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EScultura de una loba protegiendo a sus crias. English: Pierre Louis Rouillard, Antoine Durenne, founder. Cast iron (the copy group of bronze statues, yard Lefuel, Louvre). Work acquired by the city of Toulouse during the Exhibition of 1865. Locality: Entrance to the Garden of the “Grand Rond” in Toulouse. Français : Pierre Louis Rouillard, Antoine Durenne, fondeur. Fonte de fer (copie des groupes en bronze de la cour Lefuel du Louvre). Œuvre acquise, par la ville de Toulouse à l'occasion de l'Exposition de 1865. Localité: Entrée du jardin du Grand Rond à Toulouse. Author Didier Descouens https://commons.wikimedia.org/wiki/File:La_Louve_de_Rouillard.jpg

Comentarios desde la Luna: El hombre y el lobo (II)

Esta semana nuestra corresponsal en la Luna, Sonsoles Maroto Pérez nos trae la continuación de la historia de El hombre y el lobo de la que publicamos las dos primeras partes en una sola entrada, por eso está es la tercera parte de la historia. Así que os animo a disfrutar de esta bonita historia.

EL HOMBRE Y EL LOBO (II)

III

La loba se siente herida, sus fuerzas van menguando conforme pasan los días, y su cachorro aún se nutre de ella. Con la pieza de carne que el humano generoso le ha ofrecido, intentará hacer comer por vez primera con sus propios dientes al lobezno. Este la mira, intenta de nuevo hundir su hocico en su panza, encontrar el dulce néctar de su madre, fácil y caliente. Pero Megan se lo impide y le empuja a comer de la carne con ella. El lobezno da sus primeros mordiscos. Le sabe mal, y tiene que hacer mucho esfuerzo para pasar esta comida a su estómago. Pero el hambre le azuza e insiste. Pronto ese sabor constituirá parte de su impulso hacia la caza. Pero falta mucho para eso. La loba madre teme por su hijo.

Pasarán muchos días, y las noches encontrarán a la loba acercándose al campamento humano, cogiendo la comida que uno de los hombres le deja regularmente. El humano y ella se han acostumbrado a mirarse directamente a los ojos. El la observa cada día con mayor compasión, viendo que su cojera va en aumento. El hombre es cazador, es atrevido y valiente. Ella tiene las mismas cualidades, y la de liderazgo. Poco a poco la distancia entre ellos dos se acorta. Hasta que un día, el humano decide no dejar la pieza de carne lejos, sino esperar a su ya casi amiga con la carne en sus manos. Audaz, cuando la ve venir esa noche, la llama y le muestra la carne cerca de su propio cuerpo. La loba pasa largo rato sin acercarse, mirando fijamente a ese extraño humano que la llama y la carne cuyo olor propicia más su necesidad. Al cabo de un largo rato, sigilosa, sin que en apariencia se mueva ni un músculo en ella, Megan se va acercando. Primero se para a comer cerca de su amigo, mirando continuamente a ese gran homínido. Después, terminada su carne, ve cómo el hombre le ofrece más de su mano. Duda unos instantes, le mira directo y profundo a los ojos, y confía. Se acerca y arrebata la pieza de la mano que la sujeta. El hombre la mira, satisfecho. Sonríe. Megan se va de nuevo a su cueva, con su cachorro.

Una noche, y otra y otras dos noches más, el hombre amable y generoso no encuentra a la loba, que no se presenta a comer. Se teme lo peor: su amiga reciente ha muerto. La ha visto bien: sus mamas estaban abultadas, sabe que está criando un lobezno. Hombre generoso se arriesga a la mañana siguiente, y sigue sus huellas, que le conducen a la cueva. Allí encuentra a la loba agonizante, y al pequeño a su lado. Sabe lo que le ha ocurrido, y cómo curar sus heridas. En un gesto de atrevimiento, regresa con sus compañeros trayendo a la loba moribunda y su cachorro. Es el mejor cazador del grupo, y a él le deben muchas hazañas y temporadas de bonanza, donde no ha faltado el alimento gracias a su pericia con la lanza y las flechas. Tras una breve consulta, el grupo acepta que él cuide de Megan. Y de Ur, como llama a su lobezno.

Megan sanará con los cuidados de su humano. El joven Ur seguirá a su madre y al resto de lo que ya considera su manada, formada por su cuidador y el resto de los homínidos. Por las noches, mientras todos duermen, Ur y Megan vigilan el campamento. Los hombres han ganado unos aliados muy importantes, con los que formarán un vínculo indestructible, de defensa y cariño mutuos.


Por Sonsoles Maroto Pérez

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