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varias onzas de chocolate.

Brevedades improvisadas: Felicidad

Esta semana Chema Montes nos trae la respuesta a una pregunta inocente ¿o no? que da pie a una disertación, así que os dejo con Felicidad para que juzguéis vosotros mismos si esa pregunta era tan inocente o tan fácil de responder.

FELICIDAD

Me preguntaste, no sé si lo recuerdas, o si lo has querido olvidar porque no te di la respuesta que esperabas (tu cara me lo dijo, esa figura de decepción que había visto otras veces), que qué era la felicidad para mí. Y no se me ocurrió mejor metáfora que decirte que la felicidad es como un diccionario de sinónimos y antónimos que solo tiene una hoja. Por la de delante, la felicidad, nos sugiere, es disfrutar de un momento que estábamos esperando. Por la otra, nos cuenta, que es pensar en que es un momento limitado en el tiempo y el espacio y que, cuando pase, volveremos a sentirnos vacíos. Es disfrutar y sentirse mal porque sabemos que dejaremos de hacerlo. Es eso la felicidad, te dije, aunque no sé si era la respuesta que tanto ansiabas.

Y quizá eso mismo también sea, o era, la felicidad. Tú esperando que yo te diese una explicación que hiciera removerte por dentro y en cambio, lo único que pude ofrecerte, fue esa sensación de engaño como cuando te mueres de sed y piensas que el agua saldrá fresca del grifo. Eso quizá, si me lo preguntaras ahora, te diría que es la felicidad. Es esperar un trago fresco de agua y cuando tienes el vaso delante, cuando observas fluir el agua a través del grifo cayendo con graciosa majestuosidad pensando en que tienes suerte porque vas a poder calmar tu sed, resulta que el agua sale calentorra y hasta con un sabor extraño. Pero te la tienes que beber, joder, porque piensas que vaya suerte la tuya que puedes beber agua siempre que quieras. ¿Me sigues? En aquel momento no me seguías pero yo continué con mi disertación sobre qué es la felicidad y qué no lo es, y aún hoy sigo pensado que no te di ni una sola de las explicaciones que querías. Pero qué le voy a hacer, cómo la voy a explicar si a la felicidad pensaba que la conocía de oídas.

La felicidad es querer comer chocolate, saber que hay en la cocina y descubrir que solo queda una onza. Porque te comerías dos, o tres si las hubiera. Eso es la felicidad, la punzadita de realidad que sigue a un momento de ilusión. Sí, lo sé, seguro que pensabas que era imposible ser tan cenizo y lúgubre, que la felicidad existe y hasta se puede palpar, pero hoy quiero decirte que sí, que existe y se puede palpar, pero dura poco y nuestro cerebro está formateado para que cuando la disfrutemos oigamos también esas vocecitas agudas que nos recuerdan que el tiempo corre, que el tiempo de disfrute se agota. Que la felicidad es un estado momentáneo. Frágil. Fugaz. Es humo, pero un humo que no siempre huele a ceniza.

Dura poco la felicidad para que no nos acostumbremos a ella, a su presencia, a saber que siempre está, que puede aparecer en cualquier momento. ¡Encima le tenemos que estar agradecidos! ¿No lo ves una locura? Por eso es efímera, por nuestro bien, por nuestro bienestar, por nuestra propia seguridad y supervivencia, incluso por nuestra salud mental. Y para que sepamos darle valor a los momentos en los que está, cuando se manifiesta y se hace presente, cuando nos acompaña. Se va para que cuando esté podamos darle el valor que tiene y que merece. Es un poco engreída, pero eh, creo que puede permitírselo. ¿No te lo parece?

Sé lo que ahora estarías pensado si me oyeses. Pues verás, en el fondo nos gustaría que fuese eterna, pero mira tú por donde que nuestros gustos no son sus deseos y ella tiene la sartén cogida por todos los lados. Ella manda. Es la jefa. La leona. La que nos dice cuándo tenemos que disfrutar y cuándo tenemos que ser cautos. Se las sabe todas. ¡Cuidado con ella!

Aprendió a ser egoísta observándonos, analizando cómo nos comportamos cuando nos visita, cuando somos felices, y sobre todo, observando cómo la insultamos cuando creemos que se ha olvidado de nosotros, cuando la creemos esquiva e injusta. ¿Por qué este o el otro son felices y a mí, en cambio, me tienes puteado? Aprendió a ser egoísta porque lo aprendió de nosotros, a fin de cuentas, quienes la hemos creado. Por eso sabe como hacernos daño, porque nos conoce muy bien, perfectamente, porque todavía se asombra de que la felicidad sea distinta para cada uno de nosotros, se asombra de que no nos pongamos de acuerdo. ¿Cómo puede alguien disfrutar de la misma sensación de felicidad comiéndose un pastel que otra persona viendo un capítulo tras otro de su serie favorita? ¿Será en realidad que no es que no hayamos encontrado un significado conjunto de felicidad sino que ni siquiera hemos creado la definición primera del término? ¿Cómo no se va a mosquear con nosotros si somos incapaces de darle un significado mínimo? ¿Eh? Por eso te digo, que hasta entiendo que se mosquee. ¿Tú no lo harías?

La felicidad, te dije a continuación mientras (con la mirada puesta en otros mundos) fingías prestarme atención, son dos cosas diferentes al mismo tiempo, afines pero contradictorias. Lluvia y arcoíris. Llorar de felicidad. Es empezar un libro nuevo con muchas ganas y que a las pocas páginas no te guste. Que te reconozcan ser bueno en algo pero que en realidad te sientas un impostor, un fraude, un mentiroso. Esa es la felicidad, disfrutar de las vistas en lo más alto de la más alta montaña y pensar, mientras lo haces, en el descenso que tendrás que hacer para volver a la base, al lugar al que perteneces. Por eso, quizá, dura poco, para que aprendamos a apreciarla, a saborearla. Para que le demos importancia.

La verdad es que me sorprendía que siguieras allí todavía, quieta, que no te hubieras levantado y te hubieras alejado corriendo de este lunático que, en la primera cita, te hablaba de por qué la felicidad no es tan buena como la pintan, por qué no debemos acostumbrarnos a ella y por qué no todos la merecen. Pero tú seguías allí y yo pensado que, por una vez, podría disfrutar de ella, aunque estuviera pendiente de cada gesto que hacías, de tus miradas furtivas al móvil, contando las veces que cruzabas y estirabas las piernas (dejé de contar en el movimiento número veintiuno). Podría disfrutar de la momentánea felicidad de tenerte delante mientras, en voz alta, te repetía que la felicidad completa no existe porque, en el fondo, no queremos que así sea.

Porque la felicidad completa puede hacernos perder perspectiva de la realidad. Puede hacer que no seamos conscientes de que en la vida hay peligros e injusticias. Hay trileros. ¡Trileros! ¿Te das cuenta? La felicidad es la más perfecta de los trileros, porque te deja ganar de vez en cuando, con esa sonrisa diabólica, con ese movimiento estrambótico de manos. Te deja ganar pero en cada victoria te recuerda que la derrota está más próxima. Sabes que tienes que ser prudente pero ey, por qué serlo cuando estás en lo más alto de la más alta ola, eso es para fracasados, tú lo que quieres es disfrutar de esa felicidad que te pertenece, que te has ganado, que te mereces. ¡Soy feliz! Lo gritas a los cuatro vientos. ¡Soy feliz! Eres feliz, lo eres. Pero, un momento, ¿qué es ese pensamiento que te acaba de dar un latigazo? ¿Qué es eso que parece una idea que te empieza a carcomer, que se empieza a parecer a un nubarrón? Sabes lo que es, lo sabes perfectamente. Es la propia suerte que te dijo que el tiempo se acaba, que se tiene que marchar y que tú ya lo sabías. Sabías que ese amor es un amor de verano, de fin de semana de verano, de tarde de domingo de verano. Corto, pero dulce. Breve, pero intenso. Vívido, pero perecedero.

Y, de repente, zas, ya no encuentras la bolita. Lo has perdido todo, vuelta a empezar, pero esta vez vacío por dentro. Eso es la felicidad, hincharte de dicha y desinflarte por cada poro. Eso es la felicidad, que haya respuesta a tus tres corazones en el WhatsApp pero que esa respuesta sea un monigote amarillo que te guiña el ojo. Subida, y en lo alto, la hostia. Eso es la felicidad, la ausencia de la segunda onza de chocolate. Eso es la felicidad, la risa y el sentimiento de sentirte intranquilo por hacerlo. La felicidad. ¿Dónde está la bolita? ¿Dónde se esconde? Hagan sus apuestas.

Era nuestra primera cita y tú todavía no habías hablado más allá de contarme qué hacías en el trabajo. Y yo, ahí, contándote que la suerte está siempre ahí y que sabe susurrarte, mientras la disfrutas, una retahíla funesta para que no te acostumbres a su presencia. Es el granizo que golpea, de a pocos, en la ventana. Tic, tic, tic. Estoy aquí. Tic, tic, tic. No lo olvides.

Entonces, no me preguntes por qué, me dio por pensar que la felicidad está en las pequeñas cosas, y aquí tu cara cambió, se iluminó, porque sabías que mi tono cambiaría. Y así fue. Porque mirándote comencé a pensar en que si todavía no te habías ido era porque querías descubrir si la felicidad, aunque no sea completa, existe y se puede disfrutar con intensidad. Y como vi esa pregunta en tus ojos, pensé que una mirada tan limpia podía hacerme feliz cada día. Aunque antes de dormirme pensara que en cualquier momento todo se podría ir a la mierda, pero que la felicidad vivida, es doblemente disfrutada.

Por eso te dije que son esas pequeñas cosas (¿será que en ese momento recordé cierta canción?) las que nos hacen efímeramente felices y que las tenemos tan al alcance de la mano que a veces no podemos (o no queremos) verlas. Y sonreíste. Y esa sonrisa, te dije, es una de ellas.

Porque la felicidad seguramente sea caminar escuchando música y hacerlo sin prisa, saber que tienes que llegar a algún lado pero que verdaderamente no es urgente tu presencia. Seguramente la felicidad sea tomarte un café mirando por la ventana, sin móvil, sin nada, incluso sin pensar. Quizá ese momento es lo más parecido a ser feliz. Probablemente la felicidad sea perderte en una librería y, aunque no compres nada, marcharte satisfecho.

Probablemente la felicidad es no saber la respuesta a por qué te sientes bien, pleno, satisfecho, radiante, y además, no querer saberlo. La felicidad es meterte una buena comilona y repetir postre. Dormirte una siesta cuando no toca. Volver a ver a tu gente después de meses sin hacerlo, como si hubieras vivido confinado en tu casa porque una fuerza superior e invisible te retuviese.

La felicidad quizá sea charlar con alguien y que no importe la hora. Es abrir la mano y que, mágicamente, otra mano aparezca y te la coja. Las casualidades, tal vez, son felicidad. Que alguien se duerma encima de ti confiando en que, pase lo que pase, cumplirás tu función de protección. La felicidad, acaso, ¿no es confianza plena en otra persona? ¿No es dejarte llevar y guiar por caminos raros, por la esquina más perdida de los mapas, por carreteras secundarias, tararear canciones que nunca oíste y que, sin embargo, cantas de memoria?

Posiblemente la felicidad sea despertarte y besar a alguien antes de levantarte. Preparar desayuno para dos. Que invadan tu intimidad en el cuarto de baño. La felicidad, y corrígeme si me equivoco (te dije porque vi que en ese momento sí estabas interesada) es tener lo básico y principal para vivir y no necesitar lo superfluo, lo nimio, lo baladí. Y cuando dije esa palabra te reíste, y entonces pensé, para mis adentros, que lo más parecido a la felicidad completa es la risa, esa respuesta biológica provocada por ciertos estímulos que libera el estrés, aplaca la ira, produce un cambio en nuestros pensamientos, aumenta el ritmo cardíaco y libera endorfinas. Y que se relaciona con la alegría y con la felicidad. Qué casualidad, con la felicidad, la risa y la felicidad van de la mano. ¿Habías pensado alguna vez en esto? Cómo no creer entonces que la risa es felicidad si hasta reduce el colesterol.

La risa, por tanto, pertenece a ese pueblo galo de irreductibles pequeñas cosas que nos hacen felices, aunque sea por unos breves momentos y sepamos que, cuando se vaya apagando volveremos a estar serios, pensaremos que ha merecido la pena, la sonrisa, estirar los músculos y exagerar las marcas de expresión que, en el futuro, provocarán arrugas. Eso es, si acaso, la felicidad, sonreír de oreja a oreja pensado que esa sonrisa nos arrugará. Pero el momento de disfrute, que no nos lo quiten.

Y así, poco a poco, fui desvistiéndome de aquella parca de melancolía y seguí enumerando una lista simple de pequeñas cosas que nos hacen felices. Como estar sentado junto a ti. Como pensar que esa conversación podría prologarse en el tiempo, quizá un par de horas más, quién sabe si una semana. Quién sabe si la vida entera. Entonces reflexioné en que la máxima metáfora que podemos hacer de la felicidad es comprarla con la sensación que nos queda cuando pensamos que estamos vivos. Esa sensación de subidón por estarlo, por pensar en todo lo que estamos haciendo y lo que podríamos hacer, ese colocón de felicidad por sentirnos vivos y espléndidos y, al mismo tiempo, recordar que toda vida tiene un final, y que la nuestra también. Como la de todos. Porque no hay nada que comience que no sepamos de antemano que tiene marcado un final.

La felicidad, en aquel momento, eran todas las cosas que te dije y las que no, también. Y las que no conocía, las que durante estos años me has enseñado cada día, cada vez que me dabas la mano, cada vez que me traías dos onzas de chocolate, cada vez que me besabas antes de levantarte. Porque hoy, no sé por qué razón, me ha dado por recordar nuestra primera cita.

Al final he aprendido que la felicidad es no esperar nada más de lo que puedes alcanzar con la mano, tangible o no, pero alcanzable, asumible, permanente y que deje huella en un sencillo lapso de tiempo.

Eso es la felicidad, lo breve y lo simple, lo intenso, aunque mientras lo experimentamos sepamos que el tiempo corre.

Y que al final, sin que nos demos cuenta, desaparecerá.


Por Chema Montes

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