Relatos al calor de la hoguera: Tigre y yo

Relatos al calor de la hoguera: Tigre y yo

Terminamos el mes de noviembre con un nuevo relato de Jaguar Negro, esta vez un poco más duro que de costumbre y sobre otra lacra que cuesta erradicar de la sociedad y por la que todos podríamos hacer más. La violencia contra los menores, tanto por parte de sus padres como por parte de unos servicios sociales saturados, escasos de medios y muy burocratizados. Si más comentarios os dejo en las manos de Jaguar Negro con Tigre y yo.

[url=https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Beto,_el_gato.jpg][img]https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/1/1f/Beto%2C_el_gato.jpg/512px-Beto%2C_el_gato.jpg[/img][/url]
[url=https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Beto,_el_gato.jpg]Beto, el gato[/url]
Harryhesse, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons

Tigre y yo

A todos esos niños que viven escondidos de sus padres.

A todos esos Tigres y Rocos que acompañan a los niños.

Por unos oídos más abiertos y unas manos tendidas a los indefensos.

Escondido. Siempre estoy escondido. Es lo mejor. Me di cuenta un poco tarde, creo. Lo descubrí la otra mañana, después de que mami se fuera otra vez a la calle. Sabía que cuando volviera no me querría, otra vez. Era siempre igual. Cuando no estaba malita, me quería: me daba besos, me abrazaba muy fuerte, me hacía comidas. Yo lo devoraba todo, cuando me quería. Sabía que después se iría y volvería enferma, se tumbaría en el sofá y diría cosas feas. Y no me haría comidas en varios días.

Vomita, dice palabrotas, camina por la casa dando tumbos, cuando no está bien. A veces no encuentra nada y tengo que buscárselo yo. Y si no hago rápido lo que me pide, grita. Y después me pega. Yo, aunque le tengo miedo, la quiero. Mi mayor deseo es que la vea un doctor.

Pero el otro día encontré a Tigre. Estaba escondido, sucio y tiritaba. Maullaba de vez en cuando, así que me quedé cerquita a ver qué pasaba. Miré alrededor: no se veía ningún gato más.

—Hola, Tigre, ¿tienes frío? Ven.

—Miauuu, miaaaauuu.

Lo cogí y lo metí en mi cazadora. Le pedí que se callara, que mi madre igual le echaría de casa si nos veía. No sabía qué pensaría mami de un tigre tan sucio. Aunque ella… a veces no está muy limpia, cuando está enferma. El pobre Tigre se durmió nada más ponerle en mi ropa, así que lo metí en casa sin que nadie lo viera. Le hice su propia caseta en mi cuarto, con cajas y más cajas de cartón. Le di leche calentita con pan, es lo que yo desayuno y me sienta muy bien.

—Tigre, ¿estás mejor?

—Miau, miau —él movió la colita.

Decidí no hablarle a nadie de mi amigo. Mi madre casi nunca se ocupaba de saber lo que yo hacía… Para poder estar con él, comenzamos los dos a vivir escondidos. ¡Qué suerte tuve, de encontrarle! Era muchísimo mejor así. Yo salía cuando veía que mamá estaba mejor. Pero por desgracia, cada vez estaba más enferma. Un día le dije que había que llamar al doctor. ¡¡UUFF!! ¡Qué mala idea! Ella se puso furiosa y dijo que eso solo nos traería problemas, que el doctor se ocuparía de mí —esto no lo he comprendido todavía. Así que decidí seguir escondiéndome. Paso los días en mi escondite con Tigre. A veces oigo a mamá llamarme a gritos, para que le busque cosas. Pero entonces, me escondo más. Nunca he entendido porqué me pega cuando está malita. Un día fui a refugiarme a casa de la vecina, pero me echó. Dijo que no quería saber nada de mi madre. Y que ella ya tenía bastantes problemas. Me di cuenta de que estaba solo.

Luego comencé a salir de paseo con Tigre. Él me sigue a todas partes. Es mi mejor amigo, le quiero mucho. No permito que otros chicos se acerquen a él: ya he visto lo que le hicieron a otro pobre gato. Pero todo se ha estropeado. Mamá me encontró dormido con Tigre y se enfadó mucho, porque en aquel momento estaba malita. Si no hubiera estado mala, seguro que no había gritado, ni zarandeado al pobre Tigre. Pero lo zarandeó, y lo sacó por la ventana. A mí, cuando vi aquello, se me nubló la vista. Todavía no entiendo lo que me pasó. Pero desde entonces estoy así, es decir, que no estoy en ningún sitio. Sólo me acuerdo de mi pobre gato, y deseo salir corriendo a buscarlo. Pero se ve que no puedo. No veo mi cuerpo. Todo es blanco aquí. Estoy solo con mis palabras, en algún sitio. No he vuelto a ver a mi madre, ni la casa, ni el parque… No he vuelto a ver nada más que mis palabras.


Hoy he oído algo, y no eran mis palabras. Tampoco era mamá.

—Está recobrando la movilidad en la mano izquierda. Responde a estímulos.

—Una señal estupenda. Tenemos que monitorizar los impulsos neuronales del brazo, doctor, si le parece.

—Muy acertado, Amanda, muy acertado. Coloquen monitorización 24 horas. Avisen a la familia.

—Su única familia es su abuela, que vive en una residencia de tercera edad…

—¿Entonces?

—Los servicios sociales ya están avisados, doctor, no se preocupe. Además, este niño va a tener suerte, ya lo verá. Son seis añitos. Seguro que encuentra una familia estupenda.

—¿Y los padres?

—Padre desconocido, madre drogadicta, está a disposición judicial. Es la causante de esto.

—¡Qué horror! Pobre niño, va a necesitar un buen ángel de la guarda, sí.

—Doctor, yo creo que ya lo ha encontrado.

He oído todo esto. ¿QUÉ QUIEREN DECIR? ¿ME VAN A ENCERRAR EN LOS SERVICIOS? Pero también han dicho algo de un ángel de la guarda. ¿Y MI GATO? ¿ES QUE NADIE SE HA PREOCUPADO DE BUSCAR A TIGRE? No sé dónde estoy, pero tengo que espabilarme. ME parece que es como aquel día que me caí del columpio: me quedé en blanco un rato. Pues así estoy. PERO TENGO QUE ESPABILAR PARA IR A BUSCAR A TIGRE.

No logro ver nada más que blanco, ¡qué rabia! Voy a ver si muevo mi brazo, este que está tan frío.

Ppiiiip, ppiiip, ppiiip, ppiiip… ¡Uy, qué pitido, qué lata!

Ppiiip, ppiip…

—A ver, a ver, Juanito, ¡¡anda!! Mírale, tu brazo en alto, ¿quieres decirnos algo, Juan? Doctor, doctor… Avisen al doctor Fuentes, que venga inmediatamente.

—Amanda, por Dios, qué buenas señales, Juan parece mover el brazo casi por completo ya. ¿Cuándo ha sido esto?

—El monitor ha avisado y he corrido aquí, Juanito tenía su brazo en alto y la mano con el dedo apuntando al techo. Es como si quisiera decirnos algo. Levantaba su manita como si estuviera en el cole.

—No pueden ser mejores señales. Hay que avisar a su abuela, tal vez pueda venir a verle. Las visitas pueden ayudarle a recobrar la consciencia más pronto.

—De acuerdo doctor, aviso inmediatamente. ¿Y que hago con los servicios sociales?

—Ah, claro… Pobre niño, ¡que tengamos que ver casos como estos cada cuanto tiempo! Es vergonzoso. Hay algo podrido en nuestra sociedad, Amanda, algo podrido. Avísales, claro. ¡Pobre niño!

—No se preocupe doctor. Es un ángel, su madre va camino de la cárcel varios años por homicidio en fase de tentativa y este niño va a estar en buenas manos, ¿ verdad, Juanito?

Cada vez entiendo menos. Ahora creo que hay un médico y un ángel que me cuidan. Pero siguen diciendo que necesito los servicios. ¿Serán capaces de encerrarme en un baño por haber cogido a un gatito callejero? TENGO QUE ESCAPARME DE AQUÍ. ME TEMO LO PEOR.

Desde que he oído hablar de los servicios he pensado un plan: voy a escaparme y buscar a mi gato. Tigre es lo único que pienso desde que estoy así. Él me acompaña, sé que también me busca. Y que vuelve a tener frío y hambre. Yo, por lo menos, no tengo hambre. Mi madre, cuando yo era muy chico, me enseñó a rezar. «Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo… uhmm… tómalo…, uhm, mío no es…» No. No seguía así. Se me olvidó. Claro, hace mucho que no me la dicen. Me da igual, con Jesusito o solo me voy a ir. Tengo que mover las piernas. Y abrir mis ojos. ¡TIGRE ME NECESITA!

Ppiiip, ppiiip, ppiiip…… ppiiip, ppiiip, ppiiipp

—A ver, a ver, corazón. ¡¡Hola, quieres decirnos algo, pequeño!! Llamen al doctor Fuentes, con urgencia, el niño se despierta.

—¿Tigre, habéis visto a Tigre? —Me duele la garganta.

—¿Tigre? Si nos dices donde está, lo buscamos, Juan. Dime, ¿ves algo? —el doctor Fuentes ya estaba al lado de su paciente, eficaz y preocupado.

—Tigre está en mi casa, seguro que ha vuelto a buscarme. ¿Puedo verlo, por favor?

—Seguro que sí, solamente debemos de conseguir entonces las llaves de tu casa.

—Tigre, mi gatito tiene frío, y está solo —y volví a dormirme.

No sé cuando volví a despertar. Si era de día o de noche. Pero Tigre estaba sobre mí. Entonces vi de nuevo los colores. Poco a poco fui mirando mejor, y vi un médico y una enfermera junto a mí. Mamá no estaba. Tampoco la extrañé. No quise preguntar por ella, por si le molestaba. Tenía todo lo que había querido: a Tigre, muy flacucho, conmigo.

—Mira, aquí está tu amiguito. Estaba en tu casa, esperándote, como nos dijiste, Juan. No se ha movido de ahí ni un minuto. Se va a poder quedar contigo un rato todos los días —me dijo Amanda, mientras me acariciaba la cara como lo haría una mamá que no estuviera enferma.

—Para un primer día, ya está bien. Juan debe descansar, tiene mucho que recuperar —dijo el doctor.

Por primera vez volví a ver mi cuerpo: estaba despierto. Un brazo lo tenía tieso, como metido en papeles duros. Me dolían varios sitios y me costaba un poco respirar. En la cabeza tenía unas telas, como una gorra.

—Juan, tienes que volver a descansar. Pero antes, vas a ver a alguien que te quiere mucho.

—… ¿Ha venido mi… madre?… —pregunté con miedo.

—No, tu mamá está muy enferma. Va a tener que pasar unos meses en el hospital, hasta que pueda verte, para que se ponga buena.

—Ya se lo dije yo, pero se enfadó…

—Está aquí tu abuela, Esther. ¿Te apetece verla?

—Sí, aunque casi ni me acuerdo de ella…

Mi abuela estaba más vieja de lo que recordaba. Cuando me vio se echó a llorar. Los médicos la sacaron de mi habitación. Amanda, que huele a fresas, volvió.

—A tu abuela le ha dado mucha pena verte en el hospital, de modo que se ha tenido que ir. Pero no te preocupes. Tú puedes pedirme a mí todo lo que necesites. Yo soy como una nueva mami para ti, ¿qué te parece?

—¿Eso es posible, una nueva mami?

—Todo es posible si se desea con fuerza. ¿No ves cómo ha venido Tigre a verte? Pues esto igual.

Después me dormí.

—Amanda, entonces… ¿lo has pensado bien?

—Sí, doctor, sí. He hablado todos estos días con la responsable. El niño no tiene otra familia directa aparte de su abuela, y ya lo ha visto. A su madre le van a caer al menos diez años. Y nosotros, mi marido y yo, llevamos varios años pensando en adoptar a un niño. La vida me lo ha puesto delante, Alfredo. ¿Se da cuenta?

—Tal vez sí, Amanda, tal vez sí. A veces la vida tiene sus propios caminos para enmendar los errores que cometen otros. Y en este caso, el niño se ve tranquilo contigo. ¡¡Y le has traído a su gatito!! Te ganaste su confianza. Pobre hijo, su único amigo es el gatito callejero.

—Bueno, mi marido y yo estamos deseando tenerlo con nosotros. Creo que es un niño muy sensible, podemos formar una familia unida con él. Se me parte el alma.

—Sabes que la madre lo podría reclamar, si se rehabilita.

—Lo sabemos. En principio lo tendríamos en acogimiento, y después, en diez años, el niño tendrá dieciséis, el juez ya le preguntaría a él mismo con quien quiere continuar viviendo. El tiempo juega a nuestro favor.

—Es cierto. Te felicito por esta valiente decisión. Lo que habrá tenido que sufrir sin nadie a quien acudir. Lo que me corroe es que ni un solo vecino haya puesto antes una denuncia por malos tratos…


Me desperté nuevamente. Tigre se había ido. Me puse nervioso. «¿Estará bien? ¿Quién lo cuida ahora?» Cogí una bombilla y la apreté para que viniera la enfermera.

—No te preocupes, Tigre está conmigo hasta que tú salgas de aquí, Juanito. Mañana te lo vuelvo a traer.

—Ah, vale… Tú, dale mucho de comer, por favor. Está muy flaco. Y métele en ropa, tiene siempre frío.

—Así lo haré todo, como tú me dices, Juan. Ahora, te quiero preguntar una cosa. Mientras tu mamá está en el hospital, y puesto que tu abuelita es muy, muy mayor, ¿te gustaría vivir en mi casa? Allí puedes tener tu habitación y vivir con Tigre para siempre, si quieres.

—Uhm… ¿y qué pasa con mamá? ¿Quién cuida de ella? Se pone muy malita a veces, y no encuentra nada.

—Tu madre ahora está en un hospital donde la van a curar para siempre. Tú podrás ir a verla algún día, cuando mejore, ahora no puedes ayudarla, Juanito.

—¿Tú nunca tirarías a Tigre por la ventana?

—Te doy mi palabra de honor, nunca os haré daño ni a Tigre ni a ti.

—Bueno… podemos probar. Pero tráeme mañana a Tigre. Le echo mucho de menos. ¿Cuándo me voy de aquí?

—Unos pocos días más, solo unos pocos.

Me volví a dormir. Entonces me entraron ganas de reír. ¡Resulta que no pensaban encerrarme en el baño! Y que me iba a poder quedar con Tigre. ¡¡TODO ERA FANTÁSTICO!! Y Amanda olía a fresas con nata.


Por Jaguar Negro

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