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Los cuentos del bardo: El beso de la sirena

Esta semana Josep Salvia Vidal nos deleita con un relato a la orilla del mar con ese olor tan característico a mar.

EL BESO DE LA SIRENA

Estoy delante del mar. Es tan azul, tan ancho y tan grande que hace que me sienta pequeño, vulgar e insignificante ante semejante inmensidad. El mar es un demiurgo antiguo, un Dios salvaje que de vez en cuando se enfurece y muestra su cólera. Hoy, sin embargo, está bastante tranquilo y las locas gaviotas pasan volando bajo. A lo lejos, en la línea del horizonte, se alzan unas nubes blancas que parecen estar hechas de algodón. Cerca, unas olas pequeñas llegan una y otra vez a la orilla de la playa como hijas pródigas, produciendo un ruido sordo y continuo. La felicidad son buches de espuma. Si supiera dibujar pintaría un cuadro, una marina, como las de Sorolla. Imposible. No sé hacerlo. En lugar de eso me siento sobre la arena con las piernas cruzadas, saco de la mochila un cuaderno y un bolígrafo y me pongo a escribir. Me sale un cuento lleno de sal y de arena. Es un relato con marejada.

De repente, se oye una música y me detengo. Mi mano queda paralizada a media hoja, la punta metálica del bolígrafo suspendida en el aire en medio de un desierto blanco. Es una voz femenina, dulce y cantarina. Miro en derredor. La playa está vacía. No hay nadie. Estoy solo. No es de extrañar cuando estamos a finales de otoño, en ese punto del calendario donde el otoño y el invierno hacen esquina. A decir verdad, no sé cómo he llegado hasta aquí ni qué hago sentado sobre la arena de una playa deshabitada. Bueno, sí lo sé pero es como si no quisiera saberlo. No me apetece volver a casa y cualquier excusa es buena para demorar el regreso. En casa la vida se me aplasta. Allí, el aire es tóxico y me ahogo. Por eso estoy aquí con la coartada de escribir. La escritura justifica los medios.

La voz femenina sigue cantando, cada vez más alto y más fuerte. La melodía que produce es hechizante. Y entonces aparece, de la nada, la dueña de esa voz. De las profundidades marinas, emerge una sirena bellísima, sus largos cabellos rojizos que caen más allá de su espalda son hilos preciosos de un atardecer en llamas. Mis ojos atónitos no dan crédito. No me lo creo. Pero es real. La realidad es un hilo que cuelga de un mundo de fantasía. La sirena me mira. Sonríe. Entonces ella empieza a nadar, acercándose.

Al cabo de un instante alcanza la orilla y se detiene en el punto donde mueren las olas. Dejo el cuaderno sobre la arena y me levanto. Quiero irme pero no puedo. Quiero salir corriendo de la playa pero mis piernas no obedecen y hago justo lo contrario. Me acerco a ella. La culpa es de la música, de su voz. Soy una presa fácil, embrujada. Entonces me besa, me coge de una mano y tira de mí. El agua va cubriéndome lentamente y mientras me hundo no pienso nada. En ese momento me doy cuenta: me he convertido en un tritón y mis piernas se han juntado para formar una cola de pez en una metamorfosis indolora de la que ni me he enterado. Desaparecemos de la playa sin dejar rastro. Poco queda de nosotros sobre la arena. Solo la huella de un beso, un cuaderno abandonado y un cuento sin terminar.


Por Josep Salvia Vidal

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