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Australia de Rosa María Mateos

En este primer domingo del otoño inauguramos sección con la autora del Grupo Tierra Trivium Rosa María Mateos. Cada dos semanas publicaremos un nuevo relato suyo. Sin más demora os dejo con Australia.

Australia

Mi hijo nació antes de cumplir los nueve meses de casada. El niño fue rollizo y hermoso, rebatiendo así la versión del parto prematuro. Cuando giré su cuerpecillo encontré, tal y como esperaba, la marca de Australia.

Aquel corto viaje en el invierno de 1999 propinó un vuelco trascendental a mi aburrida existencia. Con un título universitario bajo el brazo, y condenada a celebrar una boda inminente, tomé el tren en la estación de Chamartín para regresar a casa. Así lo habían dispuesto desde hacía tiempo mi propia familia y la de mi novio. El compañero de viaje era un señor muy elegante, chapado a la antigua en la vestimenta y con una profunda voz que regalaba palabras ya olvidadas en el vocabulario. También iba a Santander y comentamos sin importancia la tormenta de nieve que amenazaba con azotar el norte de la península. El caballero era escritor de novela negra y andaba ultimando una historia sobre una aristócrata rusa que había matado a cuatro de sus maridos. En el vagón de la cafetería empezó a relatarme el primer asesinato, mientras las tierras castellanas se cubrían de un manto blanco cada vez más espeso. Con las intrigas del segundo marido el tren fue reduciendo poco a poco su marcha hasta frenar definitivamente en el apeadero de un pueblo de la provincia de Palencia. La nieve y el hielo habían cubierto la vía y se hacía imposible continuar el viaje.

Los viajeros nos repartimos entre las casas de los vecinos, bajo la coordinación y el mando de la alcaldesa. Él me puso el abrigo, cogió mi maleta y me ofreció su brazo para no resbalar. Nos enviaron a la casa más alta del pueblo donde un viejo matrimonio de pastores nos ofreció una cena caliente y cobijo para la noche. Aún no puedo creer que me colara en su habitación. Quizás fue el sonido del viento, el frío de las sábanas y la soledad de mi juventud. Tenía además una enorme curiosidad por saber cómo terminaba el resto de la historia de la princesa rusa. Antes de resolver el último crimen me aventuré a celebrar una noche de bodas anticipada. Supo el escritor corresponderme con ternura, con cierto rubor y modales que ya no practican los hombres en el lecho. La diferencia de edad se hizo notoria tras la contienda y mi galán se quedó profundamente dormido sobre la almohada. Fue entonces cuando descubrí con asombro la mancha de nacimiento que tenía en la nalga derecha. Era exactamente igual que el mapa de Australia y del tamaño de una mano pequeña.

Cuando desperté, el escritor ni estaba ni existía. Tampoco el viejo reloj de bolsillo que había dejado la noche anterior sobre la mesilla. Los dos abuelos me tomaron por loca. Salvo yo, juraron que nadie más estuvo alojado en la casa durante la noche. Desesperada le busqué por cada rincón, rastreando las huellas de pasos sobre la nieve.

—Aquí los sueños son muy profundos —me dijo la alcaldesa.

Nadie ha entendido desde entonces mi obsesión por la literatura negra. Durante muchos años busqué su obra entre las novedades sin encontrar pista alguna sobre las fechorías de una tetraviuda rusa. Por fin hallé la novela en una librería de viejo. En la solapa venía la biografía del autor. Había nacido en Madrid en 1843 y tuvo algunos premios de reconocimiento literario durante el reinado de Alfonso XII.

El amante efímero de una noche invernal me dejó todo un continente de recuerdo, la geografía impresa de un atlas imaginario en la piel de nuestro hijo.


Por Rosa María Mateos

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