37º Latitud Norte: Domingo de carnaval

Debido a una serie de imprevistos tuve que posponer las despedidas de los autores de la revista, así que hoy nos acompaña en su horario habitual nuestra querida Rosa María Mateos, con la que ha sido un placer compartir estas páginas y conocer a sus peculiares personajes. A modo de despedida nos trae una divertida historia de carnaval, obviamente gaditano, así que agradeciendo nuevamente el haber compartido sus textos con nosotros os dejamos en manos de Rosa María Mateos y su Domingo de carnaval.

Imagen de un carricoche con forma de submarino plateado con el texto 3000 dibujado con cinta roja en el costado. Va pilotado por un hombre con casco plateado, nariz roja de payaso, gafas de nadar y mascarilla negra. 
Fotografía: ©Oded Balilty

Domingo de carnaval

Francisco Cortés es conocido en Madrid como François, ya que tomó prestado un nombre afrancesado para ganar caché en los círculos políticos. Lo que nadie sospecha en el corredor que une Zarzuela con Moncloa es de su origen gaditano, del mismísimo barrio de la Viña. Allí se le conoce como Paquito Conejo, porque de pequeño tenía las paletas salidas hacia fuera y cuatro pelusas mal contadas en el bigote.

Desde que se casó con Cayetana Fabiola, una señora de postín que toma el vermut con las narices levantadas, François ha prosperado (y mucho) por las altas esferas. Escribe unos discursos impecables, tan políticamente correctos que hasta la Casa Blanca le ha pedido consejo para ligar de igual manera adjetivos, sustantivos y verbos. Su lírica literaria es igual de bella que vacua; pura palabrería al servicio del poder. Un lenguaje de palabras grandilocuentes con los renglones en blanco para el sueño de los jóvenes y la soledad de los ancianos.

La pasión por la escritura le viene a Paquito Conejo de la infancia. El niño vivía para y por el carnaval. No solo elucubraba insólitos disfraces que le cosía su madre a pedaladas con la Singer, sino que componía todo tipo de tangos, cuplés y popurrís para las chirigotas. Los libretos de Paquito destacaban por un finísimo sarcasmo, una afilada agudeza que conseguía extraer de cada personaje la mofa que le define y el escarnio que se merece.

Todos los febreros, François se escapa a esquiar en solitario para buscar inspiración en la naturaleza, o al menos es lo que le dice a su mujer. En realidad, pone rumbo al sur. Este año va disfrazado de submarino y ha compuesto tres cuplés: Yo quiero ser ministra, Las babuchas del Emérito y Me he vuelto resiliente. Termina la función callejera con un pegadizo popurrí que ya canturrea el público de la Viña: Si dijera lo que pienso; un título certero porque el letrista le saca punta a todo el señorío con quien se codea el resto del año.

En pleno estribillo, Paquito Conejo vislumbra a lo lejos a Cayetana Fabiola. Su mujer se acerca a paso rápido con una comitiva del Congreso que viene a darse un baño de realidad. Paquito se mete en el submarino, baja la escotilla y se dispone a salir disparado sorteando a la concurrencia. Como un bólido, el submarino enfila hacia la Caleta, perdiendo los frenos poco antes de adentrarse en la playa. Nadie percibe cómo el artefacto se precipita en el mar con Paquito Conejo a los mandos. Es lo que tiene la soledad oceánica de un domingo de carnaval.

Durante meses, los equipos de montaña rastrean los Pirineos en busca del esquiador desaparecido. Ha sido un invierno de avalanchas. En el Atlántico, las corrientes marinas arrastran el batiscafo chirigotero a las profundidades abisales. Allí, el mayor fariseo de las letras españolas duerme el sueño de los justos junto a los pulpos de cabeza doble y los calamares gigantes.


Por Rosa María Mateos

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