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37º Latitud Norte: La Mata Hari del Caribe

Esta semana la sección de Rosa María Mateos inaugura nombre: 37º Latitud Norte con el relato La Mata Hari del Caribe, protagonizado por un curioso coleccionista al que os invito a conocer.

La Mata Hari del Caribe

Lady Havana by Lauren Breedlove

Julián Mariñas empezó a coleccionar objetos cuando solo tenía ocho años. Al principio se trataba de caracolas marinas, piedras de colores talladas por las olas y restos de antiguos naufragios que llegaban a la playa empujados por la marea. Más tarde se obsesionó con los seres vivos y en particular con los artrópodos, que buscaba por tierra, mar y aire para crucificarlos sobre cartulinas blancas. Antes de cumplir los dieciocho era un experto mundial en la taxonomía de los lepidópteros y se carteaba con otros coleccionistas para intercambiar, además de mariposas, escorpiones, arañas y escarabajos.

A los veinticinco años había llenado la nave de sus padres con cajas de monedas antiguas, etiquetas de vino, pastillas de jabón, chapas de cerveza, lápices, abrecartas y calcetines sin pareja, entre otros muchos objetos. A tres meses de la boda, Maruxiña le abandonó porque no podía tolerar sus colecciones de ojos cristal, manos de escayola y piernas ortopédicas; imaginó su futuro en aquel universo de prótesis y enfiló la ría aguas arriba para no regresar jamás.

Desde que le prejubilaron, Julián Mariñas dedica las horas del día a poner en orden el inventario de sus colecciones. Tiene setecientos ficheros a reventar y cerca de medio millón de piezas catalogadas. Los miércoles y viernes se permite un descanso para hacer deporte; recorre con su peña ciclista los cuarenta y siete kilómetros que separan Viveiro de Ortigueira, regresando por el Bosque de Gigantes, donde Julián espera a los más rezagados recolectando hongos, helechos y flores silvestres para sus herbarios.  Algún sábado por la noche también se deja caer por la taberna del barrio. El Mariñas es allí bien recibido porque siempre paga unas rondas y se interesa por la salud de los parroquianos. Pero el momento de la semana que aguarda el coleccionista con impaciencia es la partida de ajedrez que juega con la Cubana cada domingo, batallas que comienzan tras el café del almuerzo y que suelen prolongarse hasta la media noche.

La Cubana es la vecina de abajo. Llegó a tierras gallegas hace dos años para retomar las propiedades de su familia. La señora tiene una interesante leyenda a sus espaldas que los vecinos se han preocupado de adornar. Según se comenta, fue General del ejército castrista y ejerció de espía para los rusos durante los últimos tiempos de la Guerra Fría. La afición al ajedrez le viene de la temporada que pasó en Moscú aprendiendo técnicas de infiltración y estrategias de espionaje.

—Cuando murió El Comandante, agarré las maletas para regresar —comenta la señora con su fuerte acento de la Habana Vieja.

La relación entre los dos vecinos comenzó con un traspiés, porque la Cubana salía a fumar a la terraza y el humo de los puros atufaba la colección de cactus del señor Mariñas.

—¿No sabe que las plantas son adictas a los venenos?  —replicó la Cubana a las críticas de su vecino.

Y era verdad, porque los cactus del Mariñas comenzaron a crecer con un lustre desconocido y a echar hasta cuatro floraciones al año desde que apareció la Mata Hari del Caribe.

Gracias al ajedrez se fue forjando entre ambos una sólida amistad que dejaba al aire el deseo contenido de dos almas maduras y solitarias. Entre enroques y jaquemates, pasaban la tarde hablando de libros, política y acontecimientos, mientras daban buena cuenta del ron añejo que recibía la Cubana de sus parientes al otro lado del mar.

Pero esta vida apacible y rutinaria se fue al garete el mismo día que el sobrino del Mariñas, el informático, le abrió a su tío varios perfiles en las redes sociales.

—Ahora podrás coleccionar amigos —le dijo.

Don Julián comenzó una actividad frenética para alimentar su lista de amigos virtuales. A los dos meses tenía casi cuatro mil seguidores de nueve países diferentes y una retahíla de mensajes que contestar en varios idiomas. Se hizo un experto en emoticonos: likes, corazones, guiños, besos, OK y manos en todas las posiciones. Para atender tan formidable hermandad, cada día se acostaba más tarde, alimentándose apenas con una tortilla francesa acompañada por dos mendrugos de pan.

Ante su reiterada ausencia, la peña ciclista decidió enviar una comitiva. Les recibió un individuo maloliente y en chancletas que nos les dejó pasar del umbral de la puerta. Las insistentes llamadas de la Cubana tampoco fueron atendidas ni sus gritos de angustia por el balcón; y mucho menos obtuvieron respuesta los constantes mensajes de los colegas de la taberna. A medida que don Julián iba ganando territorio a golpe de ratón, los floridos cactus de la terraza se fueron muriendo, uno tras otro, por falta de atenciones.

La misma noche que atesoró veinte mil amigos, la policía derribó su puerta para encontrarle exhausto y vencido sobre la pantalla. En la habitación sin wifi del hospital comenzaron a alimentarle con las zamburiñas y los percebes que le traían de la taberna. Durante el duermevela de su convalecencia, la Cubana le reveló todos los secretos de estado que había descubierto en el desarrollo de su profesión. Más de una confidencia hubiera hecho saltar el mundo por los aires.

Tras regresar a casa después de una larga recuperación, el sobrino le informó del misterioso incendio ocurrido en la nave donde almacenaba sus colecciones. Los cientos de miles de objetos y cachivaches quedaron reducidos a una bola de metal, como el corazón del Soldadito de Plomo. Tampoco supo explicarle la extraña desaparición de todos los archivos del ordenador.

Aturdido por las noticias, Julián Mariñas se sentó en la terraza para tomar un poco el aire.  De repente le llegó el olor inconfundible del habano y los anillos de humo del piso de abajo. La fuerte carcajada de un hombre feliz pudo escucharse en toda la ría.


Por Rosa María Mateos

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El Relato Caleidoscópico de Haizea M. Zubieta

Esta semana la encargada de continuar el Relato Caleidoscópico es Haizea M. Zubieta autora de la novela Infinitas. Antes de dar paso a su vuelta del caleidoscopio os recuerdo que el hashtag para comentar la entrada de hoy en #RCaleidoscópico25, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en el Facebook.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Elíseo estaba a punto de dormirse cuando una idea cruzó por su mente— si me duermo olvidaré lo poco que recuerdo —hizo todo lo posible por intentar mantenerse despierto sin llegar a conseguirlo.

Se despertó en una habitación deshabitada de paredes que una vez fueron blancas, en las que se intuían las sombras de los antiguos muebles que una vez la poblaron, como los retazos de recuerdos que poblaban su mente de Nuevo Humano.

Las marcas en tobillos y muñecas eran lo único que le podía indicar que el encuentro con 223 había sido en este plano de la realidad, pero justo esa parte del día anterior era la que se había corrompido en la mente de Elíseo.

Recordaba vagamente el despertar del día anterior en la que creía que era su oficina, su vagar por distintos planos de la consciencia sin estar seguro de que había sido realidad y que había sido una ensoñación.

Se levantó y un tintineo le alertó de la caída de lo que tenía en el regazo, eran el bolígrafo y hoja que asía antes de que el sueño le venciese. En el papel se intuían restos de unas palabras, «DOP F/ SU NO?» que no le decían nada.

Día 22 (Salvador Ramírez)

—Debe haber un problema de circuitos. Esto no está funcionando…

—Sí, pero no entiendo qué puede ser. Hemos revisado todo. Otros han ido bien, pero éste… De repente recuerda algo, lo mezcla con sucesos extraños, viaja a la infancia… Y esa insistente interferencia de deseo sexual con la enfermera…

Entre tanto, Elíseo, aturdido en el nuevo escenario en que se encuentra, observa desconcertado el bolígrafo y el papel recién caídos al suelo. Su cabeza es ahora un remolino de confusión. Algunas ideas vagas le rondan, vienen y van, pero no logra atrapar ninguna.

Al otro lado, mientras le observan a través de una oculta cámara, las dos mujeres continúan la conversación.

—Es comprensible, Mayda. Son cosas que forman parte de su pasado, de fantasías, no sé, juegos infantiles, pesadillas, miedos… Y el deseo erótico es más normal, si cabe. Lo hemos visto ya en otros. Son pensamientos muy arraigados. Tú lo sabes bien, se ha discutido en el equipo, el propio Plan advertía de algo así. La Gran Transformación en Nuevos Humanos no iba a ser tan sencilla.

—Ya… sí… Lo sé, Alene, lo sé. Pero aquí hay algo más. Éste se resiste, cambia con demasiada frecuencia, lucha incluso con cierta conciencia de ello. Es como si no quisiera abandonar su pasado.

En ese momento, Elíseo gritó.

Día 23 (Eva Palomares)

Y Elíseo se escuchó a sí mismo.

Pero él no había abierto la boca para proferir ningún sonido. Los gritos provenían de todas direcciones. Múltiples gargantas de Elíseos invisibles se colaban en su tímpano a través de los muros que delimitaban aquella habitación.

¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra? Rápidamente, los ojos de Elíseo recorrieron la estancia en busca de una salida. No la halló. No existía.

Estaba emparedado en aquella habitación. La única pista que podría sacarle de allí pendía de su mano agarrotada. Y estaba tan exaltado que no se dio cuenta de cómo el sudor le corría por la muñeca, humedeciendo el trazo de bolígrafo que, hasta ese momento y, sin que él lo supiera, era su «as en la manga».

Se apoyó en las paredes y escuchó. Ruidos, alguien caminaba. Oía su propia voz al otro lado.

Elíseo se dio cuenta de que estaba en una ratonera de alguna mente psicótica. Allí había otros Elíseos repartidos en dios sabe cuantas habitaciones iguales a la suya.

Se acercó a una de las paredes y la tocó. La pintura rugosa revelaba algo escrito.

Fijó la vista. Un código igual al que se aferraba su mano. Otro, otro, otro más… Aquellos muros estaban repletos de códigos.

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.


La semana que viene habrá una nueva entrada de La Buhardilla de Tierra Trivium y en dos semanas volveremos a tener un nuevo relato de Elíseo de la mano de un nuevo autor.

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Poesía sin títulos: Quiero ser mujer

Esta semana Alberto Morate nos trae su poema Quiero ser mujer

QUIERO SER MUJER

También quiero ser mujer
y poeta.
Desafiar a la vida por machista,
sentir en mi vientre, si fuera posible, una nueva vida.
Pensar y que no piensen que soy tonta,
enfrentarme a indeseables con inteligencia y soltura.
Quiero ser mujer sensible
aunque se sufra.
Ser la mejor amiga de mis amigas.
Quiero que en mi currículum
no pregunten por mi sexo,
si llevo faldas, sujetador,
o si sé algo de cocina.
Quiero ser mujer libre y sin ataduras,
hacer lo que me plazca
sin importarme lo que digan.
Quiero ser mujer,
y no hablo de ser pobre o rica,
sino de entender la vida
desde otra perspectiva.
Ser mujer es ser valiente,
es sentirse guapa sin imposturas,
es ofrecerme por entero
a quien yo quiera
y despedir de mi lado a quien me fastidia.
Ser mujer, poeta, Alberto,
padre y madre al mismo tiempo,
abuela, niña, hermana, tía,...
mujer que no entiende de artimañas,
sí de emociones compartidas.
Quiero ser mujer
siendo yo mismo.
Espero que haya alguien
que me sepa comprender
y no se ría.

Por Alberto Morate

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Los cuentos del bardo: El rayo de la Luna

Esta semana Josep Salvia Vidal nos trae el relato El rayo de la Luna, os invito a disfrutarlo.

EL RAYO DE LUNA

Es noche cerrada. La luna llena domina el mundo y lo sumerge en una clara penumbra blanquecina. A su lado, las estrellas brillan como si estuvieran engarzadas en un retal de tela negra. Todo permanece en silencio. La quietud es nocturna igual que los espíritus malignos. Estoy sentado frente a la chimenea encendida donde chisporrotean los troncos de leña y las llamas anaranjadas parecen bailar una danza peculiar. No puedo dormir y escribo a la luz de unas cuantas velas. Cada vez que introduzco la pluma en el tintero, la alberca negruzca que forma la tinta se agita. Lentamente, el pergamino se va llenado de trazos oscuros como si fueran hilos de tiniebla o azumbres de hollín.

De pronto algo extraño ocurre. Una luz blanquecina y casi transparente rodea la cabaña donde vivo y se pierde en el bosque que se extiende desde detrás de mi casa hasta la línea del horizonte. Dejo la pluma sobre la mesa, me levanto y abro la puerta pero la luz se ha desvanecido. Salgo, avanzo unos pasos que quedan perdidos entre la hierba y distingo el rayo de luz entre los árboles, a unas pocas leguas de distancia. De forma extraña me siento atraído por él y echo a correr persiguiendo al rayo pero la luz es más rápida que yo y jamás la alcanzo. Corro por el bosque sorteando los árboles que parecen estar más vivos que nunca porque son monstruos dormidos. Todo es hechizante. Mágico.

De repente algo me frena. Es un oso. El animal advierte mi presencia y me mira. Me quedo quieto, asustado. Tiemblo. No sé qué hacer. Entonces la bestia se pone de pie sobre sus patas traseras y lanza un grito que hace estremecer al mundo. El miedo me invade definitivamente y me paraliza. Mis piernas no responden y mi cuerpo no obedece. Finalmente la bestia lanza su ataque y se abalanza contra mí. Estoy perdido. Cierro los ojos esperando el impacto. De un momento a otro, un zarpazo violento me derribará sobre el suelo para morderme y devorarme después. Es el fin. Y, sin embargo, el fin no llega nunca. El rayo de luz regresa, me rodea y se posa sobre los ojos del animal que queda ciego durante un instante antes de que huya despavorido para desaparecer en la frondosidad del bosque. Mientras, yo recupero la calma poco a poco.

Ahora tengo al rayo de luz frente a mí. No sé qué es ni sé de dónde proviene pero me eso me ha salvado la vida. Quizá sea un rayo de luna. Entonces el rayo se hace corpóreo y se transforma en una mujer de belleza rotunda, de aspecto etéreo, de piel blanquecina y casi transparente, de cabellos rubios que se prolongan hasta más allá de su espalda. Lleva un largo vestido azul como si estuviera hecho de urdimbres de cielo. La mujer comienza a caminar y se acerca mientras me dice que se llama Egle, que no tenga miedo. No lo tengo. Si sigo quieto es por el asombro. Egle está ya tan cerca que puedo sentir su aliento sobre el mío. Entonces me besa y con ese beso se adueña de mí. Entonces me coge de una mano y nos elevamos por los aires para atravesar el cielo, para volar como los pájaros, para ser libres, para llegar a un lugar donde nadie podrá encontrarnos jamás.


Por Josep Salvia Vidal

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Martín Garrido Ramis en la Revista Tierra Trivium

Hoy damos la bienvenida a la Revista Tierra Trivium a Martín Garrido Ramis con este texto sobre una novela que le marcó. Y sin más preámbulos os dejo con Martín Garrido Ramis y su Robinson Crusoe.

ROBINSON CRUSOE

By Alexander Frank Lydon (1836-1917) - The Life and Adventures of Robinson Crusoehttp://www.gallery.oldbookart.com/main.php?g2_itemId=3121, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=19369508

La primera novela que leí en mi vida fue Robinson Crusoe de Daniel Defoe (Editorial Felicidad 1962). Tenía trece años y me la regaló mi madre. Aún conservo el ejemplar. Aparte de los libros de texto del colegio nunca había leído una novela. Y la verdad es que me costó mucho hacerlo por lo pequeña que era la letra, por mi falta de práctica y por mi situación en aquel momento. La novela era una edición para niños y llevaba ilustraciones. Una curiosidad es que la portada solo llevaba el título sin el autor, que iba en las páginas interiores. Aún no entiendo el por qué mi madre me lo regaló. Es un misterio porque nunca más repetiría la acción. De todas formas ese libro no me influyó mucho pero sí marco el principio de una etapa de mi vida, por eso siempre lo recordaré. Tenía trece años y el doctor Aguiló (el mejor urólogo en ese momento de Palma) le había dicho a mi madre que tenía nefritis y que tendría que estar en la cama sin moverme, como mínimo tres meses. El practicante, que venía a mi casa, me pinchaba dos veces al día, y yo, por mi parte, vomitaba todo lo que comía. Así transcurrió el primer mes. Luego mejoró la cosa. Me pinchaban solo una vez al día y dejé de vomitar. Fue entonces cuando mi madre me regaló el libro. Te he comprado esto, me dijo dejándolo sobre la mesilla del cuarto de mis padres donde yo pasaba el día. La cama era grande y con marquetería. La había hecho mi tío Rafael que era un gran carpintero ebanista. Allí, en el cuarto de mis padres, un poco aburrido de ver el libro sobre la mesita, un día lo abrí y empecé a leer. Fue toda una experiencia saber lo que le pasaba a un señor inglés y rico, que naufragaba y se quedaba a vivir en una isla aparentemente desierta, aunque había un indígena llamado Viernes. No lo recuerdo bien, pero quizá tarde un mes en leerlo, y eso que estaba todo el día en la cama sin hacer nada. Leía tres o cuatro hojas y lo dejaba. Mi jornada diaria consistía en dibujar, jugar al ajedrez cada mañana (los domingos no) con Vicente, un camarero que vivía en la pensión de mi padre, y ver la televisión cuando empezaba a emitirse por la tarde. Así pasé siete meses de mi vida dejando atrás una existencia conflictiva debido a mis malas amistades. Existencia que llevaba por el camino de la amargura a mis padres. Y Robinson Crusoe, aunque no es de mis novelas preferidas, siempre formará parte de ese tiempo que cambio mi vida. No volvería a coger un libro hasta siete años más tarde, cuando me presenté voluntario al servicio militar. Robinson Crusoe lo volví a leer veinte años después. Lo sé porque está escrito en la solapa del libro.


Por Martín Garrido Ramis

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Pequeñas Cosas: Sueño Eterno

Terminamos el mes de septiembre con un nuevo poema de Enrique Garza.

SUEÑO  ETERNO


Pude mirarte  a los ojos
Y soñar que navegaba,
en un velero contigo
en el mar de tu mirada.

Pude rozarte los labios 
Y soñar que te besaba,
Acariciándote el pecho
¡pétalos de tus guirnaldas!

Pude soñar que tu manos,
se deslizan en mi espalda
Y que tus caderas vuelan:
Como olas en batalla.

Pude soñar que me quieres,
domo el sol a la mañana
domo la leña al hogar
domo tus ojos, al alba.

pude verme en ese sueño, 
se perdió, en la madrugada.

Por Enrique Garza

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Ecos de Tierra Trivium: Septiembre 2019

ECOS DE TIERRA TRIVIUM

Tras el descanso estival retomamos los Ecos de Tierra Trivium con un resumen de lo sucedido en el universo Tierra Trivium durante los meses de agosto y septiembre, así como los próximos eventos de la editorial.

ENTREVISTAS

Abrasha Rotenberg: La vida en peligro de Abrasha Rotenberg (El País, 2019)

RESEÑAS

La Amenaza de Abrasha Rotenberg en El Cultural

Hasta los andares de Laura Orens en Revista Leer nº294

Ararat de Christopher Golden en El caballero del árbol sonriente

Ararat de Christopher Golden en Todo Literatura

NOTICIAS

Abrasha Rotenberg visita Madrid para presentar su novela La Amenaza (Todo Literatura)

La Costa da Morte, escenario de la novela «Hasta los andares» (La Voz de Galicia, 2019)

“La Mujer Mora”, il romanzo del filosofo Massimo Desiato (La voce d’Italia, 2019)

EVENTOS

2 de Octubre de 2019 a las 19:00 en la Biblioteca Eugenio Trías: La mujer protagonista a lo largo de la historia, con la participación de Inma Gómez, Sara Levesque y Lola Fernández Estévez, moderadas por Albahaca Martín.

4 de Octubre de 2019 a las 19:00 en La Forja de las letras: Presentación de Caricias de Fogueo de Pedro de Paz.

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Sobremesas manchadas de café y tinta en La Buhardilla de Tierra Trivium

Abrimos temporada de La Buhardilla de Tierra Trivium con una entrevista a las autoras de Sobremesas manchadas de café y tinta (Blanca Armenteros, Lourdes Chorro, Mercedes Lázaro y Carmen Soteres).

Ignacio J. Dufour García: Empecemos la entrevista por una pregunta clásica, ¿cuándo supisteis que las letras corrían por vuestras venas?

Blanca Armenteros: Desde muy niña cuando, por primera vez, oí a mi padre teclear en la Olivetti y fantaseé sobre las historias que allí se escondían. La imagen, el sonido y el olor a papel carbón, alimentaron mi interés por buscarlas.

IJDG: ¿Qué fue lo primero que escribisteis? ¿Cómo os llegó?

Lourdes Chorro: Casi no me acuerdo de lo pequeña que era. Fue un poema que además leí en la fiesta fin de curso del colegio y ni siquiera llegaba al micrófono.

IJDG: ¿Qué mujeres creativas estudiasteis en vuestro período escolar?

Mercedes Lázaro: Carmen Martín Gaite, Rosa Chacel, Rosalía de Castro, Carmen Laforet o las hermanas Bronte fueron buenos ejemplos de mujeres representativas para mi posterior interés literario.

IJDG: ¿El hecho de ser mujer ha influido en vuestra carrera profesional?

Carmen Soteres: No lo creo, pero es posible que en la vida de toda mujer haya unos condicionantes de los que no se puede escapar.

IJDG: ¿Habéis pensado en cambiar de género literario?

BA: Hoy por hoy me atrae el relato corto, es intenso a la vez que conciso, por lo que exige al lector una mayor implicación. Una vez dicho esto, no me cierro a nada.

IJDG: ¿Por qué creéis que la generación actual no está interesada en la literatura?

LCh: Creo que la literatura tampoco está interesada en ellos, porque no aborda los temas directos, de rápida resolución, que les llegan. Deberíamos fijarnos en los raperos. La literatura best seller de hoy no está en su onda y la otra, la LITERATURA, la asocian a otros tiempos.

IJDG: ¿Cómo podríamos animar a los jóvenes a participar de la creación literaria?

ML: Creo que es más fácil si el ambiente lo propicia, tanto familiar como escolar. Enseñar, mostrar la literatura desde lo que les interesa según el momento que viven.

IJDG: ¿Tinta o tinto?

CS: La tinta, claro que me interesa, me interesa mucho, pero siempre dejo un hueco para el relax y otra forma de diversión.

IJDG: ¿Es posible disfrutar la literatura en compañía?

BA: La literatura en sí misma es un disfrute y la opción de compartirla con alguien resulta muy atractiva. El teatro ofrece esa posibilidad, al igual que los clubs de lectura. En compañía o en soledad, lo importante es que forme parte de nuestra vida.

IJDG: ¿Cómo podemos visibilizar la figura de la mujer creativa sin caer en el hembrismo?

LCh: Que las propias mujeres visibilicemos a las demás mujeres y conseguir así hacernos a cada una de nosotras visibles.

IJDG: ¿Qué ha sido lo más complicado que habéis escrito?

ML: Mi último trabajo, precisamente los relatos recogidos en el libro «Sobremesas manchadas de café y tinta», un reto personal.

IJDG: ¿Y lo que recordáis con mayor cariño?

CS: Recuerdo con mucho cariño el relato que leí en mi primer taller. Me sentí muy orgullosa.

IJDG: ¿Qué proyectos literarios tenéis en la cabeza?

BA: Seguir escribiendo y si el tiempo me lo permite, hacer una incursión en el guion, construir un buen diálogo es un reto para cualquier escritor.

IJDG: ¿Sois escritoras a tiempo completo?

LCh: Soy escritora sin tiempo; y esto nos lleva a mi respuesta sobre la visibilidad de las mujeres. Busquemos ese tiempo para valorarnos y decir que estamos aquí.

IJDG: ¿Eliminaríais la literatura clásica de calidad por su concepción machista?

ML: Para nada, lo considero fundamental. Simplemente hay que saber situar la literatura en su contexto histórico.

IJDG: ¿Se la leeríais a vuestros hijos?

CS: Sí, se las daría a leer; primero por conocimiento y después precisamente porque leyendo clásicos y contemporáneos, podrían hacer comparaciones.

Muchas gracias por vuestro tiempo, ha sido un placer retomar las entrevistas en La Buhardilla de Tierra Trivium en la compañía de estas cuatro autoras. Os deseo una larga carrera literaria y que nos volvamos a encontrar con nuevas obras de las que hablar.

La semana que viene tendremos una nueva entrega de El Relato Caleidoscópico de la mano de una de las autoras más en boga del momento y dentro de dos semanas volveremos con una nueva entrevista en La Buharidlla de Tierra Trivium.

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El maestro

Esta semana en Poesía sin títulos disfrutaremos de El maestro de Alberto Morate.

EL MAESTRO

No soy tu enemigo.
No vengo a amargarte el tiempo
ni a castigarte por lo que no has hecho.
Quiero enseñarte el mundo
a través de los números o de los verbos.
Me gusta que tengas dudas,
que pienses más en lo que enseño
y menos en retenerlo.
Quiero que sepas
que la magia puede estar en un lapicero,
que tú mismo formas parte
de la historia y del universo,
que los libros son una ventana,
que tienes un camino abierto,
que la paz no es solo un gesto,
que las aulas no son solo
cuatro paredes con gente dentro
sino que en cada vida
cabe una sonrisa, un abrazo, un mundo nuevo.
Te pediré que sientas la poesía
como eres capaz de oír el silencio.
Te guiaré para que bailes con los números
como lo haces cuando estás contento.
Te explicaré las cosechas, el cambio climático,
el secreto de las células,
el milagro del crecimiento.

Lo que no puedo interpretar son tus sueños,
porque esos son libres como el viento.
Descarga tu energía en el deporte,
en conseguir nuevos retos.
No te enfrentes violento con nadie
porque perderán tu respeto.
Con los idiomas haz un esfuerzo,
agradecerás más adelante
poder entenderte sin miedo.

Estos son mis consejos.
Si los sigues o no,
dependerá de ti
y de si estás atento
a tu propio sentimiento.

Yo solo soy un humilde maestro.

Por Alberto Morate

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Rosa García-Gasco presenta Rosa sobre blanco

En esta segunda semana de la Revista Tierra Trivium seguimos presentando novedades y hoy toca la nueva sección de Rosa García-Gasco titulada Rosa sobre blanco que se alternará los miércoles con Los cuentos del bardo de Josep Salvia Vidal. Y sin más presentación os dejo con el primero de sus poemas.

El despertar de Alcíone

Silbaron en sus sienes de mañana 
el ábrego y el bóreas feroces;
encaramada al filo del escollo,
la ropa desgarrada en la borrasca,
Alcíone mastica su zozobra:
quiere surcar el velo de su llanto,
volar a los despojos que la arena
tritura en torbellino, a dentelladas.
«¿Así, querido Ceix, a mí retornas?»
murmura, y busca en la mejilla inerte
aroma a vida y a latir y a sangre.
Pero la sal se lo ha llevado todo;
las algas se instalaron en sus ojos.
Se han vuelto puerta abierta para el alma
los fríos labios que la esposa besa.
Lágrimas y cabellos arrancados,
hasta su amor de tempestad henchido
se escapan en las garras de las aves.

(Mutada Alcíone en tormenta y nada,
sueña que incuba siglos de silencio).

Por Rosa García-Gasco