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Los cuentos del bardo: La loba

Ya volvemos a tener aquí a nuestro querido bardo con una nueva historia en la que la frontera entre la realidad y la ficción se difumina una vez más, ¿podrá el cazador cumplir su cometido? Os invito a saberlo en La loba de Josep Salvia Vidal.

LA LOBA

Salgo de casa y ya es noche cerrada. Hace rato que la oscuridad ha vencido al día y ha caído encima del mundo. En el cielo brilla la luna llena, preñada de luz y las estrellas resplandecen como joyas encastadas en un trozo de tela negra. Las calles están vacías. Camino alumbrándome con un candil que cumple su labor de forma penosa. Mis pasos son rápidos. Subo a la parte alta del pueblo porque sé que está allí, aullando a la luna como hace todas las noches. Lo que busco es una loba que desde hace unos cuantos días atemoriza a las almas que aquí habitan. Tengo que matarla. Esa es mi misión.

El arco y el carcaj donde llevo las flechas se mueven balanceándose al ritmo de mis pasos y me golpean suavemente la espalda. Camino rápido por las calles inmersas en la penumbra frágil que produce la luz blanquecina y etérea de la luna, casi transparente. Entonces un primer aullido retumba en la noche y el pueblo entero tiembla. Después un segundo, un tercero, un cuarto. Acelero el paso porque no quiero que se me escape. Matarla es mi cometido. Estoy nervioso. Nunca es agradable enfrentarse a una bestia salvaje, temo un ataque por su parte cuando se vea amenazada y por un momento noto sus afilados dientes clavándose en mi cuerpo, agujerando mi piel, arrancando un trozo de mi carne. Un quinto aullido me devuelve a la realidad de la noche, de la penumbra, de mi misión por cumplir.

Llego a la parte alta del pueblo resoplando después de subir las calles en cuesta. Estoy cerca de la iglesia y de pronto la veo. Su silueta se recorta en la oscuridad. Ahí está la loba. Me acerco a ella tanto como puedo hasta que la bestia me oye y se gira para mirarme. No huye. Nos separa una distancia mínima. Cojo una flecha, la pongo en el arco y tenso la cuerda. Estoy a punto de disparar y, sin embargo, el animal permanece inmóvil ante la amenaza. Tampoco me ataca. Al contrario. Está tranquila. No hay rastro de odio ni de rabia en sus ojos, incluso creo distinguir en ellos un atisbo de tristeza. Entonces oigo una voz femenina que me habla. Es ella. Es la loba y me ruega que no la mate. ¿Cómo es posible? ¿Me está hablando la loba o es una imaginación mía? ¿Me estoy volviendo loco de repente? No. No es locura ni demencia. Es la loba. La voz sale de su boca. Yo sigo sosteniendo el arco en aire pero ahora la flecha tiembla igual que mis manos.

Entonces la loba sigue hablando y me dice que en realidad es una mujer, que una bruja a la que no quiso ayudar la convirtió en un animal, que todo es fruto de un hechizo, que se llama Casandra. No puede ser real. Quiero hablar pero no encuentro ni rastro de mi voz en mi garganta. Tengo los ojos tan abiertos que van a salirse de mi rostro en cualquier momento para ir a caer delante de las patas de la loba. Luego es ella la que se acerca hacia mí y ahora soy yo el que no se mueve.

Me pide ayuda para que pueda recuperar su aspecto de humana. Solo tengo que poner una mano sobre su cabeza. No sé por qué pero obedezco y el contacto con su pelo me produce un enorme escalofrío. Automáticamente, la bestia comienza convulsionar. La loba se transforma delante de mí en una mujer. Entonces, de un movimiento tan veloz que no soy capaz de ver, me agarra de un brazo y nos elevamos por el aire. Y en ese preciso momento lo entiendo todo. No hay hechizo ni bruja ni castigo. La bruja es ella y me ha engañado para capturarme. Todo era una trampa. El cazador cazado. Desde entonces no soy dueño de mi vida.


Por Josep Salvia Vidal

Un comentario en «Los cuentos del bardo: La loba»

sonsolesmarope

Es bonito. Aunque buscaba yo el indulto del animal, mismo.

20 enero, 2021 a las 12:38 pm

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