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Un par de peces rojos de largas aletas sobre fondo negro

Los cuentos del bardo: El estanque de los peces rojos

En este último miércoles de noviembre nuestro querido bardo nos trae un nuevo relato en la fina frontera entre la realidad y la fantasía. Poco más puedo decir sin predisponeros con el texto, así que disfrutar de El estanque de los peces rojos de Josep Salvia Vidal y comentar que os ha parecido.

EL ESTANQUE DE LOS PECES ROJOS

Es un miércoles de finales de noviembre. Salgo del trabajo con un dolor punzante en las sienes como si me clavaran cuchillos en los laterales de la cabeza, como si estuviera coronado de espinas. Camino encogido por una acera vacía con las manos en los bolsillos y las solapas del abrigo tan levantadas que me rozan las orejas. El día ha sido duro. Tres reuniones y dos juntas para terminar de pulir un proyecto antes de ponerlo en marcha, algo que nos ha mantenido ocupados en la oficina casi los dos últimos años. La noche se ha desplomado hace rato sobre la ciudad y ahora el mundo permanece iluminado por la luz amarillenta y turbia de las farolas. El regreso es una travesía por un desierto urbano.

Llego a casa con la premura, o tal vez la promesa, de una ducha caliente que reverbere mi alma, tiemble mi carne y se lleve el cansancio por el desagüe junto a los restos de jabón. Saludo a mi mujer con un beso tierno, acaricio la cabeza de mi hija revolviendo su cabello rubio hecho de hebras de oro y me encierro en el baño. Me desnudo. Pero cuando me dispongo a meterme en la bañera, descubro que está llena de peces rojos. Abro tanto los ojos que casi se me caen al agua. Si me descuido, tengo que pescarlos con una almadraba. Llamo a mi mujer y le pregunto por los peces, pero no sabe de dónde han salido. Mi hija tampoco.

La presencia de los peces rojos en la bañera es un misterio que nadie sabe resolver. La única idea que ronda por nuestras cabezas es que hayan subido por las cañerías pero esa posibilidad es del todo absurda. Además, causan un acalorado debate familiar, casi un cisma. Yo soy partidario de eliminarlos y a un paso estoy de arrojarles lejía encima pero me contengo, aunque no puedo evitar preguntarme qué habría pasado. ¿Habrían muerto o solo habrían desteñido? Nunca lo sabré. Mi mujer y mi hija son partidarias de que se queden en la bañera. Ganan ellas. No opongo más resistencia porque sé que es una batalla perdida. No hay nada que hacer. La democracia es la democracia. Los peces rojos se quedan. En su defensa diré que son preciosos.

La parte negativa de todo esto es que su presencia en casa provoca una reforma imprevista y yo odio las obras, me enervan. Llamamos a un albañil para que convierta una habitación que no usamos en un cuarto de baño nuevo y destruya el antiguo a excepción, claro está, de la bañera. La idea es que la bañera quede integrada en el salón como una especie de pecera descomunal, desorbitada. Así tendremos un estanque de peces rojos en medio de casa y eso, según mi mujer, nos dará caché porque es muy chic. Lo malo es que mientras duren las obras tendremos que ducharnos en casa de mi suegra porque la bañera de nuestra casa está perpetuamente ocupada. A veces ocurren cosas inexplicables.


Por Josep Salvia Vidal

Un comentario en «Los cuentos del bardo: El estanque de los peces rojos»

sonsolesmarope

cuando el tedio y la rutina nos invaden, una pecera de peces rojos nos transporta al lejano oriente… ,nos llena la cabeza de ideas coloradas…jijijij…y el alma sonríe de nuevo.

25 noviembre, 2020 a las 1:44 pm

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