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El Relato Caleidoscópico de Adolfo Pascual

Aunque la semana pasada os anuncié que esta semana tendríamos una nueva entrevista en La Buhardilla de Tierra Trivium hemos tenido que hacer un cambio de planes y esta semana Adolfo Pascual Mendoza es el encargado de continuar la historia de Elíseo. Esta semana el hashtag para comentar la entrada es #RCaleidoscópico26, tanto en el Facebook como en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium).

A partir de esta semana empezaré a conservar solo los enlaces de los textos anteriores para no alargar innecesariamente la entrada, así que sin más preámbulos os dejo con el Relato Caleidoscópico.

Primer Intermedio (Ignacio J. Dufour García)

Día 22 (Salvador Ramírez)

Día 23 (Eva Palomares)

Día 24 (Joan Roure)

Tenía que calmarse y pensar, pero ¿cómo pensar cuando careces de recuerdos? Lo único que tenía en su mente era una amalgama de frames pululando sin ningún sentido. ¿Y si lo que querían en realidad era extirparle algún recuerdo concreto de una vida anterior? Tal vez eso explicara la insistencia de su subconsciente por no recordar. Acaso un día existió otro Elíseo que debía proteger algún tipo de secreto ante cualquier circunstancia. A lo mejor no recordar fuese lo mejor para tal cometido… En cualquier caso, ¿qué sentido tenía eso si por otro lado le privaba de rememorar su pasado y por tanto no reconocerse a sí mismo? La respuesta solo podía ser una: ese recuerdo valía mucho más que su vida. 

Recogió el papel del suelo y se fijó de nuevo en esas palabras, tal como si fueran un código: «DOP F/ SU NO?». Parecía una locura, pero ¿qué podía perder? Se acercó a la puerta papel en mano. No se veía cerradura alguna. Mirada baja. «Elíseo, piensa, está todo en tu cabeza». Concentración, gotas de sudor y mirada otra vez a la puerta. 

De pronto apareció un teclado alfanumérico incrustado justo a la derecha. Sin más dilación pulsó el código.

La puerta emitió un breve sonido eléctrico y se abrió lentamente.

Día 25 (Haizea M. Zubieta)

Al otro lado de la puerta no se veía más que negro. Negro como lo que Elíseo imaginaba que habría dentro de su cráneo, despojado de recuerdos; negro, pero al fondo, muy al fondo, una luz titilaba.

Elíseo respiró hondo y forzó a sus pies a dar un paso hacia delante.

Luego, otro. Y luego, otro.

Cuando quiso darse cuenta, Elíseo estaba caminando por un pasillo a oscuras.

Con un temblor de la tierra, de las paredes, del suelo, la puerta que se había abierto se cerró detrás de él.

—Ya no hay vuelta atrás —se dijo Elíseo, en un susurro que apenas si podía oír él mismo—. Ya no hay… vuelta atrás.

La oscuridad era absurda, densa, pegajosa; Elíseo miraba hacia abajo y no se veía los pies. Solamente sabía que estaban andando porque escuchaba sus pasos, porque notaba el rozar en los callos, y la luz que había allá lejos se acercaba poco a poco.

Elíseo parpadeó. Se frotó los párpados. Los entrecerró, intentando ver qué era.

La bombilla —o lo que fuera— pareció guiñarle un ojo.

Al cabo de un tiempo que Elíseo no sabía calcular —y aunque hubiera sabido, se le habrían escurrido los segundos de entre los dedos, como agua— llegó a estar justo debajo de la luz.

Era una ventana.

En medio del techo, un ventanuco circular, una claraboya cerrada, le invitaba a contemplar lo que había fuera: un desierto.

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Día 26 (Adolfo Pascual Mendoza)

Por muchos recuerdos robaos, por mucho que alguien intentara que no recordara nada, algo prevalecía en él, algo así como su memoria ancestral y, si de todo esto había alguna pequeño resquicio para salir de este encierro involuntario, este era esa pequeña claraboya del techo.

La observo minuciosamente, era inalcanzable, al menos estaba a cuatro metros de altura y a pesar de que alrededor de él, había algo de claridad, en todo lo que alcazaba a ver, no había ni un solo objeto que le pudiera ayudar en esta empresa.

Se movió unos cuantos pasos en uno y otro sentido tratando de localizar algo que le ayudara a salir, pero solo el ancho y cada vez más oscuro pasillo, según se alejaba de la claraboya.

Entonces recordó esas veces que en su encierro, imaginaba que en salas idénticas a las suya, se encontrarían otros seres como él, en circunstancias idénticas a las suyas, busco puertas como por la que acababa de salir, pero en ese lago pasillo, nada parecía indicar ni el más mínimo resquicio de aperturas de ningún tipo, intentó volver a su lugar de origen, tal vez con el deseo de volver a refugiarse en esa sala en la que estaba enclaustrado, pero que al menos tenía luz.

Desorientado, perdido y asustado corrió a lo largo del pasillo, sin viso alguna de esa puerta por la que había salido, se tiró de rodillas desesperado en medio del corredor y en su desesperación comenzó a gritar.

Fue entonces, cuando se cerró la claraboya, produciendo una oscuridad mucho más intensa en todo el espacio, que le dejo absolutamente paralizado, a la vez que una aguda sirena comenzó a sonar y un olor intenso y picante inundó todo el espacio, dejándolo inerte en el suelo.

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