Los cuentos del bardo: Los tejados de París (II)

Esta semana volvemos a tener con nosotros a nuestro querido bardo que nos trae la continuación de la historia de hace dos semanas y cuya primera parte podéis leer aquí. Si ya os sorprendió la primera parte estoy seguro de que la historia de hoy no os defraudará, así que volvemos a París de la mano de Josep Salvia Vidal con Los tejados de París (II).

Imagen de los tejados de París viendose al fondo la Tour Eiffel.

LOS TEJADOS DE PARÍS (II)

¿Cómo es posible? Insisto. Se la describo porque la mujer en ese momento quizá no caiga en la cuenta de a quién me refiero. No la conoce. Niega con la cabeza. Intento preguntar una segunda vez pero la portera ya me mira mal y se aleja diciendo que tiene muchas cosas que hacer. Me deja a su espalda con la palabra en la boca. Las palabras no pronunciadas se amontonan arrinconadas en las comisuras de mis labios. Regreso a mi buhardilla bohemia con el ánimo contrariado.

Me gustaría saber más de Bárbara. Saber dónde vive, a qué se dedica, qué le gusta o qué aborrece. Cuando estamos juntos nunca hablamos de nosotros mismos porque es como si nos diera vergüenza. Pregunto entre los vecinos. Nadie la conoce. Nadie sabe nada. Nadie la ha visto nunca. Interrogo a la portera una tercera vez y en un bufido de perro mal encarado me dice que lo deje estar, que no busque, que no sabe nada, que en el vecindario más cercano no hay ninguna chica joven que se llame así, que la mayoría son ancianas achacosas y arrugadas como pasas. Como ella misma.

A la mañana siguiente encuentro en la entrada de mi casa un papel doblado. Alguien lo ha colado de noche por el resquicio de debajo de la puerta. Es la página de un periódico viejo que tiene la fecha ilegible, medio borrada. La hoja de papel recoge la noticia del suicidio de una chica joven que vivía en el mismo edifico y en la misma buhardilla en la que yo vivo ahora. La fotografía no puede ser más explícita. En ella, aparece Bárbara tendida en el suelo mientras un charco de sangre forma una marisma alrededor de su cabeza. Y leo, llevándome una sorpresa absoluta, que Bárbara era la hija pequeña de la portera.

Desde entonces tengo una relación extraña con los vecinos porque me miran como si me tuvieran miedo o como si estuviera medio loco. Al final llego a la conclusión de que son idiotas o estúpidos o tontos o las tres cosas a la vez en una trinidad lerda. Digan lo que digan, piensen lo que piensen, aunque no quieran verla o finjan que no la ven, Bárbara sigue visitándome cada día. Pasamos las horas de la noche amándonos sobre la cama de este barco que es mi casa navegando sobre la madrugada, de esta buhardilla suspendida como un milagro de las estrellas. Bárbara se marcha cuando el cielo se viste con las luces del amanecer. Y me deja solo sabiendo que volverá por la noche porque ella es como la luna. Y entonces, mientras contemplamos los tejados de París, ella me pregunta susurrándome al oído si la querré siempre y yo contesto que sí.


Por Josep Salvia Vidal

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