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El Relato Caleidoscópico de Resu Velasco González

Esta semana vuelve el Relato Caleidoscópico para recuperar el tiempo perdido y lo hace de la mano de Resu Velasco González. Así aquí tenéis de vuelta a Elíseo para olvidar durante un rato esas ganas que todos tenemos de salir corriendo. Y como esto ya es tradición el hashtag de esta semana será #RCaleidoscópico36 que podéis usar tanto en el Facebook como en el Twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium). Y para que este paréntesis os sea un poco más largo os dejo antes con las entradas anteriores de la historia.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Día 27 (Rosa María Mateos)

Día 28 (Luisa Gil)

Día 29 (Josep Salvia Vidal)

Día 30 (Ana Ortega Gil)

Día 31 (Rubén Almarza)

Día 32 (Cix Valak)

Día 33 (Inés Moreno)

Día 34 (Virginia González Ventosa)

A partir de ese momento, Elíseo inventó nuevos vocablos y nuevas formas de entrecruzar las palabras, creando un lenguaje más universal y completo. Imaginó historias más justas y equitativas, que permitieran el desarrollo de una sociedad más humana, donde lo colectivo primase sobre el individualismo y donde nadie fuese más que nadie. Si en su poder estaba cambiar las cosas, eso sería lo que haría.

Sabía que escribiendo todos aquellos pensamientos sobre otra posible realidad que pasaban por su mente, metiéndose en la piel de esa Hipatia con la que había reiniciado su historia y construyendo con su bolígrafo un mundo alternativo en el papel, estaba condenando a los Nuevos Humanos a la desaparición, como Lázaro ya le había advertido. Pero, del mismo modo, sentía que si no hacía nada de eso, si no escribía un mejor guión para las futuras sociedades, estaría sentenciando a la Humanidad a continuar reproduciendo una y otra vez, en un bucle sin final y sinsentido, las mismas estructuras de poder que les habían llevado a crear una raza de seres con inteligencia artificial alejados de lo puramente animal y natural y, desde su cognición experimental, tuvo claro que la vida no se podía diseñar.

Día 35 (Rosa García-Gasco)

Pero persistió. Si tenía que desaparecer, arrastrado por el flujo inevitable de la destrucción, desaparecería escribiendo. El nombre de Hipatia, su identidad construida a fuerza de inventarla, toda ella, ficticia, sería un receptáculo, un vehículo que le permitiría atravesar a salvo el vacío. Si no se soltaba, si permanecía escribiendo por toda la eternidad, sobreviviría y encontraría en el fin un nuevo principio.

El mundo giró cada vez más rápido, en un vórtice entrópico que le pasó inadvertido a Elíseo, en la piel de la filósofa egipcia. La gravedad se hizo tan pesada que todo lo que había alrededor —la ventana desde la que era observado, las dos científicas, el mundo exterior—, todo, menos sus herramientas de escritura, se licuó, se disgregó, se redujo a un millón de partículas que, en su agitación infinitesimal, volvieron a juntarse.

Y de nuevo líquido, sólido, carne, materia. Licuefacción, disgregación, agitación infinita. Líquido, sólido, carne…

Hasta un millón, un trillón de veces más.

Y, mientras Elíseo-Hipatia, transfigurado en otro tiempo, tan inventado como real, miraba al cielo atónito. ¡La armonía de las esferas!

Era el momento de irse. Soltó, agotado, el bolígrafo. Y sintió cómo él mismo empezaba a derretirse sobre el suelo…

Día 36 (Resu Velasco González)

Era el estado perfecto, quedar diluido en la nada, dejarse ir lentamente, dejar de sentir y lenta, muy lentamente fue recuperando la consciencia… ¿era posible?

El golpe seco en la boca del estómago no le dejó lugar a dudas: tumbada como estaba en el suelo, se dobló aún más sobre sí misma y se sorprendió del sonido lejano y gutural que surgía de sus propias entrañas.

El conocimiento la abofeteó con igual virulencia: había soñado con otros mundos, fue replicante, voló y hasta tuvo el mundo en sus manos y lo reescribió mejor, más justo, más igualitario, un mundo libre y más humano, en el sentido en que ella entendía la humanidad.

La realidad se impuso en forma de costillas rotas, ese ojo imposible de abrir, el roce de sus dedos en contacto con su labio partido… no podía sentir el resto de su cuerpo pero no porque se hubiera licuado. Merche, Merceditas para mamá. Mamá, ¿Dónde estás? No quiero que se acerque, no quiero oír sus pasos, si apretó fuerte los ojos seguro que desaparece…

El silencio se rompió de golpe y estalló en mil aplausos y comenzaron a oírse voces dispares que gritaban entusiasmadas: Resistiré, para seguir viviendo…


Y con este nuevo giro os dejamos hasta la próxima entrega del Relato Caleidoscópico.

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