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No hay escritor sin gato

Según una arraigada creencia perteneciente al acervo popular, no hay escritor sin gato, y los que no lo tienen es porque son alérgicos…

Durante la gala de entrega de los Premios Ojo Crítico 2018, que se celebró ayer en el Museo Reina Sofía de Madrid y fue emitida en directo por Radio Nacional, la joven escritora Natàlia Cerezo, galardonada con el Premio de Narrativa, mencionó entre sus agradecimientos a su gato, y no en cualquier posición, sino al final de su discurso, remarcando lo fundamental que es para ella su presencia, así como sus mordiscos y arañazos, que le sirven como revulsivo cuando no se encuentra con las mejores condiciones anímicas para escribir.

Doy fe de lo importante que es la compañía de un gato para un escritor. En mi caso mi gato, al igual que el de Natàlia, es un gato negro, como el que da título al célebre cuento de terror de Edgar Allan Poe.

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Fotografía obra de ©Ariadna Arnés de Natàlia Cerezo y su gato

En la antigüedad, en civilizaciones como la del Antiguo Egipto se los consideraba animales sagrados, ya que estaban relacionados con el culto a la diosa Bastet. Más tarde, sin embargo, al estar asociado con la diosa griega Hécate y con la diosa nórdica Freya, ambas vinculadas con la brujería, durante la Edad Media el gato negro sería considerado uno de los símbolos del Diablo, y en la imaginería popular de aquella época se lo representaba acompañando a las brujas en sus rituales y aquelarres. Desde entonces, durante muchos siglos y en muchos países el gato negro ha formado parte de las más diversas supersticiones y se le ha identificado con la mala suerte y la magia negra, hasta llegar a nuestros días.

Es verdad que no todas las personas son capaces de llegar a mantener una relación auténtica con un gato, pero es igualmente cierto es que su carácter solitario, individualista e independiente lo convierten en el animal perfecto para convivir con un escritor. A lo largo de los siglos XIX y XX han existido tantos escritores amantes de los gatos que los han escogido como compañeros de vida y de trabajo que estas líneas son insuficientes para recordarlos a todos. Son tantos, que parecen corroborar totalmente la afirmación de que no existe escritor sin gato, a no ser que sean alérgicos, y aun así doy fe de que muchos se sacrifican. Mencionaremos a algunos de los más célebres: desde Lord Byron, que viajó por Europa con sus cinco gatos, pasando por Alejandro Dumas, las hermanas Brontë, Charles Dickens, Mark Twain, Jean Paul Sartre, que bautizó a su gato con el sugerente nombre de «Nada», hasta llegar a Samuel Beckett, Jack Kerouac, Pablo Neruda, Rafael Alberti y, por supuesto, uno de los universalmente más «gatunos», Julio Cortázar, que llegó a afirmar que «estoy tan solo como este gato, y mucho más solo, porque lo sé y él no».

Continuando con nuestro homenaje al gato negro, a continuación podemos contemplar fotografías de otros grandes escritores con sus respectivos gatos negros: Jack Kerouac,  William S. Burroughs,  Ray Bradbury, Allen Ginsberg, Ernst Hemingway y Raymond Chandler, que, por cierto, eligió un felino del mismo color que el género literario que cultivó, o quizás fue al revés, quién sabe.

 

Terminamos nuestro homenaje a este pequeño gran felino con el célebre poema A un gato de Jorge Luis Borges, otro insigne autor enamorado de los gatos:

borgesNo son más silenciosos los espejos/
ni más furtiva el alba aventurera;/
eres, bajo la luna, esa pantera/
que nos es dado divisar de lejos./
Por obra indescifrable de un decreto/
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,/
tuya es la soledad, tuyo el secreto./
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,/
desde esa eternidad que ya es olvido,/
el amor de la mano recelosa./
En otro tiempo estás. Eres el dueño/
de un ámbito cerrado como un sueño.

 

Quiero finalizar con un guiño a todos los miembros del equipo, más bien familia, que formamos el Grupo Tierra Trivium, muchos de los cuales me consta que comparten su vida y su trabajo con gatos, la mayoría, por cierto, negros. ¿Casualidad? No lo pienso; yo soy de las que siguen creyendo en la magia de los gatos, sobre todo de los gatos negros…

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