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37º Latitud Norte: Héroes del verano

Fotografía de un grupo de bañistas en el Sena saltando del puente que une la Tour Eiffel con el Trocadero, con la torre de fondo. © Fotografía: Robert Doisneau

En su primera entrada del verano Rosa María Mateos nos trae una relato refrescante de playa y piscina de cuando no había que mantener la distancia con la gente por el virus, así que para pasar mejor estos días de estío que mejor que recordar a esos Héroes del verano.

Héroes del verano

Nuestro héroe durante los veranos de la primera adolescencia respondía al nombre taurino de «Bienve». Tenía el porte achaparrado de un bisonte americano y andares de patizambo con un beso en las rodillas. Aún así, el muchacho se creía el Robert Redford de la playa. Las niñas de su quinta no le hacían ni puñetero caso, así que se pegaba a las más pequeñas en busca de público femenino. El pobre no sospechaba que teníamos bastante más mala leche que las de su edad.

Las llegadas a la piscina del Bienve eran recibidas con aplausos y risitas. Entraba metiendo barriga con la toalla al hombro y andando de puntillas para ganar unos centímetros a nuestra vista. Sus bañadores eran espantosos, muy ceñidos y con las gomas pasadas. Enseguida le jaleábamos para que nos hiciera el repertorio olímpico: barrigazos boca abajo, espaldarazos boca arriba, y sus saltos de cabeza doblando las patillas. Salía por la escalerilla hecho un Cristo y con más marcas en el cuerpo que el hermano de Jackie Chan. Cuando ya estábamos cansadas del espectáculo, aprovechábamos sus inmersiones para marcharnos a la francesa, como se abandonan los zapatos viejos, que diría Sabina.

Las mayores aventuras del verano tenían lugar los días que soplaba poniente, cuando ondeaba la bandera roja en la playa y el baño estaba prohibido. Era nuestra oportunidad para salir en pandilla con el objetivo de saltar las olas y luchar contra la resaca del mar. En una de esas fanfarronadas temimos por la vida del Bienve. Desde la orilla fuimos testigos de su lucha contra el oleaje y de su incapacidad para salir de aquel atolladero de corrientes marinas. Si no llega a ser por la Mari recogemos su cuerpo en Marruecos. Mari era nuestra espalda plateada, la hembra dominante, la Michael Phelps española. Le sacó como a un kleenex sucio, con el bañador por las rodillas y la autoestima por los suelos. Y sí, le vimos todo al muchacho.

Bienve estuvo dos semanas sin aparecer lamiéndose las heridas, pero regresó al cabo como si nada hubiera pasado. Lo mejor de los chulitos de playa es su perseverancia, el tesón que ponen en conseguir el objetivo. A finales del verano nos sorprendió con una novieta. La hermana pequeña de la Mari sucumbió por fin a las cabriolas y los brincos olímpicos del Casanova.

Cuando les vimos llegar agarrados de la mano, nuestra líder entornó los ojos en un gesto de desaprobación y dijo:

—Si lo llego a saber, le salva Rita la Cantaora.


Por Rosa María Mateos

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