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Budapest de noche

Brevedades improvisadas: Una noche en Budapest

Un lunes más tenemos un nuevo relato de Chema Montes. Hoy no puedo deciros nada más que como su propio titulo anuncia sucede en Budapest durante una noche. Disfrutarla y cuando la terminéis me decís si ese rato ha merecido la pena, por anticipado se que lo merecerá y sin más disquisiciones os dejo con Una noche en Budapest de Chema Montes.

Una noche en Budapest

Que tú aparecieras aquella noche, en mitad de la nevada, en el hall del hotel mientras yo pedía un café en recepción, no era casualidad. ¿Qué probabilidades existían de que eso sucediese, de que yo decidiera bajar a tomar un café a esa hora de la tarde y de que tú decidieras entrar en ese hotel? Es más, ¿qué jodidas probabilidades existían de que tú también estuvieras en esa misma ciudad? A priori ninguna, pero parece ser que todas las del mundo.

Había llegado a Budapest esa misma mañana, en mitad de un temporal que llenó de hielo y nieve la ciudad. No sabía nada cuando decidí hacer ese viaje, casi de manera imprevista y a última hora, por lo que la ropa de abrigo que llevaba valdría, como mucho, para un día de otoño en Madrid, no para lo que se venía. Mi intención era la de retomar la novela que había empezado a escribir que, precisamente, se llamaba Una noche en Budapest y hablaba de una mujer que quería escribir un libro sobre los diferentes tipos de cocina en Europa, pero que sin pretenderlo acabó enamorándose perdidamente de un camarero hasta tal punto de dejar su vida en Alicante para trasladase a la capital húngara, aunque dos años después todo se fue al traste y tuvo que volver a España porque en Budapest ya no le quedaban más noches que compartir con nadie. En realidad empecé a escribir la novela un domingo en pleno paseo por Malasaña, me vino la inspiración mientras paseaba con mi mujer y mis hijos. Buscábamos un sitio para comer y mi mujer dijo «podrías escribir algo sobre alguien a quien le guste mucho comer» y así nació. El título y todo lo demás poco a poco fue desarrollándose. Sin mujeres nunca tendríamos inspiraciones, eso es algo que hay que tener siempre claro. El caso es que decidí, de manera totalmente aleatoria, irme unos días a Budapest para hacer fotos a ciertos rincones que después describiría y a probar algo de la gastronomía local para que la novela pareciera más real. A documentarme, porque para describir algo tienes que conocerlo. Lo peor es que prácticamente no pude salir del hotel y eso, añadido a lo que me pasó contigo aquella noche, hizo que la novela se siguiera marchitando en un cajón del estudio. Por si no te acuerdas, porque en el sitio en el que estás dudo que tengas la capacidad de recordar, rememoraré lo que pasó.

Serían las siete o siete y media y, después de ducharme, cosa que hago siempre antes de escribir, me di cuenta de que no conseguía concentrarme sin tomarme un café antes. Debe ser ese calorcito que me deja en el estómago, esa sensación de adormecimiento y tranquilidad que me provoca. Me vestí con lo primero que cogí y bajé al hall porque por la mañana me había tomado uno que no estaba del todo malo y, al cambio, me costó menos de dos euros. La chica de la recepción quiso mantener una breve conversación y, con mi inglés de neandertal con parálisis facial, hablamos del tiempo y me dijo que hacía mucho tiempo que no nevaba tanto en el país y que la situación tenía pinta de ponerse peor. Dije que era algo fantástico, pero creo que no entendió la ironía. Mientras servía mi café, como si tuviera que ser así, apareciste. Como si estuviese escrito, como si fuera obligatorio, como si fuera inevitable que nuestros caminos se juntasen en ese hotel. Fue un solo instante, pero lo cambió todo. Llegaste también desde Madrid porque habías conseguido una plaza para terminar tu doctorado en ciencias políticas en la universidad de Budapest y tampoco, qué casualidad, llevabas la ropa suficientemente adecuada. Entraste, tiritando, cargando una maleta enorme, con las orejas rojas y la mirada perdida. Bajé rápido a echarte una mano y tú, que no me diste las gracias, soltaste un su puta madre qué frío hace tan castizo que no dude de dónde venías. Algo se movió en mí cuando vi tu cara, me resultaba familiar, como si la hubiera visto millones de veces pero no supiera precisar ni dónde, ni en qué situaciones, ni si estaba en lo cierto. Subimos las escaleras hacia la recepción y te ofrecí mi café. Te lo bebiste casi de un trago y ahí sí, qué educado, me diste las gracias. Me llamo Matías, soy de Madrid, no sé si tú sabías lo de este puto frío porque yo no tenía ni idea. No, te dije que tampoco lo sabía, que llevaba prácticamente encerrado todo el día en el hotel, que solo salí a comprar algo de comer. Pues ya podríamos haberlo sabido, dijiste. Estoy congelado, apuntaste. ¿Tú sabes inglés? Perfecto, yo también no te creas, pero tengo tanto frío que no consigo hablar. Habla con ella para que me dé la habitación. Me dijiste tu nombre, Matías, Matías Castro San Sebastián, de Madrid. Y ahí fue cuando supe de dónde te conocía.

Cuando los dos descubrimos que habíamos estudiado juntos en los escolapios, aquella se convirtió en una noche inesperada que lo cambiaría todo, mi noche en Budapest que me anclaría a esa ciudad aunque, al contrario que el personaje, ni me quedaría ahí ni lo abandonaría todo. Lo que me contaste, querido Matías, aquella noche, la vida que me contaste, supuso una fuente de inspiración. Te abriste como un libro abierto, sin importarte que pudiera juzgarte, sin preguntar tampoco si me interesaba lo que me contabas. Empezaste a hablar, creo, porque quizá nunca nadie te había pedido que le contaras tu vida. Nadie, seguramente, se había parado a pensar que todos tenemos una historia que contar, aunque no sea interesante, pero una historia a fin de cuentas que es la nuestra. Todos, querido Matías, tenemos en nosotros relatos y novelas que merecen ser contados, escritos, relatados y compartidos. En nosotros habitan dragones y princesas, asesinos y pasiones desmedidas, huidas en mitad de la noche, rupturas con la vida para empezar de nuevo en otras latitudes. En todos nosotros dormitan, hasta marchitarse, pasajes que durante unos instantes pueden darnos notoriedad, la importancia que merecemos, aunque sean como te digo, unos instantes. Quizá, y creo que fue lo poco que te dije, no todo el mundo tenga una historia que contar pero sí todos tenemos una historia que contarnos. La nuestra. Nuestra propia historia. Escribir, y esto no te lo dije pero es algo que pienso ahora mientras lo hago, tiene algo de terapéutico, de introspección, de búsqueda y sentido a esa pregunta del quién soy yo y por qué, a veces, no me entiendo. Sentarse frente al papel y dejarse llevar sirve para descubrirnos, para contarnos una historia que, aunque ya conozcamos, nos sirva para emocionarnos, para evadirnos durante un rato de la realidad. No digo que todos seamos escritores pero sí que todo escribamos. No hace falta publicar una historia, basta con que esa historia, para nosotros, sea la más grande jamás narrada. Por eso, escribir puede servirnos en esos momentos raros y complicados y superemos así las sombras. Sin pensarlo demasiado, describir lugares donde nos gustaría estar, prestando especial atención a los detalles, inventarnos situaciones, nombres de personajes, olores, colores, rutinas. Si nos centramos en eso, si nos centramos en nuestra propia vida durante un tiempo, el tiempo se olvidará de nosotros.

El caso es que te pedí que me contaras tu vida. Y vaya si me la contaste. Lo que me narraste durante esas cuatro o cinco horas fue la vida de la persona más desdichada que había conocido y que creo conoceré en mi vida. Me confesaste que me admirabas en el colegio por mi capacidad de atraer la atención de todo el mundo gracias a mi imaginación, por las cosas que escribía, por las historias que era capaz de contar. Tú, por el contrario, podías estar semanas sin ir a clase y nadie se daría cuenta. Y en eso, por desgracia, llevabas razón. Me confesaste que en el último año tu madre murió de cáncer y por eso no fuiste al viaje de fin de curso a Italia. Ni tampoco a la fiesta de graduación, ni tampoco a la cena que hicimos en casa de aquel compañero que, entre risas, ninguno recordaba el nombre. Me contaste que tu padre tuvo que ocuparse de de ti y de tu hermana y que no dejó de hacerlo hasta que murió, también de cáncer. La vida, dijiste, tiene un sentido del humor un tanto raro, tan extraño que no hace ni puta gracia. Dijiste que aquello sucedió hace dos años. Tu hermana, confesaste, se casó y ahora vive en Palencia junto a un empleado de banca. Os llamabais un par de veces al año, en los cumpleaños y Navidad, pero llevabas sin verla bastante tiempo. Me dijiste entonces que la soledad es más fría y dura de lo que pensamos, pero que al final el ser humano tiene la capacidad de adaptarse a todo y que te habías acostumbrado ya a estar solo, a no esperar que sonase el teléfono ni que nadie pulsara el timbre de tu casa. Me confesaste que varias veces pensaste en si el suicidio podría ser una solución, pero que hasta para eso hay que tener huevos y tú, de siempre, habías sido más bien parado. Y en eso también llevabas razón. En todo.

Allí estábamos los dos, en un hotel de Budapest, después de años sin vernos, hablándonos con voracidad y prisas, queriendo recuperar el tiempo perdido como si nos hubiésemos echado de menos tanto que ahora necesitáramos conectar rápido y sin pausa. Nos convertimos, en esas horas, en los camaradas y amigos que nunca fuimos. Y aun sabiendo que fuera así, y que al día siguiente dejaríamos de vernos, puede, que para siempre, se creara entre nosotros un espacio íntimo de eternidad. No importaba nada, solo nos importábamos los dos. Tenías tanto que contarme que no quise interrumpirte en ningún momento. No quise que el reloj se moviese, quería que cada segundo volviese a pasar una y mil veces.

Me avergonzaba reconocerte que no se me había dado mal lo de escribir, que había publicado alguna cosa y algunas colaboraciones con periódicos, revistas y emisoras de radio, y que una de mis novelas sería adaptada a la televisión. Me dio vergüenza reconocerte que podría definirme como extraño triunfador, pero que comparado contigo mi mérito era saber juntar letras con algo de sentido y coherencia y, de vez en cuando, meter alguna frase que removiera conciencias. Te dije que creía que no todo el mundo tiene un talento y que estaba cansado de esos vendehumos que obligan a la gente a pensar que tienen superpoderes, que hablan de la jodida zona de confort que tenemos que abandonar y que si quieres, puedes. Si quieres volar, prueba a saltar por la ventana. El no ya lo tienes. El golpazo, totalmente asegurado. Pero que quizá mi talento, por decirlo de alguna manera, me había servido para tener una vida muy parecida a la que siempre había soñado y que, gracias a él, había dejado de soñar porque me di cuenta que hacerlo no merecía la pena, que era mejor vivir en la realidad y dejar volar la imaginación solo algún rato al día, quizá antes de dormir. Te reíste, una fuerte carcajada, una tan grande y tan potente que la recepcionista nos miró y sonrió contagiada por tu alegría. Me dijiste que hacía tiempo que no disfrutabas tanto y que si la felicidad era eso, querías vivir siempre en ese hotel.

La noche cayó por completo pero tú y yo seguíamos en aquellos sofás tan cómodos del hall mientras contábamos los huéspedes que entraban y salían, nos reíamos de los que venían con cara de frío, de los que se iban vestidos como si vivieran en Alaska. Pasamos del café a la copa, pedimos algo de comer, tomamos otra copa más, compramos unas chocolatinas y unos caramelos en la máquina de vending. Hicimos de ese espacio nuestra pequeña casa en el árbol, nuestro pequeño universo, nuestra utopía. Nadie podía pasar ni tampoco podíamos escapar de ella. Allí estábamos, dos viejos compañeros de colegio que pocas palabras intercambiaron en todos esos años y que en ese momento, a cientos de kilómetros de distancia, unían sus vidas con la sensación de que jamás las habían separado. Llevabas razón, querido Matías, el ser humano se adapta a cualquier situación y aquella, que podía resultar extraña, fue para mí como la mejor de las sobremesas. Y tú, que no dejaste de sonreír, pese a contarme que todo hasta el momento te había ido mal, que te habías enamorado cientos de veces y miles de ellas te habían roto el corazón, que habías vivido la tenebrosa sensación de no tener dinero ni para comprarte una barra de pan, tú que llevabas años sin hablar con gente más de una hora y que, quizá, nunca en tu vida habías experimentado la sensación de tener un amigo, no perdiste la sonrisa en ningún momento. Dijiste que aprendiste a sonreír como mecanismo de autoengaño ante cualquier situación, que si te veías sonreír en cualquier reflejo pensabas que todo iba bien y que habías aprendido que, cuando sonríes, tu presencia es menos incómoda para la gente. Eras un maldito libro abierto de supervivencia y sabiduría y yo me lamentaba, puede que de una manera cínica, de no haber mantenido contacto contigo. ¿Y tú que hacías? Sonreír, sabiendo que lo decía totalmente en serio.

La noche terminó. Nos despedimos. Yo volvía a casa al día siguiente y tú te quedabas allí. Nos dimos un abrazo y prometí que te llamaría. Me diste tu número. Y yo te volví a ver.

Te escribo esta carta, que sé que no leerás, para decirte que cada día desde entonces te recuerdo. Que me enseñaste que hay miles de historias por ahí y que las más importantes las tenemos cerca, aunque dejemos que se alejen de nosotros. Te escribo esta carta porque hoy he recibido una carta tuya diciéndome que aquella fue tu última noche en este mundo, que habías viajado hasta allí porque pensaste que morir en el Danubio tenía un aire romántico difícil de desaprovechar. Que aquella noche te hice feliz y que te volviste a enamorar, en sentido filosófico, de la vida. Pero que la tuya tendría que seguir en otro lugar.

Te escribo esta carta para darte las gracias por hacerme conectar de nuevo con la mía, por volver a sonreír más de lo que antes sonreía, por conseguir que me preocupe por mantener el contacto con mi gente. Gracias, Matías, por hacerme reflexionar y darme cuenta de que algo no estamos haciendo bien cuando al final del día no somos capaces de recordar si hemos hecho algo que haya merecido la pena, que nos haya hecho felices, que haya trascendido más allá de nuestra propia sensibilidad. Gracias por hacerme recordar que todos tenemos miles de historias que contarnos y recordar y que, de no hacerlo, no seremos capaces de recuperar jamás.

Te escribo esta carta para darte las gracias por hacerme recordar el valor que tiene vivir.

Y que para vivir plenamente, hay que hacerlo de manera consciente.


Por Chema Montes

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