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La vida en las solapas de mis libros: El Padrino

Martín Garrido Ramis sigue su recorrido por esos libros que le marcaron, deteniéndose hoy en El Padrino de Mario Puzo. Como habréis podido apreciar esta semana además inauguramos nombre para la sección y sin haceros esperar más os dejo con Martín.

EL PADRINO de Mario Puzo

1 julio de 1973

De The original uploader was Solarcaine de Wikipedia en inglés. - Transferido desde en.wikipedia a Commons., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12034378

La primera novela que leí consciente de lo que hacía fue El Padrino de Mario Puzo. Veinte años antes había leído Robinson Crusoe pero fue la casualidad, en cambio lo de El Padrino no. Me había presentado voluntario al servicio militar, pero no porque amaba al ejército, todo lo contrario, lo encontraba inútil e innecesario, sino porque había confundido el día por la noche, Todos los días de la semana, excepto el domingo que empleaba para descansar, me lo pasaba metido en juergas interminables con extranjeras. Eran los locos años 70 y Mallorca estaba llena de nórdicas en busca del famoso Latin Lover. Por eso, un día decidí que tenía que cambiar radicalmente de vida porque peligraba mi salud. Llevaba seis años de aquella manera (de los quince a los veintiuno), Menos mal que nunca me dio por la farlopa, porque seguramente la hubiera palmado. Por eso me presenté voluntario para hacer la mili. En principio iba enchufado a Comandancia (la mujer de un sargento iba a peinarse a la peluquería de mi madre y eran amigas), pero mi ficha se traspapeló y acabé en Bomberos sin poder creérmelo. «Ha habido una confusión –me dijo el sargento-. Por lo visto hay un soldado que también se apellida Garrido. Pero no pasa nada porque lo soluciono en un mes. Tranquilo». No me tiré un mes como bombero, me tiré cinco. Si alguien no ha sido alguna vez bombero no se puede imaginar lo aburrido que es. Es infinitamente aburrido porque te tiras todo el día y la noche esperando que pase algo y no pasa nada. El cuartel de Bomberos estaba en las mismas pistas del aeropuerto de Palma, pero era solo de adorno. Ni las mangueras funcionaban. Siempre que sucedía algún percance iban los bomberos del mismo aeropuerto. O sea, que me tiré los cinco meses más aburridos de mi vida. Hacíamos dos días seguidos y el tercero era libre, o algo parecido. Al principio intentaba dormir, pero dormir todo el día es complicado. Tampoco había televisión. Algunos se pasaban el día jugando a las cartas o al parchís o hablando de tías, pero a mí nunca me ha gustado el juego ni contar mis aventuras amorosas. Solo uno de los diez ignorantes que éramos era diferente. Catalán, alto, delgado, con cierta clase, que fumaba un Camel detrás de otro mientras que pasaba las hojas de los libros que leía. Siempre dejaba el libro que estaba leyendo en su lado de la rectangular y larga mesa de comer y hacer de todo, Nunca nadie lo toco. Seguramente si hubiera sido otra cosa se la hubieran robado, pero un libro… ¿para qué coño sirve un libro? El catalán no era muy simpático ni hablador, pero un día me acerqué a él y le pregunté por qué le gustaba tanto leer. «Es la única forma de sobrevivir a este castigo -me contestó con una media sonrisa-, deberías probarlo». Le pregunté qué libro me recomendaba. «Cómprate un libro que se llama El Padrino de Mario Puzo. Y me cuentas». Lo hice y nunca dejaré de agradecérselo. Lo devoré, y así un libro tras otro hasta hoy. La mili a mí no me aportó absolutamente nada, y no creo que a nadie le aporte, a no ser que sea un tarao mental. Pero durante los cinco meses de bombero yo descubrí la Literatura.


Por Martín Garrido Ramis

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