Marconi en su estudio

37º Latitud Norte: El inventor de la felicidad

En este último domingo del año Rosa María Mateos nos trae un inventor muy peculiar del que todos querríamos ser su amigo o comprar alguno de sus inventos. Así que antes de se agoten os dejo con El inventor de la felicidad por Rosa María Mateos.

El inventor de la felicidad

Al Maestro Lorenzino le dan por loco en el pueblo. Dicen que tiene la cabeza llena de pájaros y que todos sus inventos son descabellados. Corre la leyenda de que desciende de un hijo ilegítimo del mismísimo Marconi, que se encandiló de una muchacha de la comarca tras una de sus demostraciones radiofónicas. A diferencia del tatarabuelo, el Maestro Lorenzino no busca la notoriedad ni el elogio, sino elucubrar artefactos que generen sensaciones agradables y hagan más feliz a la gente. El único que valora el talento del Maestro es Tomassino, el tonto del pueblo, que le sigue a todas partes como un perrillo faldero.

El Maestro se sienta cada mañana a trabajar con su traje de lana, el sombrero de hongo y un prendido de jazmines en el ojal de la solapa. Soñar requiere de buena compostura. Ante la mirada estrábica de Tomassino, don Lorenzino se pasa el día dibujando planos, ideando maquetas y rellenando cuadernos con fórmulas y mecanismos. Casi nadie sabe que el papel escrito puede cambiar el mundo y que la felicidad se puede gestar entre los pliegues de una ecuación con tres integrales.

Entre sus inventos destacan los siguientes:

El antidespertador: un aparatillo que emite música narcotizante en el momento justo que uno empieza a perder el estado REM. Los ultrasonidos, completamente inocuos, te mecen las neuronas como si estuvieras en una colchoneta de la playa un día de vacaciones.

El amante perfecto: consiste en unos tentáculos calientes que salen del sofá a esa hora de la noche que ya no puedes con tu cuerpo. Te masajea las cervicales, se desliza por los deltoides y realiza amplias batidas a lo largo de la columna vertebral. El pulpo te deja el cuerpo preparado para todo lo que venga después.

La alfombra de Aladín: se trata de un avión biplaza que se queda suspendido en la Troposfera en estado de total ingravidez. El artefacto permanece quieto mientras la Tierra rota. Recorres así el mundo entero en 24 horas desde una atalaya privilegiada. Si presionas un botón, el chisme baja de las nubes para aterrizar donde desees.

El aroma anti-idiotas: un perfume selectivo que repele a personas tóxicas y manipuladoras. Ideal para mantener una perfecta higiene mental.

La máquina de los elogios: si tienes un día gris y la autoestima por los suelos, te conectas a este artefacto que te va recordando todas y cada una de tus bondades. Tiene además un kit de piropos terrenales.

Esta mañana, Tomassino ha subido con el Maestro en la Alfombra de Aladín. El día es radiante y no se atisba ni una nube en el horizonte. La Tierra les ha colocado primero sobre las cumbres del Himalaya para enfilar hacia el Mediterráneo con rumbo a las Américas. Han llorado juntos de la emoción, como en la famosa escena de Memorias de África. Desde las alturas, el par de chiflados ha presenciado a toda esa gente importante que corre de un lado a otro con la cabeza agachada.

—Mírelos, Maestro. Cada día más poderosos y más infelices —concluye el tonto del pueblo.

Después de tanto trajín volador, aterrizan en un pequeño oasis del Sáhara para tomar un sorbito de agua fresca. Bajo el palmeral, Tomassino saca del zurrón un buen trozo de queso con una hogaza de pan.

—Maestro, ¿cree que somos tan inútiles como dice el señor alcalde?

—No seremos tan inútiles, Tomassino, cuando servimos de mal ejemplo —responde don Lorenzino con la barriga llena y estirando la mano para conectar el prolongasueños.


Por Rosa María Mateos

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0

Tu carrito

A %d blogueros les gusta esto: