Relatos al calor de la hoguera: Tres lagrimas

imagen de un perro en un sofa

Relatos al calor de la hoguera: Tres lagrimas

Para esta primera edición de los Relatos al calor de la hoguera en su nueva ubicación de los martes Jaguar Negro nos trae una actualización de uno texto suyo que fue publicado en una antología. Una bonita fabula que os hará reflexionar, con todos vosotros Tres lagrimas de Jaguar Negro.

TRES LAGRIMAS

Granada, Febrero de 2019

Queridos amigos:

¿Alguna vez os habéis preguntado si los primeros hombres se inventaban relatos? Por las noches, cuando las tormentas desataban su furia en forma de luces serpenteantes que abrían la tierra y de espantosos ruidos que rasgaban los cielos, los neandertales o los cromañones en torno a un fuego ¿imaginaban seres fantásticos que se relacionaban entre sí y con ellos? No podemos determinar cuando nacieron los cuentos, pero sabemos que han acompañado al hombre desde los primeros tiempos, tanto como el amor, el odio o la capacidad de soñar… Pues bien, hoy os voy a contar algo que me ocurrió hace ya algún tiempo y dejaré a vuestra libertad vislumbrar hasta dónde llegó la realidad y si hay algún resquicio de fantasía en ello o no. No obstante, os aseguro que no sobra ni falta nada en mi versión breve de los hechos. Atención, amigos míos.

La noche era de niebla cerrada y la carretera comarcal transcurría sinuosa, mojada por la reciente tormenta que había dejado una atmósfera caliente y pegajosa; todo ello hacía que conducir resultara agotador. Yo acababa de decidir pasar la noche en el próximo pueblo, por eso había abandonado la autovía cogiendo la primera salida, que resultó ser una comarcal de la Sierra llena de curvas. Pero no me dio tiempo a llegar al pueblo, porque en una de ellas choqué frontalmente contra una moto, saliendo los dos disparados por la cuneta. Recuerdo sentir un hilillo mojado debajo de mi ya pegajosa blusa, un peso aplastante sobre mi torso… luego un apagón total. Después volví a ver luz. Blanca e intensa. No me ubicaba. Pronto noté que ya no estaba ni pegajosa ni mojada, ni me sentía pesada. Miré a mi alrededor y no vi nada, así que miré hacia abajo y… ¡me vi! ¡¡Joder!! También estaban mis hijos, mi madre y un doctor muy serio. Mi madre lloraba. El doctor dijo que no sabía cuánto tiempo podría continuar en ese estado. Pero era muy importante que me hablaran. Efectivamente. Yo lo oía todo. ¿Os podéis imaginar mi estupor? En aquel momento recordé una leyenda oriental según la cual una persona en coma puede despertarse si recibe en su piel tres lágrimas de amor verdadero, que no sean de personas ligadas a ella por lazos de sangre. Me puse frenéticamente a pensar quien podría hacer algo así por mí. ¡¡Necesitaba tres amigas lloronas y que fueran a verme cuanto antes!! Pues lo tenía difícil, porque de momento, las visitas estaban restringidas. Bueno, un poquito de paciencia, pensé, no es tan malo disponer de tiempo para poder observar y escuchar lo que de verdad importa desde otro ángulo.

Mi madre pasaba conmigo las noches. Y mis hijos venían a verme de día. Al cabo de dos semanas el médico autorizó dos visitas más al día. Mis amigas íntimas ya sabían mi situación. Comenzaron a venir. Pero claro, siempre lo hacían en compañía de mi madre o alguno de mis hijos, y llorar no era adecuado, aunque alguna sintiera deseos. Yo sabía que mis amigas, de muchísimos años ya, con las que había compartido todo tipo de vivencias, buenas y malas, me querían tanto como yo a ellas. ¡¡Unas lágrimas, por favor!! pensaba yo, al verlas…; necesito que me ayudéis a despertar de este absurdo limbo en el que estoy presa. Me iba desesperando de seguir así, inmóvil, testigo mudo de mi propia muerte en vida.

Un día vino mi amiga Susana, con su pequeña hijita de cinco años, Claudia, a la que conocía desde que nació. Entonces ocurrió mi pequeño milagro de amor: Claudia, al verme así, calladita, acostada y con mis ojitos cerrados, se agarró con fuerza a su mami y se echó a llorar de forma inconsolable, abrazándose después a mí. Sus lágrimas bañaron mis manos y pude sentirlas. Eran como un manantial de cariño que me quemaba la piel y ése quemazón me hizo moverlas. Nadie se dio cuenta, porque la pequeña Claudia estaba sobre ellas. Susana, contagiada por su hija, no pudo contenerse y quiso darme un beso… Lloraba también, con lo cual me mojó la mejilla. Al sentir sus lágrimas mi cara me ardía igualmente e hice una mueca. Nadie la vio tampoco… ¡Ya tenía dos lágrimas de amor! ¿Y la tercera?

Mis queridos amigos, pasarían otros quince días hasta que el hospital autorizara a mis hijos a visitarme con mi perro Gussy, pero yo, que ya sabía de tales intenciones porque oía a mis mellizos hablar sobre lo bueno que sería que mi perro me visitara, estaba segura de que pronto se sabría si la leyenda oriental era cierta o no. Cuando Gussy entró en mi habitación y me vio, comenzó a llorar con su perruno llanto, uuuaauuu, iiiuaauu… Saltó sobre mí, me lamió la cara con todo el amor del que un perro es capaz… que es muchísimo. ¡Era la tercera lágrima! Mis mejillas me ardieron tanto, al notar tanto amor, que… tuve que comenzar a moverme y a reírme para que bajara la sofocación y a abrazar a mi querido perro… Y esta vez sí, se enteraron todos los presentes de que me había despertado, después de un mes y medio. Llamaron al médico, que diagnosticó una recuperación muy rápida para el accidente que había sufrido.

Por eso, mis lectores y amigos, desde entonces considero que, de todos los amores, los más genuinos y eficaces son los de los niños y los de nuestros perros.

Espero que os haya gustado mi aventura y mi relato. Con cariño para todos,

Jaguar Negro.


Por Jaguar Negro

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