37º Latitud Norte: El amante de Madame Curie

En este último domingo de junio nuestra querida Rosa María Mateos nos trae una historia real de como el hecho de ser una mujer famosa hace que la sociedad se sienta con el derecho de meterse en su vida privada. Así que os dejo con Rosa María Mateos para que os cuente lo sucedido con El amante de Madame Curie.

Fotografía del congreso Solvay de 1911 con una serie de científicos de pie y otros entre los que se encuentra Marie Curie sentados en una mesa llena de carpetas de documentos y libros.
Congreso Solvay 1911

El amante de Madame Curie

La imagen que tenemos de Marie Curie es de una mujer fría, desaliñada, aislada del mundo en su laboratorio y ajena a cualquier alegría del cuerpo y el espíritu. Sin embargo, sus diarios revelan todo lo contrario: Madame Curie era una mujer apasionada, enamoradiza, coqueta, sensual y carnal. Las palabras que utiliza al rememorar la tarde que le entregaron el cuerpo destrozado de su marido lo confirma: Tus labios, que yo solía decir eran exquisitos, están pálidos, descoloridos. Qué golpe ha sufrido tu pobre cabeza, que yo acariciaba tan a menudo tomándola en mis manos. Y una vez más, te besé los párpados que tú cerrabas tan a menudo para que yo los besara.

Cuatro años después de aquel terrible accidente, Marie volvió a enamorarse. Un amor furtivo y apasionado con el profesor Langevin, colega de la Sorbona, algo más joven que ella y padre de familia numerosa. La engañada esposa de Langevin encontró la ardiente correspondencia de los amantes y dio comienzo a una terrible campaña de acoso y desprestigio contra la científica polaca.

La palabra “escrache” procede del francés écraser que literalmente significa “aplastar, derribar”. El término se queda corto con los adjetivos que dedicó la prensa francesa a Marie y los insultos que le prodigaron algunos justicieros ciudadanos que rondaban su casa, hostigando también a sus pequeñas hijas Iréne y Eve.

La relación tuvo consecuencias más allá de las fronteras francesas. Los ilustres y moralistas miembros de la Academia Sueca, que pocos meses antes le habían concedido su segundo Nobel en solitario, le enviaron una sugerente carta invitándola a renunciar al premio. La respuesta de Madame Curie fue contundente, y el Rey Gustavo V de Suecia, cuya homosexualidad era un secreto a voces, le acabó otorgando el galardón por sus valiosas contribuciones a la Química.

La imagen que acompaña este texto es una instantánea tomada en la Conferencia Solvay, celebrada en Bruselas en el otoño de 1911, cuando el escándalo estaba candente. Los gestos de Marie hablan por sí solos: sentada, se oculta con su propio cuerpo del resto de los caballeros, pareciendo estar muy concentrada con la mano derecha en la sien. Langevin, el primer caballero de pie a la derecha de la fotografía (junto a Einstein), tiene una mirada perdida y triste que se dirige hacia el infinito.


Por Rosa María Mateos

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