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37º Latitud Norte: Caponata en Central Park

En este último domingo del año Rosa María Mateos nos trae otro de sus relatos, pero esta vez el protagonista os resultará familiar. Y sin más demora os dejo con Caponata en Central Park.

Caponata en Central Park

Mi hijo americano llegó con los últimos coletazos del verano, en una semana que los termómetros batieron récords y salir a la calle era una osadía para un blanco prístino caucásico. El chiquillo se pasó las tres primeras semanas durmiendo como una marmota. Al principio pensamos que podía ser el jetlag, pero luego nos dimos cuenta que se trata de su estado normal vegetativo. Tiene el hábito de descansar antes de llegar a cansarse, por si las moscas. Un día de estos entra en coma. Para que se levante, le pongo a todo volumen el himno de EEUU cantado por Beyoncé: es la única estrategia para que su cuerpo adopte una postura vertical antes de la hora del almuerzo.

Mi americano se educó en uno de esos centros elitistas que liberan de una manera personalizada el potencial de los niños que cambiarán el mundo. Comienzan la jornada mirándose al espejo y recitando la siguiente consigna: soy el mejor, soy el mejor. A su favor debo decir que no tiene un pensamiento lineal (como el mío): su educación es transversal y con muchas sinergias. Articula argumentos con enorme destreza y está muy preparado para defender públicamente sus opiniones. Eso sí: se escucha muy bien a sí mismo, porque a los demás ya tiene más dificultades. Los indicios de vida que andan buscando sus compatriotas en otros planetas son pequeños fragmentos de su autoestima, que tiene dimensiones siderales.

Decía el poeta Luis Rosales que «el dinero solo es dinero cuando se gasta». El chaval es un pragmático de esta frase. Aparte de una reposición completa de su fondo de armario y de compras de lo más variopintas, se mueve en taxi por la ciudad. Atesora también una especie de farmacia ambulante, con pastillas de todos los colores que devora ante el mínimo contratiempo. Los personajes hipocondríacos de Woody Allen no le llegan a la altura del betún.

Apenas muestra interés por lo que le rodea y nuestra cultura le trae absolutamente al pairo. Cada dos por tres necesita una inmersión gastronómica en el Starbucks porque los potajes y el jamón le dan sarpullidos. Habita en un mundo virtual cuyo objetivo diario es conseguir una foto de su persona para subirla a Instagram; eso sí, con poses de aventurero y ciudadano del mundo.

Piensa que la naturaleza está llena de incomodidades y los animales son seres nocivos que transmiten enfermedades. Lo más cerca que ha estado del campo es el bosque de coníferas que tiene como fondo de pantalla en su portátil, otro apéndice inseparable de su cuerpo junto con el móvil. El otro día nos sorprendió con su convencimiento de que los gatos son ovíparos. No obstante, su objetivo en la vida es llegar a ser un alto funcionario del Ministerio de Medio Ambiente, o tal vez ministro. Fijo que lo consigue.

En fin, si algo le agradezco a mi americano es darme la oportunidad de ver en primera fila el prototipo, el piso piloto de algo que los maestros y educadores llevan años alertando.

Para terminar, una preguntilla: ¿La gallina Caponata pone huevos?

©Fotografía: Shannon Stapleton


Por Rosa María Mateos

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