Los cuentos del bardo: Un amor como de otra vida

un corazón rojo de punto sobre la nieve y unas luces de navidad de color blanco

Los cuentos del bardo: Un amor como de otra vida

En este día de Reyes nuestro bardo nos trae un regalo muy especial, la continuación del relato Sorpresas de sábado que os gustará aún más que su primera parte. Y sin más preámbulos os dejo con Calisto y Melibea.

UN AMOR COMO DE OTRA VIDA

Melibea entra en mi piso de extrarradio como una tormenta de verano. No la conozco de nada pero tengo la sensación de que somos amigos desde hace mucho tiempo, tal vez en otra vida. Nos observamos mutuamente con detenimiento. Ella es algo más joven que yo, rubia, los ojos grandes, la nariz perfecta en cada ángulo, el cuerpo esbelto como un junco mecido por el viento del sur a la orilla de un lago. La invito a que se siente mientras le ofrezco una copa de vino blanco que ella acepta de buen gusto. Y es entonces, entre buches, cuando me pide ayuda.

Me cuenta que hay una vieja alcahueta que la persigue por toda la ciudad desde hace unos cuantos días. La mujer quiere emparejarla con un hombre viejo, gordo y calvo que precisa de un bastón para poder caminar y casi sostenerse en pie. Las malas artes de la vieja celestina son conocidas en la gran urbe, pues algunos, sobre todo los que viven a intramuros, las han sufrido en sus carnes y en sus almas. Pregunto a Melibea, intrigado, por qué acude a mí si no nos conocemos de nada y qué puedo hacer yo al respecto. Ella, apurando el líquido casi transparente de la copa, responde que es como si me conociera desde hace muchos años, tal vez en otra vida, y que el destino la ha llevado hasta mi casa. Parece mentira pero las casualidades existen.

Melibea tiene razón y al cabo de poco, la vieja alcahueta está apostada delante del edificio donde vivo, al otro lado de la calle. Permanece de pie, inmóvil, y los transeúntes que recorren la acera tienen que esquivarla. Es fea, viste con harapos y tiene aspecto de bruja. Nos observa. Su mirada atraviesa el cristal de la ventana y se clava en nuestros cuerpos, como si nos echara encima una maldición. Pobre infeliz. No sabe que yo no creo en estas cosas. Aun así, no me gusta su presencia allí y me pregunto, en silencio, que podemos hacer para que se vaya y nos deje tranquilos.

Entonces, Melibea parece tener una idea. De repente se gira, me mira, tira suavemente de mí y me obliga a repetir el mismo gesto que ella. Ahora estamos los dos frente a frente delante de la ventana con la vieja mirándonos. Y en ese instante, Melibea encuadra mi rostro entre sus manos y me besa en los labios. Al principio estoy tan desconcertado por la sorpresa que no reacciono pero después correspondo al gesto y me uno a él. Es un beso largo, cálido, que resucita de alguna manera un amor antiguo, como de otra vida. Algo me dice que Melibea no se irá, que se quedará a vivir conmigo en mi piso a extramuros de la gran urbe. Y en ese momento la vieja alcahueta comprende su derrota, se va calle abajo y desaparece en la distancia.


Por Josep Salvia Vidal

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