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postal del Queen Elizabeth

Relatos al calor de la hoguera: Desde la barandilla

Empezamos la semana con un nuevo relato de Jaguar Negro, esta vez con sabor a mar, acompañado de una banda sonora que podéis encontrar al final del relato junto con un vídeo del barco protagonista de la historia, disfrutar Desde la barandilla de Jaguar Negro.

DESDE LA BARANDILLA

Te regalé una bonita sonrisa de Jocker, esperaba no volverte a ver. Demasiados días vacíos entre aquellas paredes habían intentado devorar mi vitalidad, sin éxito. Desde aquí parecías un palacete solariego… sí, sí.

Aquella noche fue la primera que no oí un cerrojazo antes de dormirme y que lo hice profundamente. Al día siguiente volvería ver a mi amada Beatriz. Hacía seis años que nos carteábamos e intercambiábamos fotos. Un fuerte sentimiento mutuo y la ansiedad acumulada por el tiempo nos empujaban a encontrarnos. Supe, desde el momento en que te vi cruzar el gran salón de fiestas en casa de mi padrastro, que estabas hecha a mi medida. Mi madre se comprometía con tu tío, y lo anunciaban en aquella espectacular recepción que convocó a toda la élite del condado. Lucías sobre todas las demás jóvenes, con aquel traje de satén malva y el lazo en tu pelo negro, azabache como tus ojos. Me acerqué a ti para sacarte a bailar. Fue el comienzo de una amistad que pronto se transformó en amor. Ni la distancia entre Londres y Nueva York, ni la oposición de mi familia lograron separarnos.

Me arrellané entre los almohadones de mi suite del Queen Elizabeth II rumbo a Nueva York. Un nuevo mundo, mi nueva vida me esperaban al otro lado del Atlántico. El cava burbujeaba con mi felicidad.

Por la mañana me despertó un suave zumbido en los oídos y una voz diciendo:

—David, hora de la medicación.

La miré atónito. No sabía que hubiera enfermeras a bordo. Me levanté, tomé la medicación y reaccioné:

—¿Por qué me han sacado de nuevo del barco, POR QUÉ? Malvados, no quieren que sea feliz, ni libre. Yo ya estoy sano. No quiero seguir aquí. Afuera me espera una mujer. ¡¡ENTÉRENSE YA!!

Comencé a forcejear con la enfermera; los celadores vinieron, me sujetaron, y el doctor me puso una inyección que volvió a dormirme. Cuando me despertara, no recordaría mi viaje. Como siempre. Como nunca.

La única amiga que tenía allí era la barandilla de la gran terraza del salón de recreo, desde la que se veía el mar. Y mirando el océano con mi amiga Baranda un atardecer lo comprendí: ¡¡ella y nuestra correspondencia son reales!! BEATRIZ ES REAL. Por eso justamente estoy aquí prisionero, entre drogas legales y psiquiatras… en un manicomio caro. ESTE ES EL PAGO POR QUERERTE.

Ernesto, el segundo marido de mi madre, me quería como a un hijo. Nos llevábamos bien, era cuestión de afinidad. Borja, su hijo, seis años mayor que yo, había intentado hacerse a la nueva situación desde que nuestros padres vivían juntos. Él a los 16 y yo con 10 años estábamos en dos etapas muy diferentes: joven adolescente él, niño aún yo. A Borja yo le caía bien, hubiera querido ser mi guía y mentor, pero la presencia de su padre era demasiado poderosa, lo cubría todo, y sin querer, no permitió que los hermanastros llegáramos a sentirnos amigos. Tuvimos que limitarnos a vivir uno junto a otro, compartir la casa familiar y tal vez alguna travesura, pero poco más.

Después de que mis cartas dejaran de llegarle a Blanca durante dos meses sin explicación, ella se alarmó. Ya nos conocíamos bastante como para que ella estuviera segura de mi sinceridad. Yo llevaba tiempo anunciándole mi visita: iría a verla a Nueva York. Mi padrastro había fallecido y había repartido su fortuna entre su hijo y yo. Nadie pudo sospechar que haría una cosa así, y en Borja surgió la animadversión contra mí, que fue creciendo hasta un límite que no pude intuir. Él, sin oficio, habituado a vivir de su padre… no podía tolerar una afrenta semejante al final. Además, lo que para mí era un dinero extra, que no necesitaba para vivir puesto que yo tenía mi profesión de médico, para él se había convertido en su medio de subsistencia, una vida siempre llena de lujos y fuera de sus posibilidades.

Yo, desde la muerte de mi madre, ocurrida un par de años antes que la de mi padrastro, había padecido melancolía, cosa sabida por el doctor de la familia, que me recetaba gotas para dormir y enérgicos paseos matutinos. Pero todo esto comenzó a diluirse en la alegría de las cartas de Beatriz, que comencé a recibir desde América. Ella era mi alter ego, mi complemento perfecto, lo que a mi corazón faltaba. Culta, sensible, buena conversadora. Pronto el deseo de estar juntos para siempre se hizo patente y cada vez más fuerte. Le hablé a mi padre de ella, pero me pidió que esperase, o que la invitara a ella a venir a casa. Le daba pánico que yo viajara y, no encontrando lo esperado, sufriera un nuevo ataque de melancolía agudo, como el que padecí tras la pérdida de mi madre, y hubiera que ingresarme de nuevo. Por eso cuando él falleció lo preparé todo para ir a verla. Ya nada me lo impedía. O eso pensaba yo.

Pero sus cartas dejaron de llegarme. Sin ton ni son. Yo comencé a caer en una profunda tristeza, un pozo sin fondo. Tras un par de meses sin saber nada de ella y sin tener nadie a quien querer o que me quisiera, volví a dejarme llevar por la depresión y mi hermano ordenó mi ingreso en el sanatorio mental. Los sedantes me hacían confundir el deseo con la realidad. Empeoraba cada día: sólo pensaba en huir y en verla. Pero el efecto de la medicación era tal, que inicié un tormentoso viaje mental en el que ya no sabía si ella existía o era fruto de mis deseos, de mi soledad.

Mientras tanto, en Nueva York, la intuitiva e inteligente Blanca vislumbraba que algo podía haber ido mal con mis planes de ir a conocerla, ajeno a mi voluntad. Ella era una mujer decidida, y no quiso conformarse con la ignorancia de la verdad. Determinó venir a comprobar la causa de mi silencio. De modo que un buen día el mayordomo de casa anunció a mi hermano que una señorita deseaba verme. Borja salió a recibirla, sin imaginar que pudiera tratarse de su prima Beatriz. Se quedó pálido al comprobarlo. No le quedó más remedio que darle la dirección del sanatorio donde yo me encontraba.

Una mañana soleada, tras haber dormido profundamente, mientras miraba la costa desde la barandilla, recibí el anuncio de la visita de una amiga. Bajé al salón, distraído, y me encontré con unos bellos ojos negros de gacela y una sonrisa audaz

—¿David?

—¿Beatriz…?

—Así que te escondías aquí…

—Dejé de recibir tus cartas y ya nada me importaba —susurré, pensando que era una visión, irreal.

—Pero yo te escribía, y también dejé de recibir tus cartas —continuó Blanca, cogiéndome la mano, como si hubiera leído mi mente y quisiera confirmarme que era real.

—Tampoco yo dejé nunca de escribirte.

—Ni yo podía creerlo —añadió ella— ¿pero entonces…?

—Entonces, ¡mi hermanastro! Él ha estado interceptando nuestras cartas todo este tiempo. Sabe que si me declara incapacitado mental toda la herencia la manejará él mismo.

Y nos fundimos en un abrazo cálido. Ya no tuve más dudas ¡Todo era real!


Por Jaguar Negro

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