Comentarios desde la Luna: Belleza y Caos

Esta semana Sonsoles Maroto Pérez nos trae un comentario muy bucólico acompañado de un precioso vídeo que ha grabado estos días, así que acompañarme en este paseo por la naturaleza de la mano de Sonsoles Maroto Pérez con Belleza y Caos.

BELLEZA Y CAOS

La tierra me llama como a un cordero su madre: con berridos hirientes, cuando me alejo o me caigo. Me protege de la locura y de la cordura, de mí misma y de los otros. Muy lejos de cualquier otro placer que yo imagine, perderme entre senderos y rastrojos o por riveras de ríos… ¡ese, ese es mi mayor deseo! Igual me da un modesto bosquecillo, casi invisible entre los trigales, o un  pinar que se alza, elegante, hasta el atardecer: para mi mente, cautiva, todo es libertad. Entre el viento y los remolinos de polvo, enredada con ortigas, juncos o matorrales, así, en cualquier rama, se me queda enganchada la memoria y permito a mi cabeza reposar. Dejo entonces de preocuparme por todas las cosas hechas y por hacer, o por las incertidumbres futuras. Me detengo; doy rienda suelta a mis neuronas para que se mezan con las hojas y cuando, al fin, siento un espacio virgen donde quedarme a solas dentro de mí, sólo entonces, mis pasos terminan y sosiego. En ese momento y en ese lugar, ya nada más importa: con la mente acallada y el corazón pausado, contemplo.

Belleza. Hoy mi mente libre me lleva a pensar en la belleza de las cosas que en el Mundo existen y de aquellas que me rodean. Observo estos árboles, ahora perfectos en sus colores de verano, verdes vivaces, repletos de savia nueva, con sus ramas explotonas, fuertes, y esas hojas tostadas o verdosas. Y los veo, después, desnudos en invierno, con brotes menudos en primavera, con hojas caducas en otoño, pero siempre, bellos. Al instante, dibuja mi cabecita loca un incendio aún más fulgurante, y cientos de árboles asesinados, quemados, su vida truncada antes de tiempo. La paz interior se trueca por un diálogo apasionado:

—¿Dónde se fue la Belleza ahora?¿Por qué no es eterna, la Belleza? —Me pregunto a mí misma.

Pronto mi mente, ya encorsetada por la educación, me responde.— Es el ciclo de la Vida, ese continuo devenir entre materia y energía, esa tendencia del Universo al desorden, al caos.

Yo, rebelde, no me conformo con la respuesta y protesto.— ¿Y no debería existir un reducto de Belleza Perpetua donde refugiarse?¿Cómo ilusionarse con la Vida, si en ella todo cambia, se transforma, desaparece…?

Mi mente, presta, replica de nuevo.— ¿Acaso eso que sientes ahora no es lo mismo que el miedo a la Muerte? El temor de perderlo todo en un instante en el que… ¡¡ pum!!, pasamos de estar aquí, a no estar.

Pero yo, ahora tumbada, tengo respuestas para todo.— Es un temor relativo, ese de la Muerte. Depende lo que entiendas tú por muerte. Para mí, no es más que un cambio de estado de la Vida. No es en balde que sabemos que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Este principio de la física de Einstein me ha dado la coartada perfecta para creer en el espíritu eterno; porque, ¿qué es el espíritu, más que la energía que dirige mi cuerpo caduco? O, ¿acaso no habrá tal vez un espíritu que mueva también este Universo, que tiende al caos?

Cierro mis ojos, hasta ahora fijos en las copas de los árboles y su coqueteo con el cielo, y compruebo que mi mente, otra vez más, se ha adueñado de mi tiempo de descanso. Es una tirana. Si la dejo, no me queda ni un reducto de paz al finalizar el día. La llamo al orden, respiro hondo, y me dejo caer en la pereza. Al cabo de un rato, un olor caliente a espigas tostadas por el sol juguetea con las aletas de mi nariz… ¡Aaatchíiisss! Me duermo profundamente.

«Y… sí. El riachuelo donde fuiste tan feliz siempre, por fin tiene un recuerdo de ti, papá. Quedó esparcido entre el chopo de la charca grande y el remanso viejo de los cangrejos. Era casi de noche ya, la mejor hora para pescar», recuerdo haberle dicho a mi padre, al despertar.

La vigilia me lleva esta vez al dolor, un dolor antiguo y pesado. Y quisiera ser una roca, para no sentir, para vivir aislada como la isla de Simon & Garfunkel, en aquella canción de mi adolescencia que ahora tarareo. Me levanto, y vuelvo con la misma pereza a la realidad. La canción de los setenta se va borrando con mis pasos lentos entre la hierba y los matojos. De nuevo mis oídos escuchan los susurros de las hojas en su canturreo con los pájaros que me rodean, y el sol me espabila con lentitud. Una vez más, la Naturaleza me salva del Dolor. Y le doy las Gracias, por siempre.


Por Sonsoles Maroto Pérez

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