como si fueran cuadros abstractos. Y tu expresión se limitará a «sí» y «no».

—Pero ahora me estás entendiendo, nos estamos comunicando, ¿no es cierto?

—No te confundas, esta conversación no ocurre sino en tu mente. Soy una representación de tus perversiones, por eso voy vestida de enfermera y de vez en cuando dejo entrever mis senos. Por eso mismo se han dilatado tus pupilas y estás tan excitado. ¿Entiendes?

—Sí.

Decididamente, Elíseo había navegado por el lado más siniestro de la red, del que no conservaría más que una huella primaria, instintiva. Sin el menor pudor y sin palabras, dejó que 223 se despojara del uniforme y se soltara el cabello.

—¡Sí, sí, sí…!

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Female_nude_portrait.jpg

Día 14 (Jordi Rosiñol)

Al ver completamente desnuda a 223, se felicitó a si mismo por el buen gusto que siempre había tenido a la hora de imaginar envoltorios de piel femenina, y pensó que después de tan incomprensible y angustioso trajín futurista, se merecía aprovechar las circunstancias que se le iban descubriendo para relajarse entre los brazos de 223.

La fue observando detenidamente, el tiempo estaría detenido mientras él quisiera, y la prisa delante de semejante diosa no existía. A través de los ojos ardientes sostenía la mirada en el abundante cabello cayendo ensortijado sobre la desnudez de unos hombros perfectos, desnudos y mullidos. El cuerpo despojado de ropa de Eliseo temblaba de calor, se humedecía perlado de sudor bajo la lujuriosa y dominante mirada de 223, la piel abrazaba débil sus carnes, su respiración acelerada le mareaba, y bajo su vientre cosquilleaba sensual de gusto. Una medio sonrisa dibujaba la comisura de los carnosos labios de ella, un gesto libidinoso le hacía controlar la situación, él la había vestido humana, por 223 le iba hacer sentir lo que nunca, ni él mismo había conseguido en sus más locas noches de pasión a solas con su imaginación. Picara, 223 apartó un mechón de pelo que tapaba la oscura y gran aureola presidida por un pezón turgente sobre el pecho desafiante a la ley de la gravedad, él seguía paralizado cuando ella le cogió la mano y la acercó despacio, lentamente la atrajo hacia su seno, y a pocos milímetros, sintiendo ya el fuego que desprendía, suavemente le freno, no había contacto físico, pero aun así comenzaba a sentir un placer como nunca le sucedió antes del despertar en la nueva dimensión.

Description English: Portal Math Banner Background from Georgian Wikipedia Date 16 January 2014, 16:08:55 Source https://ka.wikipedia.org/wiki/File:Portal_Math_Banner_ka.png Author User:Alsandro

Día 15 (Estibaliz Burgaleta)

—¿Una enfermera pícara de pechos turgentes, Elíseo?, ¿en serio? Si llego a saber que tenías una imaginación tan anodina elijo a otro sujeto. Esperaba más de los Nuevos Humanos, la verdad.

Elíseo, hecho un lío, comprobó si seguía maniatado: pues sí. Pero frente a él ya no estaba la enfermera sexy, sino una mujer de más de sesenta años, en absoluto turgente y que le recordaba a alguien, aunque no acababa de saber quién. Elíseo se sentía mareado, confuso y además le dolían los huevos después del calentón. No entendía nada.

—No entiendo nada —dijo, lógicamente.

La anciana suspiró. Ella tampoco parecía muy feliz. Entonces cayó en la cuenta. Esa expresión de hastío y profunda decepción de ella hizo saltar un clic en su interior:

—¡Coño! La señorita Inmaculada.

—Al menos me has reconocido —dijo ella.

Ni Nuevos Humanos ni ordenadores de sueños, esto era una pesadilla. Sin más. ¿Por qué si no iba a soñar con la profesora de matemáticas que tuvo en primero de Bachillerato en Salesianos?

—¡Cancelar! ¡Cancelar! ¡Cancelar! —gritó Elíseo con desesperación.

14_Tamara_de_Campos_Hospital_San_Juan_Jerusalen_Museo_lou Description Español: Támara de Campos (Palencia, España). Sede del Ayuntamiento en el edificio románico que fue la iglesia de la Orden de San Juan de Jerusalén. Estancia dedicada a museo etnográfico. Pupitres de la antigua escuela. Date 10 August 2014, 12:44:39 Source Own work Author Lourdes Cardenal

Día 16 (Marina Ezama Botas)

La escena pareció desdibujarse para comenzar a tomar la forma de una clase de escuela. De la escuela de los Salesianos que recordaba a la perfección, un lugar en el que prefería no pensar pues en él se guardaban sus más profundos miedos, esos demonios privados que Elíseo tanto se había esforzado por enterrar y encerrar bajo siete candados.

Poco a poco, para terror de Elíseo, la escena a su alrededor se volvía más y más nítida y familiar y los recuerdos por tanto tiempo reprimidos comienzan a desarrollarse, como si de una obra teatral se tratase, delante del encadenado e impotente espectador, observó como su versión más joven se dejaba arrastrar por el mar negro de las emociones reprimidas y como las invisibles puñaladas que eran los comentarios hirientes comenzaban aquella macabra danza que le horrorizaba y fascinaba a partes iguales.

Quería gritar, instarle a su otro yo a luchar y a reaccionar, a levantarse contra los demonios de los sueños que convertían su vida en aquel peculiar infierno. Pero fue entonces cuando la figura dejó de mirar al escenario y se giró, echando a andar hacia Elíseo al tiempo que sonreía burlón y murmuraba:

—Recuerda.

Día 17 (Eduardo S. Aznar)

Lo había dicho 223: los Nuevos Humanos carecéis de memoria. Sin embargo, Elíseo RECORDABA haber escuchado esa frase. ¿Un fallo de sistema? ¿Un bucle de protección roto? ¿O una oportunidad? ¿Quizá la única oportunidad?

Cerró los ojos con fuerza hasta que todo se apagó. Los párpados le dolían mientras trataba de incendiar de luces su oscuridad, sumando imágenes una tras otra. Las mesas del colegio de los Salesianos, los pechos turgentes de 223, la ciudad a vista de pájaro, retazos de su sueño y aquella forma sin nombre pero con tacto sólido: el diario de papel que aún quería leer. Una tormenta de flashes parpadeaba locamente en su pantalla interior hasta colapsarla. Pero cuanto más recordaba, más se suavizaba su respiración, más se aflojaban sus ligaduras metálicas y una sonrisa se abría cada vez más en su rostro.

Hasta que, de pronto, en su frente se aclaró el nombre del periódico, dónde y, sobre todo, por qué encontrarlo. Sin ataduras ni peso que lo retuvieran, Elíseo se levantó de la camilla, dio dos pasos y alcanzó el umbral de la habitación. Clavadas al suelo, la señorita Inmaculada gritaba con aspereza, 223 mostraba sus pechos turgentes y una silueta pixelada con millones de puntos grises tecleaba con furia frente a un monitor.

Mas todo en vano. Elíseo salió de la estancia y cerró la puerta por fuera.

Día 18 (Jacobo Feijóo)  

Su dedo pulsó el punto. Quizá el final, quizá el punto y aparte.

—Vaya volada llevas, hermano —le espetó un colega rastafari que estaba tirado en el sofá sacando humo de un cigarrillo de extraño olor.

Elíseo se quedó mirando la pantalla. Eso de hacer una novela caleidoscópica como las de Italo Calvino se le estaba yendo de las manos. Su cerebro procesaba a velocidad de resacoso y lo único que pudo hacer fue rascarse el culo. —Y encima no has dejado ni un trago de vodka negro— añadió una choni desde el cuarto del fondo, acompañada por una risa de sonido tabernario de dios sabe quién.

Elíseo (cuyo verdadero nombre era Ignacio, pues Elíseo era su nick) miró de nuevo la yema de su dedo, la del punto. Dirigió ese dedo hasta la ventana del navegador que tenía el Twitter abierto y escribió: «Dios es un concepto de bar que mora en todos nosotros». No había terminado de escribirlo cuando ya alguien le estaba llamando fascista, otro le invitaba a unirse a su secta y un tercero amenazaba con denunciarlo.

—Los autores en calzoncillos sois escojonantes —interrumpió al fondo la voz de risa tabernaria justo cuando empezaba una canción de Los Pitufos Makineros.

Elíseo apuró lo que quedaba de vodka negro y le dio el último beso a su petardo de marihuana. —Joder —pensó—. La que voy a liar ahora pulsando de nuevo el INTRO…

By Tamorlan - Photo taken by Tamorlan, CC BY-SA 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2004388

Día 19 (Patricia Martín Rivas)

Volvieron los silbidos. Los silbidos. Los silbidos acusadores de la infancia son los cuchillos invisibles del presente. Los silbidos en la escuela.

[Onomatopeya de un silbido.]

Te silbaban por ser diferente, Elíseo. Por eso ahora estás maniatado. Por eso tu calvicie, estéril y aceitosa. Por eso los panes multiplicados que rodean tu cintura.

[Onomatopeya de todos los silbidos, simultánea, dolorosamente.]

223 miraba con satisfacción resbaladiza los recuerdos hirientes de Elíseo. Sabía que, para los Nuevos Humanos, recordar enladrillaba el camino hacia la sanación. 

—No recuerdes, Elíseo. Olvídame. Olvida los indomables fueguitos de los silbidos.

Elíseo se obcecaba pretéritamente, obsesionado con los silbidos, inmovilizado por 223, /silbidos/, ciego, /silbidos/; y se retorcía en la camilla.

—Date cuenta, querido, de que el pasado está solidificando tu presente. 

Y entonces los silbidos se agudizaron y se convirtieron en zinc, en tanques de zinc, y 223 carcajeó con malicia, en una risa que se hacía eco entre los silbidos. 

—Hasta que no te desprendas de tu pasado, no podrás pasar a la categoría de Nuevo Humano, Elíseo. Borrarte la memoria de poco sirve, pues tu cerebro la recupera. Has vuelto a esta aula como si nada. ¿No te das cuenta?

—¿Y qué puedo hacer?

—Resucitar.

Día 20 (Sara Levesque)

—¿Cómo resucito si no estoy muerto?

—Estás muerto en vida. ¿No lo ves? —Elíseo, cada vez más confuso, observaba a 223—. Esas cadenas te las has acomodado tú sólito. Solo tú posees el valor de abrirlas y liberarte. Pero, por lo que acabo de ver, solo tienes huevos para hincharlos pensando en mis tetas. ¿Me equivoco?

223 se acercó mutando hasta Elíseo. Daba un paso disfrazada de enfermera sexy y, a la siguiente pisada, era su antigua profesora.

Elíseo palideció, no sin sentir una breve punzada de excitación por debajo de la cintura al pensar de nuevo en aquellos pechos repletos de sabores. Abrió la boca, pero su intangible voz le traicionó. No así su expresión.

—¿Quieres respuestas, pequeño? —223 hablaba con una golosa sonrisa satánica mientras le acariciaba la frente.

Elíseo afirmó con la mirada. Al mismo tiempo, asombrado, frunció el ceño al sentir la piel tan avinagrada de 223, de tacto desigual, como si le palpara con papel de lija.

—Esos grilletes son tu pasado. Tú mismo has permitido que te amarren, aferrándote al ayer porque te asusta lo que está por llegar. Por eso creas mundos diferentes. Por eso eres un autor mediocre. Por eso añades eslabones a tu esclavitud con cada tecla que aprietas.

Los ojos de Elíseo intentaban adentrarse en los de 223. Saltaban del derecho al izquierdo y vuelta a derecho, con movimientos cada vez más desesperados. Sentía como si hubiera una barrera entre ellos. No conseguía profundizar en su mirar.

—Dime ahora —223 pegó su tajante nariz a la del muchacho—, ¿para qué tienes huevos?

Día 21 (Alberto Blanco Rubio)

Elíseo se quedó mirando a 223 sin saber qué palabras debía utilizar. Tal vez fuese verdad que nunca había tenido valor para enfrentarse a sus propios miedos. Siempre había jugado a cobijarse entre líneas de tinta sin puntos, pero con muchas comas.

—¿No vas a decir nada, Elíseo? —223 observaba a su interlocutor con el gesto fruncido y un extraño brillo en sus ojos.

—Me vas a perdonar, 223, pero ya que dices que soy un escritor mediocre, tú también deberías mirar en tu interior y aceptar, de una vez, que no eres más que la luz de la imaginación de un genio. Jamás tendrás una forma definida más allá de los libros. —Elíseo hizo una pausa antes de continuar hablando. Poco a poco, comenzaba a recuperar el orgullo que había perdido unos minutos antes—. Y no trates de engañarme con tus disfraces. Tus caricias son los susurros de las hojas al unirse y tu corazón solo entiende de renglones abstractos.

223 guardó silencio. No se esperaba aquella respuesta por parte de Elíseo. El joven puso el capuchón a su bolígrafo, no sin antes haber escrito un punto sobre el papel. Después, dejó que la noche le atrapase en la página 223 de aquella misteriosa obra sobre la vida y la muerte.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Continuará…

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El Relato Caleidoscópico de Rubén Almarza

Una semana más tenemos aquí nuestro Relato Caleidoscópico. El encargado de la última entrega del año es Rubén Almarza. Esta entrada como viene siendo tradición desde el primer día la podéis comentar con el hashtag #RCaleidoscópico31 tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Tras los enlaces a las entradas anteriores, como es rigor, os dejo con Rubén Almarza.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Día 28 (Luisa Gil)

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Elíseo salió de la cinta transportadora, abrió la puerta y encontró al otro lado una sala con aspecto de fábrica que olía de una forma peculiar. El aire tenía restos de algún tipo de gas. Siguió las instrucciones que había recibido en la entrada y caminó entre cabinas transparentes, donde había congéneres suyos, hasta la que le correspondía a él. Entró y cerró la mampara. Aquello era como una jaula translúcida, un ataúd de cristal. Al instante, empezó a emanar desde el techo un gas que provocó una especie de niebla que le irritó los ojos y la garganta. Era la desinfección anunciada, un paso más, un trámite más en su proceso de transformación. Y por un instante, tuvo la sensación de ser un gusano de seda metamorfoseándose en mariposa. La única diferencia era que a Elíseo jamás le saldrían alas para volar.

La desinfección borró de nuevo su memoria aunque poco había ya por borrar. Era un desierto de recuerdos. El gas dejó de fluir y se encendió en alguna parte una luz verde que le indicó que ya podía abrir la cabina. Se sintió renovado. Ya era un nuevo humano preparado para vestir el uniforme caqui.

Día 30 (Ana Ortega Gil)

-¿Has visto eso, Alene? ¡Este sujeto aprende por descubrimiento y no por imitación! ¿Será además capaz de controlar a otras especies?

-Es la primera vez que veo algo así, Mayda. Podríamos provocar distintos encuentros para explorar esta faceta del Nuevo Humano.

Estar en mar abierto podría ser una oportunidad si Elíseo tuviera algún control sobre el rumbo. Una bandada de albatros se acomodó en la goleta entorno a la ventana. 

-¿Te importa llevarnos un rato? Vamos con retraso hacia el sur y así ahorramos energía. 

Elíseo se sorprendió otra vez con lo que desconocía que sabía y comenzó a graznar fluidamente. Recopiló información sobre la dirección que llevaba la bandada y por extensión, el barco. Les pidió que inspeccionaran la cubierta en busca de indicios de la sala de máquinas. Pero no tuvieron éxito y la bandada, sin más que ofrecer, alzó de nuevo el vuelo.

Según se disipaba la emoción del encuentro, Elíseo se deslizaba hasta quedar sentado en el suelo, desorientado. Ruidos. Los mismos pasos que había escuchado en la habitación blanca. Y todo, acompañado de voces, todas suyas. 

-¿Para cuándo insonorizaran las salas? Es algo crítico, Alene. ¡La interferencia con el sujeto podría anular el estudio!

Astronomers have discovered a possible magnetar that emitted 40 visible-light flashes before disappearing again. Magnetars are young neutron stars with an ultra-strong magnetic field a billion times stronger than that of the Earth. The twisting of magnetic field lines in magnetars give rise to ”starquakes”, which will eventually lead to an intense soft gamma-ray burst. In the case of the SWIFT source, the optical flares that reached the Earth were probably due to ions ripped out from the surface of the magnetar and gyrating around the field lines.

Día 31 (Rubén Almarza)

Pasó un periodo extenso de tiempo en el que el silencio lo inundó todo. La nada que acompañaba a Elíseo era asfixiante, y no otorgaba un instante de descanso al atormentado escritor. Por mucho que intentaba contactar con algo fuera de la sala, nada ni nadie respondía a su llamada.

Los minutos se sucedieron, y con ellos las horas. La calma pasó a convertirse en desasosiego, tan cortante como una navaja afilada. En un instante de pareidolia mental, pudo visualizar en la oscuridad que le envolvía figuras de luces y de colores que tintineaban y que bailaban.

Por sorpresa, a su cabeza vino un pensamiento que, lejos de aliviar su desasosiego, le provocó más incertidumbre de la que ya albergaba.

Una mujer mayor, con el pelo a la altura de la cintura, le daba la espalda y temblaba, nerviosa.

«Mi madre».

Pero, en el momento en el que formuló para sí mismo aquellas dos palabras, la anciana se desvaneció y, en su lugar, surgió un rostro conocido. Era 223.

-Pensé que ya me había deshecho de ti – Dijo Elíseo con una voz metálica que no fue capaz de reconocer.

-¿Lo has olvidado? Soy producto de tu cabeza. Como todo lo que nos rodea.

Y desapareció. Pero Elíseo lo comprendió al fin, y la lección que su mente le reveló fue suficiente para armarse de valor para lo que estaba por llegar.

A su mano había vuelto el bolígrafo.

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El Relato Caleidoscópico de Ana Ortega Gil

Una semana más tenemos aquí nuestro Relato Caleidoscópico esta vez la encargada de guiar a Elíseo es Ana Ortega Gil, y como viene siendo tradición desde el primer día el hashtag de esta entrada será #RCaleidoscópico31 que lo podéis usar tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Tras los enlaces a las entradas anteriores, como es rigor, os dejo con la propuesta de Ana Ortega Gil.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Elíseo salió de la cinta transportadora, abrió la puerta y encontró al otro lado una sala con aspecto de fábrica que olía de una forma peculiar. El aire tenía restos de algún tipo de gas. Siguió las instrucciones que había recibido en la entrada y caminó entre cabinas transparentes, donde había congéneres suyos, hasta la que le correspondía a él. Entró y cerró la mampara. Aquello era como una jaula translúcida, un ataúd de cristal. Al instante, empezó a emanar desde el techo un gas que provocó una especie de niebla que le irritó los ojos y la garganta. Era la desinfección anunciada, un paso más, un trámite más en su proceso de transformación. Y por un instante, tuvo la sensación de ser un gusano de seda metamorfoseándose en mariposa. La única diferencia era que a Elíseo jamás le saldrían alas para volar.

La desinfección borró de nuevo su memoria aunque poco había ya por borrar. Era un desierto de recuerdos. El gas dejó de fluir y se encendió en alguna parte una luz verde que le indicó que ya podía abrir la cabina. Se sintió renovado. Ya era un nuevo humano preparado para vestir el uniforme caqui.

Description 	Albatros d'amsterdam
Date 	2005
Source 	Own work
Author 	Vincent Legendre

Día 30 (Ana Ortega Gil)

-¿Has visto eso, Alene? ¡Este sujeto aprende por descubrimiento y no por imitación! ¿Será además capaz de controlar a otras especies?

-Es la primera vez que veo algo así, Mayda. Podríamos provocar distintos encuentros para explorar esta faceta del Nuevo Humano.

Estar en mar abierto podría ser una oportunidad si Elíseo tuviera algún control sobre el rumbo. Una bandada de albatros se acomodó en la goleta entorno a la ventana. 

-¿Te importa llevarnos un rato? Vamos con retraso hacia el sur y así ahorramos energía. 

Elíseo se sorprendió otra vez con lo que desconocía que sabía y comenzó a graznar fluidamente. Recopiló información sobre la dirección que llevaba la bandada y por extensión, el barco. Les pidió que inspeccionaran la cubierta en busca de indicios de la sala de máquinas. Pero no tuvieron éxito y la bandada, sin más que ofrecer, alzó de nuevo el vuelo.

Según se disipaba la emoción del encuentro, Elíseo se deslizaba hasta quedar sentado en el suelo, desorientado. Ruidos. Los mismos pasos que había escuchado en la habitación blanca. Y todo, acompañado de voces, todas suyas. 

-¿Para cuándo insonorizaran las salas? Es algo crítico, Alene. ¡La interferencia con el sujeto podría anular el estudio!

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El Relato Caleidoscópico de Josep Salvia Vidal

Esta semana el encargado de El Relato Caleidoscópico es nuestro bardo Josep Salvia Vidal. Esta semana usaremos #RCaleidoscópico29 como hashtag para comentar esta entrada, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Y tras los enlaces a las entradas anteriores doy paso a la nueva peripecia de Elíseo de la mano de Josep Salvia Vidal.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

Description 	Mariposa en vaso 1
Date 	6 September 2012, 14:38
Source 	Mariposa en vaso 1
Author 	David Santaolalla from León, spain

This image was originally posted to Flickr by Cebolledo at https://flickr.com/photos/83413162@N00/7944517892. It was reviewed on 11 June 2017 by FlickreviewR and was confirmed to be licensed under the terms of the cc-by-2.0.

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Elíseo salió de la cinta transportadora, abrió la puerta y encontró al otro lado una sala con aspecto de fábrica que olía de una forma peculiar. El aire tenía restos de algún tipo de gas. Siguió las instrucciones que había recibido en la entrada y caminó entre cabinas transparentes, donde había congéneres suyos, hasta la que le correspondía a él. Entró y cerró la mampara. Aquello era como una jaula translúcida, un ataúd de cristal. Al instante, empezó a emanar desde el techo un gas que provocó una especie de niebla que le irritó los ojos y la garganta. Era la desinfección anunciada, un paso más, un trámite más en su proceso de transformación. Y por un instante, tuvo la sensación de ser un gusano de seda metamorfoseándose en mariposa. La única diferencia era que a Elíseo jamás le saldrían alas para volar.

La desinfección borró de nuevo su memoria aunque poco había ya por borrar. Era un desierto de recuerdos. El gas dejó de fluir y se encendió en alguna parte una luz verde que le indicó que ya podía abrir la cabina. Se sintió renovado. Ya era un nuevo humano preparado para vestir el uniforme caqui.

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El Relato Caleidoscópico de Luisa Gil

Empezamos noviembre con una nueva entrega de el Relato Caleidoscópico, esta vez de la mano de Luisa Gil. El hashtag para comentar esta entrada es #RCaleidoscópico28, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Y sin más preámbulos os dejo con la historia, de la que dejado solo el enlace de todas menos las dos anteriores , para que no se alargue en exceso la historia y en breve tendremos una sorpresa, pero mientras tanto disfrutar de la nueva vuelta de Caleidoscopio de Luisa Gil.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

This image was originally posted to Flickr by XoMEoX at https://flickr.com/photos/110925305@N06/36237554782. It was reviewed on 29 October 2017 by FlickreviewR and was confirmed to be licensed under the terms of the cc-by-2.0.

Día 28 (Luisa Gil)

Se oye una Sirena

⸺ATENCIÓN FIN DEL SIMULACRO

⸺REPITO FIN DEL SIMULACRO

⸺Cesa la Sirena

⸺PROCEDAN A DESCONECTARSE DE LA PLATAFORMA

⸺Soy el supervisor número 223. Sigan las instrucciones.

⸺Nuevos Humanos con uniforme caqui, retomen sus actividades.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos, vistan los uniformes amarillos que encontrarán al lado del puesto de conexión y diríjanse a la arteria de movilidad número 4.

⸺Aspirantes a Nuevos Humanos etiquetados con DOP F/SU NO, vistan los uniformes rojos, aseguren el cable a la barandilla de la cinta transportadora y colóquense en la zona marcada en rojo.

Elíseo abrió los ojos, se sentó en la camilla y siguió las instrucciones de manera mecánica. Una etiqueta roja luminosa se mostraba intermitentemente en su display:

DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH DOP F/SU NO HHHHHHHHHHH

Se vistió con el uniforme rojo, aseguró el cable en la barra metálica y, sin tener aún muy claro lo que implicaba, se situó en la zona marcada en rojo. La cinta comenzó a moverse llevando a Elíseo por un pasillo cubierto de plástico hasta situarle ante una puerta sobre la cual había un cartel en el que se podía leer:

PELIGRO

ZONA DE DESINFECCIÓN

BORRADO DE MEMORIA

NO PASAR SIN AUTORIZACIÓN

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El Relato Caleidoscópico de Rosa María Mateos

Esta semana volvemos con una nueva participación en el Relato Caleidoscópico, esta vez la encargada de narrar la historia de Elíseo es Rosa María Mateos. Como es costumbre el hashtag para comentar la entrada es #RCaleidoscópico27, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

Como os comentaba hace dos semanas para no alargar en exceso la entrada voy a ir dejando solo parte de los textos anteriores, quedando el resto accesibles desde los enlaces correspondientes.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=321066

Día 27 (Rosa María Mateos)

Cuando despertó, el reflujo de las olas traía de nuevo el olor -picante e intenso- del aliento de los leones marinos. Supo así que estaba en la barriga de un barco perdido entre la banquisa. Comprendió también que la sirena sonó para avisar del vuelco de la nave hacia estribor, cuando todo se volvió horizontal. De esta forma pudo Elíseo acercarse a la claraboya y romper el cristal de la oscuridad, para asomar la cabeza y sentir el golpe de frío. Absorto contempló cómo se cuarteaban los icebergs, estallando con truenos de hielo. A pesar de no tener recuerdos, jamás imaginó que pudiera ver algo tan bello.

El desierto blanco.

En el silencio eterno de la mañana se acercaron las ballenas jorobadas a merodear por la proa. Gigantes, soberbias, nadando en círculos. Elíseo les hizo señas para que se acercaran. Fue así como se dio cuenta que sabía cantar en la misma frecuencia que los cetáceos, entre los 15 y los 25 hercios, y pudo narrarles su desconsuelo. Las jorobadas arrastraron el barco a mar abierto, para evitar que la presión del hielo hiciera volar la goleta por los aires.

Le estaban regalando un futuro.

Elíseo no fue programado para el agradecimiento, pero quiso cantarles una despedida; algo así como un blues melancólico que hizo llorar a las colosas del mar.

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El Relato Caleidoscópico de Adolfo Pascual

Aunque la semana pasada os anuncié que esta semana tendríamos una nueva entrevista en La Buhardilla de Tierra Trivium hemos tenido que hacer un cambio de planes y esta semana Adolfo Pascual Mendoza es el encargado de continuar la historia de Elíseo. Esta semana el hashtag para comentar la entrada es #RCaleidoscópico26, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

A partir de esta semana empezaré a conservar solo los enlaces de los textos anteriores para no alargar innecesariamente la entrada, así que sin más preámbulos os dejo con el Relato Caleidoscópico.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.

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Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

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El Relato Caleidoscópico de Haizea M. Zubieta

Esta semana la encargada de continuar el Relato Caleidoscópico es Haizea M. Zubieta autora de la novela Infinitas. Antes de dar paso a su vuelta del caleidoscopio os recuerdo que el hashtag para comentar la entrada de hoy en #RCaleidoscópico25, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.

Día 23 (Eva Palomares)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Pero él no había abierto la boca para proferir ningún sonido. Los gritos provenían de todas direcciones. Múltiples gargantas de Elíseos invisibles se colaban en su tímpano a través de los muros que delimitaban aquella habitación.

¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra? Rápidamente, los ojos de Elíseo recorrieron la estancia en busca de una salida. No la halló. No existía.

Estaba emparedado en aquella habitación. La única pista que podría sacarle de allí pendía de su mano agarrotada. Y estaba tan exaltado que no se dio cuenta de cómo el sudor le corría por la muñeca, humedeciendo el trazo de bolígrafo que, hasta ese momento y, sin que él lo supiera, era su «as en la manga».

Se apoyó en las paredes y escuchó. Ruidos, alguien caminaba. Oía su propia voz al otro lado.

Elíseo se dio cuenta de que estaba en una ratonera de alguna mente psicótica. Allí había otros Elíseos repartidos en dios sabe cuantas habitaciones iguales a la suya.

Se acercó a una de las paredes y la tocó. La pintura rugosa revelaba algo escrito.

Fijó la vista. Un código igual al que se aferraba su mano. Otro, otro, otro más… Aquellos muros estaban repletos de códigos.

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.


La semana que viene habrá una nueva entrada de La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo de la mano de un nuevo autor.

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El Relato Caleidoscópico de Joan Roure

Tras este parón veraniego el encargado de narrar las desventuras de Elíseo es Joan Roure. Os recuerdo que la historia continúa desde el primer punto intermedio, siendo el hashtag para comentar la entrada de hoy en #RCaleidoscópico24, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.

Día 23 (Eva Palomares)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Pero él no había abierto la boca para proferir ningún sonido. Los gritos provenían de todas direcciones. Múltiples gargantas de Elíseos invisibles se colaban en su tímpano a través de los muros que delimitaban aquella habitación.

¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra? Rápidamente, los ojos de Elíseo recorrieron la estancia en busca de una salida. No la halló. No existía.

Estaba emparedado en aquella habitación. La única pista que podría sacarle de allí pendía de su mano agarrotada. Y estaba tan exaltado que no se dio cuenta de cómo el sudor le corría por la muñeca, humedeciendo el trazo de bolígrafo que, hasta ese momento y, sin que él lo supiera, era su «as en la manga».

Se apoyó en las paredes y escuchó. Ruidos, alguien caminaba. Oía su propia voz al otro lado.

Elíseo se dio cuenta de que estaba en una ratonera de alguna mente psicótica. Allí había otros Elíseos repartidos en dios sabe cuantas habitaciones iguales a la suya.

Se acercó a una de las paredes y la tocó. La pintura rugosa revelaba algo escrito.

Fijó la vista. Un código igual al que se aferraba su mano. Otro, otro, otro más… Aquellos muros estaban repletos de códigos.

By Elberth 00001939 - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12206035

Día 24 (Joan Roure)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código. 

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente. 


La semana que viene como es tradición retomamos La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo.