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Un taller con un citroen 11 en reparación

Los cuentos del bardo: El coche y la pizza

Tras unos días de locura aquí tenemos a nuestro querido bardo para poner algo de cordura ¿o no? con esta historia de cruces de lineas. Por lo que os invito a degustar este sabroso relato El coche y la pizza de Josep Salvia Vidal.

EL COCHE Y LA PIZZA

Ya me ocurrió una vez y hoy por la mañana ha vuelto a pasar. Mi teléfono móvil se ha trastornado de nuevo, aunque a veces me pregunto si no será una extensión de mi cerebro y en realidad soy yo el que delira de vez en cuando. El caso es que hace tres días se me estropeó el coche y hoy he llamado al mecánico para saber si ya estaba listo y podía ir a recogerlo. He pensado que, a lo mejor, mi utilitario resucita a los tres días. Como Cristo. El tres siempre tiene algo de resurrección. Estoy convencido de que he marcado el número del taller pero, en lugar de contestarme Manolo, me han contestado de la pizzería que queda al final de mi calle. He colgado sin decir nada. Y el delirio se ha desatado con la misma fuerza que la de un huracán.

He llamado de nuevo una segunda vez y el resultado ha sido exactamente el mismo. Tres veces. Una cuarta. Siempre una voz de chica joven anunciado el nombre del establecimiento al otro lado del teléfono. Incluso los tonos tenían ya un sabor parecido al queso fundido. Al final, como no ha habido manera de contactar con el taller, he pedido una pizza marinera para cenar aunque solo fueran las seis de la tarde. La chica de los pedidos se ha extrañado y yo le he dicho que soy de cenar pronto porque mi padre era inglés. Mentira cochina porque mi padre nació en un pueblo de Murcia.

Hace un rato que ha venido el repartidor y he tenido mucha suerte porque resulta que era el hijo de una vecina del bloque, Concepción, la del cuarto derecha. Un muchacho imberbe que tiene cara de niño triste. El chico ha subido, me ha dado la caja, he pagado la pizza y entonces le he dicho si podía hacerme un favor. Él ha aceptado a regañadientes porque me conoce, porque sabe que su madre y yo somos amigos, porque cuando era pequeño le daba chucherías y los paquetes de cromos que venían con el periódico. Le he pedido que se acercara con la moto al taller de Manolo y preguntara por mi coche. Malhumorado, ha bajado las escaleras y ha desaparecido más allá del descansillo.

El hijo de Concepción, el chico con cara de niño triste, ha regresado hace un instante y me ha dicho que sí, que mi coche está listo, que mañana puedo ir a por él. Después me ha sugerido que la próxima vez llame por teléfono para preguntarlo yo mismo y así no molestar a terceros. Me he puesto de malhumor. Me he puesto hecho un basilisco. Casi en un exabrupto le he dicho que a veces las cosas no son tan fáciles como parecen y a punto he estado de tirarle mi teléfono móvil a la cabeza. El chaval ha huido despavorido escaleras abajo bajando los peldaños de dos en dos.


Por Josep Salvia Vidal

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