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Imagen de una antigua puerta de madera cerrada

Los cuentos del bardo: La puerta muerta

Una semana más tenemos aquí a nuestro querido bardo para contarnos una historia de amigos imaginarios o no tan imaginarios. Quien no ha fantaseado con viajar sin moverse de casa, pues no se a que esperáis para leer La puerta muerta de Josep Salvia Vidal.

LA PUERTA MUERTA

Cuando yo era pequeño había en mi casa una puerta que no se podía abrir. Era la puerta que daba acceso a un trastero donde nunca guardamos nada porque nunca tuvimos nada que guardar allí. El trastero, además, era una estancia estrecha, larga y claustrofóbica que se ahogaba sola entre dos habitaciones más grandes. Aquella puerta se atascó de no abrirse jamás, se le oxidaron las bisagras y se le rompió el pomo. Aquella era una puerta muerta, un cadáver de madera puesto dentro de un marco.

Fue entonces cuando descubrí un juego emocionante que consistía en abrir la puerta con la mente. Soñaba, imaginaba que estaba muy viva y en cruzarla no llevaba al trastero, si no a lugares maravillosos que quedaban muy lejos de mi casa, de mi pueblo, de mí mismo. Durante un tiempo recorrí la mayoría de ciudades americanas que aparecen en las películas. Nueva York, Filadelfia, Chicago, Washington o Nueva Orleans. Todas cabían detrás de aquel trozo de madera inerte, sin vida. Y contemplaba boquiabierto los altos rascacielos, las anchas avenidas, el trasiego de gentes y vehículos, las luces que se encendían de noche y se desparramaban para inundarlo todo. Incluso yo me convertí en americano y suspiraba, anhelante, por formar parte de ese mundo que me parecía mucho más interesante que mi aburrido pueblo.

La cosa cambió con la adolescencia. Dejé de jugar a abrir la puerta con la mente porque el trastero se convirtió en el domicilio particular de un amigo imaginario, americano como yo, que tuve en aquel tiempo. Nos comunicábamos mediante un agujero que hicimos en la madera, justo al lado del pomo de la puerta, para tal fin siempre y cuando mis padres no estuvieran en casa, pues no quería que supieran de su existencia. Cuando ellos estaban, disimulábamos. No supe nunca cómo se llamaba pero yo le puse Viernes, como el indígena que se encuentra Robinson Crusoe en la novela de Daniel Defoe. Yo lo veía a él y él me veía a mí a través de aquel agujero, la única parte de la puerta que tenía vida. Y mucha. La cosa fue a peor con el tiempo porque Viernes comenzó a vivir dentro de aquel trastero con una chica que iba todo el tiempo desnuda. Y yo solo esperaba que mis padres se marcharan para pegar mi ojo al agujero de la puerta y espiarla.

Y ahora que el tiempo ha transcurrido dentro de las esferas de los relojes, que ya no vivo en casa con mis padres, que me he independizado y he formado una familia, la vida no deja de sorprenderme y he vuelto a tener noticias de Viernes y de su novia americana. Resulta que el otro día, fui con mi mujer y mi hijo a visitar a mis padres y cuando pasé por delante de esa puerta, que sigue ahí de pie como un fantasma carcomido, me di cuenta de que mi padre había tapado el agujero con un taco de madera y unos clavos. Cuando le pregunté a mi madre el motivo, me dijo que se habían visto obligados a hacerlo porque en el trastero vivían un chico y una chica que los espiaban continuamente y no les dejaban vivir tranquilos.


Por Josep Salvia Vidal

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