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Tierra a la vista: poesía, guerra y exilio

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Hace unos días me acosté con el cuerpo revuelto tras conocer una noticia que me heló la sangre, igual que congeló literalmente la de sus protagonistas, una familia de cinco miembros que trataba de escapar de la muerte en Siria y la encontró en las gélidas montañas turcas que debían cruzar, sucumbiendo al hambre y a las extremas temperaturas invernales.

Esta terrible tragedia me retrotrae a una de las cuatro historias que comprende Los Girasoles ciegos, la del poeta adolescente que huye con su novia embarazada de la persecución franquista al término de la Guerra Civil, hallando ambos la muerte junto a su bebé recién nacido, también de hambre y frío, en plena huida mientras atravesaban los Picos de Europa en un intento desesperado por llegar a Francia.

Me resulta espantoso pensar que ambas tragedias distan casi 80 años entre sí, y que lo que nos parecía un relato ficticio mientras leíamos la soberbia, pero escalofriante, novela de Alberto Méndez no es más que un reflejo de la realidad de nuestro tiempo, siendo incluso superado por ella en algunos de sus espeluznantes detalles. Veo manifiestamente claro que la especie humana no solo no ha aprendido nada y tiende a repetir los errores del pasado, sino que además parece regodearse con ellos y multiplica sus devastadores efectos.

Esta historia enlaza también con la protagonizada por el también poeta y exiliado a causa de nuestra Guerra Civil Antonio Machado, de cuya muerte se cumplieron recientemente 79 años. Más de dos años duró su angustioso viaje hacia esta doblemente inmerecida muerte, desde que se viera obligado a abandonar Madrid a finales de 1936. Y digo doblemente porque los poetas no deberían morir nunca, siendo obligatorio que gozaran de alguna clase de indulto por parte de las musas, y porque en su caso, como en la de tantos miles de españoles muertos en el exilio, se trató de una agonía ominosa e innecesaria.

Como ya cantara León Gieco, otro gran poeta y cantautor del siglo XX,  nacido en un país, Argentina, que solidariamente acogió con los brazos abiertos a decenas de miles de españoles exiliados, «solo le pido a dios / que la guerra no me sea indiferente, / es un monstruo grande y pisa fuerte / toda la pobre inocencia de la gente», e igualmente «solo le pido a dios / que el futuro no me sea indiferente, /desahuciado está el que tiene que marchar / a vivir una cultura diferente».

Desde Tierra Solidaria apostamos por la esperanza de que las nuevas generaciones no perpetúen este modo de existencia de la especie humana que es la guerra, y sus nefastas consecuencias de muerte, hambre, pobreza y exilio. Soñamos con que un día no muy lejano la RAE pueda eliminar de su diccionario palabras como genocidio, exterminio, exiliado, refugiado, bombardeo o combate por falta de uso, y aparezcan en cambio nuevos vocablos para describir una nueva etapa de la humanidad en la que todos los hombres y mujeres puedan vivir en paz, en concordia y en armonía en aquel territorio en el que deseen que transcurra su vida.

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