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37º Latitud Norte: El cagapenas

Esta semana Rosa María Mateos nos trae la historia de un curioso emprendedor al que le gusta reconfortar a la gente y sin añadir más os dejo con El cagapenas.

EL CAGAPENAS

Cuando le conté a mi madre la idea del negocio, me dijo que tendría menos futuro que un buzo en el desierto y que, de haberlo sabido, no se hubiera sacrificado tanto para pagarme los estudios universitarios. Ella soñaba con un letrado repeinado y zapatos de lustre que ejerciera la abogacía en un bufete del centro. Pero mira por dónde me gano la vida bastante bien, no tengo competencia laboral y ando cada día con más encargos. El lema de mi empresa es «Siempre hay alguien que está peor».

Para cubrir todos los escenarios posibles tengo tres biografías en el portafolios. La primera es ligera: tan solo hablo de mi reciente viudez y de la extraña enfermedad de mi hija que requiere una atención exclusiva las veinticuatro horas del día. Si la pena del cliente es mayor, me paso a la segunda vida: entonces me convierto en un pobre hombre sin trabajo que tiene que bregar con una madre paralítica, una mujer alcohólica y un hijo pequeño tuerto del ojo derecho. Es la historia que más suelo contar porque la tercera la guardo únicamente para las ocasiones extremas: soy un joven marcado por una infancia de hospicio, desahuciado por un cáncer terminal y que ha tenido la desgracia de enterrar a dos hijos y una mujer.

Me muevo como Pedro por su casa entre los pasillos de los hospitales, los cementerios y los velatorios. Me contratan los familiares para aliviar las penas de sus seres queridos, a treinta euros la hora. Voy siempre muy pulcro, perfumado y arreglado, porque uno es triste pero digno, y llevo en el bolsillo unas falsas gafas bañadas en polvos de pimienta para soltar la lágrima fácil cuando se tercie. Como soy daltónico, mi madre elige los colores de mis trajes, que suelen oscilar entre los tonos grises y marrones. Parecer afligido requiere profesionalidad y una puesta en escena bien elaborada. Además, cada vez estoy más orgulloso del enorme servicio que brindo a la sociedad porque, tras siete años de profesión, puedo ratificar que nada reconforta más que saber que existe alguien más desgraciado que uno.

En ocasiones me llevo grandes sorpresas. El otro día estaba en un velatorio contándole a la viuda la segunda versión, cuando la señora me agarra de la mano y me dice:

—No insistas muchacho. No te puedes hacer una idea lo contenta que estoy. Este desgraciado (señalando al finado) me ha dado muy mala vida y por fin está el puñetero criando malvas.

Invité a la viuda a un carajillo en la cafetería del tanatorio para celebrar su buena suerte. Con estas anécdotas, he comprobado que no soy el único que le echa teatro a las penas; algunos exageran los sufrimientos y mienten más que hablan.

Ahora mi madre me ayuda en el trabajo, toma buena nota de los recados además de llevar la contabilidad. Estamos ultimando la campaña postnavideña, porque la cuesta de enero es nuestra rampa de lanzamiento. Aunque la gente ande con menos liquidez, los problemas con la familia se disparan durante las fiestas y algunos vienen los pobrecillos necesitados de doble sesión. Estoy con la redacción de una nueva biografía para estos casos, donde a mis desgracias habituales añado la traición de un cuñado: el marido de mi hermana la coja me robó un décimo premiado de la lotería y se marchó a las Seychelles de vacaciones.

En estas noches tan frías nos ponemos una copita de Chinchón con el surtido de mantecados y repaso con mi madre los servicios realizados a lo largo de la jornada. Nos dan las tantas en la mesa camilla con una risa tan tonta, que no podemos parar.


Por Rosa María Mateos

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