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Los cuentos del bardo: Flores para las musas

Hoy nuestro bardo nos trae un nuevo relato metaliterario sobre la ausencia ¿o no? de inspiración y su búsqueda del favor de las musas. ¿Lo conseguirá? Para saberlo tendréis que leer el texto de Josep Salvia Vidal.

FLORES PARA LAS MUSAS

Estoy seco. Tengo que escribir y no sé de qué, tengo que escribir y no se me ocurre nada. El coordinador de la revista con la que colaboro no tardará en pedirme el relato para el número de la semana que viene y no sabré que excusa ponerle. ¿Cómo decirle que no soy capaz de escribir una línea que tenga sentido desde hace días? ¿Cómo decirle que todas la ideas que tengo se mueren prematuramente incluso antes de nacer? ¿Cómo decirle que mi mente es un desierto árido donde no crecen ni las malas hierbas? El viento empuja las dunas arenosas por el desierto de mi cuerpo.

Evoco a las musas pero no me visitan, me esquivan, me abandonan, se ve que prefieren los cuerpos y las mentes de los creadores bendecidos, aquellos que no son un desierto de dunas móviles como yo. Por lo visto, a las musas no les gusta la arena. Las busco pero no las encuentro. Las llamo pero no acuden a mis invocaciones. Las musas se han mudado definitivamente o han cambiado de negocio.

Derrotado una vez más por la página en blanco, cierro el cuaderno y maldigo mi estampa taciturna. La derrota sabe a hiel amarga. Y me quedo un instante quieto, sin hacer nada, cierro los ojos como si de esta manera pudiera ver mejor y escucho la música que suena en el reproductor de música. Hoy actúa en el estudio de mi casa Pasión Vega. Luego, me levanto y al hacerlo me veo a mí mismo reflejado en el cristal de la ventana. Es un reflejo efímero pero suficiente para que me vuelva a sentar, abra el cuaderno de nuevo y me ponga a escribir como si estuviera poseído por una fuerza renacida en el vigor apagado de mi cuerpo o de mi mente. Escribo un relato sobre mí mismo, la historia de un escritor seco que no tiene ideas porque las musas lo han abandonado a su suerte. Mi mano se desliza con agilidad sobre el cuaderno y la página deja de tener la pureza inmaculada del color blanco para llenarse de trazos verdes, como si las palabras que escribo fuesen briznas de hierba fresca. Y entonces siento que gano la batalla de la creación. La victoria tiene forma de cuento.

Ahora estoy contento, feliz. Las musas han regresado aunque no sé si es un regreso definitivo, si volverán a marcharse, si me abandonarán de nuevo en otra desidia desértica. Por si acaso, las agasajo con obsequios y ofrendas, les regalo flores y este cuento para que estén contentas y se queden conmigo.


Por Josep Salvia Vidal

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