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Te quiero como nunca llegué a quererte

Te quiero como nunca llegué a quererte

tú también serás escritora

Hubo una vez una época segura en la que paseamos y disfrutamos de charlas sin desenlace. Incluso descubrí gracias a ti un restaurante encantador donde cenamos la única vez que cenamos juntas. Allí nuestra historia nació. Una historia que empezó pero nunca se escribió. Ni se recitó. Porque yo soy escritora y tú poeta, por ese orden. Al menos hasta ahora. Hasta que llegó la música de piano…

 

Al final comprendí, demasiado tarde, que hacernos daño era mejor que no hacernos  nada. Sé que tú estabas de paso. Pero tus pasos eran tan bonitos… Y todavía hoy, años después, me pregunto si encontraré alguna vez una mirada que tenga la vista tan linda como la tuya.

Ya no distingo qué es felicidad y qué eres tú. Cualquier mujer que pase por mi lado, por mi cama o por mi vida, la acabaré comparando contigo, y siempre perderá. No eres tú, soy yo; nunca llegué a olvidarte del todo. Lo único que me queda en el tintero, para decirte por escrito, es que te sigo queriendo como nunca llegué a quererte.

No existe un final para nuestra historia. Por eso continúo escribiéndote. No se puede cerrar una historia que nunca comenzó.

© Sara Levesque 2020.

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

 

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Las palabras de un relato

Las palabras de un relato

las palabras de un relato

Un relato con el que no volver al punto de partida, a reiniciar el bucle. Busco un relato para viajar a tus pies, hecho por una pobre escritora risueña a ratos, bohemia siempre. Unas palabras que, todas juntas y ordenadas, reflejen cómo dejé escapar mi gran oportunidad y, ahora que la tormenta ha pasado, solo le queda esperar la llegada del siguiente ciclón de recuerdos.

Quiero regalarte una idea, dos relatos, tres palabras e infinidad de novelas y textos desde el foso de mi Alma. Tú fuiste el poema todo el tiempo. Tanto buscar las palabras adecuadas… Y no salían de tu boca sino de tus pupilas, inspiradas desde una sonrisa.

Busco un relato para antes de marcharme. Una novela que refleje lo que un día brilló en mí. Un verso desde el ventanal. Un poema de la chica cobarde de Madrid que tropezó con el paso que debía dar una noche de abril. Quiero dar vida a la vida con una rima y que tú le otorgues la entonación que se te antoje.

Un relato capaz de cerrar a versos las cicatrices del “quizá”, “tal vez”, “ojalá”, “¿y si…?”. Que todas las dudas se mueran mientras gimen a la luna. Un relato con el que lanzarnos a bailar y regalarnos el abrazo que nos alcanzamos a negar. Un abrazo que a ti se te ha llegado a olvidar y en el que yo no me paro de ahogar.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Para ti, María

Para ti, María

para ti

Eres como un libro alternativo en la temática y en su cercanía. Tiñes las grafías del color de tu mirada, y no es el de la tinta más sombría. Eres como esos libros que gustan de leer cuando hace viento y te trasladas con misticismo a la lejanía. Puedes tener una página escrita en rojo y otra con el color de tus ojos, pero no dejas ninguna vacía. Y yo, encantada de la Vida, en el infierno me quemaría con tal de confesarte al oído que siempre te leería.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Yo ya no soy yo

Yo ya no soy yo

yo ya no soy yo

Yo ya no soy yo, sino una loca que se me parece. Una demente perdida entre recuerdos deformes. Distorsionados por el paso del tiempo. Un paso que, a medida que avanza, me atropella otra vez. Un paso que no se detiene por compasión, que no sabe de lágrimas o risas, de felicidad o sonrisas. Un paso, en definitiva, que hace lo mismo que tú: pasar.

© Sara Levesque 2020

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Voz de seda

Voz de seda

0para ti

Tu voz de seda puede ser una manta o una cruz; si la escucho al trasluz, es una voz que no me aparta con una coz. Una voz que multiplicada en un altavoz, para nada desprende energía feroz.

Es voz de risueña entonación, la que más escasea en este mundo tan bribón y, también, la más necesaria cuando te conviertes en tu propio ladrón.

Una voz que intensifica el tono café de tus ojitos por las orillas. Para que brote de nuestra sangre color vino la agitación menos atroz, tu voz es la semilla. Una voz que me invita a acariciarte el Corazón con mil besos a hurtadillas. Que me incita a arruinarte las pesadillas abrazándote las lágrimas que se te deslicen por las mejillas, para amar tu Alma mientras le hago el Amor a tus escozores, abrasando de paso todos tus temores –tranquila, yo llevo las cerillas–.

No soy capaz de borrar el brillo de tu mirar de mi órgano de pensar, y ojalá nunca suceda. Mucho menos si llueve; ahí, tu voz de seda debe oler tan sabrosa como quedarme a vivir en tu delicada arboleda. Si alguna vez te sientes perdida en una sombría vereda, por favor, no permitas que tu voz retroceda. Tienes dentro de mí un hogar con la puerta siempre abierta para que accedas.

A mí se me metió a traición tu sonrisa de ensoñación en mis pupilas de cartón. Y no sé si quiero sacarla, me hechiza su atracción. Aunque eso suponga la aniquilación de mi desnutrido Corazón, prefiero volver a arriesgarme y confesarte al oído que tu voz de aspecto dulzón se me clava muy dentro como un delicioso arpón, aunque solo sea para escucharte destrozar una canción.

© Sara Levesque 2020

 

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Musa

Musa

musa

No sé si las musas son reales. Si existen, tú te acercas bastante a lo que son; quizá porque sugieres cada letra que me chorrea del corazón. Si existen las ninfas de inspiración, una eres tú hablándome desde la lluvia o el monzón, versos de tono dulzón, nublándome todo lo demás, desde la cordura hasta la razón.

No eres más que una intrusa, y yo otra que le tiene cierta pelusa a tu arte y a tu manía de vivir siempre poniendo por medio una excusa.

Nos sentimos como dos reclusas sin darnos cuenta de que, en realidad, somos un par de confusas. La melodía que desde tu voz me suena tiene valor de semifusa.

Eres la Musa que más me hace sonreír y también la que más duele. Eres la mejor y la peor inspiración; el resto de musas son del montón.

© Sara Levesque 2020

 

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Recuerdo cuando recitabas poesía

Recuerdo cuando recitabas poesía

recuerdo cuando recitabas poesía

Recuerdo cuando recitabas poesía. La propia y la ajena. La leías con cierta entonación. Lenta, acentuada. A mí, que nunca había escuchado un poema en voz alta, me pareció algo ridícula. Luego, la ridícula fui yo, con mi monótona forma de hablar de cada día.

Ahora, años después, sólo puedo sentir de verdad un poema si le añado el eco de tu voz. Eco que empezó aquella noche entre los diablos azules del bar. Junto a una cerveza, me enseñaste un mundo nuevo, repleto de estrofas y versos cantados. Allí descubrí los más especiales: los tuyos.

Escribir sin pelos en la lengua me lo enseñaste también, cuando a mí me temblaban las palabras en la boca.

Y cuando llueve, no me importa que las gotas me picoteen o termine calada. Porque para mi cuerpo es como si le recitaras una poesía más o menos extensa, depende de la cantidad de agua. Rimas nada frías ni aburridas. Solo estrofas y versos cantados.

© Sara Levesque 2020

 

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Navidad y nostalgia empiezan por “n”

Navidad y nostalgia empiezan por “n”

Navidad 2

Este es un relato triste, ya te aviso.

Tengo que hacer un esfuerzo terrible para no echarme a llorar por la pena de no verte. En realidad, tampoco podría; ya no me quedan lágrimas. Soportar las Navidades contigo en la otra punta del mundo, en otro hemisferio, o incluso en el país de al lado es tremendamente duro. Se me hace tan cuesta arriba como subir una montaña vertical por completo, como escalar por una aguja.

Así me resultan estas fechas. De por sí me espantan. Demasiada alegría es preocupante. Y si a eso le sumas que vuelves a faltar tú, ya no me queda gran cosa para sentir felicidad. Por eso en esta época noto la nostalgia más afilada. Ni siquiera sé cuál es tu color favorito…

Fuera llueve, pero es tan fría tu ausencia que hasta la calle la padece y ha helado. Nieva. Es una nieve de blanco roto, sucio. Tan sucio como el olvido. Tan roto como un corazón lleno de nostalgia en Navidad.

© Sara Levesque

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.

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Bohemia… Te adoro (III)

Bohemia… Te adoro (III)

Bohemia... Te adoro (III)

La bohemia pura solo se siente cuando el Corazón tirita y una pizca de Arte es lo que le ayuda a entrar en calor.

 

Mejor que una sonrisa en mi cara y mala cara en la sonrisa de los demás… Mejor que escalar, que escalarte, que Nepal, que viajar. Mejor que el teatro y la literatura. Mejor que el reggae de Mishka. Mejor que un atardecer en el Retiro sin que ninguna nos retiremos del lado de la otra. Mejor que un picnic con el horizonte. Mejor que el éxtasis, un cigarro, el LSD o estar drogada de sinestesia. Mejor que una voz ronca, rocosa, rasgada, arrugada. Mejor que un musical en el que se le permite al público bailar. Mejor que el olvido, el reencuentro, la muerte del dolor. Mejor que el sexo lésbico, el sexo sin compromiso. Mejor que hacerle el Amor a tu Corazón después de follarte el cuerpo y zurcirnos las cicatrices a base de polvos. Mejor que comerte los pies y la boca. Mejor que un camino por andar con tres personas: contigo, conmigo o sin ti. Mejor así para que mi bien amada sonrisa no se me vuelva a escurrir. Mejor que el impulso de una corazonada que predomine sobre la razón. Mejor que visitar tu espalda saltando de lunar en lunar, callejeando por tu cuerpo, perdiéndonos por el mío. Mejor que asistir al funeral de mi timidez y entregar una rosa por cada lágrima que llevaba tu nombre. Mejor que recorrer más de nueve mil kilómetros hasta una tierra repleta de colores solo para apreciar el más hermoso: el de tu mirada. Mejor que el desparpajo de la persona que se arranca a bailar con los músicos del metro. Mejor que pensar en ti y desternillarme de júbilo en vez de llorar. Mejor que ir a Vista Alegre y ponerte igual a ti. Mejor que la necesidad de comunicar, de expresar algo de la nada, de ir a contracorriente sin seguir el guion, dándole a la vida más emoción. Mejor que ser uno mismo cuando quieras, no quien la sociedad te ordena.

¿La Bohemia? No se rige por leyes racionales. Solo sentimientos y corazonadas leales. Eso, sumado a todo lo anterior, para mí es lo mejor.

© Sara Levesque

 

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Frío

Frío

frío, uno diez nosotras, versos para París

Aquí ando, en mi habitación de madrugada. Una habitación algo tibia y demasiado vacía. Yo, en cambio, no tengo frío. Me caliento los dedos mientras tecleo cada uno de tus recuerdos.

Justo antes de meterme en la cama, acostumbro asomarme a la ventana sin intención de suicidarme. Y comienzo a torturarme con tu sonrisa flotando ante mí. Y mi mente, que es muy cabrona, me atormenta suponiendo que estarás cumpliendo cada uno de tus sueños sin mí.

Me siento un poco aislada. También adoro la sensación de saber que con mi soledad logro arte. Y puede que no me colme de riquezas materiales, mucho dinero y lujos en exceso que me rebosen por la puerta de atrás. Pero me llena el corazón de algo mucho más valioso: su esencia. La esencia de ella. De la escritura. De mi musa. Ese halo inasible, como un humo que apenas se ve, como el viento que solo se siente. Esa sensación bipolar, una mezcla de alegría y desenfado, de sonrisas introvertidas y lágrimas sigilosas; no sé por qué, pero me seduce. Es mi momento de intimidad con la escritura.

Cada vez que te transformo en arte me toca “olvidarte otra vez en cada esquina”, como dice Sabina.

Frío es besar a alguien poniéndole tu cara. Es contagiarse de soledad rodeada de gente. Frío es mirarte y no poder verte. Escalofrío.

© Sara Levesque

 

Gracias a Tierra Trivium por abrazar mis letras.