Autor del mes: David Casals-Roma

En este último sábado de junio os traemos a nuestro Autor del mes: el cineasta y escritor David Casals-Roma, autor de 21 días de ira. Y al que pudisteis escuchar hace unos días en una de las mesas de Galapanoir.

David Casals-Roma

Estudió Cine y Medios de Comunicación en la Universidad Birkbeck de Londres.

Ha participado en diversos cursos de escritura y de producción cinematográfica con creativos de Pixar (Estados Unidos), en la Escuela de Letras de Madrid, en la London Film School y con el ganador de la Palma de Oro Abbas Kiarostami (Italia).

Ha escrito y dirigido cortometrajes de ficción, documentales y reportajes, ganando más de 100 premios en festivales de todo el mundo.

También ha escrito relatos, cuentos infantiles, teatro y poesía. Recibiendo en 2019 el Premio de los Juegos Florales de Sant Sadurní d’Anoia.

En este mismo año publica su primera novela 21 días de ira, por la que recibió en 2021 el Premio Morella Negra a la Mejor Novela Negra publicada por un autor novel en España.

Además de escribir, David es el director de la escuela de cine ECCIT de Lleida y trabaja como profesor de guion y dirección cinematográfica en escuelas de España, Francia y en la Universidad de Massachusetts-Amherst de los Estados Unidos.

David Casals-Roma

Y tras este resumen de la carrera literaria y cinematográfica de David Casals-Roma os traemos las primeras páginas de su novela ya que David considera que es la mejor forma de adentrarnos en su obra. Así que os animamos a pasaros por la Librería Tierra para conseguir vuestro ejemplar de 21 día de ira y sin más preámbulos os dejo con la historia.

21 DÍAS DE IRA

1

Martes, 5 de diciembre de 2017

Un pasillo se extendía de la penumbra a la oscuridad, dando acceso a varias habitaciones, aunque solo una mostraba señales de vida. O lo que quedaba de ella.

En el salón apenas se filtraba luz. Habían tapiado las ventanas con tiza negra y el mobiliario se reducía a una mesa veteada con cajoneras. Encima de ella, dos pantallas con programas de telecomunicaciones y un monitor don­de echaban la película El enemigo de las rubias de Hitch­cock, aunque le habían quitado el sonido. Alrededor de la mesa se apilaban sin orden fotografías y libros entre los que sobresalía un manual en francés, sin tapas ni guar­das. Se podía leer el nombre de Robert Macaire y alguna frase: «psychologie criminelle». Marcas fosforescentes in­dicaban pasajes importantes sobre los que habían escrito anotaciones a mano. Una caligrafía torpe.

Sentado frente a las pantallas, un hombre encogido. Llevaba puesto un gorro negro de lana y sostenía abierto un ejemplar de Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhe­nitsyn.

—La corbata de Stolypin. Eficaz contra el desorden —susurró con voz de cura.

Levantó la cabeza y miró una de las pantallas. Mostra­ba ondas acústicas cabalgando sobre un fondo negro.

—Soy igualito a Chatsky: un desgraciado con ingenio. —El hombre pronunciaba delicadamente—. El silencio… El silencio es el gran enemigo. Te obliga a pensar.

Con un gesto calculado, cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Algunas páginas tenían el vértice roto para localizar fácilmente pasajes importantes. Cogió un folio en blanco y se puso a escribir.

—Nada de lo que pienso podrá ser utilizado en mi con­tra. —Entre palabras intercalaba silencios, como lo haría alguien decodificando un mensaje en Morse—. Digo lo que pienso y hago lo que pienso. Todo empieza y acaba.

Leyó el párrafo. Reflexionó unos segundos y destrozó el papel. Tiró los trocitos al suelo y siguió escribiendo.

—Nada de lo que pienso podrá ser utilizado en mi contra…

Volvió a leerlo, a despedazar el papel y a tirar las trizas al suelo.

Y así hasta cinco veces, quedando las baldosas motea­das de retazos de papel y tinta.

—No es el papel. No es el libro. No soy yo.

Antes de levantarse, miró detenidamente el bolígrafo y lo estampó contra la pared.

—¿Por qué no estás de mi parte?

Recogió el bolígrafo del suelo e intentó partirlo en dos.

—iMuerte al traidor!

Lo consiguió al tercer intento y una mancha negra le empapó los dedos. El líquido viscoso apenas se movía en sus manos. Le invadió una sensación extraña de libertad.

Tiró a un rincón lo que quedaba de bolígrafo y se acer­có a la pared donde había pintado un hombre a tamaño real con todos sus órganos vitales. A la altura del corazón tenía clavado un cuchillo, rodeado de múltiples cortes. El resto de órganos no presentaba ningún rasguño. En la parte de la cara había colgadas varias fotografías. Eran primeros planos de hombres de bajos fondos.

—Apestáis a muerto —murmuró entre dientes.

Acarició los retratos, atezando una fina estela de tinta sobre el papel fotográfico. Una sonrisa infantil transformó su rostro.

—Nunca más volveréis a sufrir.

Una de las fotografías era de un tipo de unos sesenta años con un bigote espeso y una incipiente calvicie. Sus patillas ca­nosas de boca de hacha le daban un aspecto mafioso.

La imagen evocó un recuerdo limpio y el hombre son­rió. La estela grisácea de su ojo derecho le impedía ver con claridad. Cogió el retrato, lo ladeó a la izquierda y trazó un círculo con sus dedos alrededor de la cara de aquel tipo. La tinta se estaba secando pero aún así dejó una mancha negruzca en el papel.

—Lo que te queda te lo quitaré.

La fotografía cobró peso y la dejó caer. La pisó al acercarse a la pared, de donde arrancó el cuchillo. Con paso duelista, se alejó lentamente del muro.

—Rendirse no es de cobardes, sino de locos.

Siguiendo una fuerza vertiginosa, se giró y lanzó el cu­chillo al dibujo del cuerpo humano. Este se clavó en el cen­tro del corazón, exactamente en el mismo sitio donde lo había cogido hacía apenas unos segundos.

—Os equivocáis. En las manos no hay maldad. Es el co­razón… En el corazón lo guardamos todo. Hay que vaciarlo. Toda la maldad debe salir. Hasta que no quede nada.

Su mirada se dirigió a la mesa. Dentro de un bote de cristal agonizaba una luciérnaga.

—¡¿Por qué no te enciendes?! —gritó el hombre señalando al insecto.

Su mirada era la de alguien a quien la vida le había pa­sado por encima. La desvió al suelo y se encontró rodeado de innumerables trozos de papel. Entre ellos sobresalía la fotografía del tipo mafioso con el rostro cercado de tinta. Era Fulgencio Céspedes, el Pulpo.

2

Miércoles, 6 de diciembre de 2017

Los gritos de una mujer persiguiendo a su perro en la calle y los berridos de un niño jugando en el rellano, consiguieron lo que no había logrado el despertador. Zoe se sentó al borde de la cama y permaneció unos minutos con el rostro hundido en las manos. Indecisa y lenta, se levantó ajustándose la melena y se metió en el baño. Una ducha caliente y un café cargado le harían olvidar otra horrible noche de insomnio.

La última crisis de acúfenos le había dejado el oído he­cho trizas. Los medicamentos ya no funcionaban. La ho­meopatía menos. Había descubierto Zolpidem como un alivio secundario. Lo recetaban contra el insomnio y su médico se lo prescribía para que, ya que no podía evitar los acúfenos, que al menos pudiera dormir tranquila. Pero aquella noche no había funcionado. Su cuerpo se estaba acostumbrando al fármaco y se había pasado gran parte de la noche leyendo una vez más Cándido, o el optimismo de Voltaire, esta vez en portugués.

Frente al espejo, Zoe examinó los estragos de no haber pegado ojo. Algunas canas resaltaban solitarias entre el resto de la cabellera negra. «Esto ya no hay quien lo pare», dijo aislando un par de pelos blancos. Se lamentó al des­cubrir cercos rojizos en plena esclerótica. Si Zoe tenía algo exótico, eran sus ojos. En ellos se veían todos los matices del gris, como piedras bajo un río transparente.

Salió del baño envuelta en un albornoz con el logotipo de un hotel costero ribeteado en el pecho. El pelo, todavía chorreante, lo tenía protegido bajo una toalla a modo de turbante. De camino a la cocina, sus pies dejaron huellas brillantes en el parquet, parecidas a la estela de un caracol. Del fregadero sobresalían platos y cubiertos sucios. Abrió un armario pero estaba vacío. Rescató un plato con pego­tes de pasta, le pasó un poco de agua y lo utilizó para el desayuno. Se zampó dos tostadas con queso fresco y miel de frutas, y una taza de café. Después cogió una lata de Coca-Cola Light y le dio varios sorbos mientras caminaba de vuelta a la habitación. Recuperó el paquete de Zolpidem de la mesilla de noche y se tragó una pastilla con ayuda de otro sorbo.

De nuevo frente al espejo, Zoe deslizó dos dedos bajo la pretina del pantalón. «Treinta y tres años y ya empieza la debacle». Se colocó de perfil y se pellizcó las nalgas. Todavía firmes, al igual que los pechos. Había engordado un kilo desde el verano pero todavía cabía en sus viejos pantalones de mezclilla. «En invierno es cuando mejor se disimulan los excesos».

«The Road» de Nick Cave sonó en la cocina. Antes de coger la llamada, leyó la pantalla. Juntó las cejas. Una lla­mada de Hugo solo podía significar una cosa.

—¿Qué pasa? —preguntó curiosa.

—Sabes que no te molestaría si no fuera importante.

—¿Cómo empezamos el día?

—Con un muerto.

Después le dio una dirección y colgó.

«Adiós a un día de sofá». Era su día libre y esperaba pa­sarlo tumbada comiendo chocolate y mirando series. Estar de guardia tenía esas cosas.

Zoe se cambió la ropa de ir por casa por otra de calle. Se puso el abrigo, la bufanda, unos guantes de lana y el primer gorro que encontró. Antes de salir, entró de nuevo en el salón para recoger su móvil y la placa que la acreditaba como cabo de los Mossos d’Esquadra.


Desnudo y con una sábana enroscada al cuello, el cuerpo del Carca yacía bocarriba rodeado de su propia sangre. A la altura del corazón tenía una brecha tamizada de sangre reseca. Su rostro estaba deformado por la presión de la sábana, con unos carrillos hinchados como ciruelas. Al igual que su cara, sus manos tenían un aspecto enfermizo, como si las hubieran aguijoneado un enjambre de avispas.

Los especialistas del Área de Investigación Criminal llegaron al piso a las ocho de la mañana. Un vecino había llamado al ciento doce alertándoles del cuerpo de un hombre desnudo colgando de uno de los ganchos para mudanzas. El jefe de la sala de coordinación policial había enviado una patrulla y una ambulancia, y se encontraron con un corro de gente mirando al cielo. Estaba amaneciendo y el cuerpo del Carca colgaba del frontispicio del edificio dando vueltas sobre sí mismo.

Sergi, ancho y de rostro inexpresivo, se paseaba por el apartamento embutido en el traje aislante de la policía científica. Del cuello le colgaba una voluminosa cámara fotográfica y se movía despacio sacando fotos a todo.

Llegó Hugo y se calzó unos cubrezapatos para poder entrar. Era un tipo fuerte y con rasgos típicamente mediterráneos: pelo oscuro, nariz importante y ojos color café hasta la raíz. Estaba esquivando un charco de sangre que se extendía en el centro del salón, cuando se topó con Sergi saliendo del baño.

—Creo que lo mencionó un dictador: Tanta libertad mata —pontificó con media sonrisa socarrona.

—¿Suicidio?

—Tiene un buen boquete en el pecho. Si lo hizo él sabía dónde apuntar. —Sergi respondió mientras acercaba su mirada al visor de la cámara y tomaba varias fotos de una mesa donde había dos vasos de cristal—. Hay que completar la inspección ocular técnico-policial. Pero de momento tenemos esto. —Le dio un informe con los datos del muerto.

Frente a ellos trabajaban dos compañeros de la policía científica. También iban vestidos con el rigor aséptico del traje blanco aislante, mascarillas y guantes, y examinaban el cuerpo del Carca como si fuera una reliquia antropológica. uno de ellos estaba acuclillado en una esquina, sosteniendo un bastoncillo largo de algodón y observando una bolsa de plástico. La precintó con una pegatina y escribió un número de diligencia. Después enumeró una cuña y la dejó en el suelo. A su lado otro policía cepillaba un vaso con un pincel de filamentos de carbón.

Para acceder al interior del piso, Zoe tuvo que levantar la cinta balizadora y bordear la pared para evitar el charco de sangre. En una esquina vio el aspirador de sus compañeros de la científica. Ya habrían hecho el trasplante de huellas de calzado. Cuando llegó a un metro del cuerpo del Carca se detuvo y lo observó con ojos impasibles.

—¿Quien era?

Hugo bajó la cabeza para leer el documento que le había dado Sergi.

—José Toledano Márquez, alias el Carca. Condenado a quince años por homicidio aunque solo cumplió diez. Salió ayer de la cárcel.

—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —Zoe hablaba sin dejar de mirar al cadáver.

—Unas doce horas. Quizá más. El forense será más preciso.

Zoe dio un paso más, atenta a no contaminar la escena. Cuando estuvo a escasos centímetros del muerto, se detuvo y lo observó con curiosidad. Los labios daban la impresión de haber estado sumergidos en vino toda la noche.

—Sales de la cárcel y, ¿qué te encuentras? —reflexionó con un hilo de voz.

Hugo le dio un documento y Zoe lo leyó en voz alta, recorriéndolo con el índice.

—José Toledo Márquez, treinta y seis años, natural de Castuera, provincia de Badajoz. Historial impecable en prisión. Se le concedió el tercer grado por buena conducta. Pasó los test psicológicos sin problemas. Informe favorable de la Junta de Tratamiento. La educadora también escribió un informe sobre su excarcelación y el trabajador social dice que tenía intención de rehacer su vida como mecánico.

—Eso lo dicen todos —añadió Hugo irónico—. Hasta que recuerdan una manera más fácil de ganar dinero.

—Ningún indicio de inestabilidad emocional ni antecedentes psicóticos. No tomaba ningún medicamento en prisión ni se le consideraba adicto a ninguna droga. —Zoe siguió leyendo en voz baja.

—Cualquiera diría que estás hablando de un angelito —sentenció Hugo molesto.

La mujer le devolvió la hoja a su compañero. Escaneó rápidamente la sala: una butaca, una mesa, dos sillas, dos vasos. Volvió a acercarse al Carca en el momento en el que Sergi estaba sacando fotografías de su rostro.

—¿Habéis hablado con los vecinos?

—Nadie vio ni oyó nada —respondió Sergi sin dejar de trabajar—. Hasta esta mañana pensaban que el piso estaba vacío.

—Veremos que dice la autopsia —murmuró Zoe. Después observó la raja que tenía el Carca en el pecho—. Apuñalado y ahorcado.

—Un tipo inseguro —otra vez la ironía de Hugo.

—A no ser que su intención no fuera ahorcarle —susurró Zoe analizando la herida—. El nudo de la sábana no es corredizo. Está hecho para sujetarlo bien, no para estrangularlo. Se desangró en el salón y después lo colgaron fuera.

—¿Con qué intención? —volvió a preguntar Hugo.

—¿Para exhibirlo como trofeo? Es posible que hubiera alguna rencilla.

Se oyeron voces en la puerta. Zoe levantó la cabeza y vio al juez, al secretario judicial, al forense y al empleado de la funeraria. La comitiva judicial empezaba la instrucción del sumario y el levantamiento del cadáver.

Zoe se excusó y salió del apartamento acompañada de Hugo. En la calle, torcieron en una esquina y se metieron en un Seat Altea blanco del Área de Investigación Criminal. Antes de arrancar, Hugo miró a su compañera.

—¿Quieres que hablemos con sus compañeros de módulo en la prisión?

—Es una pérdida de tiempo.

—¿Alguna idea para empezar?

Zoe suspiró y echó el cuerpo hacia atrás.

—Un café.


Por David Casals-Roma

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