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El Relato Caleidoscópico de Eduardo S. Aznar

Decimoseptimo Relato Caleidoscópico de Tierra Trivium

Para este mes de abril retomamos El Relato Caleidoscópico de la mano de Eduardo S. Aznar. Esta semana os invitamos a comentar este relato con el hashtag #RCaleidoscópico17, tanto en el twitter del Grupo Tierra Trivium (@TierraTrivium) como en  el Facebook.

Y para no perder las buenas costumbres, os dejo los enlaces a las anteriores entradas del relato caleidoscópico, antes de dar el testigo a Eduardo S. Aznar.

Día 1 (Ignacio J. Dufour García)

Día 2 (Marta Sánchez Mora)

Día 3 (Rosario Curiel)

Día 4 (Dolores Ordóñez Pérez)

Día 5 (José Jesús García Rueda)

Día 6 (Ana Vigo)

Día 7 (Ana Boyero)
Día 9 (Laura Orens)
Día 12 (Paqui Ortega)
Día 14 (Jordi Rosiñol)

—¿Una enfermera pícara de pechos turgentes, Eliseo?, ¿en serio? Si llego a saber que tenías una imaginación tan anodina elijo a otro sujeto. Esperaba más de los Nuevos Humanos, la verdad.

Eliseo, hecho un lío, comprobó si seguía maniatado: pues sí. Pero frente a él ya no estaba la enfermera sexy, sino una mujer de más de sesenta años, en absoluto turgente y que le recordaba a alguien, aunque no acababa de saber quién. Eliseo se sentía mareado, confuso y además le dolían los huevos después del calentón. No entendía nada.

—No entiendo nada —dijo, lógicamente.

La anciana suspiró. Ella tampoco parecía muy feliz. Entonces cayó en la cuenta. Esa expresión de hastío y profunda decepción de ella hizo saltar un clic en su interior:

—¡Coño! La señorita Inmaculada.

—Al menos me has reconocido —dijo ella.

Ni Nuevos Humanos ni ordenadores de sueños, esto era una pesadilla. Sin más. ¿Por qué si no iba a soñar con la profesora de matemáticas que tuvo en primero de Bachillerato en Salesianos?

—¡Cancelar! ¡Cancelar! ¡Cancelar! —gritó Eliseo con desesperación.

La escena pareció desdibujarse para comenzar a tomar la forma de una clase de escuela. De la escuela de los Salesianos que recordaba a la perfección, un lugar en el que prefería no pensar pues en él se guardaban sus más profundos miedos, esos demonios privados que Elíseo tanto se había esforzado por enterrar y encerrar bajo siete candados.

Poco a poco, para terror de Elíseo, la escena a su alrededor se volvía más y más nítida y familiar y los recuerdos por tanto tiempo reprimidos comienzan a desarrollarse, como si de una obra teatral se tratase, delante del encadenado e impotente espectador, observó como su versión más joven se dejaba arrastrar por el mar negro de las emociones reprimidas y como las invisibles puñaladas que eran los comentarios hirientes comenzaban aquella macabra danza que le horrorizaba y fascinaba a partes iguales.

Quería gritar, instarle a su otro yo a luchar y a reaccionar, a levantarse contra los demonios de los sueños que convertían su vida en aquel peculiar infierno. Pero fue entonces cuando la figura dejó de mirar al escenario y se giró, echando a andar hacia Elíseo al tiempo que sonreía burlón y murmuraba:

—Recuerda.

Imagen cedida al Grupo Tierra Trivium por Ignacio J. Dufour García
Día 17 (Eduardo S. Aznar)

Lo había dicho 223: los Nuevos Humanos carecéis de memoria. Sin embargo, Elíseo RECORDABA haber escuchado esa frase. ¿Un fallo de sistema? ¿Un bucle de protección roto? ¿O una oportunidad? ¿Quizá la única oportunidad?

Cerró los ojos con fuerza hasta que todo se apagó. Los párpados le dolían mientras trataba de incendiar de luces su oscuridad, sumando imágenes una tras otra. Las mesas del colegio de los Salesianos, los pechos turgentes de 223, la ciudad a vista de pájaro, retazos de su sueño y aquella forma sin nombre pero con tacto sólido: el diario de papel que aún quería leer. Una tormenta de flashes parpadeaba locamente en su pantalla interior hasta colapsarla. Pero cuanto más recordaba, más se suavizaba su respiración, más se aflojaban sus ligaduras metálicas y una sonrisa se abría cada vez más en su rostro.

Hasta que, de pronto, en su frente se aclaró el nombre del periódico, dónde y, sobre todo, por qué encontrarlo. Sin ataduras ni peso que lo retuvieran, Elíseo se levantó de la camilla, dio dos pasos y alcanzó el umbral de la habitación. Clavadas al suelo, la señorita Inmaculada gritaba con aspereza, 223 mostraba sus pechos turgentes y una silueta pixelada con millones de puntos grises tecleaba con furia frente a un monitor.

Mas todo en vano. Elíseo salió de la estancia y cerró la puerta por fuera.


Así con la recuperación de la memoría de Elíseo le cedemos el testigo al siguiente autor y mientras tanto os invito a leer la entrevista al equipo de Creadoras de Órbita Diversa que publicaremos el próximo sabado.

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