Publicado el Deja un comentario

37º Latitud Norte: Amor de entreguerras

Un hombre midiendo la longitud de la falda de una bañista de principios del siglo XX

Este domingo mientras seguimos en casita, Rosa María Mateos nos trae una historia de hace un siglo, cuando había metrocensores en las playas. Y poco más os puedo decir sino que disfrutéis de este Amor de entreguerras de Rosa María Mateos.

Amor de entreguerras

En un encuentro de escritores noveles, que no jóvenes, donde casi todos superábamos lo que mis amigos mallorquines llaman el bell mig de la vida, conocí a una señora muy singular que debía haber cruzado ya la barrera de los setenta. Era de un país de la cordillera andina y arrastraba las palabras –casi sin respirar– en un castellano primigenio. Se dormía entre las pausas porque andaba más preocupada en soñar las historias que en escribirlas. Sin embargo, en los cafés se desquitaba haciendo gala de una literatura oral desproporcionada, rica en matices y alocada en argumentos.

En uno de esos tentempiés me contó la historia de su abuelo Hermenegildo, oriundo de un pueblo costero del País Vasco que limitaba con Francia a través de una secuencia infinita de estratos verticales. En aquel periodo de entreguerras, el pueblo se había puesto de moda como destino veraniego de la burguesía más pudiente. Eran tiempos de apertura al mundo y rupturas tectónicas del orden establecido. Las mujeres europeas dejaron de ser las tímidas mojigatas de antaño para moldear la vida a su antojo. Tiraron los corsés a la basura, se deshicieron de velos y sombrillas, acortaron el vestuario para dejar las piernas y los brazos al viento y se adueñaron del sol con la espuma marina.

El abuelo Hermenegildo era un hombre de bien, sin ninguna aspiración distinta que la de vivir tranquilo. Como funcionario del ayuntamiento aceptó durante los veranos un oficio peculiar que requería de un espíritu sosegado como el suyo: había de asegurar el decoro en la playa y comprobar que ninguna dama llevara las faldas de baño más de diez centímetros por encima de la rodilla. El metrocensor cumplía su trabajo con parsimonia y nobleza cartesiana sin sospechar que su mujer le había trucado el metro para favorecer a las mujeres. Gracias a doña Emma Johnson, entre las capas de roca y las olas de arena, paseaban damiselas con las faldas más cortas que se habían visto jamás en el Cantábrico.

Nadie en el pueblo sabía del verdadero origen de la abuela Emma, poco más allá de que había llegado en un barco inglés años atrás para quedarse en aquella ensenada de pescadores. Ni siquiera el abuelo Hermenegildo sospechaba que su mujer venía huida de la justicia. Se casó enamorado hasta la cinta del sombrero con una de las sufragistas británicas más activas del movimiento. La señorita Johnson era especialista en sabotear líneas eléctricas, corte de ferrocarriles y la mayor experta en la fabricación de bombas caseras. Eso sí, no tenía delitos de sangre porque sus artefactos eran de mucho ruido y pocas nueces.

Esta historia me contó la condoresa andina apurando un café a media tarde. Quería escribir una novela con la biografía de sus abuelos y no sabía por dónde empezar.

—¿Y si me escribe usted las primeras líneas? Para que yo pueda ir tirando del hilo —me dijo.

Y como no puedo negarle nada a una mujer que habla con diamantes en la boca, me animé a escribir este pequeño cuento para ella.


Por Rosa María Mateos

Publicado el Deja un comentario

37º Latitud Norte: Cabezones erguidos

©Fotografía de Kenneth Oakley (1911-1981), antropólogo y geólogo inglés pionero en la datación de fósiles humanos

En este primer domingo de mayo en el que parece que aun nos queda tiempo para volver a la normalidad, aunque ya podamos salir a pasear, Rosa María Mateos nos trae una historia distinta de las habituales. Esta vez nos habla de un personaje histórico el profesor Kenneth Oakley y de nuestros antepasados más remotos. Así que os dejo con este viaje a los albores de la humanidad de la mano de Rosa María Mateos para olvidarnos un rato de nuestro presente.

Cabezones erguidos

Brevísima historia de la evolución humana

El profesor Kenneth Oakley pasó media vida en su despacho intentando trazar el hilo conductor que explicara la evolución humana, como si nuestra historia fuera una línea recta unida por diferentes puntos. El investigador no sospechaba que el árbol genealógico de nuestra estirpe de simios es más bien un arbusto abigarrado, donde la Naturaleza ha ido probando y descartando al azar, sin un plan definido, trazando un tortuoso camino que comenzó hace 13 millones de años.

Parece confirmado que las tierras bajas de la región de Afar, en las negritudes del África oriental, fueron nuestra cuna. Aún conservamos en el organismo los átomos de azufre de los volcanes del Rift y las gotas de agua del Nilo Azul. Nos pusimos a dos piernas para otear los peligros de la sabana y nuestro cerebro comenzó paulatinamente a aumentar de tamaño. Cabezones erguidos. Unos pocos millones de años más tarde de nuestra bajada del árbol, el Homo erectus tomó la determinación de migrar hacia otros mundos, tanto por necesidad como por curiosidad, adentrándose en los confines de Eurasia. Aquellos pioneros se dispersaron como la lluvia de una tormenta y acabaron (por chiripa) derivando hacia los neandertales. Por el camino quedaron esparcidos los cadáveres de otros hermanos que malograron su pervivencia.

Mientras todo eso ocurría por nuestros lares, la población que permaneció en África oriental incorporó a su genética nuevos adelantos anatómicos, psicomotrices y un cerebro más complejo e inteligente. Este Homo sapiens llevaba consigo un arma de destrucción masiva: una capacidad lingüística digna de un predicador. Y como no, también quiso ver más allá de las praderas africanas para contarlo.

Y aquí viene uno de los momentos más interesantes de la Prehistoria, que ocurrió hace unos 100,000 años. Los dos hijos de la misma madre -neandertales y sapiens- se toparon frente a frente en las frías tierras de Europa. Nos reencontramos, ni más ni menos, con los descendientes de las primeras oleadas de migrantes. ¿Hubo amor? No, ya que en cuanto pusimos los pies en Europa se extinguieron los neandertales. ¿Se mezclaron las dos especies? Parece que sí, ya que el 2% de nuestro genoma es de origen neandertal. Curiosamente, los neandertales nos transmitieron un mejor sistema inmunológico para combatir a los virus.

El profesor Oakley era un cabezota de frente despejada empeñado en organizar la Naturaleza. Le gustaba abrir cajones para poner cada cosa en su lugar, cuando la realidad es un confeti lanzado al aire. Más a menudo deberíamos dejarnos llevar por las térmicas del conocimiento que conducen al fracaso, porque el viaje es lo importante. A fin de cuentas, la experiencia no es más que una acumulación de errores.


Por Rosa María Mateos

Publicado el 1 comentario

37º Latitud Norte: Macondo

niños durmiendo en sillas de playa. De Cartier Bresson

En este domingo a pocos días del Día del Libro, y habiendo pasado ya seis años desde que nos dejó Gabriel García Márquez, Rosa María Mateos nos trae esta historia. Se que os gustará y sin decir mucho más para no desvelar ninguna sorpresa os dejo con Macondo.

MACONDO

Los niños de la clase de cinco años adoran a su seño Remedios. Si luce el sol, les organiza juegos en el patio, carreras a la pata coja, cuidan el pequeño jardín de aromáticas y aprovechan para inventar historias bajo el algarrobo. Los días de frío y lluvia, representan obras de teatro en el aula y confeccionan disfraces de animales salvajes, piratas cojos y princesas valientes. Los niños saben más de treinta canciones de pe a pa y recitan los versos de Gloria Fuertes a ritmo de sainete.

Después de comer están cansados, así que la maestra les arrulla con una voz tan dulce y melodiosa que caen rendidos sobre las hamacas. Les lee Cien años de Soledad, una y otra vez, para que sueñen con Arcadios, Aurelianos, Úrsulas, colas de puerco y los ingeniosos inventos de Melquíades. Es el momento de serenar el alma, con el revoloteo de fondo de las mariposas amarillas.

El WhatsApp de las madres y padres se ha puesto en marcha:

—Los del otro curso saben contar hasta cien en inglés.

—Y hacen sumas de dos cifras.

—A mi hijo le obliga a disfrazarse de princesa.

—Pierden el tiempo jugando en el patio.

—Hay que hablar con el director.

Lo que no comentan los mayores es que los niños tienen unos colores que da gusto verlos, que cada mañana tienen más prisa por llegar al colegio y que manejan un vocabulario tan rico que son capaces de expresar con precisión lo que sienten y lo que piensan. Saben el significado de palabras como azogote, marmita, golilla y hedentina, y han sido testigos de la floración del tomillo, el romero y la mejorana.

Después de Semana Santa, la seño Remedios no ha regresado. En su lugar ha venido un palo estirado que les pone muchos deberes y no sabe cantar. Ya no duermen ni salen al patio, y los disfraces han desaparecido del aula junto a las marionetas de cinco dedos. A cambio saben escribir pencil, house and teacher; suman llevándose una y cuentan hasta one hundred and fifty. Los padres se felicitan efusivamente por el grupo.

Hay un precioso lugar llamado Macondo donde los sueños y la realidad se confunden. Es un jardín que solo se puede regar en la infancia, en el tiempo que los tallos son tiernos y el agua clara. En este vergel ya nadie escucha el aleteo de las mariposas amarillas porque la maldita estirpe de adultos ha condenado a los niños a cien años de soledad.


Por Rosa María Mateos

Publicado el 1 comentario

37º Latitud Norte: Desde mi palo de aguacate

Fotografía: ©Hantar Mantar dos loros verdes en un hueco de una pared roja

En este anómalo Domingo de Ramos en el que todos nos quedaremos en casa Rosa María Mateos nos trae las historias de esas aves que en circunstancias no veríamos ni oiríamos, como sucede mientras escribo estas líneas con los trinos que se cuelan por la ventana. Así que para empezar a coger fuerza para mentalizarnos en que el mes de abril se nos va ir en casa os dejo con Desde mi palo de aguacate de Rosa María Mateos.

Desde mi palo de aguacate

La pareja de loros de pico rojo se escapó de la jaula en un descuido de su dueña. Varios meses atrás, un desalmado les arrancó de su palo de aguacate para meterles en la bodega de un avión rumbo al «progreso». Para que nadie oyera su canto lastimero, primero sellaron sus picos con silicona para encerrarles después en una caja de zapatos con tres vueltas de cordón. Trescientos euros pagó por ellos doña Jacinta Palomino, la sordomuda del barrio, que tenía la esperanza de aprender a conversar en el idioma de los pájaros.

Esta primavera ha llegado una tribu de golondrinas, después de años sin dar señales de vida. Son también migrantes subsaharianos que sobrevuelan más de tres mil kilómetros para florecer en estas latitudes. Los mayores dicen que las golondrinas son las embajadoras del viento y traen en sus alas el aroma de la sabana y los sabores del Nilo. En la verticalidad de la ciudad, observo cómo construyen sus adosados de barro para albergar a la prole, que aún está por venir. Doy fe que ponen mucho empeño en ambas tareas.

Los gorriones entran y salen de los huecos que dejaron los mechinales en la muralla vieja, con un alboroto de trinos y revoloteos. Nos anuncian la fugacidad del tiempo y retienen en la memoria haber sido, en otra época, los reyes del aire. Palomos y urracas les arrebataron el trono, como suele ocurrir en todas las monarquías.

A falta de loros, doña Jacinta Palomino ha adoptado un trío de murciélagos, a los que deja dormir en su azotea colgados de las cuerdas de tender la ropa. Emiten sonidos en la misma frecuencia que las ballenas roncales, en sintonía con los únicos ecos que puede escuchar la Palomino. Ella les despierta con un batir de palmas rocieras y ellos le responden con ultrasonidos de adolescentes remolones. Se merecen un respeto: son los únicos mamíferos de la Tierra que pueden volar.

Desde mi palo de aguacate puedo observar el reino de los cielos. Hoy se paró en mi ventana un escribano cerillo, con su librea amarilla e ínfulas de catedrático. Me trajo una gota de agua con el rumor del río y una hoja de papel donde certifica el nacimiento del primer polluelo de la parejita de loros. La primavera viene este año latiendo con fuerza.


Por Rosa María Mateos

Publicado el Deja un comentario

37º Latitud Norte: Los Atlantes de Miraflores

Dos estatuas de Atlantes mirando hacia una ventana en la que se ve a dos mujeres de espaldas en ropa interior

En este segundo domingo de cuarentena Rosa María Mateos nos trae una nueva historia para alegrarnos el día. ¿Quién no ha pensado alguna vez que esa estatua te está siguiendo con la mirada? Con esta mínima pincelada de la historia de Rosa María Mateos os dejo en sus manos.

Los Atlantes de Miraflores

Los atlantes del Palacio de Miraflores, donde ahora tiene la sede una prestigiosa agencia de modelos, han sido condenados por el juez Chinchurreta a siete meses de cárcel y tres años de trabajos sociales. La sentencia especifica que el fallo se debe a la «invasión perpetuada del espacio privado sin ánimo de arrepentimiento». En el barrio, los atlantes tienen fama de cotillas y chivatos, además de mirones y salidos. A los muy libertinos no se les escapa una prueba de vestuario.

A lo largo de sus más de 100 años de vida, Tarsis y Oricalco -los atlantes de Miraflores- han destruido familias, matrimonios y puesto en jaque la seguridad de algunos países. El palacio fue ocupado anteriormente por la embajada de Grecia. Los turcos tardaron un suspiro en conocer los planes de avanzadilla de la flota griega sobre el mar Egeo.

—Traidores a la patria —dijo el embajador.

Se han chivado también de todas las infidelidades de diplomáticos, señoras de postín, mayordomos, amas de llave y modistos, porque el palacio de Miraflores viene siendo -desde que se levantó- un lugar de vicio y libertinaje.

Tarsis y Oricalco han decidido recurrir la sentencia. Aducen tener movilidad reducida e imposibilidad de escapatoria. Las cariátides de los edificios de la Gran Vía se han unido a la causa y están recopilando firmas por todas las cornisas de la ciudad para que indulten a los compañeros. Amenazan con una huelga de brazos caídos, a ver quién sostiene las balconadas.

El juez Chinchurreta, famoso por aplicar la ley al pie de la letra, está pensando una acusación extendida a todos los dioses y diosas del Olimpo, con el agravante de escándalo público por poses lujuriosas y falta de ropa.

Tras la sentencia definitiva, los viejos edificios de la ciudad se desplomaron al unísono con un estruendo ronco, apocalíptico. El edificio más afectado fue el Juzgado de Instrucción nº3, en cuya planta tercera tenía su despacho el juez Chinchurreta, que cayó al vacío derecho como una vara de laurel y con el Código civil aferrado entre sus manos.


Por Rosa María Mateos

Publicado el 1 comentario

37º Latitud Norte: Guerra y Paz

Un militar Ruso sujeta la pierna de otro militar por encima de su cabeza haciendo que sus piernas formen un ángulo de 180º

Este domingo Rosa María Mateos nos trae una historia peculiar con militares haciendo de bailarinas, pero como es mejor leerlo que os lo cuente yo, os dejo con Guerra y Paz.

Guerra y Paz

Nikolay, el hermano pequeño del presidente, tiene el oficio más envidiado del país y —sin duda— el puesto de mayor rango en la jerarquía militar. El distinguido mariscal es el estirador oficial del ejército ruso.

—Quiero un ejército flexible —dijo el presidente en su último discurso. Y su hermano se puso manos a la obra.

Cada mañana, pasa revista a los oficiales y les ordena ejercicios imposibles, más propios de contorsionistas que de guerreros. El mariscal persigue el objetivo de dirigir el mejor ejército de resistencia del mundo y se dedica con saña a dar las seis en punto con las piernas de sus subordinados.

Los militares calientan desde la madrugada en el patio del cuartel y siguen al pie de la letra la tabla de ejercicios de las bailarinas del Bolshoi. Por lo pronto tienen las articulaciones como un chicle y bordan el spagat mirando de frente. Ahora bien, todo aquel que no consigue un ángulo llano con las extremidades inferiores es condenado a leer Guerra y Paz durante las noches. El mariscal Nikoláievich no sospecha que les está regalando el mayor canto pacifista de la literatura rusa.

El panorama internacional es poco halagüeño; mientras los marines americanos echan músculo a base de pesas en los gimnasios, los militares rusos cultivan arabescos, fouettés y splits laterales. El día que ambos ejerciten el cerebro, contemplarán la paz en el horizonte y darán un plié cruzado con los dos brazos a mariscales, gerifaltes, poderosos y mandatarios del mundo.


Por Rosa María Mateos

Publicado el Deja un comentario

37º Latitud Norte: El Candidato

Como os adelanté ayer en la visita de Rosa María Mateos a La Buhardilla de Tierra Trivium el relato de hoy se titula El Candidato y desde la Revista Tierra Trivium no nos responsabilizamos de los posibles ataques de risa tras leer el relato, que a muy seguro no os dejará indiferentes como todos los de Rosa María. Y sin alargar más la espera os dejo con nuestro protagonista de hoy.

El Candidato

El Niño del Farolas aprobó la secundaria por los pelos. En el colegio privado consideraron que hacer repetir al hijo del alcalde hubiera sido una desconsideración. En la universidad ya no tuvo tanta suerte; no porque el profesorado no estuviera dispuesto a pasarle la mano, sino porque el muchacho no se presentó a ninguna convocatoria. Le gustaba más la juerga que a un tonto un lápiz y andaba todo el día con la moto haciendo derrapes y caballitos. Su progenitor tampoco es que fuera una lumbrera, pero al menos dejó una estela de seis mil farolas con forma de platillo volante.

Cuando el joven cumplió los 24 años, el padre le afilió al partido y le dio un gran consejo: que se te vea mucho. Su primer puesto fue de asesor en agricultura ecológica y labores del campo, sin haber pisado un sembrado en su vida. En una visita oficial a la Costa Tropical se tragó el hueso de un mango biológico y acabó en el hospital con una disfagia que estuvo a punto de costarle la vida. De esta aventura pasó a la Dirección General de Soberanía Alimentaria, y fue allí donde se pilló una salmonelosis tras hartarse de langostinos en un control rutinario. Su fama de payaso trascendió por las altas esferas, lo que le valió un rápido ascenso: Director General de Transición Ecológica Verde Limón.

A los 35 años entró en su despacho de director general con un traje azul de Armani, al que no quiso quitarle las etiquetas.

—Aparentar tiene más letras que ser—le recordó su padre.

Su figura pronto saltó al estrellato. Se lo rifaban en los programas de opinión, debates y tertulias. Las redes sociales ardían comentando cada uno de sus disparates.

—Lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal —le insistía su padre.

Muy pronto, el mito de Narciso se le había quedado a la altura del betún. En el partido estaban más que felices de ofrecer un bufón a los periodistas, porque Antoñito era el cebo ideal para atraer la atención y desviarla de donde no conviene. Tanta profesionalidad tuvo finalmente su recompensa: candidato al Congreso de los Diputados por su provincia.

En plena campaña electoral, Antoñito tuvo el capricho de comprarse unos gemelos de oro con sus iniciales, como había visto que llevaban muchas de «sus señorías». Caminó trescientos metros por la calle como si fuera un sheriff del Lejano Oeste, consciente de la admiración que despertaba en sus conciudadanos.

El puto amo.

Al entrar en la joyería hizo ademán de echarse la mano al bolsillo trasero para soltar una de sus típicas bromas:

—¡Arriba las manos! Esto es un atraco —dijo el bobalicón.

La señora visualizó en un milisegundo la tranca metálica de la puerta y se la clavó en el cráneo a la velocidad de una gacela. El hierro le salió por el ojo derecho como la mano del Capitán Garfio. Cayó hacia atrás sin doblar las piernas, con la misma sonrisa de idiota que había traído.

El homicidio ocupó durante algunos días los noticiarios, pero al cabo de unas semanas todo el mundo se había olvidado del gran estadista que, si la mala suerte no se hubiera cruzado en su camino, podría haber llegado a la mismísima presidencia del gobierno.

Descanse en paz


Por Rosa María Mateos

Publicado el 2 comentarios

37º Latitud Norte: Liberación femenina

Tras la cadena de mujeres de ayer rodeando Madrid con la que se dio inicio a los actos por el 8 de marzo, Rosa María Mateos nos trae una historia con unos personajes que son más reales y comunes de lo que nos gustaría. Disfrutar de la liberación de Mari Pili.

Liberación femenina

Mari Pili Mepiro entró en su casa con las llaves en la boca y empujando como pudo la puerta con el culillo. Llevaba las dos manos ocupadas con las bolsas de la compra y los encargos varios de la tintorería. Llegaba tarde a comer, tras una dura jornada bregando con los documentos de su jefe; el hombre tenía la manía de autoescribirse informes para sentirse importante. Lo peor de todo es que luego se contestaba. La jornada laboral de Mari Pili consistía en redactar y archivar esta peculiar y fructífera relación epistolar.

Su marido leía tranquilamente el Marca en el sillón y la saludó con uno de sus tradicionales levantamientos de cabeza. ¿En qué momento a este buen hombre no le diagnosticaron un trastorno del espectro autista? Se preguntó Mari Pili. Los hijos, que entre los tres sumaban ya medio siglo, esperaban a su madre muertos de hambre sentados a la mesa, quemando los móviles con los pulgares.

Ninguno la miró a los ojos.

Nadie había puesto la mesa ni el puchero a calentar.

Ella se cambió de ropa, agarró los ahorros escondidos bajo la baldosa y se piró por la ventana del cuarto de baño sin hacer un solo ruido. Tuvo tiempo de dejar una breve nota manuscrita sobre la olla de albóndigas:

No me busquéis


Por Rosa María Mateos

Publicado el Deja un comentario

37º Latitud Norte: Azucena y Jacinta

Esta semana Rosa María Mateos nos trae a dos primas hermanas con una habilidad muy especial, con todos ustedes Azucena y Jacinta.

Fotografía: ©Andrea Koporova

Azucena y Jacinta

Azucena y Jacinta de los Ríos son primas hermanas y campeonas nacionales de natación sincronizada en su categoría. Ambas tienen una anomalía genética en los pulmones que les permite estar más de doce minutos bajo el agua. De pequeñas se hacían unas ahogadillas interminables que mantenían con el corazón en un puño a los vigilantes de la playa. No así a los padres, curados de espanto, que permanecían tranquilamente bajo la sombrilla hasta que las niñas emergían a la hora de comer.

Entre las dos inventaron piruetas y figuras imposibles en el agua, como el salto de la Ballena torcal y la acrobacia del Delfín narigudo. Azucena tiene tanta fuerza que lanza a Jacinta a la atmósfera a la velocidad del Blackbird, que es el avión más rápido del mundo. Una vez impactó contra uno de los focos del techo de la piscina y estuvieron un par de horas buceando en la oscuridad.

Entre ellas hay una amistad férrea y comparten todos los secretos. Cuando salen de la piscina, se sientan muy pegadas junto a las taquillas para enviarse mensajes por el WhatsApp. Son de ese tipo de peces que no hablan. Todo está por escrito, con tildes y sin abreviaturas; hasta comparten por el móvil su enamoramiento por Juanito Trampolín, campeón mundial de saltos con triple mortal y siete tirabuzones. El muy suertudo tiene la gravedad a su favor.

Ambas son conscientes de que el emoticono del corazón está ya más gastado que el palo un churrero.


Por Rosa María Mateos

Publicado el Deja un comentario

37º Latitud Norte: El Jarama

Esta semana Rosa María Mateos nos trae una historia muy diferente, su protagonista es un río, cercano a Madrid y que ha sido más conocido por eventos, lugares o novelas a los que ha dado nombre que por si mismo, y sin más preámbulos os dejo con la visión de nuestra autora sobre el Jarama.

©José Luis Vega. El Jarama a su paso por Titulcia (Madrid)

El Jarama

«Sus primeras fuentes se encuentran en el gneis de la vertiente Sur de Somosierra, entre el Cerro de la Cebollera y el de Excomunión. Corre tocando la Provincia de Madrid, por La Hiruela y por los molinos de Montejo de la Sierra y de Prádena del Rincón. Entra luego en Guadalajara, atravesando pizarras silurianas, hasta el Convento que fue de Bonaval. Penetra por grandes estrechuras en la faja caliza del cretáceo, prolongación de la del Pontón de la Oliva, que se dirige por Tamajón hacia Sigüenza».

Rafael Sánchez Ferlosio inicia su obra El Jarama con este texto entrecomillado, ya que el autor verdadero es Casiano de Prado, Ingeniero de Minas y geólogo del siglo XIX. El río va marcando el territorio y el lector fluye también con la narración. Casiano de Prado se da el lujo de jugar con las palabras en un documento científico y consigue el propósito mágico de la literatura: crear una sensación estética a través de la palabra escrita.

Alguien que cursara una carrera de ciencias en el siglo XIX tenía que lidiar con tres años de griego y otros tantos de latín. El científico trabajaba afanosamente los escritos, mezclando conocimiento y estilo porque «una palabra bien elegida puede economizar cantidad enorme de pensamiento», en palabras de Ramón y Cajal. Esa sutileza que proporciona el manejo del lenguaje escrito marca la diferencia entre el tecnócrata y el científico. Decía Carl Sagan que la belleza de la vida no hace referencia a los átomos que la componen, sino a la forma en que estos átomos se juntan.

Desde la publicación en 1864 de Casiano de Prado, han pasado 156 años y un rosario de leyes educativas. Cada vez se ha dado un paso más para crear ese abismo mortal entre las letras y las ciencias. En las carreras científicas, todo lo que olía a humanidades se ha ido desechando, hasta quedarnos prácticamente en pelotas. Me pregunto cómo describiría yo el río Jarama en la actualidad. Muy probablemente con toda una serie de fríos tecnicismos y muchos datos cuantificables, sin permitirme la más mínima licencia literaria. De ninguna manera me atrevería con las «pizarras silurianas», aunque el término suena y huele a mares remotos. Redactaría un texto impersonal con poca gracia, haciendo gala de un estilo duro que únicamente entendieran mis colegas. Estamos a un tris de comenzar a pensar como los ordenadores, y no a la inversa.

Rafael Sánchez Ferlosio estaba hasta las narices de que los críticos literarios afirmaran que la mejor parte de El Jarama era su comienzo. Con la sexta edición del libro, Ferlosio decidió incluir una nota aclaratoria: «Es mi deber consignar aquí de una vez para siempre su verdadera procedencia, devolviendo así al extraordinario escritor a quien tan injusta como atolondradamente ha sido usurpada, la que yo también, sin sombra de reticencia o modestia, coincido en considerar la mejor página de prosa de toda la novela».


Por Rosa María Mateos