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Brevedades improvisadas: Lunes

En este primer lunes de encierro #YoMeQuedoEnCasa por el coronavirus Chema Montes nos trae un relato para recordar esos lunes antes del coronavirus y que podamos comparar si esté es mejor o peor, eso os lo dejo a vuestro criterio. Y como creo que todos tenéis ganas de hincarle el diente a este lunes os dejo con Lunes de Chema Montes.

LUNES

Es lunes. Puto lunes. Odio los lunes, aunque claro, si no existieran los lunes odiaríamos los martes porque serían los nuevos lunes. El caso es que me he levantado cruzado, del todo, mucho, cuidado conmigo. Mierda para el vecino que quería hablar en el ascensor. Mierda para la empleada del Metro que no me devolvió el buenos días. En serio, ¿tanto cuesta? Me pone de los nervios. Mierda también para el niñato que iba con la música a toda leche. El tema es que es lunes y ahora que voy en el metro, camino de un trabajo que odio, lo único que hoy quiero es vivir en la montaña, como un ermitaño. Me sobra la gente, me sobras tú, por ejemplo. ¿Sabes? Me ha dado por pensar en algo que leí hace unos días. El origen de los amish. Esta gente, allá por el siglo dieciséis o diecisiete me parece, pensaron que todo signo de modernidad podría acabar con la buena y sana unión y relación entre los seres humanos. Y, ea, a recluirse, a meterse en graneros y ya está. Venga, hasta luego, ya nos veremos por ahí.

Si esa gente estuviera ahora mismo en este vagón y viese que todos, si no todos la gran mayoría, los viajeros están absortos en el móvil, podrían, en un arrebato irracional, romper esa norma de la no violencia e irían dando collejas o capones como quien reparte caramelos. Lo que me lleva a pensar, y es el origen de todo esto, que hoy que es lunes y estoy quemadísimo, he concluido que existen dos tipos de personas, los que se merecen una buena ostia y los que no. Nada más, un simple bofetón con la mano abierta, un tras, un pimba, una buena galleta. Y en la cúspide de la pirámide de los abofeteables, los que en sitios cerrados llevan gafas de sol. Me explico, que nadie se alarme.

Esa pirámide de la que hablo, y me doy prisa porque me faltan solo cinco estaciones para llegar, de los que se merecen una buena leche, está fundamentada principalmente por gente que me saca de quicio. Empiezo por las cajeras de supermercado que te llaman cariño, guapetón o cielo. ¿Nos conocemos? Perdona, pero no recuerdo haberte dado pie a que me trates con tanta cercanía. Me conformo con que me devuelvas el saludo cuando te lo doy, con eso me quedo tan contento. Seguimos con eso, con la gente que no te devuelve el saludo, que ignora tu buenos días o buenas tardes agachando la mirada o simplemente pasando por tu lado.

¿Te hice algo en esta vida o en la otra? ¿Me guardas algún tipo de rencor? ¿Crees que hay que pagar algo al Estado por cada palabra que decimos? Venga, hasta luego. Bien, dos peldaños y capón para los que hablan mucho y para los que no hablan nada. ¿En qué parada estamos? Ah, bien, bien, queda tiempo suficiente.

En la tercera sala, las personas que van andando y de repente se paran, o se cambian de sentido sin mirar atrás. Y peor aún, las personas que, sin aviso, se paran, de golpe. ¿No se merecen un buen berrido y algún que otro insultillo? Yo creo que sí, lo piden a gritos, lo necesitan simplemente como una manera de educarles. No digo que la gente vaya con intermitentes como los coches, pero con que miren un poco atrás o a los lados sería más que suficiente. ¿No te parece?

En el siguiente escalón tenemos a la gente que se intenta colar, a esos maleducados que se hacen los locos en plan uy vaya, pensé que las diez personas que estaban delante de mí en la cola del súper estaban ahí porque no tienen nada mejor que hacer. Vaya, pues ya lo siento, amigo, amiga, resulta que sí tenemos algo que hacer, que es pagar la compra e irnos a casa a odiar desde el sofá al mundo que dejamos atrás. Si no me molesta que se cuele, lo que me molesta es que lo haga tan rematadamente mal. Por favor, esfuércese un poco, disimule mejor. ¡Innove!

No sé cuántas paradas me faltan. Perfecto, hay tiempo porque ahora llegan los líderes, los cabeza de pelotón, los primeros de la lista. Señoras y señores, niños y niñas, dejen todo lo que estén haciendo en este momento, miren fijamente porque les vamos a descubrir a esas personitas que más se merecen una ruda caricia. ¿Sienten curiosidad? ¿No caben en sí mismos por saberlo? Pues aquí, sin más preámbulos. Redoble de tambor, ratatatatatatata…¡las personas que llevan gafas de sol en lugares cerrados! Un fuerte aplauso, por favor, una amplia ovación. Sonriamos todos y, si como yo, quieren darles un aplauso en la cara, pónganse a la cola, respeten su turno, no confundan a quienes tiene detrás cuando avancen, no traten a los compañeros con cariño porque no les conocen y digan hola al llegar y adiós al marcharse.

Como conclusión, para esta primera parte, amigo, te cuento todo esto porque desde que nos hemos cruzado en los tornos de entrada tengo ganas de insultarte. Te has colado, te has parado en mitad de la escalera mecánica sin motivo aparente, no has pedido perdón cuando se han abierto las puertas del vagón y te has metido como un loco porque habías visto un asiento libre.

Y para colmo, en ningún momento, ni siquiera ahora que te miro con todo el odio y el desprecio que a estas horas de la mañana me sale, en ningún momento, ni tan siquiera para leer el maldito móvil, te has quitado las gafas de sol. ¡Estás a no sé cuántos metros bajo tierra, con luces artificiales, son las malditas siete y media de la mañana de un lunes asqueroso y no te quitas las gafas de sol! ¡No se puede ser más tonto y más ridículo! ¡No se puede!

Quizá, si lo pienso fríamente, y lo comparto contigo ahora que parece que ya tenemos cierta confianza, tengo demasiado odio dentro de mí. Tanto que, fíjate tú, me parecería incluso egoísta no compartirlo. El odio es como el dinero sucio, que no quieres que se sepa que lo tienes y que te avergüenzas de tenerlo, pero caray, ya que lo tienes pues como que tienes que enseñárselo al mundo.

¿No crees que tenemos diversos y múltiples motivos para el odio? Fíjate, llevo un rato mirándote con un odio asesino y tú permaneces impasible. ¡Ódiame, muchacho, ódiame! Ya podrías mostrar algo de desprecio, de asco, de incomodidad. Joder, creo que estoy malgastando contigo todo el odio que soy capaz de procesar a esta hora de la mañana y tú ahí, quieto, pensando en cualquier tontería. Por favor, chico, muestra un poco más de humanidad, que aquí un servidor te odia y espera, al menos, una mueca de desprecio.

¿Sabes cuál es el problema de la gente de hoy? No, no, espera, que te lo voy a decir yo, no hace falta que digas nada. El problema de la gente de hoy es, simplemente, la gente de hoy. Madre mía, cómo me he levantado esta mañana, ¡con dos pies izquierdos! Te explico, porque quizá no entiendas este enrevesado argumento. El problema somos nosotros mismos por la simple razón de que no sabemos vivir en sociedad. Qué, no pongas esa cara de asombro, es verdad, no sabemos.

Hablamos de la sociedad como un ente, como algo en lo que viven los demás y del que no me siento totalmente parte porque no hemos superado esa fase de individualismo que, seguramente por naturaleza, nos define. ¿Que no me crees? Pero vamos a ver una cosa, no estás entendiendo nada. Empecemos. Creo que estoy perdiendo contigo una capacidad de reflexión y unos argumentos realmente buenos, pero ya que he empezado voy a terminar.

Si observas, pero si observas y no solamente miras, la vida, tu mundo, el lugar donde vives, verás uno y mil ejemplos de esa individualidad que lleva al egoísmo. Y cuidado, ojo, aun con todo eso pienso que en el mundo hay gente realmente maravillosa que hace del altruismo su forma de vida, pero son tan pocos y tan escasos que son como los linces. Porque siguen en peligro de extinción, ¿verdad? Nah, tú que vas a saber.

El caso es que esa gente que es tan necesaria abunda poco, más bien escasea, mientras que los demás, entre los que me incluyo, somos la mayoría. Pero ese no es el tema, no nos desviemos. Vamos a centrarnos. Hablemos de los otros, de los que merecemos poco la pena.

Sí, me refiero a esa gente de la que te hablé antes, los de la pirámide. ¿Estuviste atento? Pero de esa gente y de mucha más, de cualquier persona que haga cosas que no tendría que hacer. Al final nos vemos por un mero y simple instinto de querer anteponer nuestros deseos y voluntades a las de los demás y, con todo y con esas, no estamos tranquilos. Nos da igual si el prójimo está bien o mal, si le falta algo o si necesita cualquier cosa. A mí eso me da igual mientras a mí no me falte de nada. Y no, no me llames demagógico ni nada de eso porque sabes que llevo razón, más que un santo, más que tu madre cuando te decía que algún día echarías de menos los consejos que no querías oír. Madre mía si los vas a echar de menos, porque además tú tienes cara de necesitar cien consejos y una buena galleta.

Esa es la sociedad en la que vivimos. La que está todo el día en las redes sociales esas del diablo mostrándose la leche de felices, mostrando que vive en un mundo de irreal fantasía y maquillaje social, que cada vez que pone una foto espera cínicamente mensajes de halago. Pero eh, que yo no estoy criticando eso, no me malinterpretes, porque a todos nos gusta que nos halaguen y que nos digan que somos guapos, altos, divertidos e inteligentes. ¿A ti no? Pero cómo puedes decir eso si tienes pinta de calibrar hasta el último centímetro de tu ser para causar buena impresión. Un momento, ¿acabas de poner morritos? ¡Acabas de poner morritos! Va, dime en qué pensabas, o en quién, porque ha sido mirar el móvil y hacer esa mueca estúpida. En fin, sigo.

Por eso digo que puede que yo tenga mucho odio en mí y que por algún poro tiene que salir. Pero al menos no soy violento y no lo soy porque realmente serlo es una pérdida de tiempo. La gente que es violenta está siempre alerta, buscando gresca, buscando que alguien le mire o le roce el codo para montar una revolución estúpida. La gente violenta no es feliz porque nunca conocieron la felicidad, nunca la tuvieron realmente delante o, si la conocieron, ni supieron retenerla ni la valoraron. Por eso buscan en el conflicto una manera de justificar el estar tan amargados, el vivir con esa cara de haber chupado un kilo de limones. ¿Sabes a quiénes me refiero, verdad? Seguro que sí, seguro que lo sabes perfectamente.

El odio es lo que nos diferencia a los unos de los otros, a los seres de luz y a los que tienen las bombillas fundidas, a los oscuros. Unos lo muestran a todas horas, se alimentan de él, lo necesitan y los otros, que también lo tienen, lo mantienen dormido y, muy de vez en cuando, lo sacan de paseo. El tema, ahora que lo pienso, es que todos somos seres de luz y a todos nos faltan bombillas, por lo que todos, salvo que tú me digas lo contrario, tenemos odio y muchas de nuestras respuestas, conscientes o inconscientes, dependen de él. Oye, esta clase de filosofía barata de barra de bar tendría que cobrártela, no te jode. En fin, ¿por dónde iba?

Ah, sí, por lo de que me pone nervioso que vayas con gafas de sol. Me pone nervioso y me irrita. ¿Quizá porque también somos egoístas y estamos ya deshumanizados totalmente? Pensarás que aquí nada relaciona tus malditas gafas de sol con lo de ser egoísta, y cuidado, tiene usted razón, querido amigo, nada que ver ni nada que lo relacione, pero ya que estamos hablando de todo un poco, pues ya te lo digo.

¿Crees que soy un poco exagerado? Puede ser que sí, que esté exagerando, pero vivimos en la época del exagero. ¿Existe esa palabra? Exagero, ¿existe? Bueno, me da igual si existe o no existe, tampoco me interesa que me lo digas. El asunto es que creo que hoy en día se exagera todo. ¿Que me encuentro con un conocido? Pues si no me hago el loco y huyo, me lo como a abrazos y buenos deseos cuando en realidad no me apetece saber nada. ¿Que encuentro un trabajo nuevo o me ascienden en el que ya tengo? Pues lo exagero tanto que parece que me van a mandar a la luna o que lo que voy a hacer puede cambiar el mundo. ¿Que un día en el Metro, como por ejemplo hoy, me sucede algo medianamente interesante? Pues lo cuento en formato trilogía de Tolkien y dudo de que por qué nadie me compra los derechos de la historia para hacer una serie o algo. Y yo me pregunto, ¿por qué exageramos tanto la vida cuando ya es, de por sí, bastante exagerada? Será porque nuestra autoestima vive ya bajo mínimos peligrosos y necesitamos de refuerzo continuo, será que vivimos en una incesante exposición social en la que, paradójicamente, nos sentimos más solos, aislados, atrasados, olvidados y mediocres.

¿Piensas que estoy en lo cierto? O puede que esté totalmente equivocado porque vaya chapa te estoy soltando solo porque llevas gafas de sol dentro del Metro. Ahora que lo pienso, puede que lo necesites, puede que las tengas que llevar porque te molesta la luz. ¿Te molesta? Te molesta, quizá te molesta y yo aquí metiéndome contigo. Podría haberte preguntado, haberme interesado, haberme acercado a ti y preguntarte eh, amigo, veo que llevas gafas de sol y me pregunto si es por prescripción médica o simplemente las llevas porque eres imbécil. ¡Lo ves, lo ves! Es imposible, la vena del odio me sale, me sale sola, no puedo retenerla. Es un imposible, una lucha titánica contra mi propia naturaleza, contra mi propio ser, contra mi verdadero yo. Hoy es lunes y me he levantado con ganas de gritarle al mundo que odio todo cuanto él alberga, incluso a mí mismo. ¡Me odio a mí mismo!

Espera, un segundito, creo que hemos llegado a un buen punto, quizá a lo más importante. Te acabo de decir que me odio a mí mismo y, después de decirlo, me ha dado por pensar que es probable que haya dado con el origen de todo. Me odio, odio mi vida, odio que por aquel pasado viva este presente y odio, sin que haya llegado, parte de mi futuro. Es probable que odiarme sea la matriz de todo, de que hoy me haya levantado con este odio y esta incontinencia de vomitar insultos. Ay, amigo, que creo que ya lo tenemos, que creo que el odio nace en mí pero por mí mismo, por lo que tengo y soy. Odio, como te dije, mi trabajo porque no me hace feliz ni hace que me sienta orgulloso. Odio que todos los días parezcan el mismo. Odio no poder vivir en la montaña o, al menos, en un chalecito con jardín y barbacoa. Odio lo que otros tienen y yo quisiera tener, por lo que ese odio nace de la envidia fea e insana. Odio por querer hacer y no poder todo lo que me gustaría. Odio, fíjate tú que cosas, que el microondas caliente el café cada día de una manera o que el pan no dure bueno ni dos días. Odio las pequeñas cosas y las grandes. Odio todo lo que me define porque no he sabido cómo quererme. ¿A ti te han enseñado a hacerlo, a quererte? Puede ser que sí, tienes cara de que todo te da igual, no te importa que un señor te esté mirando con cara de pitbull porque llevas las gafas de sol, gafas que por otro lado deberías limpiar de vez en cuando porque al final de la semana podrán ser opacas. Están llenas de mierda, no sé si me explico, no sé si lo pillas.

Entonces quizá todo se resuma en eso, en que no sabemos querernos a nosotros mismos porque nos obsesiona que nos quieran los demás. Sí, ya sé que me vas a decir que todo el mundo no es así, pero a mí me da que sí, que lo somos, que tenemos ese punto de amor propio saltado y solo lo remendamos en la medida en que nos quieran los demás. ¿No te parece? Insisto, qué vas a saber tú que no te quitas las gafas ni para mirar el móvil.

En fin, querido amigo, esta es mi parada. No sé cuántas te quedan a ti, pero te deseo un buen viaje, te deseo un muy buen día y deseo que te choques contra alguna pared o algo porque no veas bien al llevar las malditas gafas de sol. Limpíalas, hazte ese favor.

Ha sido un placer conversar contigo. Ah, y por cierto, quizá haya sido por despiste o porque los pantalones son ya algo viejos, pero llevas todo el rato la bragueta bajada, perdona que no te haya avisado, estaba pensando en mis cosas. Y yo pensando que no se podía hacer más el ridículo.

Y fíjate tú, se puede.


Por Chema Montes

2 comentarios en «Brevedades improvisadas: Lunes»

Chema

¡Gracias! A Graná me voy para lo que sea, aunque sea para odiar un ratillo 🙂

17 marzo, 2020 a las 8:44 pm

Rosa MateosRosa

¡Bravo Chema! Gracias por esta sonrisa de lunes. Vente pa “Graná”, que aquí tenemos una mala follá que da gusto. Te salen otro par de entradas….Por lo menos.

16 marzo, 2020 a las 9:02 am

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