Los cuentos del bardo: Tempus fugit

En este primer miércoles de agosto nuestro querido bardo nos trae una nueva historia esta vez relacionada con el paso del tiempo, así que todos vosotros Tempus fugit de Josep Salvia Vidal.

Un reloj de bolsillo con su cadena

TEMPUS FUGIT

Sin otra cosa mejor que hacer, enciendo el portátil y comienzo a navegar por internet. Estoy de vacaciones. Es un día caluroso de verano, principios de agosto, y hace un bochorno que en la calle se derriten hasta las baldosas de las aceras. Sudo. Mi frente es un manantial de agua salada no apta para el consumo humano. No soy potable. Por suerte, el aparato de aire acondicionado está conectado porque si no sería mucho peor. Y de repente, imagino una serie de hombrecillos diminutos que viven dentro de ese electrodoméstico, en las alturas, soplando. Tal vez ellos produzcan el aire que me refresca. Ellos tan pequeños como gnomos. Ellas tan diminutas como hadas. Voy vestido con unos pantalones cortos, unas chanclas de piscina y sin camiseta. En verano, pierdo la dignidad en el vestir y la elegancia.

Surcando por las profundidades de la red encuentro un foro de relojeros. Me quedo. Me interesa el tema más por curiosidad que por otra cosa. Hablan del tiempo. Hacen disertaciones sobre su paso inexorable e incluso aportan citas de escritores famosos. Uno dice que una de las primeras cosas que hizo la humanidad desde que tuvo uso de razón fue contar el paso del tiempo y eso abre un debate sobre relojes antiguos. Los ciclos de la luna a los que muchas civilizaciones consideraron una divinidad. Relojes de arena. Clepsidras que usaban el agua. Entonces uno dice que los relojes de sol no funcionan si están en la sombra y me pongo a reír, tan alto y tan fuerte que a punto estoy de mearme encima.

Pero en ese momento ocurre algo que me sacude por dentro, algo que provoca dentro de mí un seísmo. Mis placas tectónicas se mueven cuando leo una de las aportaciones al foro. Un tal Federico asegura que un reloj antiguo puede llevarte a un tiempo antiguo, a otra época. Y lo hace con tanta seguridad, con tanta solvencia, que me pongo a temblar en esa sacudida intensa. Reacciono. Inmediatamente, salgo del foro y apago el ordenador.

Me levanto de un salto y de un par de zancadas alcanzo mi habitación. Ventajas de vivir en un piso pequeño a extramuros de la gran urbe. Me siento al borde la cama y abro el último cajón de la mesilla de noche. Extraigo de él una pequeña caja y la abro. Dentro hay unos cuantos objetos personales, recuerdos de varias vidas, herencias queridas. Un rosario que perteneció a mi abuela. Un reloj de pulsera de mi abuelo. Otro reloj que fue de mi bisabuelo pero no de pulsera, sino de esos que se llevaban en el bolsillo atado con una cadenita. En aquella época, el tiempo no se contenía en las muñecas. ¿Qué pasará si me lo pongo? Pese al temor, ato la cadena a una de las trabillas del pantalón y guardo el reloj en el bolsillo. Me miro al espejo. Me convierto en un hombre decimonónico.

Al cabo de un rato, con el reloj guardado dentro de la caja y la caja metida dentro del cajón de la mesilla, salgo de la habitación pensando que el tiempo se nos escapa y no podemos hacer nada para retenerlo. Esa es la única verdad. Tempus fugit. Carpe diem.


Por Josep Salvia Vidal

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