Los cuentos del bardo: La hija del mar

Tras las historias de París, nuestro querido bardo nos trae otro de sus relatos en los que la barrera entre la realidad y la fantasía desaparecen así que sin poder deciros mucho más de esta preciosa historia os dejo con La hija del mar de Josep Salvia Vidal.

Dos barcas varadas sobre una playa ligeramente cubierta de agua durante un bello atardecer de tonos arrebolados

LA HIJA DEL MAR

Ahí va. Cada día a última hora de la tarde, justo cuando el cielo se quema con las llamaradas del atardecer y comienza a llegar la noche, ella recorre el camino que separa el pueblo de la playa bajando por los acantilados y llega hasta la orilla. Allí se desnuda, se adentra en el agua, permite que la sal impregne su piel y se queda ahí quieta. Se deja mecer por el vaivén suave de la marea como si fuera una niña pequeña en la comodidad de una cuna. De tan inmóvil que permanece, a veces parece muerta. Como un antiguo mascarón de proa separado de su barco. Como un trozo de madera. Como los restos de un naufragio. Pero no. Entonces mueve un brazo o tal vez una pierna y regresa la vida.

Se llama Marina. Nunca un nombre ha estado tan bien puesto. Dicen de ella que es la hija del mar. Dicen de ella que nació sobre una barca. Dicen que su padre era pescador y que su madre remendaba las redes de su marido con la habilidad de unas manos milagrosas. Dicen que cuando el vientre de su madre estaba tan hinchado que parecía una luna llena, se subió a la barca con el pescador y nada más partir mar adentro, la mujer se puso de parto. Rompió aguas encima de otras aguas. Soplaba la brisa. Las locas gaviotas gritaban por encima de sus cabezas. La luz del sol lo llenaba todo. El olor a sal penetraba profundo por las fosas nasales. Y nació la niña. Marina. La hija del mar.

Ahora ya es una mujer de belleza rotunda, definitiva. La piel blanquecina, casi transparente. El pelo rubio que alcanza más allá de la mitad de su espalda. Los ojos grandes, azules y acuosos. El cuerpo grácil y esbelto. Dicen de ella que ha rechazado a multitud de pretendientes que han querido sus amores. Dicen de ella que repudia a los hombres. Dicen de ella que solo se casará con el hombre al que ella bese primero en los labios porque así está escrito en la historia de su familia, porque así lo han hecho todas las mujeres que la han precedido en su casa.

Dicen de ella que vive dentro de una concha.

Dicen de ella que es una sirena.

Marina sale del agua y se viste. Lentamente emprende el camino de vuelta al pueblo, a su hogar. Yo la veo desde la ventana. Va mojada como si llevara el mar a cuestas, como si ella misma fuera un golpe de mar que penetra tierra adentro. De repente, justo cuando pasa por delante de mi casa, se detiene en medio de la vereda y levanta la cabeza. Me mira. Yo me pierdo en sus ojos líquidos y me convierto en un náufrago a la deriva. Atraído por una fuerza sobrenatural e irrefrenable, bajo a la calle y me planto delante de ella. En un gesto rápido, toma mi cara entre sus delicadas manos y me besa. Es un beso largo, cálido, salado. Marina sonríe. Yo también porque soy el elegido. Después entramos los dos en mi casa y ella cierra la puerta.


Por Josep Salvia Vidal

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