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Grupo de niños con bicicletas en un jardí delante de una casa de ladrillo de varias plantas (Foto cedida por Sonsoles Maroto a Tierra Trivium)

Comentarios desde la Luna: Infancia Dorada

Hoy con motivo del Día Universal del Niño nuestra querida Sonsoles Maroto nos trae una historia muy especial de su propia infancia. Con todos vosotros Infancia Dorada de Sonsoles Maroto.

INFANCIA DORADA

La memoria fiel sobre mi niñez nace justo el día que cumplí cinco años. Mi recuerdo más nítido es la perplejidad de comprobar que ese día no había igualado ni en estatura ni en edad a mi amiga íntima, Maichu, que ahora estaba a punto de cumplir seis años y seguía siendo casi un palmo más alta que yo. Aquello no me produjo, creo recordar, mayor frustración, pero sí me dio la primera lección sobre qué se puede y no se puede esperar del futuro y de las ideas preconcebidas sobre lo que está por ocurrir.

Anterior a eso, solamente tengo la sensación de saltar muy alto y con enorme fuerza en un colchón de lana que guardaba mi madre en una gran cama de matrimonio, con somier de muelles, y que no se usaba. Esa habitación la utilicé yo durante mi convalecencia, de un mes, por una hepatitis tremenda que me tuvo en cama todo ese tiempo, durante el que recibía a mi mejor amiga Maichu, que vivía en el piso de arriba. Para aliviar el dolor, que aún siento intenso en mi costado, lo mejor que tenía a mano era dar unos enormes y sonoros saltos sobre el colchón de lanas heredado de mi abuela que hacían chirriar los muelles y a mi madre venir presta en mi auxilio. Poco podía hacer la mujer. También ignoro la praxis médica de los años sesenta, que obligaba a tener a una pequeña niña de cuatro años sin calmantes.

A pesar de iniciar mi relato de esta guisa, mi infancia fue dorada. Soy la mayor de dos hermanos, de unos padres muy enamorados, que siempre se hablaban con respeto y cariño. En mi hogar los únicos chillidos que se oían eran los que yo daba a veces, si me peleaba de muy cría con mi pequeño hermano, cuatro años menor que yo. Pero eran las menos veces. A mi hermano le reservaba una tarea más amena: era mi muñeca preferida. Le cogía, siendo él bebé, le vestía a mi antojo y le hacía un toto con una goma en lo alto del cocorote y ya era mi «niña». Yo me convertía en su mami, y juntos vivíamos las mil y una aventuras familiares, emulando, supongo, a mis padres o a la familia que pensaba tener, pues desde niña quise ser mamá.

La hepatitis me dejó de regalo una insuficiencia hepática hasta que me desarrollé como mujer. La consecuencia práctica era una dieta de lo más aburrida para una niña. Si mi hermano comía huevos fritos, yo los tomaba escalfados. Si el comía papas fritas, yo cocidas. Si hacía una sartén de palomitas, e invitaba a mis amigas al gran cuarto de juegos -luego detallaré- tenía que arbitrar que habían de comerse de una en una, para que yo pudiera participar de ellas, ya que de lo contrario, vomitaría. Lo más lujoso de todo, es que pese a esta limitación, era una niña de lo más feliz. Tenía otra limitación bastante inhabilitante, de ordinario, en los colegios públicos para ser feliz: sacaba las mejores notas sin ser empollona. En esto agradezco que mis padres me pusieran en un cole privado. Allí era una más, bastante popular y querida, sobre todo por mi desparpajo y forma de hacer reír a todas. Eso sí, faldas en exclusiva. Aquello no me hizo echar en falta nada, durante el tiempo en que duró mi educación en un colegio femenino. Pero sí me causó algún quebranto al llegar a la Universidad Complutense. Me sentí como bicho raro al entrar en la Facultad de Ciencias de la Información, toda ella de hormigón armado sin pintar, llegando como llegaba yo de un cole de mármoles repulidos y brillantes, paredes repletas de pósters de florecillas y cielos azules, y patios con macetas de geranios y palmeras. Aquello fue un choque frontal, a ciento ochenta por hora… Pero este relato no va de mi juventud. Y mi infancia fue dorada, como una playa de Canarias o de Malibú.

Después me enamoré. Sí. A los ocho años. Completa y perdidamente. De Enrique -nombre real- niño de siete años del patio donde jugaba. Recibí una nota de amor, llena de faltas de ortografía que, confieso, me echó un poquito para atrás, pero superé todo debido a la locura del primer amor que me embargaba. En la nota el niño, hermano de mi segunda mejor amiga, me decía que me extrañaba en el patio, que llevaba tres días sin bajar. Creo que la nota se volatizó de tanto llevarla guardada en mis bolsillos, de un batín a otro. El recuerdo del olvido, es otro que se me ha quedado grabado a fuego en mi cerebro. El día que desperté y ya no le quería. El día primero que pensé en él y ya no necesitaba verlo deprisa para desacelerar mi corazón menudo. Entonces, por segunda vez en toda mi corta existencia, me di cuenta de lo fatuas que son las creencias. Y de lo volubles que las ilusiones pueden llegar a ser. Pero a diferencia de lo ocurrido con mi quinto cumpleaños, este mi primer desamor, este mi pequeño vacío en mi alma, me dolió un tiempo.

Sin embargo, es el único dolor que recuerdo de mi infancia. Toda ella transcurrió entre juegos, amigas, cumpleaños celebrados con colores y tartas, padres de amor, hermano cómplice… Siempre que veo a niños desamparados, en campos de refugio, maltratados, recuerdo mi infancia de playa cálida y dorada, y pido para ellos otro Malibú.


Por Sonsoles Maroto

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