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Fashion week Pekin, Fotografía de Thomas Peter

37º Latitud Norte: El traje nuevo del Emperador

Empezamos el mes de noviembre con un nuevo relato de Rosa María Mateos, aunque está vez es más un ensayo sobre las vestimentas y sus significados que un relato al uso, eso sí, con una interesante conclusión.

El traje nuevo del Emperador

Séneca dejó por escrito una interesante propuesta del senado romano, que pretendía distinguir a los esclavos mediante una vestimenta común. Los senadores más avispados se percataron del peligro de tal iniciativa, ya que los esclavos se identificarían rápidamente entre ellos dándose cuenta de que eran muchos más.

Nuestra vestimenta no solo nos protege de las inclemencias del tiempo, sino que identifica nuestro estatus social. Hay una ecuación infalible: el número de abalorios es directamente proporcional a la posición que ocupamos en la pirámide social.

Los borbones, con Felipe V el Melancólico, trajeron la vestimenta más pretenciosa a la corte española: pelucones, lazadas, bastones de mando, casacas bordadas y la vanidosa insignia del Toisón de Oro. Había también una intención oculta a tal acicalamiento: camuflar entre los adornos la cara de bobalicón que acompaña a los borbones. Francamente, Felipe V y sus descendientes no lo consiguen.

La época actual es bien extraña en cuanto a la vestimenta de las élites se refiere. Las democracias han dado la vuelta a la propuesta original del senado romano y ahora son los líderes mundiales los que van uniformados. El sobrio y aburrido traje de chaqueta se ha globalizado entre nuestros dirigentes, porque ellos apuestan por la igualdad. Los reyes visten igual que un empleado de banca o un emisario a domicilio de los testigos de Jehová. Esta pérdida de estilismo regio puede ser su declive. Como muestra un botón: los problemas de nuestra monarquía comenzaron con ese «cese temporal de la convivencia» que sacó de la plaza a Jaime de Marichalar, el único miembro de la Casa Real con glamour en el vestuario.

Afortunadamente, las mujeres nos acicalamos con mayor libertad. Salvo la señora Merkel, que viste igual que sus correligionarios pero con chaquetas multicolor. Ella es la reina del espartano estilismo teutón. Y hablando de reinas, cuando la consorte se comprometió con el Borbón, me dije: por fin alguien en la Casa Real que hablará sin un moco en la garganta. Ella era como nosotras: lista, culta, natural, independiente, atrevida, resultona… Pero la pobre señora entró en un túnel de lavado y no hay quien la reconozca. Primero perdió la nariz, después los kilos y, por el camino, la gracia y la naturalidad. Desde que la cirugía estética se coló en la Zarzuela, la mujer española no se identifica con la titular. Nosotras seguimos con el maldito michelín en la cintura.

Bueno, venía yo de las rebajas dispuesta a hablar de la moda y me ha salido (sin querer) un alegato republicano. Ahora que se lleva lo de la «transparencia», me he agenciado una blusa de seda que cae como las Cataratas del Niágara. Para despedirme, voy a referir la anécdota de un personaje literario de Joyce. Un caballero irlandés encarga un traje a su sastre y éste tarda seis meses en terminarlo. El cliente le increpa: Dios hizo el mundo en solo seis días y usted ha necesitado seis meses en hacerme el traje. El sastre le responde: Sí; pero mire el mundo y mire el traje.


Por Rosa María Mateos

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