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37º Latitud Norte: Los tiburones nadan en círculo

Esta semana Rosa María Mateos nos trae un relato muy negro en el que nada es lo que parece o si.

Los tiburones nadan en círculo

Fotografía: ©Arash Ashkar

El comisario Bermúdez atrapó por fin a un pez de los grandes: el mayor narcotraficante del país había sido encontrado con un tiro en la sien junto al cuerpo, también sin vida, de una muchacha de vida galante. El hielo de los vasos de whisky aún no se había derretido cuando la policía derribó la puerta de la habitación, para encontrarles semidesnudos y abrazados como un par de adolescentes en su primera cita. Él llevaba un lazo de raso blanco en la muñeca, con varios nudos a modo de recordatorio, y ella calcetines rojos de lana gruesa subidos hasta las rodillas. Las pruebas del escenario confirmaron que aún estaban en los preliminares cuando recibieron el disparo mortal.

—Una bala por cabeza, limpia y certera —informó el comisario.

La señora Valici, una huésped con insomnio y acostumbrada a hurgar en las vidas ajenas, pudo ver al asesino en su huida por las escaleras, con la pistola caliente aún en la mano. Solo le vio de espaldas, pero en su declaración afirmó que se trataba de un joven blanco de unos 30 años, alto y moreno, correctamente vestido y con un delicado tatuaje en el brazo derecho: un trébol verde de cuatro hojas. El asesino escapó por la salida de incendios, abriendo la puerta sin dilación hacia dentro, como Pedro por su casa. Dejó una estela de perfume varonil, de los caros, puntualizó la señora.

La reconocida escritora Emilia Valici salió de la comisaría a la hora del vermut. Se había demorado corrigiendo las faltas de ortografía de su declaración. Tenía una cita para comer y aún debía pasar por el hotel para cambiarse de zapatos. Los tacones altos siempre dan una mayor prestancia para hablar con los periodistas.

Los libros de la Valici son objetos de culto en las universidades internacionales, por su precisa documentación histórica y su depurado estilo literario. Para ella, la vida es una constante oposición a cátedra y no deja un resquicio a la improvisación. Mientras sube la calle de Alcalá recuerda las amenazas recibidas por su último libro, donde califica de alcohólicos a los nórdicos y de vagos a los mediterráneos. Breves mensajes electrónicos intimidatorios que acaba por tirar a la papelera. Es el precio que ha de pagar por su erudición.

El periodista es mucho más joven de lo que esperaba. Le sorprende su traje impecable y los finos modales. Esperaba a uno de esos desaliñados con ínfulas de escritor que suelen enviar las editoriales; petulantes snobs que no acentúan las palabras esdrújulas y utilizan una retahíla de anglicismos para hablar de la tortilla de patatas. Hay algo en él que le resulta familiar, piensa la escritora. Ella le advierte que trae todas las respuestas por escrito y que no tolerará que le cambie una sola coma. El joven sonríe y asiente, levantando el brazo para pedir la carta.

—Invita la editorial —le recuerda con un guiño a la escritora.

Es entonces cuando ella ve el tatuaje bajo la manga y reconoce su perfume.

El comisario Bermúdez no cree en las casualidades. No es tan tonto como para aceptar que su única testigo haya muerto de manera accidental. Sabe que los tiburones de la ciudad están al acecho; nadan en círculos por el asfalto. El taxista jura y perjura que la señora se le tiró bajo el coche. Hay decenas de testigos que lo confirman. Los clientes del restaurante la vieron salir a la carrera, tropezando con las sillas y cojeando.

—Se lanzó a la calle sin mirar, justo en el momento que el semáforo se ponía en verde para los coches —asevera un grupo de estudiantes.

El joven periodista declara que el encuentro se estaba desarrollando con normalidad, dentro de las peculiaridades de la señora.

—Cuando alcé la mano para llamar al camarero, la señora Valici se levantó de un salto y corrió disparada hacia la salida. A la altura de la barra se le rompió un tacón.

Tras agotar todas las preguntas, el comisario deja al joven periodista a solas con la perito. Por ahora, es el único sospechoso.

—Todos los jóvenes lleváis la misma colonia, ¿la nueva de Armani? —le pregunta la experta.

—Sí, un regalo. Ayer fue mi cumpleaños —responde el periodista.

—Mis hijos también la llevan. ¿Quieres un café? Mucho me temo que la noche será larga.

Cuando el joven estira el brazo para agarrar la taza, nota algo colgando de la manga de la camisa. Es una de las pegatinas con las que jugaba esta mañana su sobrina: una imagen infantil de la Hello Kitty envuelta en un precioso trébol verde.

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37º Latitud Norte: Ronda de Muertos

En este fin de semana marcado por la celebraciones de Todos los Santos, María Mateos en su sección 37º Latitud Norte nos trae desde México su relato Ronda de Muertos.

Ronda de Muertos

© Fotografía: National Geographic

Doña Lola es una mujer alta, lozana y guapetona de nacimiento. Tiene planta de actriz de los años cuarenta y los hombres le silban a su paso por ese caminar ceremonioso que lleva a ritmo de sandunga. Peca la señora de mucho carácter y dice las cosas como le vienen, sin un ápice de diplomacia. Fuma cigarrillos de tabaco negro sin filtro y se queja de un dolor punzante en el pecho que atribuye al libertinaje de los nervios. Va siempre bien peripuesta, con ropa de moda ajustada y zapatos de medio tacón. En los aderezos abusa de los dorados y las lentejuelas y lleva el pelo recogido en un moño bajo adornado con flores de tamarindo.

Novios y enamorados nunca le han faltado porque doña Lola es una hembra de armas tomar. El pobre Don Agustín la estuvo cortejando durante casi una década sin resultado alguno. Día tras día se pasaba a rondarla con un ramillete de jazmines y tallaba para ella cajitas de madera donde le decía, guardaba su corazón. Doña Lola no sucumbió a las atenciones de su pretendiente, que fueron muchas, y el pobre enamorado fue apagando día a día su fuego de galán hasta que se marchó de la ciudad. Cuentan que vaga como un espíritu triste por Aguascalientes, vendiendo pequeñas cajas de madera a los turistas reumáticos que van a tomar las aguas.

Doña Lola vive en la casita de los aguacates, la única del vecindario que no sufrió un solo desperfecto durante el terremoto de 1985. Los cimientos estaban construidos con los mástiles de una goleta inglesa, hundida frente a las costas de Veracruz, y las ondas sísmicas movieron los cimientos de la misma manera que un barco navega sobre las olas. Pero la semana pasada, la señora salió a fisgonear un casamiento en el Santuario de la Virgen de los Remedios; le gustaba arreglarse para ceremonias a las que no había sido invitada. Las cúpulas se desplomaron con la nueva sacudida sísmica en el momento justo que la cotilla se ajustaba las medias en la puerta de la iglesia.

La sobrinada le ha levantado un altarcito en el Día de los Muertos, con platos de frijoles de olla, tamales de cordero y el tradicional pan dulce de anís con canela. Don Agustín llegó del norte con una botella de tequila añejo y el repertorio completo de Juan Gabriel, para bailar soñando un agarradito con la muerta. El viejo había labrado para su amada todas las flores del trópico en un baúl de madera de sándalo, para que pueda guardar desde el otro mundo el tabaco de liar y las numerosas cartas que tiene pensado escribirle.

Desde el más allá, la mexicana decide que ha llegado el momento de corresponder a su amartelado artesano.

Ahora será ella quien irá a rondarle durante la noche.


Por Rosa María Mateos

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37º Latitud Norte: El zapatero de Nureyev

Vuelve a acompañarnos un domingo más Rosa María Mateos con su sección 37º Latitud Norte. Esta vez viajamos de su mano una noche de hace más de cincuenta años en la Ópera de Viena que quedó para la historia.

El Zapatero de Nureyev

Ochenta y nueve veces sube y baja el telón. La mano izquierda en la cintura de ella, acompañándola en sus elegantes pasos sobre la tarima. Salen una y otra vez al escenario, arropados por un mar de aplausos interminables. Doscientas y una reverencias a un público entregado que abarrota la Gran Ópera de Viena. La orquesta en pie desde hace más de una hora bajo el estruendo de una gigantesca ovación.

El hombrecillo sonríe en la quinta fila. Todo ha salido perfecto. Meses y meses de trabajo conociendo sus pies al milímetro: la envergadura del talón, la curvatura del empeine, la longitud de los dedos. Cientos de hojas repletas de fórmulas que calculan la presión del salto sobre la puntera, el relleno que amortigua la caída y la rigidez precisa de la punta. Los últimos días sin dormir dedicados a la ejecución: el corte de la horma, la elección de las telas, el elástico que envuelve el pie y la precisión de cada puntada.

El pequeño zapatero inglés cierra los ojos e inclina la cabeza, recibiendo con humildad los aplausos tras el velo de su anonimato. Hoy, el maestro tiene la certeza de haber alcanzado también la perfección.

En la soledad de su camerino —frente al espejo— Nureyev se sueña. Por fin el joven tártaro ha encontrado su patria. Una nación sin tierra ni fronteras que se encuentra en el interior de uno mismo.

Esta noche sus zapatillas tenían alas.

Como las de un ángel.

Nota: La interminable ovación a Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn ocurrió; tuvo lugar en la Ópera de Viena, la noche del 15 de octubre de 1964 tras una gloriosa interpretación del Lago de Los Cisnes. 

Por Rosa María Mateos

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37º Latitud Norte: La Mata Hari del Caribe

Esta semana la sección de Rosa María Mateos inaugura nombre: 37º Latitud Norte con el relato La Mata Hari del Caribe, protagonizado por un curioso coleccionista al que os invito a conocer.

La Mata Hari del Caribe

Lady Havana by Lauren Breedlove

Julián Mariñas empezó a coleccionar objetos cuando solo tenía ocho años. Al principio se trataba de caracolas marinas, piedras de colores talladas por las olas y restos de antiguos naufragios que llegaban a la playa empujados por la marea. Más tarde se obsesionó con los seres vivos y en particular con los artrópodos, que buscaba por tierra, mar y aire para crucificarlos sobre cartulinas blancas. Antes de cumplir los dieciocho era un experto mundial en la taxonomía de los lepidópteros y se carteaba con otros coleccionistas para intercambiar, además de mariposas, escorpiones, arañas y escarabajos.

A los veinticinco años había llenado la nave de sus padres con cajas de monedas antiguas, etiquetas de vino, pastillas de jabón, chapas de cerveza, lápices, abrecartas y calcetines sin pareja, entre otros muchos objetos. A tres meses de la boda, Maruxiña le abandonó porque no podía tolerar sus colecciones de ojos cristal, manos de escayola y piernas ortopédicas; imaginó su futuro en aquel universo de prótesis y enfiló la ría aguas arriba para no regresar jamás.

Desde que le prejubilaron, Julián Mariñas dedica las horas del día a poner en orden el inventario de sus colecciones. Tiene setecientos ficheros a reventar y cerca de medio millón de piezas catalogadas. Los miércoles y viernes se permite un descanso para hacer deporte; recorre con su peña ciclista los cuarenta y siete kilómetros que separan Viveiro de Ortigueira, regresando por el Bosque de Gigantes, donde Julián espera a los más rezagados recolectando hongos, helechos y flores silvestres para sus herbarios.  Algún sábado por la noche también se deja caer por la taberna del barrio. El Mariñas es allí bien recibido porque siempre paga unas rondas y se interesa por la salud de los parroquianos. Pero el momento de la semana que aguarda el coleccionista con impaciencia es la partida de ajedrez que juega con la Cubana cada domingo, batallas que comienzan tras el café del almuerzo y que suelen prolongarse hasta la media noche.

La Cubana es la vecina de abajo. Llegó a tierras gallegas hace dos años para retomar las propiedades de su familia. La señora tiene una interesante leyenda a sus espaldas que los vecinos se han preocupado de adornar. Según se comenta, fue General del ejército castrista y ejerció de espía para los rusos durante los últimos tiempos de la Guerra Fría. La afición al ajedrez le viene de la temporada que pasó en Moscú aprendiendo técnicas de infiltración y estrategias de espionaje.

—Cuando murió El Comandante, agarré las maletas para regresar —comenta la señora con su fuerte acento de la Habana Vieja.

La relación entre los dos vecinos comenzó con un traspiés, porque la Cubana salía a fumar a la terraza y el humo de los puros atufaba la colección de cactus del señor Mariñas.

—¿No sabe que las plantas son adictas a los venenos?  —replicó la Cubana a las críticas de su vecino.

Y era verdad, porque los cactus del Mariñas comenzaron a crecer con un lustre desconocido y a echar hasta cuatro floraciones al año desde que apareció la Mata Hari del Caribe.

Gracias al ajedrez se fue forjando entre ambos una sólida amistad que dejaba al aire el deseo contenido de dos almas maduras y solitarias. Entre enroques y jaquemates, pasaban la tarde hablando de libros, política y acontecimientos, mientras daban buena cuenta del ron añejo que recibía la Cubana de sus parientes al otro lado del mar.

Pero esta vida apacible y rutinaria se fue al garete el mismo día que el sobrino del Mariñas, el informático, le abrió a su tío varios perfiles en las redes sociales.

—Ahora podrás coleccionar amigos —le dijo.

Don Julián comenzó una actividad frenética para alimentar su lista de amigos virtuales. A los dos meses tenía casi cuatro mil seguidores de nueve países diferentes y una retahíla de mensajes que contestar en varios idiomas. Se hizo un experto en emoticonos: likes, corazones, guiños, besos, OK y manos en todas las posiciones. Para atender tan formidable hermandad, cada día se acostaba más tarde, alimentándose apenas con una tortilla francesa acompañada por dos mendrugos de pan.

Ante su reiterada ausencia, la peña ciclista decidió enviar una comitiva. Les recibió un individuo maloliente y en chancletas que nos les dejó pasar del umbral de la puerta. Las insistentes llamadas de la Cubana tampoco fueron atendidas ni sus gritos de angustia por el balcón; y mucho menos obtuvieron respuesta los constantes mensajes de los colegas de la taberna. A medida que don Julián iba ganando territorio a golpe de ratón, los floridos cactus de la terraza se fueron muriendo, uno tras otro, por falta de atenciones.

La misma noche que atesoró veinte mil amigos, la policía derribó su puerta para encontrarle exhausto y vencido sobre la pantalla. En la habitación sin wifi del hospital comenzaron a alimentarle con las zamburiñas y los percebes que le traían de la taberna. Durante el duermevela de su convalecencia, la Cubana le reveló todos los secretos de estado que había descubierto en el desarrollo de su profesión. Más de una confidencia hubiera hecho saltar el mundo por los aires.

Tras regresar a casa después de una larga recuperación, el sobrino le informó del misterioso incendio ocurrido en la nave donde almacenaba sus colecciones. Los cientos de miles de objetos y cachivaches quedaron reducidos a una bola de metal, como el corazón del Soldadito de Plomo. Tampoco supo explicarle la extraña desaparición de todos los archivos del ordenador.

Aturdido por las noticias, Julián Mariñas se sentó en la terraza para tomar un poco el aire.  De repente le llegó el olor inconfundible del habano y los anillos de humo del piso de abajo. La fuerte carcajada de un hombre feliz pudo escucharse en toda la ría.


Por Rosa María Mateos

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Australia de Rosa María Mateos

En este primer domingo del otoño inauguramos sección con la autora del Grupo Tierra Trivium Rosa María Mateos. Cada dos semanas publicaremos un nuevo relato suyo. Sin más demora os dejo con Australia.

Australia

Mi hijo nació antes de cumplir los nueve meses de casada. El niño fue rollizo y hermoso, rebatiendo así la versión del parto prematuro. Cuando giré su cuerpecillo encontré, tal y como esperaba, la marca de Australia.

Aquel corto viaje en el invierno de 1999 propinó un vuelco trascendental a mi aburrida existencia. Con un título universitario bajo el brazo, y condenada a celebrar una boda inminente, tomé el tren en la estación de Chamartín para regresar a casa. Así lo habían dispuesto desde hacía tiempo mi propia familia y la de mi novio. El compañero de viaje era un señor muy elegante, chapado a la antigua en la vestimenta y con una profunda voz que regalaba palabras ya olvidadas en el vocabulario. También iba a Santander y comentamos sin importancia la tormenta de nieve que amenazaba con azotar el norte de la península. El caballero era escritor de novela negra y andaba ultimando una historia sobre una aristócrata rusa que había matado a cuatro de sus maridos. En el vagón de la cafetería empezó a relatarme el primer asesinato, mientras las tierras castellanas se cubrían de un manto blanco cada vez más espeso. Con las intrigas del segundo marido el tren fue reduciendo poco a poco su marcha hasta frenar definitivamente en el apeadero de un pueblo de la provincia de Palencia. La nieve y el hielo habían cubierto la vía y se hacía imposible continuar el viaje.

Los viajeros nos repartimos entre las casas de los vecinos, bajo la coordinación y el mando de la alcaldesa. Él me puso el abrigo, cogió mi maleta y me ofreció su brazo para no resbalar. Nos enviaron a la casa más alta del pueblo donde un viejo matrimonio de pastores nos ofreció una cena caliente y cobijo para la noche. Aún no puedo creer que me colara en su habitación. Quizás fue el sonido del viento, el frío de las sábanas y la soledad de mi juventud. Tenía además una enorme curiosidad por saber cómo terminaba el resto de la historia de la princesa rusa. Antes de resolver el último crimen me aventuré a celebrar una noche de bodas anticipada. Supo el escritor corresponderme con ternura, con cierto rubor y modales que ya no practican los hombres en el lecho. La diferencia de edad se hizo notoria tras la contienda y mi galán se quedó profundamente dormido sobre la almohada. Fue entonces cuando descubrí con asombro la mancha de nacimiento que tenía en la nalga derecha. Era exactamente igual que el mapa de Australia y del tamaño de una mano pequeña.

Cuando desperté, el escritor ni estaba ni existía. Tampoco el viejo reloj de bolsillo que había dejado la noche anterior sobre la mesilla. Los dos abuelos me tomaron por loca. Salvo yo, juraron que nadie más estuvo alojado en la casa durante la noche. Desesperada le busqué por cada rincón, rastreando las huellas de pasos sobre la nieve.

—Aquí los sueños son muy profundos —me dijo la alcaldesa.

Nadie ha entendido desde entonces mi obsesión por la literatura negra. Durante muchos años busqué su obra entre las novedades sin encontrar pista alguna sobre las fechorías de una tetraviuda rusa. Por fin hallé la novela en una librería de viejo. En la solapa venía la biografía del autor. Había nacido en Madrid en 1843 y tuvo algunos premios de reconocimiento literario durante el reinado de Alfonso XII.

El amante efímero de una noche invernal me dejó todo un continente de recuerdo, la geografía impresa de un atlas imaginario en la piel de nuestro hijo.


Por Rosa María Mateos