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Brevedades improvisadas: Humo

nubes sombre una ciudad

Empezamos una semana más de confinamiento con un nuevo relato de Chema Montes con el que muchos os sentiréis identificados como forma de superar estos días de enclaustramiento. Disfrutar de Humo de Chema Montes.

Humo

Querido diario:

Hay días en los que me gustaría ser humo, con su inteligencia y su capacidad de supervivencia, de adaptación, días en los que nada me importe porque me muevo al son de cualquier sonido con tal de que no me pase nada, de que parezca que nada me importa, que nada me perturba. A veces me gustaría tener la inteligencia que tiene el humo para pasar los días, para serpentear a través de una chimenea y bailar al ritmo que marque el viento sin que ese hecho le moleste, sin temor a que le desmiembre y divida, y vea cómo se desperdigan entre los tejados todas las partes que antes formaban su todo. Por su inteligencia, el humo se despide de ellas, de todas sus partes, casi sin importancia, con cierto desdén, pensando que si alguna vez vuelven para recomponerle, bien, pero que si no vuelven, les desea una feliz y larga vida. A veces quisiera ser como el humo, al que parece que nada le importa, que nada le alborota salvo lo que nuestros simples ojos son capaces de ver. A veces quisiera ser humo.

El humo, con su inteligencia, con su saber estar y desaparecer. A veces quisiera tener esa habilidad, la de desaparecer lentamente sin hacer ningún ruido y la de aparecer y que nadie se diese cuenta de que ahí estaba. Envidio esa capacidad que tiene el humo de ser testigo de lo que pasa a su alrededor y que a nadie le moleste, como el humo del cigarro, confidente y consejero en las conversaciones, que lo escucha todo, que toma partido de las decisiones y que sin decir adiós desaparece lentamente hasta no dejar huella de que alguna vez estuvo allí. Ser humo y tener esa capacidad de hipnotizar a quien se detiene a observar su danza irregular, de ser un ser sin importancia y aun así retener la atención de un extraño. Ser humo y ser, previamente, fuego, ser humo y, a veces, ser llamada.

A veces quisiera ser humo y tener su inteligencia para adaptarme a cualquier situación, por muy pequeña que sea la rendija de la ventana, la garganta de la chimenea, por duro que sea el papel del cigarro, al humo le da igual, él entra y sale, viene y va, aparece y desaparece. Aparentar ser frágil y ser letal. Hay días en los que me gustaría ser humo, tener su inteligencia y que nada me perturbarse, me incomodase, me molestase, me calara tan profundamente que amenazara con quitarme el sueño. Quisiera ser como el humo y espantar a las avispas y a las abejas, a los animales feroces, a los tontos y quienes no aportan nada en la vida. Y donde dije avispas digo tontos, donde dije abejas también digo tontos. Y donde digo tontos sabes perfectamente lo que quiero decir. Ser como el humo. Ser humo. Ser. Y ya está.

Ser humo y que no me importen las noticias, que no me agobien las facturas, que no me atormenten las responsabilidades, que no me ahoguen mis propias ambiciones, las mismas que a veces me hacen sentir incompleto. Ser humo, como él, que se presenta al mundo sin artificio, soy humo, nos dice, sin pretensión de ser algo más que simple humo, incorpóreo, sin peso, sin voz, sin el miedo a no encajar o no ser aceptado, sin temor a tener faltas de ortografía, sin arrugas, sin la piel seca, sin dolor de cabeza, sin los defectos congénitos del ser humano. ¿Qué otro papel podría representar el humo sino el de ser algo simple como lo que es?

Ser humo para, por qué no, colarme en tu cuerpo por la nariz y vivir tu vida, por un día, por un instante. Ponerme en tu piel, ser tú, pensar como piensas, reír como ríes, comer como comes, soñar como sueñas y vivir tus sueños, tus miedos, sentirlos propios, sentir tus ideas, revivir tus frustraciones y esperanzas no cumplidas. Ser como tú para comprenderte y saber que cuando dices una cosa, por qué lo dices. Permanecer en ti con esta forma de halo de humo y recorrer todos tus huecos para entenderte mejor, para analizar cada gesto y cada comportamiento y crear en lo terrenal, cuando deje de ser humo, un paraíso de empatía y comprensión. Ser humo y después, tal como llegué, marcharme.

Siendo humo, para pedir algo más, podría también ir saltando de cuerpo en cuerpo para descubrir lo que siente la gente cuando me ve, lo que produce en ellos mi sonrisa, mi voz, lo que provoca mi presencia. Siendo humo en cada persona podría intentar entender lo que se siente cuando estoy cerca, esos sentimientos que no podemos experimentar pero que nos morimos por conocer. Porque siendo humo podría saber si caigo mal o bien y por qué, si la gente se siente cómoda conmigo o todo lo contrario, si confían en mí o no. Siendo humo, metiéndome en cada persona, podría escuchar sus voces interiores, sus mundos, todos sus yo, sus múltiples personalidades. Y así, yendo de cuerpo en cuerpo, con esa forma de humo, iría de universo en universo sin tener miedo a la alturas ni vértigo al movimiento. Me movería entre el aire y sus corrientes, meciéndome y dejándome llevar.

Ser humo es, junto a volar o a viajar en el tiempo, una de las máximas aspiraciones del ser humano. Porque ser humo te da la posibilidad de ser sin tener presencia y moverte con libertad. Ser humo, de una manera consciente, te da la posibilidad de ser el protagonista de muchas novelas, ser el carismático personaje secundario en una obra de teatro, serlo todo y nada al mismo tiempo. Porque siendo humo estarás siempre presente y, cuando ya no seas necesario, desaparecerás. Como ese personaje principal de la novela que más te puede gustar, que durante un tiempo lo es todo para ti pero que cuando acabas de leer su historia, vuelve a la estantería y deja de ser y estar, se convierte en algo etéreo, en un recuerdo. En humo. En nada. Se esfuma.

Y esa nada en lo que te conviertes cuando piensas en ser humo es para ti lo más completo, lo más absoluto. Porque crees que siendo humo eres libre. Porque hay días en los que, como hoy, me gustaría ser humo, poder escaparme por cualquier rendija sin que nadie reparara en mí, sin que nadie viera mi cuerpo, sin que nadie pudiera identificar ni una sola de mis facciones.

Estas líneas, y todas las que pueda escribir, me permiten ser humo, blanco, incorpóreo y, en ocasiones, inconexo, como los movimientos del humo. Como te digo, estas líneas, cada una de estas palabras, me acercan lentamente a una senda sin forma física ni terrenal, una ruta hacia una espiritualidad donde conecto únicamente, y con mucha dificultad, conmigo mismo. Con nadie más, ni siquiera con ese extraño ser que se refleja en la ventana. Será en ese camino de desconexión en donde conecte con una humareda de niveles de existencia donde pretenda lo más complejo de todo, que no es otra cosa, querido diario, que intentar comprenderme.

Siendo humo es posible que descubra las calles de mi ciudad pero con otra perspectiva. Podré recorrer sus calles y colarme en los cafés para escuchar conversaciones, colarme en los pocos mercados que queden aún y disfrutar de la cantinela de los puestos, oler los productos frescos sin que nadie me vea. Podré subirme sin pagar al Metro o al autobús y disfrutar del viaje sin tener que preocuparme por ceder el asiento a quien lo necesite porque, al ser humo, no necesitaré sentarme. Viviré en el aire, en el espacio, me deslizaré entre las personas y me bajaré en la parada que me dé la gana, sin pulsar el botón, sin obligar a que nada se detenga. Volveré a las calles de la infancia, a las plazas y los parques sin tener que dar explicaciones a viejos amigos de cómo me va la vida porque nadie me verá.

Ser humo y quizá así podré viajar a esos lugares que tantas ganas tengo de conocer y que con mi forma humana todavía no he podido. Viajaré y me perderé por las calles de Nueva Delhi, me volveré loco en los callejones de Pekín, pasearé en bici por el barrio francés de Nueva Orleans, me abrazaré con un mariachi en la plaza Garibaldi, tomaré un café en Bogotá, miraré por debajo de la falda de la Estatua de la Libertad. Y como seré humo, iré de un lado para otro siguiendo bandadas de aves migratorias, siendo su estela y su rastro. Asia a un lado, al otro Europa, y allí, a su frente, Estambul.

Dime, querido diario, si no te parece una idea maravillosa que en un día como el de hoy, en los que viviría de la cama al sofá y del sofá a la cama, sin tener contacto alguno con el exterior por ningún tipo de plataforma, que comería algo por el mero hecho de sobrevivir y partir el día en fases reconocibles, que pondría música pero no me fijaría en la letra de la canción ni en quién la canta, que solo saldría de mi letargo mental para pensar en qué me lleva a odiar tanto al mundo, dime si no te parece una buena idea que me convirtiese en humo, en fragancia, humareda, humazo, tufo, nube, vaho, niebla, vapor, emanación, bocanada, hollín, tizne. En nada, en suspiro, en halo y aureola, en contraluz, en sombra, en tenue resplandor y mirada perdida. En eso me convertiría si pudiese convertirme en humo.

Y así, siéndolo, no tendría que dar explicaciones de por qué entro o por qué salgo, de por qué pienso lo que pienso y creo lo que creo, si ahora decido reírme y al rato prefiero llorar. Porque nadie me vería ni repararía en mí, sería un recuerdo y poco más, una cara conocida que con el tiempo se difumina. La gente olvidaría mi olor, sería incapaz de recordar mi voz o si tenía un brazo más largo que el otro, si me gustaba el jamón o cuál era mi color favorito. Sería, siendo humo y desapareciendo, aquel conocido común de tanta gente incapaz de recordar mi nombre o dónde me conocieron. Pero yo, aún siendo humo, no me alejaría de nadie, estaría oculto en sus espacios porque ser humo me concedería la oportunidad de estar en muchos sitios a la vez, tendría esa virtud incómoda de la omnipresencia. No podrían verme pero ahí estaría.

Si algún día fueras humo, creo que me entenderías. Porque siendo humo escaparía de días como éste en el que no quiero estar aquí pero tampoco quiero marcharme. Hoy es uno de esos días en los que saldría corriendo de mi cueva pero con la mirada fija en las piedras que voy soltando para recordar el camino de vuelta. Un día de esos, ya sabes, en los que odio todo, todo me molesta, el ruido del móvil me hastía pero un prolongado silencio también porque me hace sentirme olvidado por el mundo. Me molestan los ruidos altos porque perturban mi tranquilidad y los ruidos bajos me molestan porque no puedo oír con claridad lo que quieren contarme. Me molesta ver a la gente por la calle porque envidio cada paso que dan, pero odio la idea de tener que salir porque sé que me cansaría después de los primeros pasos. Odio dormir mal y poco y estar todo el rato cansado, pero me molesta quedarme dormido porque creo, qué iluso, que tengo mucho que hacer y mucho en lo que pensar.

Ya ves, hoy es uno de esos días, querido diario, en los que me molesto yo y me molesta que no sea yo mismo. Me fastidia que me saluden en el ascensor pero también me molesta que no lo hagan porque lo considero una falta de respeto. Me joroba que llueva pero también que después salga el Sol porque creo que ambos fenómenos son incompatibles en un mismo instante. Me quema que me acaricien pero me quema más aún que no lean las señales con las que indico que quiero que me acaricien. Me incordia tener que hacer una llamada pero también me molesta que me llamen a mí, me molesta hablar cuando a mí no me apetezca hacerlo. Un día tonto, raro, en el que me molesta que los puerros sean tan grandes pero que se queden en nada cuando les quitas lo verde. Me molestan muchas cosas y sus antónimos. Me molestan tantas cosas que no podría ni enumerarlas.

Por eso, creo, pienso, imagino, supongo, hablo en términos hipotéticos, siendo humo podría escapar de todo eso que molesta para pasar a otros planos de existencia donde nada ni nadie me incordiase. Otros planes existenciales donde tendría la consciencia suficiente para saber que me estoy moviendo de un lugar a otro pero que soy incapaz de sentir lo que en cada caso debería sentir. Puede que siendo humo no siéntese nada y eso, precisamente eso, es lo que hoy necesito. No sentir. Ni padecer. Ni arrepentirme de nada ni enorgullecerme de algo. Ni presentir ni barruntar, ni imaginar, ni sospechar, ni palpar, ni experimentar. Simplemente pasar por el mundo sin la necesidad de que, de manera trascendental, el mundo pase por mí ni que mi presencia sume algún valor a éste. Ser humo y que lo mismo aparezca que desaparezca. Si alguna vez estuve allí, ahora ya soy un recuerdo difuminado.

No me digas, querido diario, que a ti no te pasa, que no tienes días como este, porque creo que es imposible. Porque creo que no es posible ser completamente feliz de manera continuada y constate y, mucho menos creo, que la felicidad que muchos exhiben sea verdadera. ¿Será entonces que todos, absolutamente todos, somos humo y simplemente nos adaptamos a cada plano de existencia en el que estamos y ofrecemos la cara que nos asegura una aceptable recompensa en forma de receptividad por parte de los demás entes de humo?

Puede ser que sí, querido diario, que finalmente todos seamos humo y todos sintamos y pensemos lo mismo, quizá lo único que vendemos y ofrecemos a este plano consciente de nuestra vida es eso, simple y llanamente, humo. Humo. Apariencia. Pero también me gustaría que no lo fuera, me gustaría pensar que hay gente que son verdad, certeza, afirmación y realidad.

Pero en el fondo, sea como fuere, hoy quiero ser humo, una y otra vez, y mañana también, y quizá pasado mañana también, porque siéndolo sería como quiero ser, al menos cuando no aparento. Hay días, lo sé querido diario, en los que a ti también te gustaría ser humo (aunque ahora no quieras reconocérmelo) para dejar de ser quien creen que eres y para dejar de representar lo que, en teoría, representas. 

Quieres serlo porque ahora, cuando veas el humo, pensarás en la libertad. Y porque en el fondo todos queremos liberarnos de algo. 

Todos queremos ser humo, querido amigo. Todos queremos ser algo.

Y ya está.


Por Chema Montes

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